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jueves, 12 de marzo de 2015

Claudio Magris, el escritor que condensó el Danubio

Estar ante Claudio Magris es ser testigo del último eslabón de una cadena formada por colosos como Italo Svevo, Stefan Zweig, Joseph Roth, Sándor Márai o Elias Canetti, anclada en el corazón de una Europa que ya no existe, destruida por dos guerras mundiales y cruzada por el Holocausto. Trieste, donde nació en 1939, esa pequeña cornisa de Italia que mira al Adriático encajada entre montes de espaldas a Eslovenia, fue un día el puerto del Imperio Austrohúngaro. De esta tradición centroeuropea, ilustrada, cosmopolita y multicultural, bebe Magris como de una fuente inagotable.
            La alusión al agua es a propósito: presente en toda su obra de alguna u otra manera, como mar o como río, es la gran protagonista de su título más emblemático, El Danubio (1986), que no es novela ni ensayo ni estudio histórico ni crónica de viajes, sino todo eso, mosaico de fronteras difusas, marca inapelable de su estilo. "La escritura de El Danubio es heterogénea, impura, mezcla de géneros y de registros estilísticos, como las aguas del verdadero río –que no son azules–. Esto es válido, en formas diversas, para todos mis libros, novelas, relatos y piezas teatrales que he escrito", explicaba el propio Magris en Guadalajara, en el discurso de aceptación del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2014 el pasado 29 de noviembre, que tituló "Lápices de colores". Ahí mismo, dejaba entrever cómo le dio la idea para ese libro –igual que para otros antes de enviudar– su esposa, la escritora Marisa Madieri, madre de sus hijos, Francesco y Paolo. En septiembre del 82 –en un verano en que visitó México por primera vez, por cierto–, contemplando las aguas del río cerca de la frontera con la Europa del Este, ella sugirió: "¿Qué pasaría si continuásemos vagando hasta la desembocadura del Danubio?".
            Sobre el Danubio, Europa, México, la no ficción y la literatura, su mujer y el amor, va y viene Claudio Magris durante la conversación, dejando a medio terminar algunas frases, posando su mirada verde ora en su interlocutor, ora en la gente que trasiega en torno, generoso y sonriente, como si no llevara a sus espaldas decenas de entrevistas y el lugar no fuese el rellano de un hotel. Hablar con Magris es olvidar el ruido y trasladarse a uno de los cafés que frecuenta en Trieste, como el San Marco, tan presente en las páginas de sus libros.
            Una de las primeras impresiones que se tiene de ellos es el amor de su autor por el dato, por la palabra precisa, por buscar lo que en verdad pasó, como en Conjeturas sobre un sable (1985). Llama la atención que a pesar de esta preferencia por la realidad, se inclinara a escribir ficción. Magris, que además es columnista en Il Corriere della Sera, reconoce esta pasión citando a Mark Twain ("la verdad es más extraña que la ficción") y a Italo Svevo ("la vida no es fea ni bella, sino original"): "Lo que pasa en nuestras familias, lo que leemos en los periódicos, es tan increíble, que te sorprende más que la ficción". Pone como ejemplo su cuento "El Conde", recién editado en español por Sexto Piso, que trata de un "pescador de cadáveres" y que escribió en 1993 a partir de una noticia que leyó en el periódico. Sin embargo, explica, la literatura llega mucho más allá: "Somos mucho más que nuestra biografía: somos también lo que no hemos vivido. La literatura va en busca de esta riqueza potencial, no de hechos; es como buscar unos genes que no se han desarrollado, pero que están ahí y hay que encontrar".
            Catedrático de literatura germánica, traductor de Ibsen, Von Kleist y Schnitzler, empezó a escribir muy joven: tenía 24 años cuando publicó su ópera prima, el estudio El mito habsbúrgico en la literatura austríaca moderna, que marcaría los temas de su obra, y pronto se dio cuenta de la elasticidad de la escritura para romper los corsés establecidos. "La escritura", dice, "es a la vez un agente de aduana y un contrabandista; establece fronteras y las transgrede". Una de esas aduanas transgredidas es la que divide la escritura y la vida. Así, de Lejos de dónde. Joseph Roth y la tradición hebraico-oriental (1971) confiesa que poco a poco se fue convirtiendo en una metáfora de sí mismo. Ensayo más relacionado con Isaac Bashevis Singer, a quien conoció personalmente, Lejos de dónde nació de la historia de dos judíos europeos del Este que una vez leyó casualmente: "Ambos se encuentran en una estación de tren, uno de ellos lleva muchas maletas y el otro le pregunta: ¿adónde vas?. Y este responde: voy a Argentina. Aquel comenta: ¡vas muy lejos!. Y el segundo dice: ¿lejos de dónde?." A partir de entonces, se zambulló en el universo de los guetos a lo largo de la historia, leyó a todos los autores en yiddish posibles y cualquier relato jasídico que caía en sus manos, hasta conformar un retrato tan fiel a esa civilización, que ha tenido que aclarar muchas veces que él no es judío. Las razones de su afinidad con la tradición hebrea la resume en una frase: "Una civilización que ha sufrido con tremenda violencia la erradicación, el exilio, persecuciones, amenazas de aniquilación de su identidad, y a todo esto se han enfrentado oponiendo una resistencia extraordinaria individual y un humorismo indestructible."
            ¿Qué queda del espíritu de la Mitteleuropa que ha retratado Magris, de ese "mundo del orden que había descubierto el desorden", en sus palabras? ¿Se parece la Europa de hoy, con tensiones nacionalistas, convaleciente de una gran crisis económica, desencantada de la democracia y veleidosa con partidos extremistas de uno y otro signo, a aquel "laboratorio de nihilismo contemporáneo a la vez que una guerrilla en su contra"? Claudio Magris opina que son cosas sustancialmente diferentes, aunque reconoce que Europa vive una crisis de la democracia representativa. "Patriota europeo", sueña "un momento en que podamos tener un Estado de Europa federal, en el que los actuales Estados sean sus regiones, porque los problemas en este momento ya no son nacionales, sino europeos, como la inmigración, por ejemplo. Yo creo que el único futuro posible es este, aunque estamos en un momento difícil, o peor aún, de cansancio."
            El interés de Magris por el Imperio Austrohúngaro alcanza también el pedazo del mismo que llegó a México en el siglo XIX, con los emperadores Maximiliano y Carlota. Lector de Noticias del Imperio, cuya estructura confiesa influyó de manera fundamental en su novela A ciegas (2005), y admirador de Fernando del Paso, con quien departió en uno de los momentos más emocionantes de la FIL, Magris anunció que incluirá en su próximo libro a Maximiliano de Habsburgo, que estuvo en el Castillo de Miramar, muy cerca de Trieste, antes de viajar a México. Sin dar mayores detalles –dice que hablar de lo que se está escribiendo es como hablar de matrimonio demasiado pronto en una relación–, cuenta en qué consiste el episodio: "Tiene que ver con la grotesca aventura de Maximiliano, que viene a México trayendo las fuerzas reaccionarias a la república liberal. Cuando partió, la gente de Trieste, que evidentemente entendía mejor que él lo que pasaría, le cantaba una canción: Maximiliano, no te fíes, ¡quédate en el Castillo de Miramar! Que la corona de Moctezuma es una copa llena de espuma. Timeo Danaos ["teme a los dánaos", célebre frase de la Eneida] o acuérdate: bajo la púrpura encuentras la cuerda."
            México, recuerda, le causó sentimientos encontrados la primera vez que lo visitó, hace más de treinta años: le gustaba el encanto natural y la sensualidad, pero le asustaba el tamaño de la capital, que entonces ya tenía trece millones de habitantes, por la posible alienación a la que sometía al individuo. "Lo que más me sorprendió fue la gran vivacidad intelectual que había en aquel tiempo". Aquí, en efecto, trabó amistad con algunos escritores, como Juan García Ponce, Héctor Orestes Aguilar o Esther Cohen –encargada, de la semblanza del triestino en la entrega del Premio FIL. Preguntado por la visión de la situación mexicana en Italia, sobre todo en relación con los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala el pasado septiembre, contó una anécdota que evidenciaba por sí sola el asunto: "Una señora me dijo que no tenía que venir a México, no porque estuviera en peligro, sino como protesta. Como si uno no hubiera ido a Italia porque estaban las Brigadas Rojas", y dejó claro que los escritores no tienen por qué juzgar lo que pasa: "Tenemos las mismas responsabilidades que cualquier ciudadano, ni más ni menos. Ser escritor no significa entender mejor la política, y hay una tendencia a creer que los escritores son como curas. Para mí, la pluma puede ser una especie de arma, pero no quiere decir que sea mejor".
            La definición de literatura para Magris, pues, está lejos de esos asuntos mundanos. Al principio de El Danubio, distingue dos clases de escritores: los persuadidos, que "obedecen la luz de su genio", y los retóricos, que "huyen de sus demonios". ¿Es él un persuadido o un retórico? Los dos, responde, dependiendo del momento. "¡Los niños son los verdaderos persuadidos!", se entusiasma: "Corren y corren, no para llegar a algún lugar, sino porque les gusta correr", y procede a narrar ese episodio de la vida de San Luis Gonzaga, patrón de la juventud, en el que un tío le pregunta ¿qué harías si supieras que vas a morir en diez minutos? y el santo, en vez de contestar algo pío, contesta "continuaría jugando".
            ¿Por qué se escribe?, se preguntaba al final de su discurso en Guadalajara: "Por amor, por miedo, como protesta, para distraerse ante la imposibilidad de vivir, para exorcizar un vacío, para buscarle un sentido a la vida. A veces para establecer un orden, otras para deshacer un orden preestablecido; para defender a alguien, para agredir a alguien. Para luchar contra el olvido, con el deseo –tal vez patético pero grande y apasionado– de proteger, de salvar las cosas y sobre todo los rostros amados, de la abrasión del tiempo, de la muerte. Escribir es también un intento de construir un arca de Noé para salvar todo lo que amamos, para salvar –deseo vano e imposible, quijotesco pero inextirpable– cada vida".
            Oyéndolo, el lector de su obra se remitía de manera inevitable a su mujer, Marisa Madieri, que murió en 1996 víctima del cáncer. Madieri, de una intensidad deslumbrante, dejó escrito muy pocos libros, entre ellos Verde agua (1987), hermoso y cortante como navaja suiza, que es el testimonio de su infancia y su familia, exiliados en Trieste desde la ciudad de Fiume cuando esta pasó a formar parte de Yugoslavia, en 1947, y en el que aparecen mencionados los viajes familiares de aquel verano primordial del 82 (México y el Danubio). Magris cuenta lo duro que fue para Madieri escribirlo y el éxito impresionante que ha tenido años después de su muerte, sobre todo en español (editado por Minúscula). Él reconoce que Madieri está presente en sus libros de una manera constante –Así que Usted comprenderá (2006), una recreación de su historia de amor a través del mito de Eurídice y Orfeo, es la muestra más clara– y se refiere así a su enorme pérdida y a la literatura como catarsis: "Hay un aspecto práctico, que no es el más importante pero existe: Marisa tenía muchas de las primeras ideas y era muy buena editando. Y esto lo extraño mucho. En cuanto al resto, la escritura no alivia, pero sigue nutriéndose de la relación. Marisa es una historia que continúa. Yo creo que las personas amadas 'son', no 'han sido', como la poesía. ¿Sabe? Ahora en Trieste le han dedicado una pequeña plaza con un jardín, y mis hijos y yo de vez en cuando decimos 'vamos a tomar café a la plaza de Marisa'."
            Antes de despedirse, Claudio Magris, el último de los escritores centroeuropeos, de ojos melancólicos del color de su río favorito, accede a firmar Verde agua: "Este libro, el más mío entre los míos".


(Publicado originalmente en Esquire México, núm. 78, marzo de 2015.)

lunes, 21 de octubre de 2013

Los últimos años de Chávez en Venezuela

Autocracia electoral. Es la definición que hace suya Rory Carroll (Dublín, 1972) para el gobierno de Hugo Chávez, presidente de Venezuela desde 1998 hasta su muerte, acaecida un día antes del punto final del libro Comandante. La Venezuela de Hugo Chávez, el primero de su carrera.
            Talentoso desde muy joven, bregado reportero en conflictos como los Balcanes, Afganistán o Irak –donde fue secuestrado un día y medio–, llegó a Venezuela en 2006, procedente de África, y se encontró con algo que no había visto jamás: un líder elegido en las urnas que en pleno siglo XXI se hacía presente en la vida cotidiana de un modo casi orwelliano, a través de carteles, pantallas y programas sociales, y un país a la vez rico y lleno de pobres. En ello, Carroll consideró fundamental la lógica del petróleo, "el excremento del diablo", en las célebres palabras del político venezolano Juan Pablo Pérez Alfonzo que también hace suyas. "En un país petrolero –dice este irlandés cuyo semblante pelirrojo, pecoso y jovial responde perfectamente al tópico–, todas las reglas económicas son diferentes".
            Si bien la primera mitad del libro es deudora de otros trabajos anteriores sobre la vida y la compleja personalidad de Chávez –no en vano coincide con los años en el poder que el autor no presenció–, la segunda se erige como un enorme trabajo periodístico: el relato puntual e incontestable del desmantelamiento económico de un país con demasiadas oportunidades perdidas. Rory Carroll conversó con Esquire semanas antes de su participación en el Hay Festival de Xalapa, donde presentó su libro este mismo mes de octubre de la mano de su editorial en español, Sexto Piso.

¿Qué empuja a un corresponsal, después de haber tenido la experiencia periodística en el país, a escribir un libro?
En este caso, Chávez como figura. Había entrevistado a Silvio Berlusconi y a militares en otros países, pero él era único. Me sorprendía que su imagen en el extranjero fuera una caricatura. Escribir un libro era tener una plataforma más amplia para investigar y mostrar las contradicciones.

Después de la biografía de Alberto Barrera y Cristina Marcano, Hugo Chávez sin uniforme, que conoces bien y citas en tu libro, ¿qué pensabas aportar al retrato de Chávez?
El libro de Alberto y Cristina fue muy importante, pero yo quería hacer una versión contemporánea, porque éste es de 2004. Además, estaba influido por mi experiencia en África y sus big men, por ejemplo Haile Selassie y el libro de Ryszard Kapuscinski, El emperador. Se me ocurrió que Chávez merecía un libro así, para capturar ese "realismo mágico" y explicárselo a los extranjeros.

Una de las cosas que llaman la atención del libro, precisamente, es su estructura, similar a El emperador. Tanto, que en ambos tomos, la primera parte tiene el mismo título, "El trono". ¿Qué le debes a Kapuscinski?
Básicamente le tengo envidia porque él tenía "el lujo" de inventar cosas para enriquecer su literatura. El emperador es una obra magnífica, aunque no cien por ciento confiable. Yo quería aspirar a ese estilo pero sin sacrificar los hechos.

Además de África, estuviste en Irak, donde fuiste secuestrado en 2005. ¿Me podrías hablar de esa experiencia?
Fue muy interesante cubrir una guerra sobre la que el mundo tenía puestos los ojos. Era lo opuesto de África, donde pasaba, por ejemplo, semanas en el Congo, volvía con mis cuadernitos llenos de notas y descubría el poco interés sobre lo que estaba pasando. El problema de Irak era que la inseguridad limitaba hacer reportajes, y eso era muy fastidioso. Un día cometí un error y fui secuestrado. Fue en Ciudad Sadr, una parte de Bagdad controlada por Muqtada al-Sadr, chií, considerada segura para los periodistas. Las circunstancias cambiaron cuando los británicos detuvieron a unos militares de Sadr en Bassora. No calculé bien el riesgo, pasé demasiado tiempo en un lugar haciendo una entrevista en la calle y me agarraron. No sabía entonces que iba a ser tan breve, pero sí pensé que quizá iba a sobrevivir porque la mayoría de los periodistas extranjeros que estaban secuestrados lo lograron. Tuve mucha suerte.

A medida que avanza el libro, no sólo se observa la decadencia de Caracas, de Venezuela y de la economía, sino también cierto decaimiento en tu propio ánimo, entusiasta al principio. ¿Pasó así?
En esencia, sí. Poco a poco me fui haciendo cada vez más crítico de lo que veía. Chávez tenía talento político y mucha plata, pero al final fue un fiasco. Me molestaba mucho la propaganda del gobierno que contaba al mundo que estaba haciendo una obra magnífica en Venezuela y, al mismo tiempo, la imagen que vendían Fox News y medios así para los que Chávez era poco menos que Stalin o Pol Pot. Además, estaba harto del nivel de polarización que alcanzó la vida pública.

¿Qué opinión te merece la oposición ahora?
Mejoraron muchísimo después de errores graves, incluso fatales, que cometieron con su radicalismo, gracias sobre todo a la victoria interna de los moderados, como Henrique Capriles. El problema fue que cuando aprendieron, el espacio mediático ya se había reducido y era sumamente difícil difundir su mensaje. Ahora, bajo Maduro, hay menos espacio que nunca.

¿Cómo te explicas que a pesar de la inflación, del desabastecimiento, del hundimiento de la industria, que muestras en tu libro, Chávez ganara casi todas las batallas electorales?
Creo que hay dos razones fundamentales. La primera es que Chávez logró convencer a millones de venezolanos de que él estaba de su lado, y los politólogos muestran que esto tiene un impacto muy profundo: la gente puede llegar a decir que los problemas no son culpa del líder, sino de la gente que lo rodea, o que las cosas podrían empeorar sin él. La segunda razón es que el gobierno, como Estado petrolero, controlaba la economía a través de su sistema de subsidios. Antes de cada elección, podía aumentar salarios, ofrecer empleos, e incluso regalar hornos o poner tu nombre en una lista para una casa.

Hay distintos momentos estelares en tu libro, como la descripción de la sala situacional del gobierno escondida en el búnker bajo Miraflores. ¿Cómo llega un periodista a esas fuentes de calidad?
Un poco de todo. Lo difícil fue identificarlas, pero una vez con los nombres, fue fácil. Tengo que confesar, sin embargo, que habría querido más fuentes y más cercanas a Chávez porque muchísimas cosas no han salido todavía a la luz. Dado el carácter extravertido de los venezolanos, es impresionante el nivel de disciplina dentro de Miraflores.

Ya estabas en Los Ángeles cuando murió Chávez, ¿cómo viviste ese proceso desde fuera?
Fue muy frustrante, pero creo que habría sido igual desde dentro: quizá sólo veinte personas, diez de ellos cubanos, sabían lo que estaba pasando, y los demás estábamos adivinando, especulando o interpretando tuits.

¿Qué esperanza ves con Nicolás Maduro?
Ha mostrado una disposición más pragmática que Chávez con respecto a la economía, pero los problemas son tan graves y tan complicados, que le va a resultar muy difícil mejorarlos. Lo que me parece evidente es que el nivel de autoritarismo está empeorando y la razón no es difícil de adivinar: él no tiene la misma legitimidad que Chávez, se siente más débil y es su manera de reaccionar.


(Publicado originalmente en Esquire México, núm. 61, octubre de 2013.)

viernes, 30 de abril de 2010

Jacobo Siruela, el placer de editar

A principios de los ochenta, Jacobo Fitz-James Stuart, conde de Siruela (Madrid, 1954), fundó y bautizó con su título nobiliario una editorial que se convertiría en referente. La vendió siendo una empresa próspera y prestigiosa en el año 2000 para centrarse en el proyecto exquisito y artesanal que lleva a cabo junto a su mujer, Inka Martí, desde su masía en el alto Ampurdán: Ediciones Atalanta. Un lustro de vida y casi medio centenar de títulos en el catálogo lo hicieron venir a México a presentarla.

Los editores suelen quejarse de su relación con los autores. Tú pareces haberlo solucionado publicando mayoritariamente a escritores muertos.
Bueno, yo no he tenido relaciones muy conflictivas con los autores, la verdad. Es cierto que mis autores vivos están lejos: uno vive en Tokio, otro en Uttar Pradesh, otro en Nueva York... De todas formas creo que es un conflicto necesario. Cualquier relación humana es conflictiva, más cuando hay intereses de por medio. Yo lo he solucionado un poco como casi todo: saliéndome por la tangente.

De las expectativas que tenías hace casi cinco años para Atalanta, ¿cuál se ha cumplido y cuál no?
Podemos estar razonablemente satisfechos, porque el sello se ha implantado bastante bien en España. Faltaba Latinoamérica, donde se vende poco, porque los libros son caros y porque hay que hacer política de marca. Por eso hemos venido a México. Yo no podía venir con tres libritos; ahora, con 43 libros, era el momento, y seguramente volveremos en diciembre. Yo he tenido una relación muy buena con México; en general con Latinoamérica. Siempre he sentido muy afín la sensibilidad latinoamericana.

Pienso que los editores españoles han conquistado el mercado editorial latinoamericano pero quizá les falta profundizar en la realidad del continente...
Bueno, es una verdad a medias, porque también se publica bastante literatura latinoamericana en España. También Latinoamérica vuelve la espalda a España: en muchas partes de Latinoamérica no se publica literatura española. Es una cosa recíproca.

¿Puedes poner un ejemplo?
Es bastante notorio, no hay que poner ejemplos. Yo sé que hay editores que han llevado los autores españoles a Latinoamérica y no se han vendido. Hay una especie de interés y desinterés: son dos realidades culturales que están condenadas a estar juntas. Es un mismo mercado, una misma lengua y una cultura diversa. Pero quizá no soy el más indicado; eso tendría que explicarlo un editor que publica autores latinoamericanos en España.

El gran éxito de Atalanta.
La historia de Genji: increíble que hayamos vendido doce mil y pico ejemplares.

Y un fracaso o una decepción.
En realidad, fracaso estrepitoso ninguno; es decir, los fracasos son mil y pico, y ahí se detienen las ventas. En España nos suelen ir mejor los ensayos que los cuentos, curiosamente, aunque Conrad va por la segunda edición, como Vivant Denon; Oscar Wilde va por la cuarta...

Has dicho en alguna entrevista que no fundaron Atalanta por motivos comerciales, pero eso no querrá decir que no te deja...
Siempre he dicho en broma que trabajo para no perder. Lo que pasa es que me estoy metiendo continuamente en libros que vacían las arcas de cualquiera. La Historia de mi vida de Casanova, por ejemplo, me ha costado ciento treinta mil euros. Evidentemente ya se han vendido más de tres mil ejemplares y hemos cubierto gastos. Pero siempre estoy intentando hacer posible lo imposible.
¿
Se necesita ser rico para tener una editorial así?
No, no. Yo fundé Siruela con bastante poco dinero. Con Atalanta sí metí dinero, pero como La historia de Genji fue el tercer libro, lo recuperé rápidamente. Claro, al principio hay que tener cubiertos los gastos de los primeros libros, de la página web, etcétera. Una pequeña editorial tiene gastos muy pequeños, una capacidad de reacción muy rápida, y todos tus movimientos son mucho más rentables que en las grandes empresas.

¿Cómo organizas el trabajo desde la lejanía de la masía?
Yo trabajo para Atalanta por la mañana y desde el ordenador se hace todo. Por eso siempre he dicho que es una editorial que funde lo campestre con lo cibernético. Sin el ordenador, no hubiéramos podido hacer Atalanta. A través del ordenador se procesan los textos, se hace el diseño, se envía a la imprenta; toda la investigación que hacemos de los libros se hace a través de internet, y los libros los recibimos a través de Amazon o de David’s Books. Soy muy partidario de lo electrónico, porque creo que es lo más interesante que ha pasado en la cultura en los últimos veinticinco años. Ahora he elogiado los blogs y ha tenido un eco increíble en los medios mexicanos. He tocado una fibra sensible de una manera azarosa, porque lo único que he hecho es contar mi experiencia. Nosotros publicamos a Masud Naiyer, que vive en Uttar Pradesh y sobre el que ni su propia agente sabía. El comportamiento de los críticos en periódicos y suplementos normalmente sería muy convencional: “Puf, un indio, y desconocido, y de Atalanta, debe de ser raro; si fuera de Anagrama...” Y de repente tres blogs lo han descubierto y han escrito críticas entusiastas y lo han recomendado como el mejor libro del año. Los blogs están más en la realidad, son más ágiles, y se dirigen a veinte mil personas, pero todos amantes de la literatura, o sea que el eco que pueden tener es muy grande. Es verdad que si sale una crítica en El País se dispara la venta, y esto con un blog no se puede saber. Pero intuyo que es importante.

¿Y ya tienes Kindle?
No estoy interesado. Yo voy a seguir haciendo el libro tradicional. Pienso además que el libro que hacemos es un libro del siglo XXI, que se seguirá haciendo, y que la tecnología de Gutenberg es perfecta. Son los grandes grupos los que están interesados en eso. Yo soy defensor de lo artesanal, entonces estoy en otra posición. Esto no es pasar del barco de vela al barco de vapor: es una opción más. Yo creo que se ha dado una noticia que no se ha producido, que promete una expectación creada artificialmente, muy vinculada también al negocio, a la expectativa de beneficios. Veremos en los próximos años cómo se desenvuelve.

¿Dónde reside el secreto para acertar?
En qué se basa el tahúr: en su técnica, en su experiencia, pero finalmente acierta por algo que ni él sabe. En este oficio no se puede saber. Yo me meto en la impresión enorme de Casanova y puedo saber cómo promocionarlo; sé que la prensa, cuando yo les explique que es un libro importantísimo, se va a entusiasmar. Y claro, este es el Casanova auténtico, con dos mil notas y doscientas páginas de índice onomástico; luego puede venir otro y hacerlo a dos pesetas y fastidiarte. Pero oye, estas son las leyes del tahúr, que no se queja del casino. Los lloriqueos no van conmigo.

Te hará gracia saber que a la vuelta de mi último viaje a España estuvieron a punto de abrirme la maleta: el bulto de las memorias de Casanova les parecía una suerte de artefacto explosivo...
Es que lo es.

¿Qué es lo más difícil de una editorial como Atalanta?
La edición en general es dificilísima. El proceso de producción hasta que llega al lector depende de tantas personas y tantos pasos técnicos e intelectuales... El lector no sabe la información tan sofisticada que conlleva un libro. Para mí es el objeto platónico por excelencia.

Y eso que Sócrates estaba en contra de los libros...
Decía Schopenhauer que un hombre de genio no podía no escribir, y que además Sócrates tenía panza, lo cual no es de hombre de genio.

Pero no me has dicho qué es lo más difícil para ti.
Cada libro es distinto, tiene problemas diferentes. En uno puedes tener problemas con el autor, en otro con un traductor, en otro con las correcciones, en otro con la imprenta, con la distribución o con la promoción... Esto no es sencillo, y la complejidad no se puede explicar en pocas palabras.

¿Echas de menos Siruela?
No. Yo me he reinventado totalmente. Para mí fue triste dejar todos los autores, pero yo no estaba por la labor de hacer una Siruela dos, llevarme a los autores, ese tipo de cosas. Era mejor empezar de nuevo con otro proyecto cultural, desarrollando las tres ideas del catálogo, llevar una labor de investigación y disfrutar con el trabajo, que es lo que nosotros hacemos. Yo he querido recuperar el placer de editar.

¿El apellido te ha pesado más que ayudado, o viceversa?
Esa siempre es una arma de doble filo. Al principio, por ejemplo, el impresor se fiaba de mí, pero luego en el mundo literario era “¿y este señorito que hace aquí?” Pero, en fin, yo siempre he vivido al margen de todo eso. Me he concentrado en hacer mi trabajo al margen de mi familia o de mis circunstancias sociales. ~


(Publicado originalmente en Letras Libres –México núm. 136, España núm. 103–, abril de 2010.)

miércoles, 7 de abril de 2010

David Razú, promotor de la ley sobre el matrimonio homosexual

“Nunca en la historia de México la adopción ha estado prohibida por razones de orientación sexual”

David Razú Aznar (Ciudad del Carmen, Campeche, 1974) maneja a la perfección las maneras políticas –aliteraciones pertinentes, énfasis en las ideas, uso del vocativo con el interlocutor– y fomenta el uso de las plataformas sociales en internet (pueden seguirlo en Twitter en @drazua) para comunicarse con el ciudadano. Su partido, el Socialdemócrata, perdió el registro nacional por insuficiencia de votos en las últimas elecciones, pero sí logró colarse en el congreso del DF. Como presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la Asamblea Legislativa capitalina y asociándose al PRD, Razú ha conseguido que el pleno aprobara la ley sobre el matrimonio homosexual, que junto a la aprobación del aborto libre durante las doce primeras semanas de embarazo hace del Distrito Federal un modelo en el mundo en materia de derechos sociales.

¿Cómo fue el camino de la propuesta de ley del matrimonio homosexual hasta que se convirtió en ley?
La iniciativa era parte fundamental de mi propuesta de campaña para el Partido Socialdemócrata y fue impulsada por una creciente red de organizaciones sociales que comenzaron a ejercer cada vez mayor presión. (Es importante decir que la pérdida del registro del partido vino de la votación nacional, no de la local: en la local sí obtuvimos los votos necesarios.) Lo que hice fue acercarme a aquel grupo parlamentario que tuviera la igualdad como bandera y como motor fundamental, y eso es desde luego el PRD. La ruta lógica era hacer un acuerdo con ellos. Desde antes de que comenzara la legislatura, hicimos público un acuerdo que se llamó “Alianza de Izquierdas”, por medio del cual me adhería al grupo parlamentario –no al partido–, y el PRD se comprometía a impulsar la agenda socialdemócrata, en particular este tema de los matrimonios entre personas del mismo sexo. Ya entrada la legislatura hubo mucho diálogo con los otros grupos parlamentarios, y muy buena respuesta del PT, de Nueva Alianza… En fin, fue posible irla avanzando. También teníamos un creciente apoyo social. Se fundó alrededor de estas reformas la red social Sociedad Unida por Nuestros Derechos, que cuando subimos la iniciativa al pleno, el 24 de noviembre de 2009, tenía más de doscientas organizaciones. Para cuando se aprobó la iniciativa, eran casi seiscientas organizaciones en la red.

Hay dos Méxicos muy distintos: está el DF y luego el resto de la República, algunos de cuyos estados presentaron impugnaciones a esta ley. ¿De veras crees que hay apoyo social mayoritario en México, o que es más bien la capital contra una provincia todavía conservadora?
El otro día leía en Twitter que lo increíble no era que hubiera matrimonio entre personas del mismo sexo y despenalización del aborto en México: que lo increíble era que en México existiera el DF. A mí me parece que lo que está pasando es un reflejo de la sociedad capitalina, y no lo veías antes de la democracia porque estábamos limitados; nada más hacía falta abrirle la puerta a la sociedad, una sociedad avanzada, una sociedad cosmopolita y que cree más en los derechos humanos. Eso por lo que corresponde al DF. En cuanto a los estados que presentaron las controversias, ya viste que las seis fueron desechadas por la Suprema Corte de Justicia. Ahora, si hay o no un apoyo mayoritario es algo que en el debate de los derechos humanos no debe ser el centro de la atención. De hecho, históricamente, la lucha por los derechos humanos se da en un ámbito y en un ambiente contramayoritario. Lo mismo ocurrió en su momento cuando se dio la existencia del matrimonio civil, que fue un escándalo. Nadie se quería casar. Y después, cuando se le dio el voto a la mujer. Son hitos en el avance social que no deben valorarse con respecto a la posición que las mayorías tengan. Si vivimos en democracia es precisamente para garantizar que no sean pisoteados los derechos de las minorías. Por eso, todos esos planteamientos de llevar esta reforma a referéndum y cosas por el estilo son absurdos. Desde luego, estoy convencido de que las reformas van a permanecer, y que la Suprema Corte de Justicia va a fallar en contra de la inconstitucionalidad ominosa promovida por el Gobierno Federal. Creo que el Gobierno Federal con esa acción no discrimina exclusivamente a las parejas del mismo sexo, discrimina a todo el mundo: todos aquellos que no vivan en una familia biparental heterosexual, según el procurador y el presidente de la República, no son sujetos de la protección de la ley.

Estás familiarizado con los casos de España o Gran Bretaña. ¿Cuál sería tu modelo de sociedad ideal, que exista ya?
Esa es una pregunta difícil de contestar, porque no puedes hacer una extrapolación de ninguna legislación de otro país. La diversidad y la historia mexicanas son tan particulares… Sí me imagino un modelo de ciudad, un modelo de sociedad y un modelo de país, pero no lo podría vincular con alguno que ya conozca, independientemente de que haya muchas sociedades que yo admire, que me parezcan proclives al desarrollo y a la felicidad de su población. Ahora, si bien es cierto que en España la aceptación era mayor –que no mucho mayor en términos estadísticos, comparando 2005 de España con 2009 de México–, también la resistencia fue brutal. Yo me acuerdo de una marcha con obispos al frente con quinientas mil personas en la calle, en contra de las reformas. Avanzar en las libertades siempre tiene enemigos irreductibles.

Algo revolucionario en esta ley es que las parejas pueden adoptar niños. Es el punto donde los críticos a la ley son más duros. ¿Cómo lo defiendes?
Primero, yo no lo tengo que defender. Más bien tendrían que defender su posición los que se oponen, que no han sido capaces de producir un solo argumento válido, solamente descalificaciones y opiniones. Segundo, la estrategia que ha tomado la derecha con respecto al tema del matrimonio entre personas del mismo sexo ha sido la de la desinformación permanente y la mentira. Nunca en la historia de México la adopción ha estado prohibida por razones de orientación sexual. Nunca. En esta reforma no tocamos un solo artículo referente a la adopción. Ni uno. Aquí se hicieron reformas para el matrimonio exclusivamente. Por qué, si están tan preocupados por el tema, no impugnaron esto hace cincuenta años, o hace treinta, o hace veinte, ¡si siempre se ha podido adoptar! Por qué resulta que de pronto es lo que les preocupa. Porque están conscientes de que, como decía Einstein a mediados del siglo pasado, es más fácil romper un átomo que un prejuicio, y como se han dado cuenta de que en el Distrito Federal con toda claridad hay una mayoría de personas que está a favor del tema de matrimonio, se han ido al tema de la adopción, para golpear donde la gente tiene menos información. Han engañado abiertamente a la sociedad diciéndole que legislamos para adoptar, pero lo peor y más grave: que la adopción está mal, o que les genera algún tipo de problema a los niños. No dicen cuáles son esos problemas, cuál es el sustento que tienen, de dónde lo sacan, por qué lo dicen. Prácticamente todas las academias serias del mundo que se han metido a estudiar esto –y tenemos los estudios en www.sociedadunida.org–, han demostrado con estudios empíricos que la orientación sexual de los padres no tiene ninguna relación con el desarrollo de los menores. Pero no se dan cuenta de que al hacer lo que hacen están atacando a niños, a los cuales les están diciendo “tú no tienes derecho a que se reconozca tu familia”. Porque las familias homoparentales con niños existen; no estaban esperando a que viniera un legislador o un grupo legislador a darles permiso. Lo único que estamos haciendo es darles el reconocimiento.

¿Cuál ha sido el argumento más cavernícola que te has encontrado en los debates del pleno?
Bueno, rayan hasta en lo divertido. En particular, el de un jerarca religioso de León, que dijo que el terremoto de Chile había sido por culpa de las reformas del matrimonio. De ahí, para abajo. El que más me ha preocupado es el que ha venido por parte del PAN, diciendo que iban a proteger a nuestros niños de deseos perversos y antinaturales que atentan contra sus derechos. Hacer una campaña como esta por parte de un partido político, financiado con recursos que provienen de nuestros impuestos, me parece una falta absoluta de ética política. Acción Nacional ha dejado mucho que desear como partido político y como institución.
Antes te preguntaba por esos dos Méxicos que se ven, el DF y el resto del país.

También creo que dentro de esa izquierda a la que te asociaste dentro del DF hay muchas diferencias. Me acuerdo, por ejemplo, en los plantones de 2006 organizados por López Obrador, cómo había carteles claramente homófobos referidos a miembros del PAN. ¿Qué opinas?
El PRD es un partido de masas, en fin, tiene un electorado muy amplio si se compara con los partidos emergentes. Pero me parece que cada vez hay un mayor esfuerzo en el PRD por desarrollar de manera efectiva su plataforma programática, en donde estos temas sí están. Una de las cosas que yo señalé públicamente en varias ocasiones es que para el PRD fue fácil adoptar estas reformas en el DF porque es congruente con su programa. Desde luego siempre hay cuadros y siempre hay representantes populares que pueden ir en contra de estos lineamientos. Y no sólo en el PRD; en el propio Partido Convergencia, que se postula socialdemócrata, por ejemplo, acaba de salir un diputado de apellido Tonalzin en Tlaxcala con una iniciativa para penalizar el aborto. De nuevo, me parece que el tema tiene que ver también con el DF/resto del país. Lo que quiero decir con todo esto es que la izquierda en su conjunto, si bien no está perfectamente alineada con las reformas liberales, poco a poco va acercándose cada vez más a la defensa de las libertades, al menos muchísimo más que el PRI o que el PAN. Es un proceso en el que quienes podamos tenemos que abonar, pero también es del espacio ciudadano, en el que yo creo mucho. El segmento más liberal de la población, que más cree en las libertades y en los derechos humanos, está en el espacio ciudadano.

Y sin embargo, un partido como el Socialdemócrata, que presentaba todas esas propuestas modernas, perdió el registro a nivel nacional.
Es también muy difícil hacer una valoración precisa de esto. Por una parte, hubo un impacto importante por parte del movimiento anulista, y habría que revisar también cuáles son las estrategias y los planteamientos que hicieron estado por estado y a nivel nacional, porque en el DF sacamos incluso más votos que Convergencia. Pero es materia de otro debate. A mí no me parece que la sociedad no esté preparada para una propuesta socialdemócrata; me parece más bien que no la supimos comunicar.


(Publicado originalmente en el blog "Otras voces", de la revista Letras Libres, el 7 de abril de 2010.)