miércoles, 12 de octubre de 2011

oscuridad

Yo amamanto y me entra una especie de oscuridad. Hacia las tres de la mañana, pasillo arriba pasillo abajo con un bebé que aún no distingue el día de la noche, pensaba que la corta existencia de mis hijos ha estado marcada por la muerte. Mi padre y Félix. Como si yo no supiera que la vida no es más que eso, un conejo con pilas alcalinas pero imprevisibles, el hado de los nacimientos se ha encargado bien de recordármelo.

Sus muelas, un millón de veces.

viernes, 7 de octubre de 2011

jueves, 6 de octubre de 2011

diez años (y III)

Pero yo hablaba de mi pensamiento adulto. Por supuesto en algún lugar de la adolescencia estuvo Camus, y eso ya cuenta como un doble seis en cualquier partida de la vida, pero confieso que aún tardé un rato en bajar el póster del Che Guevara de la pared del cuarto (en mi descargo diré que siempre compartió espacio con Paul Newman y Lo que el viento se llevó y que peor es lo de Cayuela, al que todavía se le oye tararear "yo pisaré las calles nuevamente"). Habrá gente a la que la tontería se le quitara de golpe, como a Saulo de Tarso el descreimiento, e incluso gente que naciera sin tontería, pero yo no sabría ubicar ningún punto en concreto de mi camino a Damasco. En líneas generales, empezaría en Sorela, seguiría en los mexicanos lúcidos y acabaría en Espada, de tal suerte que al llegar a los pensadores temerarios, ya tenía yo los deberes muy hechos. El hilo, ya lo notan, es el de marras.

Grandes momentos de placer, en todos los sentidos, me ha dado Letras Libres estos diez años, pero si me dieran a elegir tres, indelebles por razones muy distintas entre sí, serían este, este y este.

Y todo esto, solo para decir que me molesta (mucho) no estar en Madrid estos días, que es donde había que estar. ¡Siendo octubre como es!

En fin, al menos sí estuve en el décimo aniversario de la edición mexicana. Ese día de enero, la fiesta acabó en casa y casi se nos va de las manos. A la gente le dio por invitar a amigos de los amigos de sus amigos, echamos a un señor respetable que empezó pidiendo drogas y acabó acosando a todas las mujeres, alguien estrelló la tele contra el suelo y el equipo de música dijo basta ya. Pero esa sí que es otra historia.

miércoles, 5 de octubre de 2011

diez años (II)

Me recibió un señor muy serio de barba tupida rubia oscura y ojos verde olivo inmensos que miraban de frente. Esa mirada, esto lo saben muy bien sus fans, es difícil de encontrar en otro sitio. (Y no se llamen a engaño, que yo a esa edad no me fijaba en hombres casados.) Al cabo de los años me diría que ya entonces le gustaron mis pantalones rojos, pero en verdad creo que no me hizo mucho caso: inmediatamente me presentó a Julio Patán, con el que trataría a partir de entonces.

Hoy Julio es una estrella y no impone tanto, pero entonces había que verme: sentada frente a ese mexicano alto e inteligentísimo, cuidando de no soltar alguna tontería y joder el invento. El invento era que les gustó lo que hice, y durante ese año me encargaron un par de cosas más. Pero yo ya tenía la cabeza en otra parte. Todavía no sé por qué, pero esa es otra historia.

Cuando fui a despedirme de Julio, Cayuela hizo una excepción y salió de su despacho. Me dijo medio de guasa que qué pena que me fuera, ahora que iba a empezar a darme más trabajo. Entonces no me voy, le contesté. "Vete, niña, vete y aprende, y luego vuelves".

Al volver, verdaderamente como el tango, me acerqué a saludar a Julio por no dejar (ya sabía yo que a esas alturas la gente se disputaba el espacio), y antes de marcharse de España definitivamente, todavía me encargó una letrilla, que tardó en publicarse como diez meses. No me extrañó.

Esa vez no vi a Cayuela. Y no lo volvería a ver hasta mucho tiempo después, de pura casualidad, cuando aquel novio mío ya no existía, nuestras vidas eran muy distintas y yo, claro, un poco más lista.

(Elipsis. Punto y coma)


y hasta la fecha.

martes, 4 de octubre de 2011

diez años (I)



En realidad equivoqué esa respuesta en el Pandemonium sobre el libro que me cambió la vida. Porque la verdadera lectura que la cambió en toda su dimensión, que moldeó mi pensamiento adulto y me llevó adonde estoy hoy, física, emocional e intelectualmente, fue sin duda Letras Libres.

Pedro Sorela, que había dejado de ser mi profesor en la facultad para convertirse en un gran amigo, me dijo un día de otoño: "Hay una nueva revista que te va a interesar. La hacen unos mexicanos entre tu edad y la mía con un grado de sofisticación que no conocemos aquí. Porque los mexicanos todavía están en la modernidad, no en la posmodernidad como nosotros... Uno de ellos es bisnieto de Lluís Companys, ¡bisnieto de Lluís Companys!" (Con eso quería decir algo así como "España que perdimos no nos pierdas", pero yo era muy joven todavía para entenderlo). Así que ahí voy a comprarla, porque yo siempre hice caso a los maestros. Un cubo de Rubik sangrante en la portada: fanatismos de la identidad. (Mientras cerraban ese primer número, planeado como es lógico desde hacía tiempo, se caían las Torres Gemelas: el pulso a la realidad, medido como un reloj).

Cautivada desde el principio, le hablaba a todo el mundo de la revista, pero me miraban regular. "Pero si ni siquiera colaboras en ella. ¿Te dan comisión por venderla?" Lo mío era muy raro, sí: iba al único kiosko donde la vendían en Aranjuez y la llevaba bajo el brazo con una especie de orgullo. Y no, no era nada mío, pero me parecía un objeto precioso: ese diseño, esos ensayos largos que se demoraban en los matices, esos nombres que hasta entonces no me decían nada y que de repente se volvían imprescindibles (Gabriel Zaid, Roger Bartra, Enrique Krauze, Juan Villoro...)

Pasó el invierno. Llamó Pedro en marzo: que Ricardo Cayuela necesitaba a alguien que le hiciera entrevistas, reportajes, talacha periodística, en fin, que las firmas no hacían. "Me ha pedido que le recomiende a mis mejores alumnos y pienso que tú eres la mejor. No te digo que no me defraudes porque sé que no me defraudarás" (Pedro, en aquellos tiempos inciertos de la primera juventud, tenía el poder mágico de levantarte la moral hasta el ático de un rascacielos; otra cosa era la realidad).

Cayuela tardó como un mes en reportarse, mientras yo estaba en mi lugar favorito del planeta con un novio que ya no existe. Me emplazaba a una entrevista la siguiente semana. Los saltos que di cuando colgué, y eso que no era nada seguro... Madre mía, qué tonta era yo entonces.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Veracruz

Hubo un tiempo en que me gustaba ir a Veracruz porque su Atlántico me recordaba al mío, mucho menos caliente.



Parezco una abuela, pero solo llevo cinco años aquí. Cada noticia así es un tachón en el mapa de lo que se podía hacer tranquilamente en México cuando llegué y que hoy pensaríamos dos veces. La glorieta de la foto es paso obligado si se quiere ir del puerto a Boca del Río a comer. Y por supuesto siempre se quiere.

La vida tiene estas cosas: la primera vez que fui a Veracruz, nos despertamos con la noticia de que ETA había roto una tregua; esperamos El País durante horas, y leyéndolo nos veíamos muy raros: el terror era algo tan ajeno a los clientes de La Parroquia...

martes, 20 de septiembre de 2011

la sopa de pescado

A Verónica Puertollano le pareció una buena idea que Cristian Campos me aplicara el ya célebre cuestionario del Pandemonium a mí también, aunque mi único mérito reconocido es subirme a las mesas a cantar por lo que se tercie. Las respuestas tuvieron cierto éxito entre mi público, que como se sabe es pequeño pero fiel. Sobre todo esa de la receta de la sopa pescado. En fin, que en vista de sus ganas de cambiar el mundo con ella, aquí está:

*Ingredientes (para bastantes):
- Una buena cantidad de sobras de pescado. Sobras, sí, pero: si su pescadero es de confianza, se abstendrá de echar espinas y le escogerá, en cambio, cabezas y despieces con abundante carne.
- Tres o cuatro dientes de ajo, al gusto.
- Una cebolla.
- Un pimiento rojo.
- Dos o tres tomates maduros.
- Aceite de oliva.


1. Cuézase el pescado en abundante agua con sal.
2. Una vez cocido, apártese el caldo y desmigájese el pescado con las manos. Sin remilgos: no se deje ninguna espina.
3. En una sartén, sofríase en aceite de oliva los dientes de ajo, la cebolla, el pimiento y los tomates.
4. Tritúrese el sofrito en la batidora y échese, junto con el pescado limpio, en el caldo.
5. Déjese hervir durante un buen rato. El asunto mejora al día siguiente.
6. En otra olla, sírvase la cantidad de caldo que vaya a comerse en cada momento y cocínese en él un puñadito de fideos por persona.
7. Sírvase y alucínese.


* Absténganse clientes habituales de El Bulli: la receta es vulgar y uno se mancha las manos. En la cocina, como en la cama, a veces no hay más remedio.