miércoles, 6 de enero de 2021

un, dos, tres

Es imposible que ahora se haga una película como One, two, three, porque si Billy Wilder es la némesis de estos tiempos, esa película, más.

No se puede hacer humor pidiendo permiso para no molestar a alguna cofradía y como esa comedia es irreverente con todas ellas, resulta una de las mejores de la historia.

Wilder siempre fue sutil y elegante y nunca trató al espectador como a un idiota. Y además, a pesar de haber perdido a tres cuartas partes de su familia en Auschwitz, entre ellos a su madre, jamás se consideró una víctima. Hoy quedaría cancelado de inmediato. Vaya, en un, dos, tres.


martes, 5 de enero de 2021

el ser y el tiempo

Algo que se pierde en México es la noción del tiempo. Se tarda poco en advertir que es porque no hay estaciones. Ni siquiera la distinción entre estación seca y estación lluviosa permite atar la memoria al tiempo, si no es, quizá, por breves semanas, la estación jacaranda. (La primera vez que vi las copas rebosantes de morado, marzo de 2007.)

Lejos de los trópicos, sin embargo, los acontecimientos están indisolublemente ligados al clima (aquel primer beso en primavera, aquel otro sudor en verano, aquella despedida en otoño y la muerte del padre en invierno).

Esto no suele advertirlo quien ha crecido lejos de los trópicos más que cuando se muda cerca de los trópicos, cuando el continuum térmico trastoca la manera de guardar recuerdos y de pronto se encuentra preguntándose, sin que la memoria de qué llevaba puesto o a qué olía permita una clara respuesta: "¿Pero cuándo pasó esto?".

Cae por aquí estos días la luz oblicua, como bien me señaló el otro día mi maestro Gabriel, y de pronto el cielo estalla en colores inverosímiles. No se puede una olvidar de un invierno así.



 

 

 

 

lunes, 4 de enero de 2021

en memoria de Isabel


Rosa mandó ayer esta foto, recordando la penúltima vez que estuve en ese lugar, uno de mis particulares templos de la felicidad, el mejor bar de México. Fue la vez que llevé a Carmen París (que al día siguiente nos dejaría mudos en el Foro del Tejedor con su Nana del caballo grande). Qué días aquellos de noviembre, llenos de luz y sombra, y no tanta como ahora.

González, Espina, París, García y Santos, una noche feliz

El cartel de La Embajada es hoy más moderno, pero prefiero el que había. Desde luego, no parecía de luto, como este.

Hoy, Emiliano me cuenta que murió de covid Chabelita, Isabel, nuestra mesera favorita, que nos recibía a besos y abrazos –sobre todo a él, al que conocía de niño y que es nuestro galán Cine de Oro– y nos juntaba las mejores mesas.

Isabel era pura luz, una de las pruebas vivientes de que las personas importan, cualquiera que sea el lugar que ocupan en el mundo. La Embajada Jarocha no va a ser lo mismo sin ella y, por lo tanto, México entero. Yo la recordaré siempre.

domingo, 3 de enero de 2021

lecturas de domingo

Estos dos artículos de Rebeca Argudo, no aptos para aliades ni mordedoras de anzuelos: "Cómo suspender el curso 'Masculinidad y violencia' en cuatro cómodos pasos" y "Yo voté a VOX".

Este reportaje en 14ymedio sobre la crisis económica en la que se encuentra sumida Cuba en los últimos meses (aunque en realidad, en los últimos 62 años).

Y las memorias de Manolo Arroyo.

No me sale llamarlo Manuel Arroyo-Stephens, la verdad, y no porque lo haya tratado. Manolo Arroyo lo han llamado siempre mis amigos que fueron sus amigos, por los que supe de él y de sus andanzas, entre ellas, llevar a Madrid a Chavela Vargas, tras verla actuar en El Hábito (lo cual supuso su resurrección mundial), o a Paquita la del Barrio, o revivir a Rancapino después de veinte años sin grabar, o ser apoderado de Rafael de Paula y uno de los últimos amigos de José Bergamín. Luego, claro, está la fundación de Turner. (De esa casa, entre unas cosas y otras, fui cercana desde que llegué a vivir a México.) En este preciso instante me estoy acordando de cuándo fue la primera vez que oí hablar de él, de hecho, en la Feria del Libro de Guadalajara año 2006. Me la guardaré.

Me he sentado en este rincón hoy, la tarde cayendo. Hacía frío, pero qué sol.



sábado, 2 de enero de 2021

volveré a estos temas



Dice Pierre Chevrier, el pseudónimo tras el que se escondió Nelly de Vogüé para escribir sobre Antoine de Saint-Exupéry y curar su obra póstuma, que descifrar los cuadernos de notas de su amigo fue una tarea difícil. A mí me parecen pistas claras y maravillosas. Aquí, el escritor en Madrid, durante la guerra.
 
Cualquier otro cuaderno de apuntes me parece incomprensible al cabo del tiempo. Y especialmente uno mío. Aquí en La Habana (se supone).
 
 

Hablaré de Cuba en algún otro momento. Y del señor francés del primer párrafo, con quien empiezo a salir a mediados de mes, de nuevo.  

viernes, 1 de enero de 2021

todo parece posible

 

Todo parece posible un primero de enero, así que salí a pasear rozando los tres grados centígrados. Apenas asfaltaban estas calles cuando me fui a América por primera vez. Antes de eso, eran cerro, un balcón desnudo desde el que asomarse a la vega y, conteniéndola, el desierto de la meseta.

Pienso que me falta demasiada gente para llamar a esto volver (mi padre, mi abuela, Pedro, Félix, Dani), y además yo soy otra persona. He venido, pues, a otro lugar. Mis ojos renovados lo ven bello y seguro. Un buen lugar donde tener los cuarteles de invierno (¡y nunca mejor dicho!). No lo sabía, pero extrañé el frío.


domingo, 8 de marzo de 2020

el 8 de marzo entre dos orillas

© Izazkun Pinson (¡una de mis alumnas!)

Dos años se cumplen desde firmé este manifiesto junto a muchas mujeres que conozco o que admiro o que ambas cosas (Teresa Giménez Barbat, Cayetana Álvarez de Toledo, Berta Vias Mahou…), y que publicó El País (con gran éxito de visitas, según nos dijo una buena amiga integrante de la redacción, que entonces dirigía aún Antonio Caño). Se trataba de una iniciativa en la línea de las francesas (más de un centenar de artistas e intelectuales, entre ellas tres ilustres Catalinas: Deneuve, Millet y Robbe-Grillet), que se oponían a la ola puritana que acarreó el movimiento #metoo nacido en Estados Unidos con este texto, traducido al español por Aloma Rodríguez para Letras Libres. ("La violación es un crimen. Pero el flirteo insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista", arrancaban, toreras.)

Sobre el original de “No nacemos víctimas”, que me envió Berta González de Vega, recuerdo que hice una sola observación, y ella me respondió que justamente habían quitado la parte que yo observaba porque había suscitado la misma desconfianza en otras. Es decir, fue un texto leído a conciencia, discutido y consensuado entre todas las firmantes.

Suscribía y suscribo todo lo que ahí se dice. Qué orgullo, pensaba también, haber nacido en un país que logró el cambio en tan poco tiempo. No solo por ley (de la Constitución de 1978 a la ley del aborto en 1985, pasando por el uso de anticonceptivos y el divorcio, las mujeres lograron una verdadera igualdad, y derechos que hasta entonces eran impensables), sino por experiencia. ¿Cómo es que (sospecho que en la respuesta encontraríamos la solución a muchos problemas) hombres educados en el más férreo franquismo y en el hambre atroz, como mi abuelo, o en un franquismo atenuado por los tecnócratas pero todavía profundamente conservador, como mi padre, fueron, en democracia, hombres que ejercieron la igualdad y que educaron a sus hijas y nietas en libertad, sin políticas “con perspectiva de género”? (Al rincón de pensar.)

Sobre las trampas y los peligros de esta guerra cultural han escrito varios (especialmente, por su brillantez y su valentía, la jurista Guadalupe Sánchez y el catedrático de filosofía del derecho Pablo de Lora) y los conmino a leerlos. Apunto aquí, simplemente, que en España, uno de los países más seguros del mundo para nacer mujer, donde existe un Estado de derecho, donde las fuerzas de seguridad del Estado son altamente eficaces, es muy fácil ver las falacias del feminismo hegemónico, que sin embargo ha ido ganando terreno en el poder desde la aprobación de la Ley Integral de Violencia de Género, en 2004. Luchar contra esas falacias era, en suma, uno de los objetivos de nuestro manifiesto de 2018.

Pero me hice en aquel momento una pregunta: ¿firmaría un manifiesto igual que llevara “México” en lugar de “España”? No, me dije. Las cifras hace dos años no eran tan terribles como hoy, pero eran igualmente terribles. En México, con esta violencia desbordada, el primer lugar del mundo en embarazos adolescentes, con pueblos que se rigen por leyes de usos y costumbres que prohíben a las mujeres ejercer los mismos derechos que los hombres, donde lo que más llama la atención de la publicidad es la cantidad de electrodomésticos que se anuncian con una mujer blanca semi desnuda, no, no podría firmar ese manifiesto. (Sirva de epítome del horror que viven tantas mujeres en este país la historia de María Elena Ríos Ortiz.)

Después de los asesinatos en febrero de Ingrid Escamilla y, pocos días después, de la niña Fátima Aldrigett Antón, la paciencia se colmó, y comenzó a cobrar fuerza la iniciativa de un colectivo feminista de Veracruz, Brujas del Mar, para realizar una insólita huelga de mujeres mañana (“El nueve ninguna se mueve”, es el lema). Hoy, además, está convocada una marcha que se prevé multitudinaria.

Hasta aquí, caben pocas dudas de la legitimidad de las reivindicaciones. La rabia y la desesperación están más que justificadas. El problema está, para mí, en dos puntos (tres, si se incluye la imposibilidad de criticar o de introducir matiz porque cualquier voz que difiera de la mayoría se considera mala feminista o, directamente, mala, insolidaria mujer; allá voy).

El primero reside en cómo el (llamémoslo así) clamor popular está explicando los crímenes contra las mujeres y qué está pidiendo para terminar con ellos. “Fue el machismo”, gritan. “Leyes e investigaciones con perspectiva de género”, reclaman. Gritan irrealidades, reclaman imposibles. Los que matan son personas con nombres y apellidos, no sabemos si machistas o no (a niños y a niñas, por cierto, los matan mayoritariamente sus madres), quizá con adicciones, psicopatías o traumas profundos precisamente por estar sometidos desde niños a la violencia sistemática. Pero esto ya pasó antes: concretamente, en las manifestaciones después de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa en Iguala. Lo que gritaban entonces era “fue el Estado”, y lo que reclamaban, “vivos se los llevaron, vivos los queremos”. Sobre ello, ya me extendí en su momento. Y como en aquella ocasión, sigo diciendo que el problema es la impunidad (reportajes como este de Valeria Durán no hacen más que confirmarlo). ¿Qué estamos pidiendo ahora, pues, el fin de la impunidad pero solo para la mitad de la población? ¿Qué igualdad es esa? ¿Una ley “con perspectiva de género” va a hacer por fin que los cuerpos policiales no se coludan con el narco, que el sistema penal por fin funcione, que haya por fin capacidad forense para resolver siquiera un crimen? Preguntas retóricas, claro está. Pedir que el Estado tenga “perspectiva de género” es como comenzar la casa por el tejado… con un tejado de paja.

Y esto comunica con el segundo punto: la reivindicación del fin de la violencia en México, legítima, urgente y necesaria, está mezclando churras con merinas, ha acogido en su carro a oportunistas de toda índole, se ha contagiado del discurso extendido a partir del movimiento #metoo, que a nivel mundial ha criticado con notoriedad nuestra amazona Camille Paglia. El ejemplo paradigmático fue el estallido del “movimiento” #metooescritoresmexicanos. De eso hará un año a finales de este mes, y también pienso escribir.