martes, 20 de diciembre de 2011

no está muerto, no

Y preferiblemente, gusta de estar de parranda...

sábado, 17 de diciembre de 2011

las debilidades del titán

Por supuesto había leído y me habían contado de ese momento histórico en que Mario Vargas Llosa soltó en Televisa, durante el encuentro por la libertad organizado por la revista Vuelta al año siguiente de la caída del Muro, aquello de la dictadura perfecta. Pero nunca lo había visto.

*

De pronto entendí mejor a ciertos críticos de Octavio Paz –desde luego nunca a los delirantes. Sobre todo del último Octavio Paz, el de los programas de televisión, que por otra parte yo celebro tanto (¿o no dan hoy lo que sea por un testimonio sonoro de Federico García Lorca?) Resulta difícil pensar que el hombre que renunció a la Embajada de la India tras la matanza de Tlatelolco, el autor de Posdata y El ogro filantrópico, sea ese mismo anciano –cascarrabias, tan incómodo que nos hace sentir incómodos a nosotros– que le afea las definiciones tanto a Vargas Llosa como a Enrique Krauze. "Sistema hegemónico de dominación" o "sistema de dominación hegemónica de un partido" parecen más eufemismos orwellianos que "amor a la precisión intelectual". Christopher Domínguez explicaba así la "fibra sensible" de Paz que tocó Vargas Llosa:

No sólo apreciaba el poeta como valiosísima la ausencia, en México, del terror (y del terror ideológico) propio de las dictaduras del siglo sino, como hijo de la Revolución mexicana, prefería verla bajo el motivo dramático no de la dictadura sino de la revolución traicionada. Era propio de esa generación conservar cierta confianza metafísica en la Revolución mexicana, sin abandonarla en el patibulario desván de las dictaduras. José Revueltas había llamado, en un ensayo clásico de 1957, una “democracia bárbara” a nuestro autoritarismo. Conceptualmente, en aquel encuentro de 1990, era más exacto Paz; la definición del novelista peruano era muy oportuna políticamente e ilustraba una urgencia que Paz no compartía. El debate ocupó su lugar en ese conflicto, tan latinoamericano, entre la esencia y las apariencias.

Lo de Vargas Llosa, lúcido y valiente, era más que un titular: la razón le asistía. (Veintiún años después, por cierto, recordaba aquello de esta manera, que yo mismita vi con estos acais atentísimos que ustedes pueden observar en el segundo 45 sentados en segunda fila). Lo de Octavio Paz, debilidades del titán.

*Hallazgo cortesía de la divina Carla Faesler.

un año

Todavía siento el frío de ultratumba de aquella noche subiéndome hasta las rodillas. Amaneció y tú te apagaste y el aire era gélido y transparente. Era lo que procedía. La gente debería morirse siempre en invierno. Que el bajocero conserve la memoria de ese día intacta. Que escriba la última y más perfecta de las metáforas.

Pero hoy, a esta hora, quería traerte un recuerdo de verano. Uno de los primeros, de esos que se confunden con sueños. Una calle de Las Colonias atascada de grillos. Un padre que saca a su hija para dormirla al fresquito porque la marisma asfixia las casas de noche. Una canción. Una canción italiana que tú cantabas en español. Marina, Marina, Marina, contigo me quiero casar...



El calor. La calor. Cómo la extraño.

sábado, 10 de diciembre de 2011

6.8

Un rugido (la Tierra suena a escalofrío cuando tiembla), un cristal contra el suelo y los sentidos se afilan para cargar a los niños medio dormidos para echarse escaleras abajo. Ya escribí sobre esto la primera vez, cuando no me asusté tanto.
Instantes idóneos para maldecir a Hernán Cortés por decidir refundar la capital de la Nueva España sobre las ruinas de Tenochtitlan, o sea un gigantesco lago. Estas arenas movedizas. Este recuerdo perpetuo, se haya vivido o no, del 19 de septiembre de 1985.

sábado, 26 de noviembre de 2011

I FIL far away

Hace tantos años que no voy a Guadalajara, que tiendo a idealizar aquellos días de FIL en los que acabábamos cantando en el Lido con un trío sin dientes y rodeados de prostitutas y chaperos. Recuerdo especialmente legendaria la primera noche, aquella en la que perdí la cuenta al octavo tequila y me quedé sin blusa en un table dance, pero cuando lo quiero contar, pienso entre mí que tampoco es para tanto. Ahora mismo, que lo veo mientras escribo, la cosa se desdibuja. Demasiado decadente.

Siempre hablo maravillas del Veracruz o La Mutualista, donde descubrimos el talento de nuestro bailarín de cabecera en las veladas de La Embajada, y si me paro dos veces, reconozco que las orquestas son malas, no dejan sitio donde sentarse y se puede hablar apenitas. No sé, todo tiene un límite.

Y no me meto en la feria en sí: esos eventos presentados por una pandilla de felices briagos, esos pasillos de neón atestados por los que parece multiplicarse Juan Cruz como el señor Smith, ese Fernando Savater con Fher el de Maná.

Ah, pero amigo. Me ponen un avión y una niñera y me planto allí sin pensarlo, que no me rebautizaron Faraona en balde. Habrán comprobado que escribo desde el puro resentimiento. Casi cantando como Requiebros con la mirada perdía y aquí estoy en un camino en su orilla porque este año no voy.

Bien. Adiospongoportestigo de que algún día recuperaré la verdadera banda sonora de la Feria Internacional del Libro. Si es que la realidad no termina por aguarnos la fiesta.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

no cumpleaños

Habrían sido 63. Lo recordé así.

martes, 1 de noviembre de 2011

tosantos, ayer y hoy

Tendría unos seis años el primer uno de noviembre que conserva mi memoria. Clarito como solo puede serlo un recuerdo de infancia. En el cementerio de El Campillo, poniendo flores en los nichos de la madre y la hermana mayor de mi abuela, que estaban en la pared del fondo a la izquierda. Yo con un vestido y una rebeca blanca, paseando entre lápidas y pensando que el día que me muriera, preferiría una tumba en el suelo, tan bonita, a un nicho en la pared. No tenía conciencia de la muerte como tal, eso es seguro, y tampoco me acuerdo de sentir miedo aquella mañana, templada y luminosa. En la noche era distinto, claro, pero para entonces yo no iba a estar allí. En la noche, por supuesto, los muertos se levantaban, que yo bien lo había visto en "Thriller"...


Aquí esta semana parece fiesta mayor y la fecha grande no es todos los santos, sino difuntos, que con muchísima propiedad llaman por su nombre: día de muertos. No hablaré de la resignación ante el destino inevitable ni del enésimo laberinto de la soledad (no, este país no estaba condenado a tanta sangre). Ya están muy vistos los altares, las flores de cempasúchil y las ofrendas. Novelerías. Entonces pasa lo que el árbol de navidad: llegan los niños y se empeñan en ponerlo. Y cuando llega ese momento, una hace lo que puede...




Luciano Santos Olea, Francisco Santos Álvarez, Francisca Olea Gallardo y Félix Romeo Pescador, en un rincón de la casa.