jueves, 1 de abril de 2010

indicios del subdesarrollo

Han detenido a una joven en Campeche por abortar. Las leyes de ese estado no sólo prohíben el aborto sino que lo penan, como reacción a la ley del Distrito Federal de 2007, que sí lo permite libremente las primeras doce semanas. La provincia mexicana gobernada por el PRI y el PAN ve a la capital peor que Noé a Sodoma, y con las nuevas leyes que permiten el matrimonio entre homosexuales, ni te cuento. Una podría pensar simplemente que los carden, si no se llevaran por delante los derechos humanos.

Veinte años. Atolondrada. Y el novio, otro prenda, sin condón. Se queda embarazada y la amiga le dice que sabe de unas pastillas que le resuelven el problema. Las pastillas le provocan una hemorragia peligrosa. Al hospital. Y en el hospital, una trabajadora social la denuncia. Antes de haberle dado el alta, convaleciente aún y triste –un aborto, querido o no, es una pérdida extraña y una descarga hormonal que pone a la mujer patas arriba–, ya sabe que le pueden caer de uno a tres años de prisión.

Si las autoridades fueran tan eficientes a la hora de detener criminales. Y la gente tan pronta a denunciarlos.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Paulette, D.E.P.



Yo también me lo creí. Y quién no, en este país de secuestros impunes, al leer este mensaje recibido de un contacto fiable:


Date: Thu, 25 Mar 2010 16:31:55 +0000

Queridos amigos, la mamá de Paulette fue mi compañera durante la universidad en le IBERO y es una amiga muy querida.

Ayer hablé por teléfono con ella y les puedo asegurar que no sabe uno que decirle a una madre que no encuentra a su hija.

Querio que sepan que su ayuda es importante, de favor reenvien este mensaje a todas las personas que tengan en sus direcciones.

Hagamos nuestra parte, les mando un abrazo.
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Otra cosa fue cuando escuché a los padres de la criatura en los infotainments de las diez y media del viernes. Nada más sospechoso que esa madre desde la sonrisa de los McCann. "Gracias a usted, licenciado López Dóriga". Ah, los infotainers mexicanos, siempre desbarrancándose por la pendiente del melodrama. Aquí la evidencia (de los reporteros rendidos al melodrama y de las contradicciones de la madre en días sucesivos, se entiende). El lunes ya era más que obvio.

Juro que confiaba sinceramente en que la policía iba a resolver el caso pronto. No me esperaba la torpeza de los asesinos, que todo apunta a que son los padres. Facebook, Twiter, Televisa... y la niña en una bolsa a los pies de su cama.

martes, 30 de marzo de 2010

se acaba marzo



Las jacarandas a punto de llorar violeta.

Retomo el rincón, perdón por la ausencia.

martes, 23 de marzo de 2010

Javier Sánchez, arquitecto

"La desconexión con la ciudad es lo que más margina a la sociedad"

Se nota que a Javier Sánchez (ciudad de México, 1969) le interesa la ciudad y la gente. No en vano los diseños más emblemáticos de su estudio, JSª, se concentran en la colonia Condesa, en cierto sentido el centro geográfico de la vida capitalina. El hotel Condesa D.F. o el espectacular complejo en Ámsterdam 235 son ejemplos de cómo recuperar viejos edificios art déco con un estilo limpio y original. El León de Oro en la Bienal de Arquitectura de Venecia 2006 y el Premio Arquitectura Joven hace dos años concedido por el Colegio de Arquitectos de la ciudad de México son sólo dos de los numerosos galardones que tiene en su haber apenas cumplidos los cuarenta.

¿Cómo se mantienen los pies en el suelo con tantos premios y siendo tan joven?
Yo creo que nunca hay que creérsela. Si no mantenemos un rigor por el trabajo, lo que hacemos hoy, mañana desaparece. Todos esos premios pueden servir para algo, pero también se pueden ir muy rápido.

Define tu propuesta arquitectónica en una frase.
Creo que es una propuesta que trata de articular la arquitectura con el lugar en el que se inserta. Una arquitectura sobre todo de conexiones: el objeto arquitectónico más allá de sus fronteras.

¿Cuáles serían los requisitos de esa vivienda urbana a la que tú has dicho muchas veces que te dedicas?
Tiene que tener una fuerte relación con la ciudad y con la comunidad. Tienen que existir espacios de encuentro de la gente, y no sólo pensarla como vivienda aislada.

Eso no es muy fácil en una ciudad que durante muchos años se ha dedicado a desconectar urbanísticamente a la gente.
Es ir un poco contra la marea, porque cada vez que propones una conexión, aparece el tema de la seguridad y el tema de la rentabilidad de los proyectos, temas que siempre juegan en contra de tus objetivos. El chiste es encontrar la forma de negociación. No podemos dejar de lado el motor de la vivienda, que tiene que ver con lo inmobiliario, pero también tenemos que generar vivienda que no sólo sea habitación, sino que sea lugar de encuentro, que posibilite la vida.

¿Qué es lo más difícil de ser arquitecto en una ciudad como esta?
Es una ciudad donde se pierde mucho tiempo. Mucho tiempo en desplazarse y mucho tiempo yendo en contra de la burocracia.

¿Cómo se sortean los laberintos burocráticos y las redes de corrupción que existen en el mundo de la construcción?
Pues construyes una reputación de estar al margen. Eso funciona bastante bien: la gente sabe a quién sí y a quién no.

¿Qué crees tú que es lo que más daño ha hecho a la capital arquitectónicamente a lo largo de la historia?
No conectar toda esa inercia que tiene esta gran ciudad hacia una visión colectiva. Yo creo que es una ciudad que dejó de pensar como tal y ahora se piensa más en desarrollos inmobiliarios independientes.

¿Qué lugar común sobre la capital desmontarías?
Que no es una metrópoli gigantesca que sea difícil de comprender, sino más bien una agregación de barrios.

En algunas obras tuyas añades estructuras súper modernas a edificios antiguos. ¿Cómo se logra eso sin romper la armonía?
De lo que se trata es de encontrar el potencial de una estructura existente, sea histórica o no, y darle realce a lo que ya tiene, respetuosamente. Tiene que ver con una labor menos protagónica de la arquitectura contemporánea.

¿En qué arquitectos internacionales te miras?
Me interesa mucho un arquitecto como Peter Zumthor, que ahora ha sido merecedor del premio Pritzker, por pensar en escala humana, en la relación entre la arquitectura y el hombre.

¿Y de la escuela mexicana?
Mi primer maestro es mi padre, Félix Sánchez, y luego tengo maestros adoptivos o postizos. Siempre he admirado a Mario Pani, particularmente.

Un nombre sobrevalorado en la arquitectura mundial.
Mmm… Estoy tratando de ver cuál es el peor de todos… César Pelli, por ejemplo.

¿Cabe en el mundo una arquitectura verde que no sea cara? ¿Están los pobres condenados a una arquitectura que contamine o fea?
No, yo creo que tiene más que ver con volver a pensar con lógica, como aprovechar la energía del sol o del viento. Parecería que es cuestión de tecnología, pero sobre todo es una cuestión técnica.

¿Y qué se podría hacer con esos cinturones de fealdad arquitectónica que rodean la ciudad?
La desconexión con la ciudad es lo que más margina a la sociedad. La propuesta que podría hacer es reconectar a estos barrios con el resto de la ciudad, para que se sientan parte de ella, y no una zona marginal y periférica. Y me refiero no solamente a la miseria autoconstruida, sino a los proyectos miserables que hacen los desarrolladores.

Por ejemplo los desarrollos horribles de la vivienda pública, en esos páramos donde no llegan los servicios…
En realidad no es tanto la vivienda pública, porque el Estado ha asumido un rol de financiador más que de gestor de la vivienda. La gestión de la vivienda la hacen los desarrolladores: falta una preocupación de Estado que la pueda encauzar.


(Publicado originalmente en el blog "Otras voces" de la revista Letras Libres, el 23 de marzo de 2010.)

viernes, 4 de diciembre de 2009

Tres empresarios jóvenes: Sarah Aguilar, Guillermo González y Erik Lozano

“Estamos demasiado acostumbrados a los vicios de las oficinas tradicionales”

Los arquitectos Guillermo González y Emilio Ades, los ingenieros industriales Erik Lozano y José Julián Carrera, más la licenciada en Comunicación Sarah Aguilar acaban de poner en marcha Cómo, una innovadora empresa que ofrece oficinas a la medida para emprendedores noveles, reciclando desde el mismo espacio diáfano –una antigua bodega– hasta las divisiones entre cubículos, que comienza enseñándome Guillermo en fotos.

Guillermo González. ¿Ves? Las separaciones están hechas a partir de palés, donde transportaban mercancías, y la idea es reutilizar objetos; justamente como lo es la bodega. Buscamos darle ese enfoque a todo para no caer en el modelo tradicional de oficinas, que normalmente estarían separadas por tablarroca. Nosotros, integrado en cada palé, diseñamos un mobiliario plegable, algo que por ejemplo el pánel de tablarroca no lo permite. A los que entran se les da la opción de tener una mesa pequeña, una repisa o una mesa larga, y esto hace más flexible todavía el espacio. Y les facilita las cosas darles el espacio amueblado, que cuando estás empezando es muy difícil. Todo el proyecto está enfocado a gente que está empezando.

Por lo que veo, se puede ensanchar o achicar los cubículos al gusto y los espacios están abiertos, ¿no?
G.G. Todo este modelo de oficinas es para que la gente se conozca, haga vínculos, se potencien los equipos de trabajo para hacer las cosas más grandes y mejor. En cuanto al proyecto arquitectónico, buscamos que no estuvieran cerradas las oficinas ni hubiera pasillos. Cuando están abiertos todos los palés se pierde la línea entre las oficinas, y entre el espacio público y el espacio privado: casi te metes a la oficina de alguien, sin querer, y eso genera un roce y una convivencia muy natural.

Pero para eso, las empresas tienen que ser afines, o al menos complementarias... ¿O no necesariamente?
G. G. No necesariamente, al contrario. El chiste es que haya más diversidad de personas para que den diferentes relaciones.
Sarah Aguilar. Hasta ahora son una productora, dos arquitectos, unas chicas que hacen diseño de imagen y moda y una consultoría de negocios. También quiere estar una amiga que tiene un negocio de cup cakes, así que estamos viendo si podemos instalar una estufa eléctrica, y parece que en principio no tendría que haber problema. A los chicos les preocupa el olor.

El olor o los permisos de la delegación...
S. A. Bueno, tenemos muchísimos extinguidores [risas]. Yo creo que esas cosas se irán dando sobre la marcha. Muchos de los adultos que nos visitaron en la inauguración quedaban un poco perplejos por cómo se trabajaría en esta dinámica, y decían “seguro hay mucho ruido”. Pero yo creo que también estamos demasiado acostumbrados a los vicios de las oficinas tradicionales, y en realidad, en cuanto vas explorando este espacio te das cuenta que hay muchos falsos mitos sobre qué necesitas para trabajar a gusto.

Pongamos que soy una incipiente empresaria que ofrece servicios editoriales, y quiero tener un cubículo. ¿Qué hago?
G. G. Si quieres un cubículo, todo está modulado, y buscamos darte lo que no te daría un Starbucks: impresora, copiadora y otros servicios básicos de oficina, como línea telefónica, que ya vienen incluidos en la renta.

¿Por qué precio?
G. G. Las estaciones individuales se rentan por día, por semana o por mes. Por día cuesta 100 pesos, puedes estar todo el día ahí e incluye café y agua. Por mes cuesta 1,500. Y a diferencia del Starbucks aquí tienes la posibilidad de estar conviviendo con gente que trabaja, no que está tomándose un café.

¿Y lo puedo usar como dirección corporativa?
G. G. Claro, como dirección fiscal.
            Después de la estación individual viene el primer espacio, que llamamos espacio inicial, que es el privado. Está compuesto de dos módulos y el precio es 4,900. Y a partir de ese –porque justamente cuando alguien está creciendo es muy difícil establecer qué espacios se necesitan–, pueden ir creciendo por módulo, o también, una vez ya ahí, pueden ir quitando un módulo, depende de cómo les vaya. En ese sentido estamos intentando ser lo más flexibles posible.

¿La bodega la rentan entre todos los que forman parte del proyecto? ¿Quién pone el capital?
Erik Lozano. Hasta ahorita somos tres socios capitalistas y estamos también ahí trabajando. Yo tengo ahí mi agencia de producción, Guateque, Guillermo tiene también su despacho, Tiliche, y el otro socio también tiene ahí su despacho. Pusimos el capital inicial y por ahora mensualmente, en lo que se llena de inquilinos.

¿Cómo se empieza una empresa, siendo tan jóvenes como ustedes y en un país donde hay cierta reticencia hacia las iniciativas privadas?
G. G. De hecho, así salió el nombre, como lo platicaste ahorita. Nosotros llevábamos año y medio en la azotea de un edificio de Polanco, y vimos que es muy difícil empezar. Los trámites en México y los gastos fijos son cosas que, cuando se está empezando, no se tiene idea de lo que pueden llegar a implicar. Y así salió el proyecto: está muy mal que no haya espacios para la gente que está saliendo y tiene más ganas de hacer cosas, y que al final el mundo corporativo los absorbe. Fue muy natural cómo surgió la idea.
E. L. Fue circunstancial, sí. Teníamos que buscar una oficina, nosotros para la agencia, Guillermo para el despacho, y fue bastante complicado; por fin la encontramos y en lo que nos organizábamos empezaron a salir proyectos y hubo mucha sinergia entre nosotros. Si nos caía un proyecto de alguna marca, nos ayudaba Guillermo, y viceversa, y vimos que funcionaba. Esta simbiosis fue lo que también nos llevó a esta idea: por una lado esto soluciona encontrar un espacio y por otro hay esta suerte de interacción entre diferentes disciplinas, que enriquece mucho cualquier tipo de proyecto que tengas. Además, sabiendo que México es uno de los países más difíciles para empezar tu propio negocio, ayudar a la gente con la burocracia; en un futuro queremos meter un departamento de recursos humanos chiquito, contabilidad, abogados, etc. Ahorrarte toda la administración y que puedas dedicarte plenamente a tu negocio.

¿Por qué creen que es tan difícil en México empezar tu propio negocio?
E. L. Yo creo que una parte importante son los trámites. No sé: para dar de alta una empresa necesitas pagarle a un abogado quince mil pesos, y no lo puede hacer nadie más, porque es tan complicado y tan enredado, que tardas varios días. En Estados Unidos puedes empezar una empresa vía internet y aquí…
G. G. Por un lado es eso y por otro, que nadie te conoce. Tienes gastos fijos, pero nadie te está contratando, porque si no tienes la ayuda de tu tío o tu papá, es muy difícil empezar. Lo que pasa en México, y en muchos lugares, y con todos los gobiernos, es que no se dan los espacios para vincularse. No es que no haya becas en México: es que la gente no sabe dónde pedirlas; no es que no haya oportunidades de trabajo: es que no saben dónde pedirlo.

¿Y cuál es tu papel, Sarah? ¿Enfocado en la promoción?
S. A. Sí, cuando pudieron invitarme a mí, hicimos eventos juntos y funcionó también muy bien. La idea es seguir con la estrategia de medios y en el mediano plazo, empezar a desarrollar un calendario de actividades con la delegación y participar de la regeneración de la zona [Marina Nacional] que es muy evidente: pronto se mueve cerca la Colección Jumex y ya hay parte del Museo Soumaya.
Y en este momento la bodega mide 350 metros cuadrados, pero hay un potencial: la manzana entera son como diez mil y cacho metros.
G. G. Sí, aquí entran dos puntos importantes. Todo el modelo de oficinas va acompañado de otra parte: en vez de ser pasillos, elevadores y lobbys, el espacio se convierte en salas de exposiciones, auditorios, lugares para hacer talleres. Junto con las oficinas, por ejemplo, estamos buscando que universidades hagan diplomados acá. Ahorita, en estos 350 metros, pero si vamos ampliando, se puede hacer un auditorio como para ochenta personas, luego uno más grande, el siguiente puede ser un gimnasio, y el siguiente un salón para hacer talleres de gastronomía o de jardinería. Y poco a poco, empezar a salirnos del complejo industrial: empezar a usar el parque de al lado, organizar en la cancha de futbol una pequeña liga… Las oficinas son las que sustentan el proyecto y son el negocio, pero por otro lado son la base de un modelo social que puede replicarse en diferentes puntos de la ciudad, para reactivar zonas parecidas.

¿Y han tenido alguna respuesta de la delegación o del gobierno de la ciudad?
S. A. Justo hoy le entregamos el proyecto a Demetrio Sodi, el delegado, y lo veremos en enero. Creo que le puede interesar. Ha habido una gran respuesta de la gente: no habíamos inaugurado y ya teníamos la primera bodega completa al 75%. Calculamos que en estos días se acabará de llenar, y vamos sobre la segunda. Yo creo que en el transcurso de los siguientes dos años, si todo macha bien, habremos tomado la manzana entera.

(Publicado originalmente en el blog "Otras voces" de la revista Letras Libres, el 4 de diciembre de 2009.)


viernes, 27 de noviembre de 2009

Antonio Vizcaíno, fotógrafo y conservacionista

"Ya no es tener conciencia: es el momento de la acción inmediata".

Antonio Vizcaíno (Guadalajara, 1952) dirige desde hace años la asociación América Natural, que busca concienciar sobre la destrucción del medioambiente a través de imágenes esplendorosas, tomadas desde Alaska a Tierra de Fuego. Hasta ahora, éstas llenan dos libros, Agua (2006) y Bosque, que se presenta el próximo 3 de diciembre en el Club de Industriales. Vizcaíno contagia su entusiasmo desde el mismo instante en que se define como “un explorador en busca de la belleza natural”.

Tus fotografías de tan brillantes y hermosas parecen casi irreales. ¿La belleza está en la naturaleza o en la lente?
En la naturaleza, que sobrepasa cualquier imagen que puedas producir a través de la cámara. Lo que sucede es que soy un obsesivo de la calidad y la técnica. Estudié en Nueva York en la mejor escuela, la ICP; tuve un maestro maravilloso, Gilles Larrain, y tuve otro mentor en México, Matías Goeritz. No utilizo cámara digital porque no me da la calidad de lo que busco: llevo veinticinco años experimentando con películas, con las que obtengo lo que quiero. Y cuando voy a fotografiar, primero voy a los sitios más conservados, que son los más hermosos, y segundo, espero el momento: si voy en una temporada y la luz no me gusta, regreso en otra estación, así sea el Amazonas o Chile. Tampoco tengo límites de tiempo: puedo esperar dos o tres semanas a que se dé la luz que yo quiero. Voy creando mis imágenes un poco en sueños, hasta que encuentro lo que estoy buscando. Luego, revelo en Nueva York en el mejor laboratorio, Duggal, e imprimo en la mejor imprenta del mundo, Toppan, que está en Tokio.

Explícame cómo se vive sin estar pendiente del tiempo.
Tienes que liberarte primero de ti mismo y del concepto de estar sujeto a un horario. Porque el tiempo planetario es otra cosa: lo rige el sol; es el día y la noche nada más, y todo es transformación y movimiento. En el año 2000 dejé absolutamente todo –amigos, familia– y me fui a viajar. Mi hija, que tenía doce años en ese momento, fue mi compañera de viaje e hizo la secundaria por internet. Ya no había nada más que el intercambio con la naturaleza, y cambié mi percepción absolutamente. Esto lo había aprendido antes de dedicarme a la naturaleza, cuando conviví durante tres años con los huicholes, cuya manera de relacionarse con la naturaleza también es intemporal.

¿Fotógrafo antes que conservacionista o viceversa?
Antes que nada, soy un ser humano, y después soy un amante absoluto de la belleza. De la femenina, muchísimo: la naturaleza para mí es femenina, aunque tengas esos arbolotes y esos volcanes. Ser fotógrafo simplemente es un pretexto. Me hice fotógrafo en India, donde trabajé como diplomático por tres años, en el 77, y viajé fotografiando todo el país menos un estado. La experiencia me encantó, porque me daba la libertad de poder viajar y a la vez vivir de algo. Al fotografiar la naturaleza, soy testigo de la destrucción –si yo fotografiara la destrucción no te imaginas los libros que podría producir, pero mi sensibilidad no puede, está con la belleza–, y me siento también como una especie en peligro de extinción, porque en unos años no voy a tener nada que fotografiar. Por eso soy conservacionista.

Pongamos que soy una escéptica del cambio climático, un término que se ha convertido casi en un lugar común. ¿Cómo me convences de lo contrario?
Primero, no me interesa convencerte. No te puede convencer nadie de algo tan intangible como eso. Si llega un huracán y destruye tu casa y te dicen que es el cambio climático, lo puedes creer o no. Lo que sí te puedo decir es qué veo: glaciares que fotografié hace ocho años que se han recorrido kilómetros hacia arriba de la montaña. He visto y he estado con científicos en estaciones biológicas del Amazonas, donde grandes extensiones están secas por la falta de humedad, producida por medio grado de diferencia. He visto áreas, como Ohio, que era un área fértil, ahora inundada, o Iowa, que era el granero de Estados Unidos, ahora en desertificación. La bahía de Hudson, en Canadá, donde la temperatura llegaba hasta 40º bajo cero en los inviernos, ahorita está llegando a veintitantos. Y hay otra cosa muy importante: olvidemos el cambio climático como concepto: en 1960 éramos tres mil millones de humanos; en el 2000 éramos seis mil millones; en cuarenta años se duplicó la población, creció la sociedad de consumo, y los recursos naturales eran los mismos. En el libro Bosque decimos que en el bosque se reúnen los reinos de la naturaleza para crear una comunidad autosustentable y sostenible a largo plazo; todos los organismos en él están interrelacionados, sin uno no existe el otro: sin la bacteria que está en la micorriza de las raíces no existe el árbol. Lo deberíamos aprender como seres humanos. Y con respecto al cambio climático, que nos sobrepasa como concepto, si entendemos que cada una de nuestras acciones, por pequeña que sea, va a influir en el todo, creo que podríamos transformar nuestra perspectiva.

¿Cuál crees que es el principal enemigo de la naturaleza en México?
Los hombres.

¿Y algo concreto que los hombres provoquen?
La deforestación, uno de los elementos más serios, porque los bosques son comunidades de vida, donde se encuentra la mayor diversidad, y además son cunas de agua y verdaderos controladores del clima. De todos los países de América, donde siento mucho más deterioro –lo ubican en el cuarto o quinto lugar a nivel mundial– es en México.

Siempre he pensado respecto a la conservación de la naturaleza que no tiene que ver con la riqueza o la pobreza, en este sentido: hay una destrucción producida por la avaricia o por el exceso de consumo, y otra producida precisamente por la escasez: como no se tiene nada, se devora todo lo circundante. ¿Qué opinas?
Tienes toda la razón, aunque quizá lo más grave se dé en el área de la riqueza, porque es donde existe un consumo mayor. En cuanto a las comunidades pequeñas, en África, por ejemplo, tenemos comunidades ya ecológicamente acabadas, al borde de la extinción. Pero por el lado de las clases consumistas es donde el impacto es más grande; ve los Estados Unidos: si quisiéramos tener el nivel de vida de su clase media en todo el planeta, necesitaríamos cuatro planetas más, como dice Wilson, un investigador de Harvard.

Volviendo a eso que dices de las comunidades pequeñas. Parece que se repite a lo largo de la historia de la humanidad: grupos que han acabado con las reservas de su hábitat. ¿No es el sino trágico y paradójico del hombre, su autodestrucción por la destrucción de la naturaleza, la que le proporciona el sustento?
Sí. Leí un libro que me impactó profundamente, un estudio del bosque a través de la literatura y el arte, desde el principio de la humanidad. Una de las tesis del autor era que posiblemente el hombre desde el inicio nunca estuvo verdaderamente integrado a la naturaleza. No puede haber civilizaciones sin bosques, y sin embargo, lo destruimos y acabamos con él. Ha existido siempre una lucha del ser humano por crear su propio hábitat, por aislarse, por vivir en el medio artificial creado por él.

También tiene que ver con que desde el principio de los tiempos se protegió de una naturaleza que no deja de ser hostil y llena de depredadores…
Sí, y por eso crea la técnica. Pero es una paradoja enorme. Ahora bien, el momento actual es grave, dicho por los expertos. Trabajamos con científicos al más alto nivel: nuestro asesor en América Natural es Mario Molina; para el libro Agua contamos con Jean-Michel Cousteau; con Peter Raven, el mayor experto en flora; en Bosque está Ghillean Prance, que fue director por veinticinco años de los Jardines Botánicos de Kew, en Inglaterra; Well Davis, el explorador número uno en National Geographic… Entre ellos hay una enorme preocupación por lo que está sucediendo. Mario Molina dice que si no se resuelven las cosas en los próximos años, dentro de 75 estaremos realmente ante el peligro de extinción. Dice, por ejemplo, que si no se reducen las emisiones de inmediato, puede haber un incremento en el clima de dos a seis grados en los siguientes 75 años, algo muy serio si tenemos en cuenta que la diferencia entre nuestra época y la última glaciación es de cinco grados y medio.
            Yo sí creo que nos hemos puesto contra la pared, y que en cuanto a conservación, estamos más allá de la conciencia. Ya no es tener conciencia: es el momento de la acción inmediata. A través de las imágenes, nosotros tenemos el gran deseo de que el espectador sea seducido por la naturaleza. Ya no desde el punto de vista pragmático, sino más allá: ver el paisaje como un territorio del espíritu.

(Publicado originalmente en el blog "Otras voces" de la revista Letras Libres, el 27 de noviembre de 2009.)



miércoles, 18 de noviembre de 2009

Erik Weihenmayer, alpinista ciego

“Cada montaña huele distinto”

Tiene nombre alemán, pero Erik Weihenmayer (Hightstown, New Jersey, 1968) es tan gringo como la mejor cara del sueño americano. Ciego a los trece años por una enfermedad degenerativa, su familia, especialmente su padre, Ed, lo animó a apuntarse a un grupo de entrenamiento alpinista para invidentes. En su época de estudiante, no le daban trabajo de lavaplatos en los restaurantes; más tarde, llegaría a la cima del Everest, se casaría en lo alto del Kilimanjaro y alcanzaría casi todos los picos de las Siete Cumbres. Vino a México de la mano de la asociación Ojos Que Sienten, para presentar su libro Tocar la cima del mundo y acompañar a otros ocho jóvenes ciegos o con problemas de visión en su ascenso al Iztaccíhuatl.

¿Qué siente un adolescente que ha visto y de pronto deja de ver?
[Lo piensa unos segundos antes de contestar.] Confusión. Miedo. Porque todo lo que conoces está llegando a su fin. Sientes casi que te estás muriendo: no tienes idea de qué serás capaz de hacer y qué clase de vida podrás vivir. Al principio reaccioné como la típica persona que experimenta una pérdida y lo niega. Me decía: “no estoy ciego, no quiero ser un ciego”. Luego sentí frustración y enfado. Y poco a poco, comencé a aceptarlo. Yo era muy testarudo; por ejemplo no usaba el bastón, o como aún veía ligeramente por un ojo, me convencía de que no estaba ciego. Empecé a aceptarlo cuando, caminando por un muelle, de pronto tropecé, di un salto en el aire y aterricé de espaldas en la cubierta de un barco. Finalmente me di cuenta: “ok, estoy ciego”. En la vida hay cosas que son más grandes y más poderosas que tú, cosas que puedes cambiar y cosas que no. No podía cambiar estar ciego, así que me pregunté: “¿qué sí puedo cambiar?” La manera en que vivo, cómo reacciono, mi entrenamiento… Así que me enfoqué en esas cosas.

Imagino que su padre, veterano de Vietnam, fue un gran acicate en su vida…
Mi papá siempre ha sido un gran compañero. No le interesaba que yo rompiera récords o que fuera el mejor escalador, sino que viviera una vida plena. Y quería estar ahí, asegurándose de que yo podía conseguirlo. El hecho de haber sido marine ya me parece aleccionador. Mi padre me transmitió una actitud entusiasta por la vida, a encarar los obstáculos y a superarlos con todo el empeño. Suerte que también yo tenía una fibra testaruda dentro. Mira, cuando era niño, hacía saltar mi bici entre dos rampas, separadas unos tres o cuatro metros, pero llegó un momento en que no podía verla, me estaba quedando ciego, y mi padre, en vez de decir “bueno, ya está bien de bicicleta”, pintó las rampas de color naranja fluorescente, de modo que pude verlas un buen rato más. Eso fue muy ingenioso –mi padre siempre fue muy ingenioso a la hora de ayudarme.

¿Qué sintió la primera vez que pisó la cumbre de una montaña?
¡Miedo! Pensé: ¿y ahora cómo bajo? Muy bien, llegué, estoy vivo, y ahora hay que bajar. Y es mucho más difícil bajar: el 90% de los accidentes ocurren en el descenso, cuando vas cansado. Cometes un error y caes rodando. En la cima del Monte McKinley, hay que caminar sobre una cresta muy estrecha, donde una caída a izquierda o a derecha es muerte segura. Estaba muy nervioso, también por mi equipo, porque íbamos atados a una misma cuerda: si yo caía, arrastraba a todos. Uno de los compañeros me dijo: “no te preocupes, lo vamos a conseguir”. Iba tan concentrado, cuidando cada uno de los pasos que daba, que cuando pregunté ¿cuándo llegamos al final de la cresta?, me contestaron: “ya la pasaste”. Había perdido la noción del tiempo y el espacio.

Una vez pregunté a un experimentado escalador qué se siente en la cima del Everest, y justamente me contestó “ganas de bajar”. Pero enseguida me dijo: “pero cuando estoy abajo, sólo quiero subir”. ¿Comparte ese sentimiento?
¡Claro! Escalar es un deporte retrospectivo: piensas en la cumbre mucho más tarde de alcanzarla.

¿Y qué piensa cuando llega ese momento?
Una semana o un mes después de haber culminado el Everest, simplemente lloraba y lloraba. No me podía creer lo que había hecho. Cuando estás ahí, estás tan concentrado, tan lejos de donde pertenecen los humanos, que sólo te sientes pequeño: si el clima quiere aplastarte lo hará, porque no eres nada, sólo un chispazo. Es una sensación de total humildad. Y es una sensación maravillosa, pero al mismo tiempo sabes que no vives ahí, es un lugar que sólo visitas.

¿Qué siente, qué huele allá arriba?
Cada montaña huele distinto. La cima del Iztaccíhuatl, que es un volcán, huele a azufre, a humo, a polvo. En el McKinley, que es pura nieve, hueles la superficie derritiéndose bajo el sol, y tu propia piel cociéndose. Y bueno, cuando estás en una montaña durante mucho tiempo, te hueles mucho a ti mismo [risas]. Además hueles el viento, frío y suave; eso es muy agradable. Y los sonidos de la montaña también impresionan mucho, como las avalanchas en el Everest: explotan y caen. Recuerdo una vez que estábamos descansando en un glaciar y de repente oímos un estruendo atrás: ¡hora de irse! Caminar sobre un glaciar mismo es igualmente impresionante, porque sientes el hielo vibrar y moverse bajo tus pies; es un sonido hermoso y aterrador a un tiempo.

¿Qué es lo que más necesita en la montaña un alpinista que no puede ver?
Se necesita una preparación que permita saber a la perfección qué hacer en determinadas circunstancias. Y en montañas grandes, yo definitivamente necesito un buen equipo de gente que sí pueda ver. Claro, que también he escalado montes yo solo, usando un GPS, y he escalado los Dolomitas, en Italia, con otro compañero ciego, sólo nosotros dos. Ir más allá de los límites y probar cosas nuevas es muy divertido: otra vez escalé con un compañero sin piernas y con otro parapléjico, a los que tuve que cargar a la espalda.

Sus logros son apabullantes, no sólo en la montaña y ayudando a jóvenes con los mismos problemas, sino a través de todos los deportes que practica (buceo, rafting…), y por sus palabras pareciera una especie de súper héroe que nunca cede al desánimo. ¿Qué pone triste al súper héroe?
El tiempo. Me preocupa que pueda faltarme. He tenido éxito en la montaña, pero también quiero tenerlo de otra manera, por ejemplo usando la tecnología. Manejar un i-Phone, navegar por internet, es un poco difícil siendo ciego; las barreras que eso supone hacen que sienta que me estanco, cuando quiero estar siempre aprendiendo. El caso es que no tengo tiempo; tengo una familia y dos hijos… Otra cosa que me preocupa es ser buen padre, no ser un padre ausente… Todo es un equilibrio difícil de llevar.

Ha sido también profesor. ¿Qué piensa de esos jóvenes que tienen todo y sin embargo se quejan todo el tiempo?
Enseñé a niños de diez y once años, pero también he trabajado con adolescentes, y sí, me entristece que se quejen. Pero sobre todo, que no entiendan que la vida es dura. Si no entienden eso, fracasarán; verán la vida pasar de lado, no formarán parte de nada grande, porque lo grande es difícil.

¿Echa de menos ver?
Sí. Echo de menos las caras, las expresiones, lo hermoso que son los rostros de la gente… Y los ojos. Es una gran desventaja, no poder leer los rostros, así que tengo que trabajar duro leyendo las voces. ¡Y los olores!


(Publicado originalmente en el blog "Otras voces" de la revista Letras Libres, el 18 de noviembre de 2009.)