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viernes, 30 de abril de 2010

Jacobo Siruela, el placer de editar

A principios de los ochenta, Jacobo Fitz-James Stuart, conde de Siruela (Madrid, 1954), fundó y bautizó con su título nobiliario una editorial que se convertiría en referente. La vendió siendo una empresa próspera y prestigiosa en el año 2000 para centrarse en el proyecto exquisito y artesanal que lleva a cabo junto a su mujer, Inka Martí, desde su masía en el alto Ampurdán: Ediciones Atalanta. Un lustro de vida y casi medio centenar de títulos en el catálogo lo hicieron venir a México a presentarla.

Los editores suelen quejarse de su relación con los autores. Tú pareces haberlo solucionado publicando mayoritariamente a escritores muertos.
Bueno, yo no he tenido relaciones muy conflictivas con los autores, la verdad. Es cierto que mis autores vivos están lejos: uno vive en Tokio, otro en Uttar Pradesh, otro en Nueva York... De todas formas creo que es un conflicto necesario. Cualquier relación humana es conflictiva, más cuando hay intereses de por medio. Yo lo he solucionado un poco como casi todo: saliéndome por la tangente.

De las expectativas que tenías hace casi cinco años para Atalanta, ¿cuál se ha cumplido y cuál no?
Podemos estar razonablemente satisfechos, porque el sello se ha implantado bastante bien en España. Faltaba Latinoamérica, donde se vende poco, porque los libros son caros y porque hay que hacer política de marca. Por eso hemos venido a México. Yo no podía venir con tres libritos; ahora, con 43 libros, era el momento, y seguramente volveremos en diciembre. Yo he tenido una relación muy buena con México; en general con Latinoamérica. Siempre he sentido muy afín la sensibilidad latinoamericana.

Pienso que los editores españoles han conquistado el mercado editorial latinoamericano pero quizá les falta profundizar en la realidad del continente...
Bueno, es una verdad a medias, porque también se publica bastante literatura latinoamericana en España. También Latinoamérica vuelve la espalda a España: en muchas partes de Latinoamérica no se publica literatura española. Es una cosa recíproca.

¿Puedes poner un ejemplo?
Es bastante notorio, no hay que poner ejemplos. Yo sé que hay editores que han llevado los autores españoles a Latinoamérica y no se han vendido. Hay una especie de interés y desinterés: son dos realidades culturales que están condenadas a estar juntas. Es un mismo mercado, una misma lengua y una cultura diversa. Pero quizá no soy el más indicado; eso tendría que explicarlo un editor que publica autores latinoamericanos en España.

El gran éxito de Atalanta.
La historia de Genji: increíble que hayamos vendido doce mil y pico ejemplares.

Y un fracaso o una decepción.
En realidad, fracaso estrepitoso ninguno; es decir, los fracasos son mil y pico, y ahí se detienen las ventas. En España nos suelen ir mejor los ensayos que los cuentos, curiosamente, aunque Conrad va por la segunda edición, como Vivant Denon; Oscar Wilde va por la cuarta...

Has dicho en alguna entrevista que no fundaron Atalanta por motivos comerciales, pero eso no querrá decir que no te deja...
Siempre he dicho en broma que trabajo para no perder. Lo que pasa es que me estoy metiendo continuamente en libros que vacían las arcas de cualquiera. La Historia de mi vida de Casanova, por ejemplo, me ha costado ciento treinta mil euros. Evidentemente ya se han vendido más de tres mil ejemplares y hemos cubierto gastos. Pero siempre estoy intentando hacer posible lo imposible.
¿
Se necesita ser rico para tener una editorial así?
No, no. Yo fundé Siruela con bastante poco dinero. Con Atalanta sí metí dinero, pero como La historia de Genji fue el tercer libro, lo recuperé rápidamente. Claro, al principio hay que tener cubiertos los gastos de los primeros libros, de la página web, etcétera. Una pequeña editorial tiene gastos muy pequeños, una capacidad de reacción muy rápida, y todos tus movimientos son mucho más rentables que en las grandes empresas.

¿Cómo organizas el trabajo desde la lejanía de la masía?
Yo trabajo para Atalanta por la mañana y desde el ordenador se hace todo. Por eso siempre he dicho que es una editorial que funde lo campestre con lo cibernético. Sin el ordenador, no hubiéramos podido hacer Atalanta. A través del ordenador se procesan los textos, se hace el diseño, se envía a la imprenta; toda la investigación que hacemos de los libros se hace a través de internet, y los libros los recibimos a través de Amazon o de David’s Books. Soy muy partidario de lo electrónico, porque creo que es lo más interesante que ha pasado en la cultura en los últimos veinticinco años. Ahora he elogiado los blogs y ha tenido un eco increíble en los medios mexicanos. He tocado una fibra sensible de una manera azarosa, porque lo único que he hecho es contar mi experiencia. Nosotros publicamos a Masud Naiyer, que vive en Uttar Pradesh y sobre el que ni su propia agente sabía. El comportamiento de los críticos en periódicos y suplementos normalmente sería muy convencional: “Puf, un indio, y desconocido, y de Atalanta, debe de ser raro; si fuera de Anagrama...” Y de repente tres blogs lo han descubierto y han escrito críticas entusiastas y lo han recomendado como el mejor libro del año. Los blogs están más en la realidad, son más ágiles, y se dirigen a veinte mil personas, pero todos amantes de la literatura, o sea que el eco que pueden tener es muy grande. Es verdad que si sale una crítica en El País se dispara la venta, y esto con un blog no se puede saber. Pero intuyo que es importante.

¿Y ya tienes Kindle?
No estoy interesado. Yo voy a seguir haciendo el libro tradicional. Pienso además que el libro que hacemos es un libro del siglo XXI, que se seguirá haciendo, y que la tecnología de Gutenberg es perfecta. Son los grandes grupos los que están interesados en eso. Yo soy defensor de lo artesanal, entonces estoy en otra posición. Esto no es pasar del barco de vela al barco de vapor: es una opción más. Yo creo que se ha dado una noticia que no se ha producido, que promete una expectación creada artificialmente, muy vinculada también al negocio, a la expectativa de beneficios. Veremos en los próximos años cómo se desenvuelve.

¿Dónde reside el secreto para acertar?
En qué se basa el tahúr: en su técnica, en su experiencia, pero finalmente acierta por algo que ni él sabe. En este oficio no se puede saber. Yo me meto en la impresión enorme de Casanova y puedo saber cómo promocionarlo; sé que la prensa, cuando yo les explique que es un libro importantísimo, se va a entusiasmar. Y claro, este es el Casanova auténtico, con dos mil notas y doscientas páginas de índice onomástico; luego puede venir otro y hacerlo a dos pesetas y fastidiarte. Pero oye, estas son las leyes del tahúr, que no se queja del casino. Los lloriqueos no van conmigo.

Te hará gracia saber que a la vuelta de mi último viaje a España estuvieron a punto de abrirme la maleta: el bulto de las memorias de Casanova les parecía una suerte de artefacto explosivo...
Es que lo es.

¿Qué es lo más difícil de una editorial como Atalanta?
La edición en general es dificilísima. El proceso de producción hasta que llega al lector depende de tantas personas y tantos pasos técnicos e intelectuales... El lector no sabe la información tan sofisticada que conlleva un libro. Para mí es el objeto platónico por excelencia.

Y eso que Sócrates estaba en contra de los libros...
Decía Schopenhauer que un hombre de genio no podía no escribir, y que además Sócrates tenía panza, lo cual no es de hombre de genio.

Pero no me has dicho qué es lo más difícil para ti.
Cada libro es distinto, tiene problemas diferentes. En uno puedes tener problemas con el autor, en otro con un traductor, en otro con las correcciones, en otro con la imprenta, con la distribución o con la promoción... Esto no es sencillo, y la complejidad no se puede explicar en pocas palabras.

¿Echas de menos Siruela?
No. Yo me he reinventado totalmente. Para mí fue triste dejar todos los autores, pero yo no estaba por la labor de hacer una Siruela dos, llevarme a los autores, ese tipo de cosas. Era mejor empezar de nuevo con otro proyecto cultural, desarrollando las tres ideas del catálogo, llevar una labor de investigación y disfrutar con el trabajo, que es lo que nosotros hacemos. Yo he querido recuperar el placer de editar.

¿El apellido te ha pesado más que ayudado, o viceversa?
Esa siempre es una arma de doble filo. Al principio, por ejemplo, el impresor se fiaba de mí, pero luego en el mundo literario era “¿y este señorito que hace aquí?” Pero, en fin, yo siempre he vivido al margen de todo eso. Me he concentrado en hacer mi trabajo al margen de mi familia o de mis circunstancias sociales. ~


(Publicado originalmente en Letras Libres –México núm. 136, España núm. 103–, abril de 2010.)

sábado, 31 de octubre de 2009

40 años de Anagrama

Jorge Herralde acaba de celebrar con una gran fiesta los cuarenta años de Anagrama. Motivos tiene: sigue estando en primera línea de las editoriales independientes sin bajarse del burro del afán por la excelencia.
            Esta entrevista se realizó en México, donde acudió a las conferencias conmemorativas de los tres cuartos de siglo del Fondo de Cultura Económica. Allí habló de la relación entre editor y autor, algo que en los últimos tiempos le ha dado algún disgusto: un gran grupo editorial le arrebató este verano a uno de sus autores-insignia, Enrique Vila-Matas, a golpe de talonario. Herralde se lo toma con mucha filosofía, sin rencores aparentes. Era difícil aguarle el cumpleaños, con semejante catálogo.

¿Cuál es el secreto de la aparente lozanía de Anagrama?
No es aparente sino real. El espíritu de curiosidad por una parte y de rigor por otra, además del efecto acumulativo, creo yo, de lectores del sello. Parece una presunción, pero lo que intenta todo sello literario es que transmita el mensaje de que todo lo que edita es estrictamente por razones literarias y no por ninguna desviación financiera. Esto también conforma una especie de paraguas protector para los jóvenes autores desconocidos. En nuestro caso, donde están Paul Auster, Bolaño o Nabokov, un Kiko Amat o una Berta Marsé se sienten menos desprotegidos.

Quiere decir que no tendrá veleidades típicas de la crisis de los cuarenta.
Yo no las he tenido. Pude haber tenido errores, haber pensado que un libro era mejor de lo que era, pero creo que la lectura atenta del catálogo demuestra que se ha sido fiel a este espíritu de excelencia. El autor puede hacer toda clase de gorgoritos y aspavientos proclamando sus muchas virtudes, pero finalmente, la respuesta está en el catálogo.

¿Alguna decepción o fracaso?
Decepción relativa, sí: haber publicado a demasiados “grandes autores minoritarios” con la esperanza de que alcancen el público que merecen, por ejemplo Giorgio Manganelli, Gesualdo Bufalino o Rodolfo Wilcock, sin ningún gran éxito. A cambio, hay sorpresas agradables, por ejemplo Patrick Modiano. Si no el mejor escritor francés, uno de los tres mejores, Modiano había tenido en España muy mala suerte; se habían publicado bastantes de sus libros en excelentes editoriales, como Alfaguara, Seix Barral o Debate, y fue un desastre. Hace unos dos o tres años leí un libro suyo autobiográfico, Un pedigrí, muy seco y descarnado, que me pareció una joya. Decidí publicarlo por tenerlo en el catálogo, pasara lo que pasara. Ya todo el mundo lo había dejado como un caso imposible, con razón, y de repente, hubo un redescubrimiento: pasó de vender quinientos ejemplares en otras editoriales a vender dos mil. Tampoco es que fuera un bestseller, pero con la siguiente novela que le publiqué, En el café de la juventud perdida, se produjo un flechazo con el público lector. Hicimos cuatro ediciones con doce mil ejemplares y en Gallimard, su editorial original, todavía no se lo creen. Ahora bien, estos autores que te he dicho antes, aunque sean minoritarios, para un determinado lector son fundamentales; por ejemplo, La sinagoga de los iconoclastas, de Rodolfo Wilcock, para Roberto Bolaño fue un libro de cabecera, y La literatura nazi en América está directísimamente emparentada con él.

¿Pasó lo mismo con McEwan, esto que cuenta de Modiano? Porque empezó publicando en Tusquets, ¿no?
No, no. Yo publiqué su primer libro, que he reeditado hace poco, Primer amor, últimos ritos, y quizá porque éste me había gustado tanto, su primera novela, Jardín de cemento, no me acabó de convencer y la publicó Tusquets. Luego la releí y me pareció muy buena, pero en fin [risas], uno comete errores. He publicado absolutamente todo McEwan salvo ese error de semi-juventud. Una de mis mayores alegrías editoriales es precisamente haber publicado a lo que yo bauticé un poco en broma el British Dream Team, que entonces eran unos jóvenes apenas treintañeros, a muchos de los cuales empecé a publicar incluso desde su primer libro de cuentos, lo que era casi una herejía para los editores serios. Se fueron implantando en el público, y treinta años después siguen estando en primerísima línea de la literatura contemporánea mundial, cosa muy inusual, porque muchas veces se dan generaciones brillantísimas pero no persisten tanto en el tiempo. Curiosamente, de los “tres tenores”, Barnes, Amis y McEwan, es este último quien hizo una especie de sprint y es el autor con más lectores no sólo en Inglaterra sino también en Estados Unidos.

¿Hay alguna diferencia en la relación con esos autores anglosajones con respecto a los autores hispanoamericanos?
De entrada, una fundamental: que están más lejos, es decir, no le llaman a uno de madrugada diciendo que no hay libros suyos en las librerías. Por lo demás, tengo muy buena relación con ellos. Además, estos autores son muy admirados y leídos no sólo en España sino en toda América Latina, y ellos están encantados con que les inviten a México, Argentina, Colombia, Chile. También valoran que un editor les vaya publicando todas sus obras, incluso alguna menor o fallida. Y bueno, lo que decía antes: les gusta estar en un catálogo donde se encuentran a gusto con los autores que forman parte de él.

Quizá de lo que se queja el lector latinoamericano sean las traducciones.
Esto es una cosa recurrente y discutible, y te lo voy a discutir ya.

Proceda.
No son discutibles los ensayos, tampoco las novelas con poco diálogo o con diálogos “normales”, pero sí las novelas en las que hay jerga. En ese caso, hay que optar por un tipo de slang. Para poner un ejemplo bastante contundente, el traductor de Irvine Welsh, cuyas traducciones han sido las más atacadas, optó por un dialecto del mundo de la droga; si los argentinos o los mexicanos lo entienden poco, yo diría que menos lo entienden los londinenses leyéndolo en ese inglés-escocés-drogata que utiliza Welsh. De hecho, cuando se estrenó en película Trainspotting, en Estados Unidos salió con subtítulos. Por otra parte, igual que en España, con un poco de buena voluntad, entendíamos en su época “el saco y la pollera” de editoriales como Losada o Sudamericana, se puede entender que “follar” no es ir a misa.

¿Con qué tiene que lidiar un editor independiente hoy que hace cuarenta años no existía?
Es muy distinto. Entonces el mercado no existía todavía. Yo recuerdo que los libros de la Biblioteca Breve de Seix Barral, la colección estrella de la mejor editorial de los sesenta, muy raramente se reeditaban –y tiraban tres mil ejemplares. Es a mediados de los años ochenta que los autores empiezan a vender bien. Antes, los escritores no vendían –excepto uno, visible y estentóreo: Gabriel García Márquez. Se luchaba contra la censura, que era arriesgado pero muy gratificante; era un enemigo perfilado, odioso, horroroso, un poco torpón en sus últimos tiempos…
            En mi caso, las finanzas, que en la primera década estuvieron entre precarias y menos que precarias, empezaron a asentarse a partir de los ochenta, cuando empecé la colección “Contraseñas”, de la llamada “narrativa salvaje”, con autores como Bukowski o Hunter S. Thompson. Luego inicié, en los noventa, la colección “Panorama de narrativas” de literatura traducida, al principio con autores casi desconocidos, y tuve la suerte de que los bestsellers fueran de excelentes autores; es decir, no fui a buscar autores muy comerciales para equilibrar las finanzas. Para entonces, ya quedó diseminada “la peste amarilla”, como la denominó el viejo Lara.

Bueno, Planeta no se puede quejar, que algún autor se ha llevado…
De la “peste amarilla”, no. Se ha llevado uno, y ahora, que es Vila-Matas. En realidad se han ido pocos, pero se pueden ir más, estando como están el mundo y el mercado. En cualquier caso, yo diría que la fidelidad ha sido bastante alta, y sería estúpido pretender una fidelidad con mayúscula, con todas esas tentaciones, agentes azuzando, premios literarios, anticipos enormes… De todas formas, los pocos que se han ido eran autores a los que Anagrama les pagaba grandes anticipos que ya no cubrían; si se van con un gran grupo que llega a multiplicar por cuatro esos anticipos… es muy humano.
            No es que los grandes grupos sean el demonio en persona, pero su posición en el hábitat de la edición hace que necesiten sostener unas cargas de estructura muy grandes, unos beneficios absolutamente fuera de lugar, y esto propicia la banalización de la cultura, porque han de publicar libros no importantes, por decirlo de una forma suave, de rotación rápida. Ahora bien, también existe una serie de lecteurs forts como dicen en Francia, que posibilitan la existencia tanto de editoriales independientes veteranas como de una pléyade de nuevas editoriales muy literarias, y sobre todo, existen librerías que gracias al precio único no se han sumido en la desbandada, como ha pasado en Estados Unidos y el Reino Unido.

Son los grandes grupos, entonces, el malo de la película, mucho más que los agentes.
Bueno, algunos agentes literarios y algunos grupos hacen una pinza con muy pocos escrúpulos, considerándolo todo una mercancía.

¿Cómo se sintió personalmente ante la marcha de Vila-Matas?
Bueno, está dentro de una normalidad… indeseada. Pero mira, yo he publicado a Vila-Matas durante veinticinco años. Hablamos de un Vila-Matas que publicó cuatro libros con un fracaso estrepitoso –dos en Tusquets, donde luego ya no lo quisieron, y dos en editoriales minúsculas. Empezó a publicar con nosotros y durante casi veinte años fue subiendo lentamente, a base de buenas críticas y de convertirse en autor de culto. Hasta Bartleby y compañía no hubo una eclosión y empezó a venderse –como veinte mil ejemplares. Lo animé a que se presentara al premio, lo ganó, y llegamos a publicar sus cuatro o cinco últimos libros. Tras el pináculo que fueron Bartleby... y París no se acaba nunca, en los tres últimos libros había habido un declive de ventas claro. Hay que decir que de los anticipos que le pagábamos en cuanto empezó a vender, no se recuperaba ni la mitad. En el momento en que él tomó a una agente, muy codiciosa y muy conocida, ya preví el desenlace. Esta agente me mandó la novela y me dijo: “también la presentaré a otras editoriales, porque Vila-Matas quiere saber cuál es su valor en el mercado”, y le contesté: “me parece muy bien, pero te referirás al mercado de las subastas, porque el mercado de las ventas reales él ya lo sabe”. Con Vila-Matas siempre habíamos hecho lo mismo desde que empezó a vender: él me decía lo que quería cobrar y yo se lo pagaba, y así se lo reiteré a la agente, para que se quedara a gusto en Anagrama. La cantidad que dio era astronómica y… son cosas que pasan. En realidad no me afectó mucho, incluso te diría que si tuviera un director financiero, estaría aplaudiendo su marcha.

¿Cuándo diría que se disparó esta burbuja de adelantos exorbitados?
Tiene una fecha bastante precisa, y es a finales de los ochenta, cuando se produjeron las grandes concentraciones editoriales. Planeta absorbió editoriales tan importantes como Seix Barral o Destino, y se creó esta especie de extraño engendro Random-Mondadori-Bertelsmann, que también compró editoriales prestigiosas como Lumen o Plaza y Janés. Tenía razón José Manuel Lara Jr. una vez que me dijo: “claro, somos tan gigantescos, que nos movemos un poco y aplastamos a alguien”.

¿Quién le ha querido comprar Anagrama?
Prácticamente todos. El primero fue José Manuel Lara padre, que dijo en televisión: “yo quiero comprar Anagrama pero con Herralde dentro”. También se interesaron franceses e italianos (Hachette, Bompiani), pero la respuesta siempre fue la misma: Anagrama no está en venta. Luego uno no puede impedir las leyendas urbanas, y desde hace veinte años se dice que si Anagrama y Planeta tal o cual, y nunca hemos tenido la menor conversación. Las opiniones que he vertido sobre Planeta últimamente creo que demuestran que es una leyenda urbana, tenaz pero leyenda.

¿La competencia son colegas o son enemigos?
Cuando empecé a editar, no se nos pasaba ni por la cabeza que pudiéramos ser enemigos ni competidores. En aquel entonces, un grupo de ocho editores incluso montamos una distribuidora común, Distribuciones de Enlace –con Carlos Barral, Beatriz de Moura, Josep María Castellet, etcétera–, que creaba esta sensación de que éramos cómplices. Sí hay el pacto no escrito, que nosotros seguimos a rajatabla, de no buscar jamás a ningún escritor publicado por una editorial independiente donde se sienta a gusto. Un ejemplo es la mujer de Paul Auster, Siri Hustvedt, una excelente novelista que publicaba en la editorial Circe, de una buena amiga mía: hasta que Hustvedt no quiso salir de esa editorial, yo no le ofrecí publicar en Anagrama.

¿Le hace caso a Mario Muchnick cuando dice que no hay que hacerle caso a los críticos?
Mario Muchnick, a quien quiero mucho, a veces tiene afirmaciones un poco atrabiliarias. Si lo que quiere decir es que el papel de la crítica actualmente es mucho menos importante que hace décadas, tiene razón. Es decir, se ha perdido un poco el mandarinato. Por poner un ejemplo, El País en los años ochenta, en todo su esplendor, con Rafael Conte en todo su esplendor, influía tremendamente en las ventas. A Conte, que era un crítico excelente y un gran amigo mío, de cuando en cuando le gustaba dar la campanada, y a mí me pasó con varios títulos, uno de ellos Bella del Señor, de Albert Cohen. Lo publicamos coincidiendo con la Feria del Libro de Madrid, y en esos días salió una página entera de El País con la crítica de Rafael Conte: “la mejor novela de amor del siglo”. Pues bien, a la caseta venía gente pidiendo el libro con el recorte de Conte en la mano. Un libro cuyo destino hubiese sido vender dos o tres mil ejemplares, vendió unos cincuenta mil.

Es Jorge Herralde, es el año 2009 y tiene cuarenta años menos. ¿Fundaría Anagrama hoy?
Fundaría otra Anagrama. Aquella cosa tan revulsiva, tan heterodoxa, tan radical políticamente, ahora no tendría sentido. El mundo ha cambiado mucho, pero literariamente sí sería una cosa muy parecida.

¿A qué editorial joven se parecería?
Se parecería a Anagrama [risas]. Hay editoriales jóvenes excelentes que han aparecido en los últimos años, y entre ellas yo destacaría Libros del Asteroide o Minúscula. Yo les digo que están condenados a la excelencia: su única defensa es publicar libros buenos y que la gente sepa que ahí hay alguien pensando en la buena literatura. Si empiezan a dar palos de ciego, se acaba la historia. ~

(Publicado originalmente en la edición española de Letras Libres, núm. 97, octubre de 2009.)

martes, 1 de abril de 2008

Excéntricos. Peripecias de seis editoriales independientes en el interior del país

"La edición de libros es por naturaleza una industria artesanal, descentralizada, improvisada y personal; la realizan mejor grupos pequeños de gente con ideas afines, consagrada a su arte, celosa de su autonomía, sensible a las necesidades de los escritores y a los intereses diversos de los lectores. Si su objetivo primordial fuera el dinero, estas personas habrían elegido otras profesiones."
Jason Epstein, La industria del libro (Anagrama, 2002)


Almadía en Oaxaca, Arlequín en Guadalajara y Monte Carmelo en Tabasco han demostrado que se puede llevar a cabo un proyecto cultural de primera línea sin la necesidad perentoria de estar en la capital. Más aún, que los territorios que no son la capital necesitan perentoriamente proyectos culturales de primera línea. A esa aventura se han sumado empresas como Harakiri Plaquettes desde Monterrey, Bonobos desde Toluca o De la Esquina desde Tijuana. Cada una de ellas, con sus distintos objetivos y maneras, son ejemplo de este auge, y sus trabajos conllevan decepciones y alegrías. ¿Cuáles son los motivos que alientan a estos aparentes kamikazes del mundo editorial? Dispares, aunque el riesgo, las afinidades generacionales y la autonomía de la capital son denominadores comunes, aparte de otro rasgo central, la autoedición: los creadores de este tipo de editoriales no se conciben como simples “mediadores” entre el lector y al autor, sino que ellos mismos son también autores.

No existe la provincia en la era de Internet
Así León Plascencia Ñol, fundador de Filodecaballos en Guadalajara hace más de siete años, que es poeta, antólogo y narrador. Sobre su editorial, cuenta: “Desde un principio quise hacer libros que me gustaran visualmente. Me gustan las rarezas, los escritores que se arriesgan, aunque puedan resultar fallidos. Los libros de Filodecaballos van dirigidos a esos pocos lectores de poesía que andan por ahí. Siempre he pensado que un editor en realidad es un lector generoso que no teme compartir sus lecturas”. Filodecaballos nació con el propósito de “llevar libros bellos con propuestas poéticas, todas distintas entre sí, que pudieran establecer un diálogo cómplice con los lectores, y que de alguna manera generaran una línea editorial evidente”. Como todas, ha sufrido dificultades y altibajos, y ahora su fundador no tiene prisas por convertir la firma en un negocio redituable: “el proyecto a largo plazo es continuar con la editorial pero sin prisas, editando los libros que me gustan, asombran o revelan algo; ya no me interesan las colecciones, sino que cada libro tenga su propia vida, que sea distinto a los otros. Con materiales diversos, casi llegando a la idea del libro-objeto”. La relación con la capital es una pregunta ineludible. Al respecto, opina: “Me interesa tener relación con lectores. No importa dónde vivan. Creo que pensar en ‘la relación con la capital’ es ya de por sí una concepción provinciana de ambas partes. Me interesan los lectores: su complicidad”.
Lejos de crecer sola en Guadalajara, Filodecaballos tiene un espejo en el que mirarse en la ya veterana editorial Arlequín, de Felipe Ponce, quien, a propósito de la excentricidad, argumenta que hablar de “provincia” ni siquiera tiene sentido en la era de Internet. Sobre la capital, dice: “Pese a querer estar presentes, sentimos a veces cierto rechazo. Es entrañable, pero no nos gustan los modos de los capitalinos: piensan que su ciudad es lo que pasa en todo el país. Por el centralismo apabullante, no podemos distribuir bien, salvo en Casa Juan Pablos y en el Fondo de Cultura Económica. Sí tenemos presencia en el resto de la república a través de las Librerías Gonvill”.

Objetivo, las librerías
Arlequín nació como una cooperativa hace trece años. Tres amigos, Alejandro Zapa, Gustavo Hernández Pato y Felipe Ponce, convencieron a otros siete autores para publicarse a sí mismos. “Nació con una vocación muy clara: dar a conocer novísimas voces a un público que no identificábamos bien pero que ahí estaba, y también poetas mayores”. Cuando se cumplió este objetivo, se deshizo la cooperativa y comenzaron a publicar más y ampliar los géneros hacia la narrativa. En 2001 nació la editorial como empresa. El paso de la autoedición a un proyecto más serio lo explica Ponce porque “desde el principio no éramos sólo unos cuates desesperados por publicarse, sino que nacimos con la intención de crear un grupo amplio, diverso”. Arlequín inició con el énfasis puesto en publicar autores jaliscienses, polo importante en la literatura mexicana, lo cual le hizo ganarse el membrete de “editorial tapatía”. Hoy, es también una firma que busca el diálogo con otras culturas. Por ejemplo, tienen a tres escritores traducidos del catalán, dos eslovenos y un coreano.
Ponce, con más de una década de experiencia, recomienda a los neófitos claridad de metas y no perder la paciencia, además de luchar por la presencia en la librería: “Acceder al mercado es fundamental. De pronto hay editores que hacen tirajes cortísimos y ediciones de unos cuantos ejemplares exquisitos. Y el libro, por su vocación original, debe ser masivo. Por eso nació la imprenta, para que los copistas dejaran de tener la exclusiva del conocimiento”. Como posible aliviane para este tipo de empresas, Ponce reclama una ley del libro que incluya el precio fijo.

El tesón como herramienta básica
Otro veterano acreditado para dar consejos a los noveles es Francisco Chico Magaña, editor de Monte Carmelo desde Comalcalco, Tabasco: “Si el proyecto es parte de la vida de uno, no se requieren consejos. La terquedad es una característica del editor”. Magaña edita libros desde hace diez años, cuando comenzó lanzando unos cuadernillos de medio centenar de ejemplares, engrapados y escritos por autores locales. Ahora, Ediciones Monte Carmelo tira quinientos ejemplares por título, de elegante diseño y delicada factura. Su catálogo incluye autores nacionales e internacionales y alcanza ya los cuarenta títulos. Para financiarse, al principio Magaña rifaba esculturas, y luego vendía la edición de mano en mano. ¿Cómo ha logrado sobrevivir tanto tiempo con tal éxito? Francisco relata: ”Sobrevivo en gran medida del trabajo alterno que realizo como editor. La idea es vivir del propio trabajo de la editorial, pero los grandes consorcios, principalmente las firmas españolas, vendiendo toda clase de libros y con campañas promocionales impresionantes –a tal grado que cada semana publican a un autor que ha revolucionado la literatura–, propician una carrera desleal. Si a eso le agregamos el beneplácito con que son acogidos sus títulos en instancias que pudieran apoyar al editor independiente mexicano, ya te imaginarás”. Además de su propio tiempo, Magaña cuenta a veces con la cooperación de los autores y la coedición de instituciones como la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT) o el Instituto Tecnológico de Comalcalco. Él es otro ejemplo venturoso del paso de la autoedición a una empresa en toda regla. ¿En qué punto uno se da cuenta de que hay que atreverse a darlo y hasta qué punto cambian los ideales del principio?: “Fue un paso necesario para acceder a otro público. Y no se pensó en el comienzo. En el comienzo nos propusimos hacer un libro –literalmente: un ejemplar, que me consta conserva don Álvaro Mutis en su biblioteca–, lo hicimos y nos quedamos sin darlo a conocer. Luego creímos que cinco títulos serían suficientes… Los objetivos continúan siendo los mismos: conjuntar un buen trabajo literario con un buen trabajo editorial; lo que ha cambiado es el modo de desplazar los ejemplares. Cien ejemplares, que fue el caso de los primeros títulos, se venden a la mano, en la calle. Con quinientos, ya se tiene que buscar otros mecanismos”. Y suma y sigue, pues Magaña persiste en su proyecto: “Hay autores con los que me gustaría contar: Gerardo Deniz o José de la Colina, por ejemplo, pero a ver qué dice la realidad. Ahora tengo comprometidos Humo de incendios lejanos, de Eduardo Chirinos y Fuera de lugar, de Fernando Nieto Cadena”. En cuanto a su relación con la capital, Francisco no puede quejarse: “Allí viven muy buenos amigos, promotores del alguna manera del catálogo, y creo que poco a poco el sello se está dando a conocer. Actualmente a través de la empresa Letras, de Ixchel Delgado, los libros están en Educal, por ejemplo, y gracias al joven poeta Francisco Goñi, en los Péndulos”. Los referentes de Magaña mezclan los sellos de prestigio con casas jóvenes independientes: ERA, Mantis, El Tucán de Virginia, Ediciones Sin Nombre, Sexto Piso –“que está realizando un excelente trabajo, con una alineación de primera”–, Mario Muchnik, Pre-Textos, Hiperión, y “¿a quién no le gustaría armar un catálogo como el de Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores?”.

Del performance al proyecto editorial
Justo desde el rincón opuesto del país, en Tijuana, Amaranta Caballero intenta sacar adelante su editorial casi recién nacida, llamada oportunamente De la Esquina. Se trata de una continuación de la firma La Línea, que Amaranta fundó y regentó durante cinco años, que intenta promover el trabajo escrito y visual de jóvenes creadores a través de lo que llama “libros de autor”, con formato de bolsillo, y que trabaja al alimón con la editorial también joven Anortecer. De la Esquina, explica Amaranta, no es sólo un nombre que alude al lugar geográfico, sino que “remite a una circunstancia casi marginal: una editorial casi emergente que trabaja con recursos propios, cuando los hay”. Minimizada al máximo, De la Esquina no tiene un consejo editorial, y Amaranta aclara que no hay un “catálogo ideal” puesto que De la Esquina no es una editorial tradicional. “Lo cual tampoco es indicador de que no sea profesional. Se busca como toda editorial independiente dar continuidad a proyectos interesantes ya sea a mediano o largo plazo”. Recursos limitados la obligan a limitadas estrategias de distribución: paquetería directa o, simplemente, el mano a mano. “Aun así, los tres libros editados han tenido una buena recepción y han sido mencionados en diferentes foros, reseñas e incluso antologías”. Con todo, no se libra de la mayor dificultad de las pequeñas editoriales: encontrar financiación, “puesto que de ello depende una buena calidad en edición, diseño, impresión y distribución del producto final”.

El problema económico lo ha resuelto Harakiri Plaquettes, de Monterrey, con una estrategia basada en la completa autogestión: con un ingenioso sistema de tandas y venta de ejemplares en las presentaciones, han logrado hacerse rentables, aunque su intención no sea convertirse en empresa. La editorial Harakiri Plaquettes nació en 2002 para publicar a los jóvenes escritores de Nuevo León. Una de sus creadoras, Gabriela Torres Olivares, explica los motivos de la autoedición: “Muchas de las grandes editoriales no aceptan publicarte si no lo has hecho previamente y cómo vas a publicar si nadie te publica”. El proyecto surgió del colectivo Himen, dedicado a la literatura y la fotografía eróticas. De manufactura artesanal y formato de bolsillo –con las fallas propias de la confección no profesional–, comenzó con la publicación de diez escritores jóvenes. La selección fue de Óscar David López y la propia Gabriela Torres, encargados también del diseño. Ellos dos forman actualmente el equipo de Harakiri junto con Minerva Reynosa. Además de publicar, la editorial organiza lecturas, antologías, encuentros, revistas, performances y happenings. Gabriela Torres explica sus objetivos: “Hasta ahora somos un grupo de amigos-escritores con intereses comunes sobre la literatura emergente; sobrevivimos gracias a la autogestión, a la difusión y a que somos una ‘incubadora de libros’. La única finalidad de las ventas es dar a conocer el trabajo de los autores que consideramos tendrán un papel importante en el quehacer literario. También lo vemos como un memorando literario: es más fácil moverte con una plaquette como muestra de tu obra que con un montón de hojas engargoladas bajo el brazo. Para la selección confiamos en la eclecticidad/elasticidad del consejo editorial; somos poetas y narradores empíricos y académicos. Rechazamos los trabajos a los que les falte depuración. Nuestro criterio es regresarlos con un dictamen que entraña una futura invitación”.

Por el contrario, el criterio de la editorial Bonobos, según explica su coordinador editorial Santiago Matías, consiste en “dar a conocer escrituras poco difundidas en México, autores cuya obra nos parece una propuesta novedosa, tanto por el manejo del lenguaje como por la cuestión formal. La finalidad de nuestra editorial es abrir nuevos panoramas y ofrecer mayores posibilidades a las nuevas corrientes literarias”. Bonobos se fundó hace tres años en Toluca. Comenzó publicando plaquettes de poesía y después dio el salto a los libros, tanto de poetas mexicanos como extranjeros. Bonobos nace, explica Santiago, “como una suerte de reclamo de lector: deseábamos difundir y poner en circulación el trabajo de algunos poetas que a los que difícilmente se puede acceder si no es a través de pesquisas, referencias muy particulares, recomendaciones y prestamos de material. La editorial ha crecido en la medida en que nos hemos involucrado con el trabajo. Te puedo decir que hoy nos dedicamos casi ya de tiempo completo a ella. Simplemente sucedió, y el proceso fue tan veloz y sutil que, en este momento, respondiendo estas preguntas, caigo en la cuenta del compromiso personal que calladamente hemos adquirido”. La selección de los autores y textos corre a cargo de Amelia Suárez, Adolfo Estrada y el propio Santiago Matías, basándose en sus afinidades estéticas: dedicados la poesía, pero sin nacionalidad, corriente ideológica, apellido o generación. Por ello en su catálogo conviven “sin conflicto aparente” Wilson Bueno con Laura Solórzano, Jorge Esquinca con Anne-Marie Bianco, Eros Alesi con Maricela Guerrero.

Para Matías, la relación con el Distrito Federal es menos conflictiva, no en vano están a poco menos de setenta kilómetros: “Vivir en Toluca nos coloca en una posición geográfica, con respecto a los vaivenes del medio literario, sana y estratégica. Aunque el tiempo de trayecto entre la ciudad de México y Toluca es de 35 minutos, parecería que la distancia es mayor, lo que nos permite trabajar ajenos, en la medida de lo posible, a los jaloneos propios del ambiente cultural. Es curioso que en el DF tengan la sensación de que hacemos grandes tránsitos espaciales para visitar ‘La Capital’. Esto nos permite observar desde punto de inmejorable visibilidad lo que sucede con los protagonistas, dentro y alrededor de los territorios en los que participamos y nos movemos”.

El escaparate precedente, conste, son algunos botones de un fenómeno cada vez más frecuente en México. Venir, ver y vencer en la capital ya no es una meta. Sí convertir la periferia en centro, que no supone otra labor que hacer coherentes el peso cultural de estas ciudades con su actual peso económico y poblacional. Para ellos, como para cualquier editor independiente, una ley del libro les daría un respiro. Ley como la que vetó el ex presidente Fox a finales de su mandato, defendida profusamente por Gabriel Zaid, entre otros, y que se ha demostrado eficaz en otros países, como en Francia la Ley Lang.


En cuanto al libro se refiere, en fin, cuidar de los pequeños es algo más que un capricho filantrópico: nombres como Giulio Einaudi, Sir Stanley Unwin, Sylvia Beach, Mario Muchnik o Joaquín Díez-Canedo (por mencionar un ejemplo geográficamente cercano) demuestran que son los pequeños los que han marcado los hitos más grandes en la historia de la edición, y por tanto de la cultura.