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jueves, 7 de enero de 2021

ha nevado hoy

 

Toda mi infancia quise que nevara así y nunca pude verlo. Bueno, hará frío pero por lo menos habrá nieve, me consolaba al pensar en Aranjuez en aquel invierno triste en que nos mudamos. Mi padre me disuadió antes de que lo comprobara en mis carnes: "Es muy difícil, hija, por la poca altura y la humedad del río". (Otra ilusión infantil, nota al pie, buscar y encontrar la altura sobre el nivel del mar, siempre marcada en bronce en las estaciones de tren...) Todo lo más que me tocó de chica era una aguanieve parda que no cuajaba.

Una noche, volviendo de Huelva después de Semana Santa, cayó una nevada a la altura de Bailén que nos impidió cruzar Despeñaperos hasta la mañana siguiente. No vi nevar ahí tampoco: mi hermana y yo entredormíamos en el asiento trasero. Escuchaba a mis padres sorprendidos por el temporal inverosímil ¡en abril! y recuerdo pensar: por favor, que no me despierten, que quiero dormir (la persona aparece en la vida muy pronto).

Conocí la nieve en el puerto de Cotos, con doce años. Jirones de hielo blanco que quedaban en primavera y que daban para echarnos en tobogán sin matarnos.

La experiencia verdadera fue en Chicago. Ver nevar es sentir que se apacigua el mundo. Qué sortilegio, el agua hecha copo que seguir con la mirada hasta que se posa, como el pétalo de una flor helada. Y una vez posado, otra magia: la estrella hexagonal que se distingue, nítida, durante una décima de segundo. Cae la nieve y se oye frufrú. Los sonidos se amortiguan en la almohada de azúcar. Los copos queriendo ser pestañas, haciendo cosquillas en la cara, dibujando algodones en el pelo. Ver nevar es volver a ser niño. Al día siguiente, si sale el sol, se vuelve el blanco de todos los colores, del azul al arcoíris, dependiendo de la luz. El rayo se mete en una hoquedad y empieza a sacar lágrimas derretidas, hasta que, grado a grado, todo es charco ya.

Ha nevado hoy y estoy contenta.

martes, 5 de enero de 2021

el ser y el tiempo

Algo que se pierde en México es la noción del tiempo. Se tarda poco en advertir que es porque no hay estaciones. Ni siquiera la distinción entre estación seca y estación lluviosa permite atar la memoria al tiempo, si no es, quizá, por breves semanas, la estación jacaranda. (La primera vez que vi las copas rebosantes de morado, marzo de 2007.)

Lejos de los trópicos, sin embargo, los acontecimientos están indisolublemente ligados al clima (aquel primer beso en primavera, aquel otro sudor en verano, aquella despedida en otoño y la muerte del padre en invierno).

Esto no suele advertirlo quien ha crecido lejos de los trópicos más que cuando se muda cerca de los trópicos, cuando el continuum térmico trastoca la manera de guardar recuerdos y de pronto se encuentra preguntándose, sin que la memoria de qué llevaba puesto o a qué olía permita una clara respuesta: "¿Pero cuándo pasó esto?".

Cae por aquí estos días la luz oblicua, como bien me señaló el otro día mi maestro Gabriel, y de pronto el cielo estalla en colores inverosímiles. No se puede una olvidar de un invierno así.