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jueves, 21 de enero de 2021

ilegales y desesperados

Estando así las cosas, cabe pensar que hay muchos estudiantes que se ven obligados a hacer una tesis para  poder sacar el título a toda prisa y lograr el ascenso de categoría, para cuya obtención se han matriculado en la universidad. Algunos de estos estudiantes tienen incluso cuarenta años. Son estos los que pedirían instrucciones sobre cómo hacer una tesis en un mes con vistas a obtener una nota cualquiera y salir de la universidad. Ya desde ahora hemos de decir que este libro no es para ellos. Si tales son sus exigencias, si son víctimas de una ordenación jurídica paradójica que les obliga a doctorarse para resolver dolorosos problemas económicos, tendrán que hacer dos cosas: (1) invertir una suma razonable para encargar la tesis a otra persona; (2) copiar una tesis ya hecha unos años antes en otra universidad (...) Está claro que los dos consejos que acabamos de de dar son ilegales. Sería como decir: "si te presentas herido en la casa de socorro y el médico no quiere atenderte, ponle un cuchillo en el cuello". En ambos casos se trata de actos desesperados.

Ilegales y desesperados.

"Graduarse en una buena universidad no impide ser un gaznápiro, como el caso Trump indica; pero darle un carácter virtuoso al hecho de no haber pisado estas aulas explica la degeneración del momento", escribe hoy Espada, que pide –y yo me apunto– el retorno de las élites a la política.

La cita es de Eco, claro (mi ejemplar, edición 94, lo conseguí en un puesto de lance del Parque Rivadavia en Buenos Aires allá por 2003)




jueves, 14 de enero de 2021

pero como ya nadie lee

Dos cosas me estremecieron del documental sobre Francisco Umbral, Anatomía de un dandy: ver en movimiento a David Gistau, cuya muerte sentí cercana aunque nunca lo conocí en persona, y oír al pequeño Pincho, el hijo perdido de Mortal y rosa, jugando con su padre.

Para quien no conozca la figura de Umbral, la película es una buena manera de acercarse, es un resumen sustancial de su vida y obra. Sin embargo, quizá defraude a quien sí lo haya seguido, aunque fuera a ratos, como yo.

Todo lo que se cuenta ahí es sabido: la dolorosa muerte del hijo, la vida disoluta y hasta su verdadero nombre, que conocimos gracias a Manuel Jabois en esta crónica imprescindible.

El director, Charlie Arnaiz, accedió, sí, a cintas inéditas, pero que no aportan gran cosa a lo ya conocido. "Soy un cabrón, te lo advierto", dice al interlocutor. Como si en la memoria de cada español no estuviera, desgraciadamente, aquella escena vergonzosa que preludiaba la inminente telebasura ("Yo he venido aquí a hablar de mi libro"), en la que Umbral llevaba toda la razón.

Entrevista, claro, a María España, pero pierde la oportunidad de profundizar en la relación que mantenía el matrimonio, quizá intimidante, quizá mucho más inteligente de lo que cualquiera se atrevió a preguntar.

Entrevista, también, a su círculo de amigos y discípulos de casi todas las edades, algunos que lo acompañaron en las noches de Madrid. Pero ninguno, por ejemplo, dice siquiera (¿por qué debería ser vergonzoso en alguien libérrimo?) qué tipo de drogas tomaba.

Nada supera, dicho lo cual, la entrevista que le hizo una vez Lola Flores, incluida brevemente en el documental. "Yo psicológicamente me parece que lo entiendo muy bien", le decía La Faraona.

Nada supera, por supuesto, su propia obra. Pero como ya nadie lee, es normal que hagan películas cortas.


domingo, 3 de enero de 2021

lecturas de domingo

Estos dos artículos de Rebeca Argudo, no aptos para aliades ni mordedoras de anzuelos: "Cómo suspender el curso 'Masculinidad y violencia' en cuatro cómodos pasos" y "Yo voté a VOX".

Este reportaje en 14ymedio sobre la crisis económica en la que se encuentra sumida Cuba en los últimos meses (aunque en realidad, en los últimos 62 años).

Y las memorias de Manolo Arroyo.

No me sale llamarlo Manuel Arroyo-Stephens, la verdad, y no porque lo haya tratado. Manolo Arroyo lo han llamado siempre mis amigos que fueron sus amigos, por los que supe de él y de sus andanzas, entre ellas, llevar a Madrid a Chavela Vargas, tras verla actuar en El Hábito (lo cual supuso su resurrección mundial), o a Paquita la del Barrio, o revivir a Rancapino después de veinte años sin grabar, o ser apoderado de Rafael de Paula y uno de los últimos amigos de José Bergamín. Luego, claro, está la fundación de Turner. (De esa casa, entre unas cosas y otras, fui cercana desde que llegué a vivir a México.) En este preciso instante me estoy acordando de cuándo fue la primera vez que oí hablar de él, de hecho, en la Feria del Libro de Guadalajara año 2006. Me la guardaré.

Me he sentado en este rincón hoy, la tarde cayendo. Hacía frío, pero qué sol.