Han detenido a una joven en Campeche por abortar. Las leyes de ese estado no sólo prohíben el aborto sino que lo penan, como reacción a la ley del Distrito Federal de 2007, que sí lo permite libremente las primeras doce semanas. La provincia mexicana gobernada por el PRI y el PAN ve a la capital peor que Noé a Sodoma, y con las nuevas leyes que permiten el matrimonio entre homosexuales, ni te cuento. Una podría pensar simplemente que los carden, si no se llevaran por delante los derechos humanos.
Veinte años. Atolondrada. Y el novio, otro prenda, sin condón. Se queda embarazada y la amiga le dice que sabe de unas pastillas que le resuelven el problema. Las pastillas le provocan una hemorragia peligrosa. Al hospital. Y en el hospital, una trabajadora social la denuncia. Antes de haberle dado el alta, convaleciente aún y triste –un aborto, querido o no, es una pérdida extraña y una descarga hormonal que pone a la mujer patas arriba–, ya sabe que le pueden caer de uno a tres años de prisión.
Si las autoridades fueran tan eficientes a la hora de detener criminales. Y la gente tan pronta a denunciarlos.
jueves, 1 de abril de 2010
miércoles, 31 de marzo de 2010
Paulette, D.E.P.

Yo también me lo creí. Y quién no, en este país de secuestros impunes, al leer este mensaje recibido de un contacto fiable:
Date: Thu, 25 Mar 2010 16:31:55 +0000
Queridos amigos, la mamá de Paulette fue mi compañera durante la universidad en le IBERO y es una amiga muy querida.
Ayer hablé por teléfono con ella y les puedo asegurar que no sabe uno que decirle a una madre que no encuentra a su hija.
Querio que sepan que su ayuda es importante, de favor reenvien este mensaje a todas las personas que tengan en sus direcciones.
Hagamos nuestra parte, les mando un abrazo.
s
Otra cosa fue cuando escuché a los padres de la criatura en los infotainments de las diez y media del viernes. Nada más sospechoso que esa madre desde la sonrisa de los McCann. "Gracias a usted, licenciado López Dóriga". Ah, los infotainers mexicanos, siempre desbarrancándose por la pendiente del melodrama. Aquí la evidencia (de los reporteros rendidos al melodrama y de las contradicciones de la madre en días sucesivos, se entiende). El lunes ya era más que obvio.
Juro que confiaba sinceramente en que la policía iba a resolver el caso pronto. No me esperaba la torpeza de los asesinos, que todo apunta a que son los padres. Facebook, Twiter, Televisa... y la niña en una bolsa a los pies de su cama.
martes, 30 de marzo de 2010
martes, 23 de marzo de 2010
Javier Sánchez, arquitecto
"La
desconexión con la ciudad es lo que más margina a la sociedad"
Se
nota que a Javier Sánchez (ciudad de México, 1969) le interesa la ciudad y la gente.
No en vano los diseños más emblemáticos de su estudio, JSª, se concentran en la
colonia Condesa, en cierto sentido el centro geográfico de la vida capitalina.
El hotel Condesa D.F. o el espectacular complejo en Ámsterdam 235 son ejemplos
de cómo recuperar viejos edificios art déco con un estilo limpio y original. El
León de Oro en la Bienal de Arquitectura de Venecia 2006 y el Premio
Arquitectura Joven hace dos años concedido por el Colegio de Arquitectos de la
ciudad de México son sólo dos de los numerosos galardones que tiene en su haber
apenas cumplidos los cuarenta.
¿Cómo
se mantienen los pies en el suelo con tantos premios y siendo tan joven?
Yo creo que nunca hay que creérsela. Si
no mantenemos un rigor por el trabajo, lo que hacemos hoy, mañana desaparece.
Todos esos premios pueden servir para algo, pero también se pueden ir muy
rápido.
Define
tu propuesta arquitectónica en una frase.
Creo que es una propuesta que trata de
articular la arquitectura con el lugar en el que se inserta. Una arquitectura
sobre todo de conexiones: el objeto arquitectónico más allá de sus fronteras.
¿Cuáles
serían los requisitos de esa vivienda urbana a la que tú has dicho muchas veces
que te dedicas?
Tiene que tener una fuerte relación con
la ciudad y con la comunidad. Tienen que existir espacios de encuentro de la
gente, y no sólo pensarla como vivienda aislada.
Eso
no es muy fácil en una ciudad que durante muchos años se ha dedicado a
desconectar urbanísticamente a la gente.
Es ir un poco contra la marea, porque
cada vez que propones una conexión, aparece el tema de la seguridad y el tema
de la rentabilidad de los proyectos, temas que siempre juegan en contra de tus
objetivos. El chiste es encontrar la forma de negociación. No podemos dejar de
lado el motor de la vivienda, que tiene que ver con lo inmobiliario, pero
también tenemos que generar vivienda que no sólo sea habitación, sino que sea
lugar de encuentro, que posibilite la vida.
¿Qué
es lo más difícil de ser arquitecto en una ciudad como esta?
Es una ciudad donde se pierde mucho
tiempo. Mucho tiempo en desplazarse y mucho tiempo yendo en contra de la
burocracia.
¿Cómo
se sortean los laberintos burocráticos y las redes de corrupción que existen en
el mundo de la construcción?
Pues construyes una reputación de estar
al margen. Eso funciona bastante bien: la gente sabe a quién sí y a quién no.
¿Qué
crees tú que es lo que más daño ha hecho a la capital arquitectónicamente a lo
largo de la historia?
No conectar toda esa inercia que tiene
esta gran ciudad hacia una visión colectiva. Yo creo que es una ciudad que dejó
de pensar como tal y ahora se piensa más en desarrollos inmobiliarios
independientes.
¿Qué
lugar común sobre la capital desmontarías?
Que no es una metrópoli gigantesca que
sea difícil de comprender, sino más bien una agregación de barrios.
En
algunas obras tuyas añades estructuras súper modernas a edificios antiguos.
¿Cómo se logra eso sin romper la armonía?
De lo que se trata es de encontrar el
potencial de una estructura existente, sea histórica o no, y darle realce a lo
que ya tiene, respetuosamente. Tiene que ver con una labor menos protagónica de
la arquitectura contemporánea.
¿En
qué arquitectos internacionales te miras?
Me interesa mucho un arquitecto como
Peter Zumthor, que ahora ha sido merecedor del premio Pritzker, por pensar en
escala humana, en la relación entre la arquitectura y el hombre.
¿Y
de la escuela mexicana?
Mi primer maestro es mi padre, Félix
Sánchez, y luego tengo maestros adoptivos o postizos. Siempre he admirado a
Mario Pani, particularmente.
Un
nombre sobrevalorado en la arquitectura mundial.
Mmm… Estoy tratando de ver cuál es el
peor de todos… César Pelli, por ejemplo.
¿Cabe
en el mundo una arquitectura verde que no sea cara? ¿Están los pobres
condenados a una arquitectura que contamine o fea?
No, yo creo que tiene más que ver con
volver a pensar con lógica, como aprovechar la energía del sol o del viento.
Parecería que es cuestión de tecnología, pero sobre todo es una cuestión
técnica.
¿Y
qué se podría hacer con esos cinturones de fealdad arquitectónica que rodean la
ciudad?
La desconexión con la ciudad es lo que
más margina a la sociedad. La propuesta que podría hacer es reconectar a estos
barrios con el resto de la ciudad, para que se sientan parte de ella, y no una
zona marginal y periférica. Y me refiero no solamente a la miseria
autoconstruida, sino a los proyectos miserables que hacen los desarrolladores.
Por
ejemplo los desarrollos horribles de la vivienda pública, en esos páramos donde
no llegan los servicios…
En realidad no es tanto la vivienda
pública, porque el Estado ha asumido un rol de financiador más que de gestor de
la vivienda. La gestión de la vivienda la hacen los desarrolladores: falta una
preocupación de Estado que la pueda encauzar.
(Publicado originalmente en el blog
"Otras voces" de la revista Letras
Libres, el 23 de marzo de 2010.)
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Javier Sánchez,
Letras Libres
viernes, 4 de diciembre de 2009
Tres empresarios jóvenes: Sarah Aguilar, Guillermo González y Erik Lozano
“Estamos
demasiado acostumbrados a los vicios de las oficinas tradicionales”
Los
arquitectos Guillermo González y Emilio Ades, los ingenieros industriales Erik
Lozano y José Julián Carrera, más la licenciada en Comunicación Sarah Aguilar
acaban de poner en marcha Cómo, una innovadora empresa que ofrece oficinas a la
medida para emprendedores noveles, reciclando desde el mismo espacio diáfano
–una antigua bodega– hasta las divisiones entre cubículos, que comienza
enseñándome Guillermo en fotos.
Guillermo
González. ¿Ves? Las separaciones están hechas a
partir de palés, donde transportaban mercancías, y la idea es reutilizar
objetos; justamente como lo es la bodega. Buscamos darle ese enfoque a todo
para no caer en el modelo tradicional de oficinas, que normalmente estarían
separadas por tablarroca. Nosotros, integrado en cada palé, diseñamos un mobiliario
plegable, algo que por ejemplo el pánel de tablarroca no lo permite. A los que
entran se les da la opción de tener una mesa pequeña, una repisa o una mesa
larga, y esto hace más flexible todavía el espacio. Y les facilita las cosas
darles el espacio amueblado, que cuando estás empezando es muy difícil. Todo el
proyecto está enfocado a gente que está empezando.
Por
lo que veo, se puede ensanchar o achicar los cubículos al gusto y los espacios
están abiertos, ¿no?
G.G. Todo este modelo de oficinas es para que la gente se conozca,
haga vínculos, se potencien los equipos de trabajo para hacer las cosas más
grandes y mejor. En cuanto al proyecto arquitectónico, buscamos que no
estuvieran cerradas las oficinas ni hubiera pasillos. Cuando están abiertos todos
los palés se pierde la línea entre las oficinas, y entre el espacio público y
el espacio privado: casi te metes a la oficina de alguien, sin querer, y eso
genera un roce y una convivencia muy natural.
Pero
para eso, las empresas tienen que ser afines, o al menos complementarias... ¿O
no necesariamente?
G.
G. No necesariamente, al contrario. El chiste es
que haya más diversidad de personas para que den diferentes relaciones.
Sarah
Aguilar. Hasta ahora son una productora, dos
arquitectos, unas chicas que hacen diseño de imagen y moda y una consultoría de
negocios. También quiere estar una amiga que tiene un negocio de cup cakes, así que estamos viendo si
podemos instalar una estufa eléctrica, y parece que en principio no tendría que
haber problema. A los chicos les preocupa el olor.
El
olor o los permisos de la delegación...
S.
A. Bueno, tenemos muchísimos extinguidores [risas].
Yo creo que esas cosas se irán dando sobre la marcha. Muchos de los adultos que
nos visitaron en la inauguración quedaban un poco perplejos por cómo se
trabajaría en esta dinámica, y decían “seguro hay mucho ruido”. Pero yo creo
que también estamos demasiado acostumbrados a los vicios de las oficinas
tradicionales, y en realidad, en cuanto vas explorando este espacio te das
cuenta que hay muchos falsos mitos sobre qué necesitas para trabajar a gusto.
Pongamos
que soy una incipiente empresaria que ofrece servicios editoriales, y quiero
tener un cubículo. ¿Qué hago?
G.
G. Si quieres un cubículo, todo está modulado, y buscamos
darte lo que no te daría un Starbucks: impresora, copiadora y otros servicios
básicos de oficina, como línea telefónica, que ya vienen incluidos en la renta.
¿Por
qué precio?
G.
G. Las estaciones individuales se rentan por día,
por semana o por mes. Por día cuesta 100 pesos, puedes estar todo el día ahí e
incluye café y agua. Por mes cuesta 1,500. Y a diferencia del Starbucks aquí
tienes la posibilidad de estar conviviendo con gente que trabaja, no que está
tomándose un café.
¿Y
lo puedo usar como dirección corporativa?
G.
G. Claro, como dirección fiscal.
Después
de la estación individual viene el primer espacio, que llamamos espacio
inicial, que es el privado. Está compuesto de dos módulos y el precio es 4,900.
Y a partir de ese –porque justamente cuando alguien está creciendo es muy
difícil establecer qué espacios se necesitan–, pueden ir creciendo por módulo,
o también, una vez ya ahí, pueden ir quitando un módulo, depende de cómo les
vaya. En ese sentido estamos intentando ser lo más flexibles posible.
¿La
bodega la rentan entre todos los que forman parte del proyecto? ¿Quién pone el
capital?
Erik
Lozano. Hasta ahorita somos tres socios
capitalistas y estamos también ahí trabajando. Yo tengo ahí mi agencia de
producción, Guateque, Guillermo tiene también su despacho, Tiliche, y el otro
socio también tiene ahí su despacho. Pusimos el capital inicial y por ahora
mensualmente, en lo que se llena de inquilinos.
¿Cómo
se empieza una empresa, siendo tan jóvenes como ustedes y en un país donde hay
cierta reticencia hacia las iniciativas privadas?
G.
G. De hecho, así salió el nombre, como lo
platicaste ahorita. Nosotros llevábamos año y medio en la azotea de un edificio
de Polanco, y vimos que es muy difícil empezar. Los trámites en México y los
gastos fijos son cosas que, cuando se está empezando, no se tiene idea de lo
que pueden llegar a implicar. Y así salió el proyecto: está muy mal que no haya
espacios para la gente que está saliendo y tiene más ganas de hacer cosas, y
que al final el mundo corporativo los absorbe. Fue muy natural cómo surgió la
idea.
E.
L. Fue circunstancial, sí. Teníamos que buscar
una oficina, nosotros para la agencia, Guillermo para el despacho, y fue
bastante complicado; por fin la encontramos y en lo que nos organizábamos
empezaron a salir proyectos y hubo mucha sinergia entre nosotros. Si nos caía
un proyecto de alguna marca, nos ayudaba Guillermo, y viceversa, y vimos que
funcionaba. Esta simbiosis fue lo que también nos llevó a esta idea: por una
lado esto soluciona encontrar un espacio y por otro hay esta suerte de
interacción entre diferentes disciplinas, que enriquece mucho cualquier tipo de
proyecto que tengas. Además, sabiendo que México es uno de los países más
difíciles para empezar tu propio negocio, ayudar a la gente con la burocracia;
en un futuro queremos meter un departamento de recursos humanos chiquito,
contabilidad, abogados, etc. Ahorrarte toda la administración y que puedas
dedicarte plenamente a tu negocio.
¿Por
qué creen que es tan difícil en México empezar tu propio negocio?
E.
L. Yo creo que una parte importante son los
trámites. No sé: para dar de alta una empresa necesitas pagarle a un abogado
quince mil pesos, y no lo puede hacer nadie más, porque es tan complicado y tan
enredado, que tardas varios días. En Estados Unidos puedes empezar una empresa
vía internet y aquí…
G.
G. Por un lado es eso y por otro, que nadie te
conoce. Tienes gastos fijos, pero nadie te está contratando, porque si no
tienes la ayuda de tu tío o tu papá, es muy difícil empezar. Lo que pasa en
México, y en muchos lugares, y con todos los gobiernos, es que no se dan los
espacios para vincularse. No es que no haya becas en México: es que la gente no
sabe dónde pedirlas; no es que no haya oportunidades de trabajo: es que no saben
dónde pedirlo.
¿Y
cuál es tu papel, Sarah? ¿Enfocado en la promoción?
S.
A. Sí, cuando pudieron invitarme a mí, hicimos
eventos juntos y funcionó también muy bien. La idea es seguir con la estrategia
de medios y en el mediano plazo, empezar a desarrollar un calendario de
actividades con la delegación y participar de la regeneración de la zona
[Marina Nacional] que es muy evidente: pronto se mueve cerca la Colección Jumex
y ya hay parte del Museo Soumaya.
Y en este momento la bodega mide 350
metros cuadrados, pero hay un potencial: la manzana entera son como diez mil y
cacho metros.
G.
G. Sí, aquí entran dos puntos importantes. Todo
el modelo de oficinas va acompañado de otra parte: en vez de ser pasillos,
elevadores y lobbys, el espacio se convierte en salas de exposiciones,
auditorios, lugares para hacer talleres. Junto con las oficinas, por ejemplo,
estamos buscando que universidades hagan diplomados acá. Ahorita, en estos 350
metros, pero si vamos ampliando, se puede hacer un auditorio como para ochenta
personas, luego uno más grande, el siguiente puede ser un gimnasio, y el
siguiente un salón para hacer talleres de gastronomía o de jardinería. Y poco a
poco, empezar a salirnos del complejo industrial: empezar a usar el parque de
al lado, organizar en la cancha de futbol una pequeña liga… Las oficinas son
las que sustentan el proyecto y son el negocio, pero por otro lado son la base
de un modelo social que puede replicarse en diferentes puntos de la ciudad,
para reactivar zonas parecidas.
¿Y
han tenido alguna respuesta de la delegación o del gobierno de la ciudad?
S.
A. Justo hoy le entregamos el proyecto a Demetrio
Sodi, el delegado, y lo veremos en enero. Creo que le puede interesar. Ha
habido una gran respuesta de la gente: no habíamos inaugurado y ya teníamos la
primera bodega completa al 75%. Calculamos que en estos días se acabará de
llenar, y vamos sobre la segunda. Yo creo que en el transcurso de los
siguientes dos años, si todo macha bien, habremos tomado la manzana entera.
(Publicado originalmente en el blog
"Otras voces" de la revista Letras
Libres, el 4 de diciembre de 2009.)
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viernes, 27 de noviembre de 2009
Antonio Vizcaíno, fotógrafo y conservacionista
"Ya
no es tener conciencia: es el momento de la acción inmediata".
Antonio
Vizcaíno (Guadalajara, 1952) dirige desde hace años la asociación América
Natural, que busca concienciar sobre la destrucción del medioambiente a través
de imágenes esplendorosas, tomadas desde Alaska a Tierra de Fuego. Hasta ahora,
éstas llenan dos libros, Agua (2006) y Bosque, que se presenta el próximo 3 de
diciembre en el Club de Industriales. Vizcaíno contagia su entusiasmo desde el
mismo instante en que se define como “un explorador en busca de la belleza
natural”.
Tus
fotografías de tan brillantes y hermosas parecen casi irreales. ¿La belleza
está en la naturaleza o en la lente?
En la naturaleza, que sobrepasa cualquier
imagen que puedas producir a través de la cámara. Lo que sucede es que soy un
obsesivo de la calidad y la técnica. Estudié en Nueva York en la mejor escuela,
la ICP; tuve un maestro maravilloso, Gilles Larrain, y tuve otro mentor en
México, Matías Goeritz. No utilizo cámara digital porque no me da la calidad de
lo que busco: llevo veinticinco años experimentando con películas, con las que
obtengo lo que quiero. Y cuando voy a fotografiar, primero voy a los sitios más
conservados, que son los más hermosos, y segundo, espero el momento: si voy en
una temporada y la luz no me gusta, regreso en otra estación, así sea el
Amazonas o Chile. Tampoco tengo límites de tiempo: puedo esperar dos o tres
semanas a que se dé la luz que yo quiero. Voy creando mis imágenes un poco en sueños,
hasta que encuentro lo que estoy buscando. Luego, revelo en Nueva York en el
mejor laboratorio, Duggal, e imprimo en la mejor imprenta del mundo, Toppan,
que está en Tokio.
Explícame
cómo se vive sin estar pendiente del tiempo.
Tienes que liberarte primero de ti mismo
y del concepto de estar sujeto a un horario. Porque el tiempo planetario es
otra cosa: lo rige el sol; es el día y la noche nada más, y todo es
transformación y movimiento. En el año 2000 dejé absolutamente todo –amigos,
familia– y me fui a viajar. Mi hija, que tenía doce años en ese momento, fue mi
compañera de viaje e hizo la secundaria por internet. Ya no había nada más que
el intercambio con la naturaleza, y cambié mi percepción absolutamente. Esto lo
había aprendido antes de dedicarme a la naturaleza, cuando conviví durante tres
años con los huicholes, cuya manera de relacionarse con la naturaleza también
es intemporal.
¿Fotógrafo
antes que conservacionista o viceversa?
Antes que nada, soy un ser humano, y
después soy un amante absoluto de la belleza. De la femenina, muchísimo: la
naturaleza para mí es femenina, aunque tengas esos arbolotes y esos volcanes.
Ser fotógrafo simplemente es un pretexto. Me hice fotógrafo en India, donde
trabajé como diplomático por tres años, en el 77, y viajé fotografiando todo el
país menos un estado. La experiencia me encantó, porque me daba la libertad de
poder viajar y a la vez vivir de algo. Al fotografiar la naturaleza, soy
testigo de la destrucción –si yo fotografiara la destrucción no te imaginas los
libros que podría producir, pero mi sensibilidad no puede, está con la
belleza–, y me siento también como una especie en peligro de extinción, porque
en unos años no voy a tener nada que fotografiar. Por eso soy conservacionista.
Pongamos
que soy una escéptica del cambio climático, un término que se ha convertido
casi en un lugar común. ¿Cómo me convences de lo contrario?
Primero, no me interesa convencerte. No
te puede convencer nadie de algo tan intangible como eso. Si llega un huracán y
destruye tu casa y te dicen que es el cambio climático, lo puedes creer o no.
Lo que sí te puedo decir es qué veo: glaciares que fotografié hace ocho años
que se han recorrido kilómetros hacia arriba de la montaña. He visto y he
estado con científicos en estaciones biológicas del Amazonas, donde grandes
extensiones están secas por la falta de humedad, producida por medio grado de
diferencia. He visto áreas, como Ohio, que era un área fértil, ahora inundada,
o Iowa, que era el granero de Estados Unidos, ahora en desertificación. La
bahía de Hudson, en Canadá, donde la temperatura llegaba hasta 40º bajo cero en
los inviernos, ahorita está llegando a veintitantos. Y hay otra cosa muy
importante: olvidemos el cambio climático como concepto: en 1960 éramos tres
mil millones de humanos; en el 2000 éramos seis mil millones; en cuarenta años
se duplicó la población, creció la sociedad de consumo, y los recursos
naturales eran los mismos. En el libro Bosque decimos que en el bosque se
reúnen los reinos de la naturaleza para crear una comunidad autosustentable y
sostenible a largo plazo; todos los organismos en él están interrelacionados,
sin uno no existe el otro: sin la bacteria que está en la micorriza de las
raíces no existe el árbol. Lo deberíamos aprender como seres humanos. Y con
respecto al cambio climático, que nos sobrepasa como concepto, si entendemos
que cada una de nuestras acciones, por pequeña que sea, va a influir en el
todo, creo que podríamos transformar nuestra perspectiva.
¿Cuál
crees que es el principal enemigo de la naturaleza en México?
Los hombres.
¿Y
algo concreto que los hombres provoquen?
La deforestación, uno de los elementos
más serios, porque los bosques son comunidades de vida, donde se encuentra la
mayor diversidad, y además son cunas de agua y verdaderos controladores del
clima. De todos los países de América, donde siento mucho más deterioro –lo
ubican en el cuarto o quinto lugar a nivel mundial– es en México.
Siempre
he pensado respecto a la conservación de la naturaleza que no tiene que ver con
la riqueza o la pobreza, en este sentido: hay una destrucción producida por la
avaricia o por el exceso de consumo, y otra producida precisamente por la
escasez: como no se tiene nada, se devora todo lo circundante. ¿Qué opinas?
Tienes toda la razón, aunque quizá lo más
grave se dé en el área de la riqueza, porque es donde existe un consumo mayor.
En cuanto a las comunidades pequeñas, en África, por ejemplo, tenemos
comunidades ya ecológicamente acabadas, al borde de la extinción. Pero por el
lado de las clases consumistas es donde el impacto es más grande; ve los
Estados Unidos: si quisiéramos tener el nivel de vida de su clase media en todo
el planeta, necesitaríamos cuatro planetas más, como dice Wilson, un
investigador de Harvard.
Volviendo
a eso que dices de las comunidades pequeñas. Parece que se repite a lo largo de
la historia de la humanidad: grupos que han acabado con las reservas de su
hábitat. ¿No es el sino trágico y paradójico del hombre, su autodestrucción por
la destrucción de la naturaleza, la que le proporciona el sustento?
Sí. Leí un libro que me impactó
profundamente, un estudio del bosque a través de la literatura y el arte, desde
el principio de la humanidad. Una de las tesis del autor era que posiblemente
el hombre desde el inicio nunca estuvo verdaderamente integrado a la
naturaleza. No puede haber civilizaciones sin bosques, y sin embargo, lo
destruimos y acabamos con él. Ha existido siempre una lucha del ser humano por
crear su propio hábitat, por aislarse, por vivir en el medio artificial creado
por él.
También
tiene que ver con que desde el principio de los tiempos se protegió de una
naturaleza que no deja de ser hostil y llena de depredadores…
Sí, y por eso crea la técnica. Pero es
una paradoja enorme. Ahora bien, el momento actual es grave, dicho por los
expertos. Trabajamos con científicos al más alto nivel: nuestro asesor en
América Natural es Mario Molina; para el libro Agua contamos con Jean-Michel Cousteau; con Peter Raven, el mayor
experto en flora; en Bosque está
Ghillean Prance, que fue director por veinticinco años de los Jardines
Botánicos de Kew, en Inglaterra; Well Davis, el explorador número uno en
National Geographic… Entre ellos hay una enorme preocupación por lo que está
sucediendo. Mario Molina dice que si no se resuelven las cosas en los próximos
años, dentro de 75 estaremos realmente ante el peligro de extinción. Dice, por
ejemplo, que si no se reducen las emisiones de inmediato, puede haber un
incremento en el clima de dos a seis grados en los siguientes 75 años, algo muy
serio si tenemos en cuenta que la diferencia entre nuestra época y la última
glaciación es de cinco grados y medio.
Yo
sí creo que nos hemos puesto contra la pared, y que en cuanto a conservación,
estamos más allá de la conciencia. Ya no es tener conciencia: es el momento de
la acción inmediata. A través de las imágenes, nosotros tenemos el gran deseo
de que el espectador sea seducido por la naturaleza. Ya no desde el punto de
vista pragmático, sino más allá: ver el paisaje como un territorio del espíritu.
(Publicado originalmente en el blog
"Otras voces" de la revista Letras
Libres, el 27 de noviembre de 2009.)
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miércoles, 18 de noviembre de 2009
Erik Weihenmayer, alpinista ciego
“Cada
montaña huele distinto”
Tiene
nombre alemán, pero Erik Weihenmayer (Hightstown, New Jersey, 1968) es tan
gringo como la mejor cara del sueño americano. Ciego a los trece años por una
enfermedad degenerativa, su familia, especialmente su padre, Ed, lo animó a
apuntarse a un grupo de entrenamiento alpinista para invidentes. En su época de
estudiante, no le daban trabajo de lavaplatos en los restaurantes; más tarde,
llegaría a la cima del Everest, se casaría en lo alto del Kilimanjaro y
alcanzaría casi todos los picos de las Siete Cumbres. Vino a México de la mano
de la asociación Ojos Que Sienten, para presentar su libro Tocar la cima del mundo y
acompañar a otros ocho jóvenes ciegos o con problemas de visión en su ascenso
al Iztaccíhuatl.
¿Qué
siente un adolescente que ha visto y de pronto deja de ver?
[Lo piensa unos segundos antes de
contestar.] Confusión. Miedo. Porque todo lo que conoces está llegando a su
fin. Sientes casi que te estás muriendo: no tienes idea de qué serás capaz de
hacer y qué clase de vida podrás vivir. Al principio reaccioné como la típica
persona que experimenta una pérdida y lo niega. Me decía: “no estoy ciego, no
quiero ser un ciego”. Luego sentí frustración y enfado. Y poco a poco, comencé
a aceptarlo. Yo era muy testarudo; por ejemplo no usaba el bastón, o como aún
veía ligeramente por un ojo, me convencía de que no estaba ciego. Empecé a aceptarlo
cuando, caminando por un muelle, de pronto tropecé, di un salto en el aire y
aterricé de espaldas en la cubierta de un barco. Finalmente me di cuenta: “ok,
estoy ciego”. En la vida hay cosas que son más grandes y más poderosas que tú,
cosas que puedes cambiar y cosas que no. No podía cambiar estar ciego, así que
me pregunté: “¿qué sí puedo cambiar?” La manera en que vivo, cómo reacciono, mi
entrenamiento… Así que me enfoqué en esas cosas.
Imagino
que su padre, veterano de Vietnam, fue un gran acicate en su vida…
Mi papá siempre ha sido un gran
compañero. No le interesaba que yo rompiera récords o que fuera el mejor
escalador, sino que viviera una vida plena. Y quería estar ahí, asegurándose de
que yo podía conseguirlo. El hecho de haber sido marine ya me parece
aleccionador. Mi padre me transmitió una actitud entusiasta por la vida, a
encarar los obstáculos y a superarlos con todo el empeño. Suerte que también yo
tenía una fibra testaruda dentro. Mira, cuando era niño, hacía saltar mi bici
entre dos rampas, separadas unos tres o cuatro metros, pero llegó un momento en
que no podía verla, me estaba quedando ciego, y mi padre, en vez de decir
“bueno, ya está bien de bicicleta”, pintó las rampas de color naranja
fluorescente, de modo que pude verlas un buen rato más. Eso fue muy ingenioso
–mi padre siempre fue muy ingenioso a la hora de ayudarme.
¿Qué
sintió la primera vez que pisó la cumbre de una montaña?
¡Miedo! Pensé: ¿y ahora cómo bajo? Muy
bien, llegué, estoy vivo, y ahora hay que bajar. Y es mucho más difícil bajar:
el 90% de los accidentes ocurren en el descenso, cuando vas cansado. Cometes un
error y caes rodando. En la cima del Monte McKinley, hay que caminar sobre una
cresta muy estrecha, donde una caída a izquierda o a derecha es muerte segura.
Estaba muy nervioso, también por mi equipo, porque íbamos atados a una misma
cuerda: si yo caía, arrastraba a todos. Uno de los compañeros me dijo: “no te
preocupes, lo vamos a conseguir”. Iba tan concentrado, cuidando cada uno de los
pasos que daba, que cuando pregunté ¿cuándo llegamos al final de la cresta?, me
contestaron: “ya la pasaste”. Había perdido la noción del tiempo y el espacio.
Una
vez pregunté a un experimentado escalador qué se siente en la cima del Everest,
y justamente me contestó “ganas de bajar”. Pero enseguida me dijo: “pero cuando
estoy abajo, sólo quiero subir”. ¿Comparte ese sentimiento?
¡Claro! Escalar es un deporte
retrospectivo: piensas en la cumbre mucho más tarde de alcanzarla.
¿Y
qué piensa cuando llega ese momento?
Una semana o un mes después de haber
culminado el Everest, simplemente lloraba y lloraba. No me podía creer lo que
había hecho. Cuando estás ahí, estás tan concentrado, tan lejos de donde
pertenecen los humanos, que sólo te sientes pequeño: si el clima quiere
aplastarte lo hará, porque no eres nada, sólo un chispazo. Es una sensación de
total humildad. Y es una sensación maravillosa, pero al mismo tiempo sabes que
no vives ahí, es un lugar que sólo visitas.
¿Qué
siente, qué huele allá arriba?
Cada montaña huele distinto. La cima del
Iztaccíhuatl, que es un volcán, huele a azufre, a humo, a polvo. En el
McKinley, que es pura nieve, hueles la superficie derritiéndose bajo el sol, y
tu propia piel cociéndose. Y bueno, cuando estás en una montaña durante mucho
tiempo, te hueles mucho a ti mismo [risas]. Además hueles el viento, frío y
suave; eso es muy agradable. Y los sonidos de la montaña también impresionan
mucho, como las avalanchas en el Everest: explotan y caen. Recuerdo una vez que
estábamos descansando en un glaciar y de repente oímos un estruendo atrás:
¡hora de irse! Caminar sobre un glaciar mismo es igualmente impresionante,
porque sientes el hielo vibrar y moverse bajo tus pies; es un sonido hermoso y
aterrador a un tiempo.
¿Qué
es lo que más necesita en la montaña un alpinista que no puede ver?
Se necesita una preparación que permita
saber a la perfección qué hacer en determinadas circunstancias. Y en montañas
grandes, yo definitivamente necesito un buen equipo de gente que sí pueda ver.
Claro, que también he escalado montes yo solo, usando un GPS, y he escalado los
Dolomitas, en Italia, con otro compañero ciego, sólo nosotros dos. Ir más allá
de los límites y probar cosas nuevas es muy divertido: otra vez escalé con un
compañero sin piernas y con otro parapléjico, a los que tuve que cargar a la
espalda.
Sus
logros son apabullantes, no sólo en la montaña y ayudando a jóvenes con los
mismos problemas, sino a través de todos los deportes que practica (buceo,
rafting…), y por sus palabras pareciera una especie de súper héroe que nunca
cede al desánimo. ¿Qué pone triste al súper héroe?
El tiempo. Me preocupa que pueda
faltarme. He tenido éxito en la montaña, pero también quiero tenerlo de otra
manera, por ejemplo usando la tecnología. Manejar un i-Phone, navegar por
internet, es un poco difícil siendo ciego; las barreras que eso supone hacen
que sienta que me estanco, cuando quiero estar siempre aprendiendo. El caso es
que no tengo tiempo; tengo una familia y dos hijos… Otra cosa que me preocupa
es ser buen padre, no ser un padre ausente… Todo es un equilibrio difícil de
llevar.
Ha
sido también profesor. ¿Qué piensa de esos jóvenes que tienen todo y sin
embargo se quejan todo el tiempo?
Enseñé a niños de diez y once años, pero
también he trabajado con adolescentes, y sí, me entristece que se quejen. Pero
sobre todo, que no entiendan que la vida es dura. Si no entienden eso,
fracasarán; verán la vida pasar de lado, no formarán parte de nada grande,
porque lo grande es difícil.
¿Echa
de menos ver?
Sí. Echo de menos las caras, las
expresiones, lo hermoso que son los rostros de la gente… Y los ojos. Es una
gran desventaja, no poder leer los rostros, así que tengo que trabajar duro leyendo
las voces. ¡Y los olores!
(Publicado originalmente en el blog
"Otras voces" de la revista Letras
Libres, el 18 de noviembre de 2009.)
Etiquetas:
alpinismo,
entrevistas,
Erik Weihenmayer,
Letras Libres
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