Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de marzo de 2015

Claudio Magris, el escritor que condensó el Danubio

Estar ante Claudio Magris es ser testigo del último eslabón de una cadena formada por colosos como Italo Svevo, Stefan Zweig, Joseph Roth, Sándor Márai o Elias Canetti, anclada en el corazón de una Europa que ya no existe, destruida por dos guerras mundiales y cruzada por el Holocausto. Trieste, donde nació en 1939, esa pequeña cornisa de Italia que mira al Adriático encajada entre montes de espaldas a Eslovenia, fue un día el puerto del Imperio Austrohúngaro. De esta tradición centroeuropea, ilustrada, cosmopolita y multicultural, bebe Magris como de una fuente inagotable.
            La alusión al agua es a propósito: presente en toda su obra de alguna u otra manera, como mar o como río, es la gran protagonista de su título más emblemático, El Danubio (1986), que no es novela ni ensayo ni estudio histórico ni crónica de viajes, sino todo eso, mosaico de fronteras difusas, marca inapelable de su estilo. "La escritura de El Danubio es heterogénea, impura, mezcla de géneros y de registros estilísticos, como las aguas del verdadero río –que no son azules–. Esto es válido, en formas diversas, para todos mis libros, novelas, relatos y piezas teatrales que he escrito", explicaba el propio Magris en Guadalajara, en el discurso de aceptación del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2014 el pasado 29 de noviembre, que tituló "Lápices de colores". Ahí mismo, dejaba entrever cómo le dio la idea para ese libro –igual que para otros antes de enviudar– su esposa, la escritora Marisa Madieri, madre de sus hijos, Francesco y Paolo. En septiembre del 82 –en un verano en que visitó México por primera vez, por cierto–, contemplando las aguas del río cerca de la frontera con la Europa del Este, ella sugirió: "¿Qué pasaría si continuásemos vagando hasta la desembocadura del Danubio?".
            Sobre el Danubio, Europa, México, la no ficción y la literatura, su mujer y el amor, va y viene Claudio Magris durante la conversación, dejando a medio terminar algunas frases, posando su mirada verde ora en su interlocutor, ora en la gente que trasiega en torno, generoso y sonriente, como si no llevara a sus espaldas decenas de entrevistas y el lugar no fuese el rellano de un hotel. Hablar con Magris es olvidar el ruido y trasladarse a uno de los cafés que frecuenta en Trieste, como el San Marco, tan presente en las páginas de sus libros.
            Una de las primeras impresiones que se tiene de ellos es el amor de su autor por el dato, por la palabra precisa, por buscar lo que en verdad pasó, como en Conjeturas sobre un sable (1985). Llama la atención que a pesar de esta preferencia por la realidad, se inclinara a escribir ficción. Magris, que además es columnista en Il Corriere della Sera, reconoce esta pasión citando a Mark Twain ("la verdad es más extraña que la ficción") y a Italo Svevo ("la vida no es fea ni bella, sino original"): "Lo que pasa en nuestras familias, lo que leemos en los periódicos, es tan increíble, que te sorprende más que la ficción". Pone como ejemplo su cuento "El Conde", recién editado en español por Sexto Piso, que trata de un "pescador de cadáveres" y que escribió en 1993 a partir de una noticia que leyó en el periódico. Sin embargo, explica, la literatura llega mucho más allá: "Somos mucho más que nuestra biografía: somos también lo que no hemos vivido. La literatura va en busca de esta riqueza potencial, no de hechos; es como buscar unos genes que no se han desarrollado, pero que están ahí y hay que encontrar".
            Catedrático de literatura germánica, traductor de Ibsen, Von Kleist y Schnitzler, empezó a escribir muy joven: tenía 24 años cuando publicó su ópera prima, el estudio El mito habsbúrgico en la literatura austríaca moderna, que marcaría los temas de su obra, y pronto se dio cuenta de la elasticidad de la escritura para romper los corsés establecidos. "La escritura", dice, "es a la vez un agente de aduana y un contrabandista; establece fronteras y las transgrede". Una de esas aduanas transgredidas es la que divide la escritura y la vida. Así, de Lejos de dónde. Joseph Roth y la tradición hebraico-oriental (1971) confiesa que poco a poco se fue convirtiendo en una metáfora de sí mismo. Ensayo más relacionado con Isaac Bashevis Singer, a quien conoció personalmente, Lejos de dónde nació de la historia de dos judíos europeos del Este que una vez leyó casualmente: "Ambos se encuentran en una estación de tren, uno de ellos lleva muchas maletas y el otro le pregunta: ¿adónde vas?. Y este responde: voy a Argentina. Aquel comenta: ¡vas muy lejos!. Y el segundo dice: ¿lejos de dónde?." A partir de entonces, se zambulló en el universo de los guetos a lo largo de la historia, leyó a todos los autores en yiddish posibles y cualquier relato jasídico que caía en sus manos, hasta conformar un retrato tan fiel a esa civilización, que ha tenido que aclarar muchas veces que él no es judío. Las razones de su afinidad con la tradición hebrea la resume en una frase: "Una civilización que ha sufrido con tremenda violencia la erradicación, el exilio, persecuciones, amenazas de aniquilación de su identidad, y a todo esto se han enfrentado oponiendo una resistencia extraordinaria individual y un humorismo indestructible."
            ¿Qué queda del espíritu de la Mitteleuropa que ha retratado Magris, de ese "mundo del orden que había descubierto el desorden", en sus palabras? ¿Se parece la Europa de hoy, con tensiones nacionalistas, convaleciente de una gran crisis económica, desencantada de la democracia y veleidosa con partidos extremistas de uno y otro signo, a aquel "laboratorio de nihilismo contemporáneo a la vez que una guerrilla en su contra"? Claudio Magris opina que son cosas sustancialmente diferentes, aunque reconoce que Europa vive una crisis de la democracia representativa. "Patriota europeo", sueña "un momento en que podamos tener un Estado de Europa federal, en el que los actuales Estados sean sus regiones, porque los problemas en este momento ya no son nacionales, sino europeos, como la inmigración, por ejemplo. Yo creo que el único futuro posible es este, aunque estamos en un momento difícil, o peor aún, de cansancio."
            El interés de Magris por el Imperio Austrohúngaro alcanza también el pedazo del mismo que llegó a México en el siglo XIX, con los emperadores Maximiliano y Carlota. Lector de Noticias del Imperio, cuya estructura confiesa influyó de manera fundamental en su novela A ciegas (2005), y admirador de Fernando del Paso, con quien departió en uno de los momentos más emocionantes de la FIL, Magris anunció que incluirá en su próximo libro a Maximiliano de Habsburgo, que estuvo en el Castillo de Miramar, muy cerca de Trieste, antes de viajar a México. Sin dar mayores detalles –dice que hablar de lo que se está escribiendo es como hablar de matrimonio demasiado pronto en una relación–, cuenta en qué consiste el episodio: "Tiene que ver con la grotesca aventura de Maximiliano, que viene a México trayendo las fuerzas reaccionarias a la república liberal. Cuando partió, la gente de Trieste, que evidentemente entendía mejor que él lo que pasaría, le cantaba una canción: Maximiliano, no te fíes, ¡quédate en el Castillo de Miramar! Que la corona de Moctezuma es una copa llena de espuma. Timeo Danaos ["teme a los dánaos", célebre frase de la Eneida] o acuérdate: bajo la púrpura encuentras la cuerda."
            México, recuerda, le causó sentimientos encontrados la primera vez que lo visitó, hace más de treinta años: le gustaba el encanto natural y la sensualidad, pero le asustaba el tamaño de la capital, que entonces ya tenía trece millones de habitantes, por la posible alienación a la que sometía al individuo. "Lo que más me sorprendió fue la gran vivacidad intelectual que había en aquel tiempo". Aquí, en efecto, trabó amistad con algunos escritores, como Juan García Ponce, Héctor Orestes Aguilar o Esther Cohen –encargada, de la semblanza del triestino en la entrega del Premio FIL. Preguntado por la visión de la situación mexicana en Italia, sobre todo en relación con los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala el pasado septiembre, contó una anécdota que evidenciaba por sí sola el asunto: "Una señora me dijo que no tenía que venir a México, no porque estuviera en peligro, sino como protesta. Como si uno no hubiera ido a Italia porque estaban las Brigadas Rojas", y dejó claro que los escritores no tienen por qué juzgar lo que pasa: "Tenemos las mismas responsabilidades que cualquier ciudadano, ni más ni menos. Ser escritor no significa entender mejor la política, y hay una tendencia a creer que los escritores son como curas. Para mí, la pluma puede ser una especie de arma, pero no quiere decir que sea mejor".
            La definición de literatura para Magris, pues, está lejos de esos asuntos mundanos. Al principio de El Danubio, distingue dos clases de escritores: los persuadidos, que "obedecen la luz de su genio", y los retóricos, que "huyen de sus demonios". ¿Es él un persuadido o un retórico? Los dos, responde, dependiendo del momento. "¡Los niños son los verdaderos persuadidos!", se entusiasma: "Corren y corren, no para llegar a algún lugar, sino porque les gusta correr", y procede a narrar ese episodio de la vida de San Luis Gonzaga, patrón de la juventud, en el que un tío le pregunta ¿qué harías si supieras que vas a morir en diez minutos? y el santo, en vez de contestar algo pío, contesta "continuaría jugando".
            ¿Por qué se escribe?, se preguntaba al final de su discurso en Guadalajara: "Por amor, por miedo, como protesta, para distraerse ante la imposibilidad de vivir, para exorcizar un vacío, para buscarle un sentido a la vida. A veces para establecer un orden, otras para deshacer un orden preestablecido; para defender a alguien, para agredir a alguien. Para luchar contra el olvido, con el deseo –tal vez patético pero grande y apasionado– de proteger, de salvar las cosas y sobre todo los rostros amados, de la abrasión del tiempo, de la muerte. Escribir es también un intento de construir un arca de Noé para salvar todo lo que amamos, para salvar –deseo vano e imposible, quijotesco pero inextirpable– cada vida".
            Oyéndolo, el lector de su obra se remitía de manera inevitable a su mujer, Marisa Madieri, que murió en 1996 víctima del cáncer. Madieri, de una intensidad deslumbrante, dejó escrito muy pocos libros, entre ellos Verde agua (1987), hermoso y cortante como navaja suiza, que es el testimonio de su infancia y su familia, exiliados en Trieste desde la ciudad de Fiume cuando esta pasó a formar parte de Yugoslavia, en 1947, y en el que aparecen mencionados los viajes familiares de aquel verano primordial del 82 (México y el Danubio). Magris cuenta lo duro que fue para Madieri escribirlo y el éxito impresionante que ha tenido años después de su muerte, sobre todo en español (editado por Minúscula). Él reconoce que Madieri está presente en sus libros de una manera constante –Así que Usted comprenderá (2006), una recreación de su historia de amor a través del mito de Eurídice y Orfeo, es la muestra más clara– y se refiere así a su enorme pérdida y a la literatura como catarsis: "Hay un aspecto práctico, que no es el más importante pero existe: Marisa tenía muchas de las primeras ideas y era muy buena editando. Y esto lo extraño mucho. En cuanto al resto, la escritura no alivia, pero sigue nutriéndose de la relación. Marisa es una historia que continúa. Yo creo que las personas amadas 'son', no 'han sido', como la poesía. ¿Sabe? Ahora en Trieste le han dedicado una pequeña plaza con un jardín, y mis hijos y yo de vez en cuando decimos 'vamos a tomar café a la plaza de Marisa'."
            Antes de despedirse, Claudio Magris, el último de los escritores centroeuropeos, de ojos melancólicos del color de su río favorito, accede a firmar Verde agua: "Este libro, el más mío entre los míos".


(Publicado originalmente en Esquire México, núm. 78, marzo de 2015.)

jueves, 5 de diciembre de 2013

Arcadi Espada, entre líneas

La primera impresión física que se tiene de Arcadi Espada es de una altanería casi insoportable. Pelo azabache de sienes despintadas y sin un resquicio a sus 56, suele vestir a la última con los colores de quien se quiere a sí mismo –azul eléctrico, en México–, y enfocar al interlocutor, insolente, achicando los ojos con la barbilla levantada. Trampas de la genética: 30 dioptrías en el ojo derecho y 14 en el izquierdo. “Una condición básica en mi desesperada búsqueda de la nitidez”, dice, pasándose de torero. De la confusión de su miopía con un engreimiento sin paliativos puede que arranquen todas las demás equivocaciones en torno a su persona.

Éstas no dejan de ser raras, porque con toda claridad o entre líneas, todo lo que quiere decir lo escribe, con una prosa que el gran Sánchez Ferlosio calificó una vez concisamente de “gozada”. Tampoco sería el primer caso de la historia: del periodista austriaco Karl Krauss, Jonathan Franzen refiere que “fue conocido en su día por sus muchos enemigos como el Gran Odiador. Según la mayoría de los testimonios, fue un hombre tierno y generoso en su vida privada, con muchos amigos leales. Pero una vez empezaba a dar cuerda a su polémica retórica, la llevaba a registros extremadamente duros”. Un cabal alter ego. Fascista para el nacionalismo, nazi para los católicos enfurecidos por sus opiniones a favor del aborto, mentecato para algún novelista, a Arcadi Espada le han prodigado centenares de insultos, a veces todos de una vez, entre ellos resentido, basura, cagabandurrias y hasta demonio. Pasiones desbordadas hacia alguien que ha confesado no guardar rencor a nadie y que explica, muy serio, por qué su actitud es paradójicamente humilde: “La auténtica humildad escribiendo es la del compromiso y la de la contundencia, porque es la que te deja más vulnerable: si te muestras tajante sobre una serie de cosas es porque realmente crees en ellas, porque estás convencido de lo que has descubierto.” Su compromiso, se infiere, es con la verdad de los hechos. De él derivan, en realidad, todas sus posturas en la vida.

Entre las éticas destaca su vehemente antinacionalismo, al que en estos días de pulsiones independentistas da verdadera rienda suelta través de su blog en el diario El Mundo. No se ha quedado nunca en palabras: en 2005, impulsó la creación de un nuevo partido político, Ciutadans-Ciudadanos, que hoy llega a nueve escaños en el Parlamento autonómico. Que dedique la mayor parte de su tiempo productivo a achicar las aguas provincianas del nacionalismo catalán se debe a un azar desgraciado: haber nacido en Barcelona. “Qué daría a veces por ser un pensador parisién, e incluso un pensador”, se ha lamentado. Pero, él mismo se responde en otro lugar: “El escritor tiene la obligación de tratar los temas de su época”.

Por eso, no desdeña los asuntos universales, y buen ejemplo son los que ha tratado en México durante sus últimos viajes. Hace dos años, para impartir un seminario en la Universidad Iberoamericana sobre violencia y medios de comunicación. Entonces, Espada se entrevistó con algunos funcionarios de la Secretaría de Gobernación y al día siguiente, escribía: “Creo que Méjico es el único país del mundo donde se han matado a 40 mil personas sin guión previo (…) Los funcionarios reconocen, al fin, que no saben ni quién mata ni quién muere (…) Pienso en dónde estaría la lucha contra ETA sin el mínimo pegamento emocional que trajo el conocimiento de las víctimas. No hay otra lucha más urgente para lo mejor de Méjico que esa exigencia por los nombres.” Hacía apenas un par de semanas que el hijo de Javier Sicilia había aparecido asesinado por el narco: saber los nombres se convertiría también en una de las reivindicaciones del movimiento ciudadano que se iniciaba en esos días.

El pasado septiembre, Espada volvió a México, para pronunciar la conferencia de clausura del III Simposio sobre el Libro Electrónico, organizado por Conaculta. Aprovechando la ocasión, presentó su último libro, En nombre de Franco, en el que por tema universal, se introduce en el más importante del siglo XX: el Holocausto. “La idea inicial –contaba en la presentación– era la de hacer un libro coral sobre los diplomáticos españoles que salvaron judíos en la Europa incendiada, pero me di cuenta de que tenía que decantar el libro hacia la historia de Ángel Sanz Briz en Hungría porque esa historia estaba llena de mentiras.” Así, por un lado, refuta que el embajador Sanz Briz actuara por cuenta propia en ese invierno del 44 –en realidad seguía las órdenes del gobierno de Franco, que ya preveía que Alemania perdería la guerra–, y por el otro desenmascara, prueba a prueba, con ayuda del investigador Sergio Campos, al italiano Giorgio Perlasca, quien se apropió, muchos años después, del mérito de salvar esas vidas.

Pero el libro es mucho más y está lleno de capas sucesivas, todas profundas. Para contarlo, usa todos los recursos literarios a su alcance. Literarios, sí: otra equivocación que suscita, quizá con raíz en su vieja disputa con el escritor Javier Cercas, es que está en contra de la literatura: “Yo lo que estoy es en contra de la literaturización, que es distinto”. Y aclara, tajante: “Pero para mí la literatura es sólo una cosa: un problema de resolver cómo voy a contar esto. Yo me aburro mucho escribiendo, así que tengo que buscar truquillos. Pero esto no tiene que afectar a lo fundamental: yo escribo sobre hechos, y ninguna de las retóricas que yo utilice pueden confundir al lector nunca; si lo hacen, es porque yo me equivoco”.


De primera mano
Cuatro títulos imprescindibles para conocer el pensamiento, los afanes y el estilo de Arcadi Espada.

Contra Catalunya. Una crónica (Flor del Viento Ediciones, 1997)
Su primer libro en solitario, Premio Ciudad de Barcelona, es un retrato en primera persona de la Cataluña que reinventaron los gobiernos nacionalistas desde la transición española. Fundamental para entrar a la prosa de látigo de Espada y entender sus posturas políticas disidentes.

Raval. Del amor a los niños (Anagrama, 2000)
Reportaje de largo aliento que desmonta una mentira, policial, judicial y periodística: la desarticulación de una supuesta red de pederastas en el barrio barcelonés del Raval en el verano de 1997. Una mentira, documenta Espada, que llevó a la cárcel a inocentes y separó injustamente a hijos de sus padres durante más de un año.

Diarios (Espasa, 2002)
Crítica de los vicios más comunes de la profesión periodística, evidentes o no. Destripador mayéutico de trampas y retóricas, resulta un utilísimo manual, junto con Diarios 2004 (2005) y Periodismo Práctico (2008), que lo complementan.

El terrorismo y sus etiquetas (Espasa, 2007)
Breve libro que analiza las relaciones contaminantes entre el lenguaje del terrorismo y el periodismo. Espada lo usó como guía adicional para el seminario “La violencia en los medios”, que impartió en la Universidad Iberoamericana de México en 2011.


(Publicado originalmente en Esquire México, núm. 63, diciembre de 2013.)

lunes, 21 de octubre de 2013

Los últimos años de Chávez en Venezuela

Autocracia electoral. Es la definición que hace suya Rory Carroll (Dublín, 1972) para el gobierno de Hugo Chávez, presidente de Venezuela desde 1998 hasta su muerte, acaecida un día antes del punto final del libro Comandante. La Venezuela de Hugo Chávez, el primero de su carrera.
            Talentoso desde muy joven, bregado reportero en conflictos como los Balcanes, Afganistán o Irak –donde fue secuestrado un día y medio–, llegó a Venezuela en 2006, procedente de África, y se encontró con algo que no había visto jamás: un líder elegido en las urnas que en pleno siglo XXI se hacía presente en la vida cotidiana de un modo casi orwelliano, a través de carteles, pantallas y programas sociales, y un país a la vez rico y lleno de pobres. En ello, Carroll consideró fundamental la lógica del petróleo, "el excremento del diablo", en las célebres palabras del político venezolano Juan Pablo Pérez Alfonzo que también hace suyas. "En un país petrolero –dice este irlandés cuyo semblante pelirrojo, pecoso y jovial responde perfectamente al tópico–, todas las reglas económicas son diferentes".
            Si bien la primera mitad del libro es deudora de otros trabajos anteriores sobre la vida y la compleja personalidad de Chávez –no en vano coincide con los años en el poder que el autor no presenció–, la segunda se erige como un enorme trabajo periodístico: el relato puntual e incontestable del desmantelamiento económico de un país con demasiadas oportunidades perdidas. Rory Carroll conversó con Esquire semanas antes de su participación en el Hay Festival de Xalapa, donde presentó su libro este mismo mes de octubre de la mano de su editorial en español, Sexto Piso.

¿Qué empuja a un corresponsal, después de haber tenido la experiencia periodística en el país, a escribir un libro?
En este caso, Chávez como figura. Había entrevistado a Silvio Berlusconi y a militares en otros países, pero él era único. Me sorprendía que su imagen en el extranjero fuera una caricatura. Escribir un libro era tener una plataforma más amplia para investigar y mostrar las contradicciones.

Después de la biografía de Alberto Barrera y Cristina Marcano, Hugo Chávez sin uniforme, que conoces bien y citas en tu libro, ¿qué pensabas aportar al retrato de Chávez?
El libro de Alberto y Cristina fue muy importante, pero yo quería hacer una versión contemporánea, porque éste es de 2004. Además, estaba influido por mi experiencia en África y sus big men, por ejemplo Haile Selassie y el libro de Ryszard Kapuscinski, El emperador. Se me ocurrió que Chávez merecía un libro así, para capturar ese "realismo mágico" y explicárselo a los extranjeros.

Una de las cosas que llaman la atención del libro, precisamente, es su estructura, similar a El emperador. Tanto, que en ambos tomos, la primera parte tiene el mismo título, "El trono". ¿Qué le debes a Kapuscinski?
Básicamente le tengo envidia porque él tenía "el lujo" de inventar cosas para enriquecer su literatura. El emperador es una obra magnífica, aunque no cien por ciento confiable. Yo quería aspirar a ese estilo pero sin sacrificar los hechos.

Además de África, estuviste en Irak, donde fuiste secuestrado en 2005. ¿Me podrías hablar de esa experiencia?
Fue muy interesante cubrir una guerra sobre la que el mundo tenía puestos los ojos. Era lo opuesto de África, donde pasaba, por ejemplo, semanas en el Congo, volvía con mis cuadernitos llenos de notas y descubría el poco interés sobre lo que estaba pasando. El problema de Irak era que la inseguridad limitaba hacer reportajes, y eso era muy fastidioso. Un día cometí un error y fui secuestrado. Fue en Ciudad Sadr, una parte de Bagdad controlada por Muqtada al-Sadr, chií, considerada segura para los periodistas. Las circunstancias cambiaron cuando los británicos detuvieron a unos militares de Sadr en Bassora. No calculé bien el riesgo, pasé demasiado tiempo en un lugar haciendo una entrevista en la calle y me agarraron. No sabía entonces que iba a ser tan breve, pero sí pensé que quizá iba a sobrevivir porque la mayoría de los periodistas extranjeros que estaban secuestrados lo lograron. Tuve mucha suerte.

A medida que avanza el libro, no sólo se observa la decadencia de Caracas, de Venezuela y de la economía, sino también cierto decaimiento en tu propio ánimo, entusiasta al principio. ¿Pasó así?
En esencia, sí. Poco a poco me fui haciendo cada vez más crítico de lo que veía. Chávez tenía talento político y mucha plata, pero al final fue un fiasco. Me molestaba mucho la propaganda del gobierno que contaba al mundo que estaba haciendo una obra magnífica en Venezuela y, al mismo tiempo, la imagen que vendían Fox News y medios así para los que Chávez era poco menos que Stalin o Pol Pot. Además, estaba harto del nivel de polarización que alcanzó la vida pública.

¿Qué opinión te merece la oposición ahora?
Mejoraron muchísimo después de errores graves, incluso fatales, que cometieron con su radicalismo, gracias sobre todo a la victoria interna de los moderados, como Henrique Capriles. El problema fue que cuando aprendieron, el espacio mediático ya se había reducido y era sumamente difícil difundir su mensaje. Ahora, bajo Maduro, hay menos espacio que nunca.

¿Cómo te explicas que a pesar de la inflación, del desabastecimiento, del hundimiento de la industria, que muestras en tu libro, Chávez ganara casi todas las batallas electorales?
Creo que hay dos razones fundamentales. La primera es que Chávez logró convencer a millones de venezolanos de que él estaba de su lado, y los politólogos muestran que esto tiene un impacto muy profundo: la gente puede llegar a decir que los problemas no son culpa del líder, sino de la gente que lo rodea, o que las cosas podrían empeorar sin él. La segunda razón es que el gobierno, como Estado petrolero, controlaba la economía a través de su sistema de subsidios. Antes de cada elección, podía aumentar salarios, ofrecer empleos, e incluso regalar hornos o poner tu nombre en una lista para una casa.

Hay distintos momentos estelares en tu libro, como la descripción de la sala situacional del gobierno escondida en el búnker bajo Miraflores. ¿Cómo llega un periodista a esas fuentes de calidad?
Un poco de todo. Lo difícil fue identificarlas, pero una vez con los nombres, fue fácil. Tengo que confesar, sin embargo, que habría querido más fuentes y más cercanas a Chávez porque muchísimas cosas no han salido todavía a la luz. Dado el carácter extravertido de los venezolanos, es impresionante el nivel de disciplina dentro de Miraflores.

Ya estabas en Los Ángeles cuando murió Chávez, ¿cómo viviste ese proceso desde fuera?
Fue muy frustrante, pero creo que habría sido igual desde dentro: quizá sólo veinte personas, diez de ellos cubanos, sabían lo que estaba pasando, y los demás estábamos adivinando, especulando o interpretando tuits.

¿Qué esperanza ves con Nicolás Maduro?
Ha mostrado una disposición más pragmática que Chávez con respecto a la economía, pero los problemas son tan graves y tan complicados, que le va a resultar muy difícil mejorarlos. Lo que me parece evidente es que el nivel de autoritarismo está empeorando y la razón no es difícil de adivinar: él no tiene la misma legitimidad que Chávez, se siente más débil y es su manera de reaccionar.


(Publicado originalmente en Esquire México, núm. 61, octubre de 2013.)