lunes, 20 de junio de 2011

el runrún

Ordaz publicó ayer un gran reportaje que pone cara a algunos de los mexicanos más valientes. En él oigo un runrún que oigo en muchas otras partes, difícil de sentir si uno se entretiene en las grandes palabras (heroico, guerra, el mal). El runrún, en esta historia, por ejemplo:

"Marisela, como otras muchas de las más de 500 madres cuyas hijas han sido asesinadas en la ciudad norteña, emprendió la búsqueda del asesino de su hija. Un año después, y gracias a su insistencia, la policía detuvo a un tal Sergio Rafael Barraza, el exnovio de Rubí, quien confesó que la había matado y quemado después, indicando a los agentes el lugar donde se encontraba el cadáver. Pese a todo, el convicto solo pasó unos meses en prisión. El 29 de abril de 2010 fue puesto en libertad por 'falta de pruebas'."

El mismo runrún atraviesa ese monumento a México que es 2666, con el que tanto se mete Espada y cuyo tema no son "las muertas de Juárez", sino la muerte misma, sin solución ni resolución. Y el mismo runrún sonó –¡oh, sí!– en aquellas conferencias memorables del propio Espada (su cena con Gobernación: "los funcionarios no saben ni quién mata ni quién muere"; el robo de nuestra muchacha: "perdóname, pero yo no podría vivir en un país así").

"Así", el meollo del runrún. El runrún, no poder confiar en la policía porque nunca se sabe quién es quién ni a quién sirve, como en los mejores relojes suizos de Sciacia. El runrún, la total y absoluta –total y absoluta– indefensión ciudadana que provoca la impunidad. El runrún, no saber nunca (¿guerra, narcoterrorismo, mafia, ¡crimen de pareja!?) El runrún, que quien quiere saber muere (el último hoy mismo; él, su mujer y su hijo). El runrún, ese rostro inclinado al pasmo del presidente Calderón, como si la cosa fuera con el vecino del quinto.

El runrún. Que algo está muy podrido en un país cuando a un ciudadano que ejerce su deber y su derecho se le llama héroe. El runrún. Que esto es una democracia precaria. Y si no, que bajen Manué, Pericles y Alexis de Tocqueville.

viernes, 17 de junio de 2011

el caso Santos

Mi hija se despertó anoche, afiebrada, a la misma hora mexicana en que moría mi padre hace seis meses. Es una asociación irracional, pura casualidad, pero de alguna manera tengo que empezar a hablar de él.

Los padres, el gran tema. ¿El único? Sobre él me interesa todo, hasta esa escena del Último tango de la que pocos recuerdan el telón de fondo: la familia. Por eso disfruté tanto el descubrimiento (merci, Montano) de esas joyas sobre los Panero, cuyas peripecias había seguido por otras razones.

En el caso Santos no hay malditos ni figura autoritaria ni malos tratos, al contrario: mi padre, un manojo de nervios, sí, era también un ser inteligente, generoso y jovial que me enseñó a disfrutar la vida como él nunca pudo, supo, quiso hacerlo. El porqué lo sospecho pero no me atrevo a desgranarlo. O quizá será siempre un misterio cómo semejante materia prima acabó en una sucesión de días grises llenos de errores, con alegrías esporádicas que él celebraba demasiado. Tendría que remontarme tal vez al momento en que mi bisabuela concibió a mi abuela del señorito, veinte años menor, de la casa donde servía. Y de ahí seguir el rastro de silencios, miseria y ropas negras de la España que ya no existe. "Toda su vida fue un infeliz", repetía su única hermana, entera de dolor, ante el cuerpo presente. ¿Sí lo fue? En su muerte desde luego. Durante doce horas, los ronquidos de su cuerpo consumido resonaron en el silencio de la segunda planta: lamentos de miedo y de rabia, más que de dolor, imposibles de acallar con toda la morfina del mundo.

Una muerte injusta, como la del niño que pisó una mina. El daño colateral de una vida equivocada.

jueves, 21 de abril de 2011

beaux amis

Veo venir, allá a lo lejos, al próximo Evo Harrington del mundillo. Nunca me equivoco. Ahí están, mosquitamuertiles al principio, con cierta estrategia un poco burda, sin ninguna vergüenza al final. A la hora del gran estreno, me encantaría ser Addison DeWitt, pero al final siempre soy más Margo Channing...

miércoles, 20 de abril de 2011

el misterio del plumero

Había desaparecido también el plumero. La última vez que lo vi fue sobre una estantería en la biblioteca, hará un par de meses. Era algo habitual: ella nunca lo guardaba en su sitio. Noté que cada vez lo usaba menos, aunque era muy útil para quitar el polvo de tantos libros, y el lunes que se fue, que le pedí limpiar las persianas del salón, me extrañó que ni siquiera lo cogiera. Entonces yo no sabía que se iba, y que ya había dejado los recortes de periódico en lugar de los billetes. Tardé aún dos días.

Ayer encontré el plumero, en el armario del lavadero, casi en el suelo, detrás de cacharros varios. Le había cortado las plumas hasta el palo. Una visión macabra. Una metáfora de la podedumbre de un país donde la primera intención no es –no puede ser– ir a la policía.

Pero todo esto son fantasías. No hay ninguna razón lógica para que destrozara el plumero. Otra pregunta que no podremos responder nunca.

domingo, 17 de abril de 2011

AE en la región 4 (y VI)



A nuestra derecha, sobre la baranda, su Aurora Perea. Pero aclaro que La Embajada Jarocha no es un antojo para mí, algo pasajero y arbitrario sujeto a esta "condición grávida" (así decía), sino una necesidad física y emocional solo comparable al sexo. Los amigos solo para bailar, de hecho, requieren la misma condición que los amigos solo para follar: la maestría. Para algo inferior, ya está el amor. Sí, bailó bolero y son. Tampoco sabrá nunca escribir una novela y lo queremos igual (¡incluso por eso!) Ya digo: el amor.

Al día siguiente cayó una granizada nunca vista en decenios, ni en invierno ni en verano, ni en septiembre ni en abril (especialmente en abril), y creo que pensó en el fin del mundo mientras veía el Zócalo alfombrarse de blanco. Teniendo en cuenta que en la misma semana le tocó el día más seco y el más contaminado, no hay temor en asegurar que es capaz de revolver hasta las fuerzas más elementales (a esto lo llamaría ficción).

Se fue contento: nos despedimos en el Pujol (oh, el destino). Todo lo que dirá sobre él es cierto.

viernes, 15 de abril de 2011

AE en la región 4 (V)

La cara: la edad de oro del periodismo, y la cruz: no existe un modelo de negocio. Declaración de amor: Cayuela es un hombre afortunado, y deseclaración: ¡anda ya, pero si estás embarazada cada dos segundos!

Instalados en El Bajío –según Adrià el mejor restaurante mexicano del mundo, quién soy yo para contradecirle–, dice que estaré contenta, ahora que voy a dejar de explotarlo. ¡Explotarlo! Este hombre no sabe lo que es trabajar.

Ahora me lo llevo a bailar. Si me pidió Paquita la del Barrio, digo yo que no le molestará la Embajada Jarocha...

jueves, 14 de abril de 2011

AE en la región 4 (IV)

Fue gracioso ayer escuchar de los periodistas del programa Prensa y Democracia que al principio tuvieron un choque cultural con él. Que no están acostumbrados a que los traten así ("les gusta hablar como les gusta hacer footing", "¿podría usted bajar un poco a lo concreto?", "nada, nada, no, no sabe nada"), pero que al día siguiente ya se lo tomaban bien. Y reían honestamente. ¡Poco han tardado! No saben estos lo mal que sientan en España las bromas a la arganzuela. Me cayeron bien: profesionales que se juegan la vida en provincias, o que simplemente intentan hacer su trabajo lo mejor que pueden, pero perdidos en la espesura. Todos lo estamos. También él, y reconoce hasta dónde llegan sus faros antiniebla, como siempre. "No sé", decía Octavio Paz tantas veces...

En fin, que no hay nada como el buen sueño para atacar como se debe las palabrotas. Lo dejé descansar a mediodía también, y el tema daba para tanto que se extendió por la tarde. Energía. Preguntas. Algunas respuestas, no todas. Es imposible por ahora.

A pesar de mi tristeza intentaba el buen humor. ¡Pero Ricardo!, me confundía a veces. "¡Ves como somos un matrimonio y solo llevamos tres días juntos!"