jueves, 1 de febrero de 2007

Del viaje a la ficción

Los violines de Saint-Jacques. Una historia antillana
Patrick Leigh Fermor
Tusquets, Barcelona
Trad. de Silvia Barbero Marchena
168 pp. 14 €

Hay que celebrar que Tusquets edite Los violines de Saint-Jacques, pese a no ser una novela de altos vuelos, porque sirve de agradable puerta de entrada a la vida y los libros de Patrick Leigh Fermor, un autor tan fascinante como poco traducido al español. Nacido en Londres al año del inicio de la Gran Guerra, mitad inglés, mitad irlandés, su nombre y su obra van unidos, como los de William Somerset Maugham o D. H. Lawrence, al generador de literatura por excelencia: el viaje.
            Los violines de Saint-Jacques, publicado por primera vez en 1953, es precisamente el fruto de ficción de uno de sus periplos: el que le llevó por las Antillas a finales de los años cuarenta y que recogió con la puntualidad del buen cronista en su primer libro, titulado oportunamente The Traveller’s Tree (Londres, John Murray, 1950). En la novela, el narrador –inglés– conoce a una elegante pintora francesa, Berthe de Rennes, que vive retirada en Lesbos –no por casualidad, según vamos descubriendo su carácter–, y que acaba contándole los conflictos melodramáticos de los habitantes de la isla de Saint-Jacques, donde vivió en su juventud como institutriz de la familia Serindan, conflictos que tendrían un desenlace trágico e inesperado la noche del martes de carnaval.
            La historia, que va ganando intensidad conforme pasan las páginas, es sobre todo el vehículo para recrear el ambiente de las islas antillanas francesas a principios de siglo, un mundo dominado por decadentes aristócratas nostálgicos del Segundo Imperio, enfrentados a los funcionarios de la Tercera República, y mezclados con el color, calor y olor de los negros que llegaron de África como esclavos hasta el siglo xix: todo bajo la continua amenaza de erupciones volcánicas, terremotos y tifones. Leigh Fermor tiene la destreza narrativa de bosquejar un cuadro verosímil a partir de un argumento sencillo, mezclando datos históricos, relatos de los antillanos y experiencias vividas por él mismo.
            De hecho, un trabajo divertido y fructífero es leer la novela a la luz de The Traveller’s Tree, buscando en la crónica del viaje las claves que sugirieron la ficción. Así, puede descubrirse que la imaginaria isla de Saint-Jacques se inspira en la ciudad martinica de Saint-Pierre, cuyas fiestas de carnaval eran rememoradas por antiguos viajeros, como Lafcadio Hearn, y que fue destruida por completo en 1902 por la erupción del Mount Pelée. O que es cierto que La Deseada servía de confinamiento a los leprosos, y que entre el pueblo martinico se cuenta cómo un grupo de ellos escapó una noche de carnaval, se mezcló tras disfrazarse con la gente desprevenida y dejó su huella fatal en más de un caso. O que Beauséjour, el nombre de la mansión de los condes de Serindan, era una casa construida en las faldas del Mount Pelée cuyo ambiente impresionó tanto a Leigh Fermor que afirmó: «Aquella casa, aquellas luces y voces y flores y olores y sonidos, así lo sentí, me daban una oportunidad de comprender la atmósfera, el alcance y las costumbres de la vida criolla en las Antillas mejor que una biblioteca llena de memorias y crónicas»1. Por cierto, que entre todos los detalles que recuerda, destaca «la voz vivaz y el discurso ingenioso y civilizado» de su anfitriona, Madame de Lucy de Fossarieu. ¿El modelo para Berthe de Rennes? Es posible.
            Por lo demás, la novela puede disfrutarse por sí misma en un rato de domingo, y sin duda tiene momentos deliciosos, como la descripción de la mesa dispuesta para la fiesta, el detalle de los nombres grecolatinos de los sirvientes negros o, sobre todo, el apo­teosis del baile de máscaras, ese enjambre moviéndose sicalípticamente al son de los violines bajo las lámparas de cristal y los rugidos inexorables del volcán. Con respecto a la estructura, es admirable cómo, a pesar de ir anunciando la verdadera tragedia desde del principio –ya en la página 19: «sobre la ausencia del nombre de Saint-Jacques en los atlas [...] no hay por desgracia ningún misterio»–, Leigh Fermor consigue despistar al lector con las pequeñas disputas románticas de los habitantes de la isla, que no hacen sino contribuir a la idea final: la fragilidad de la vida humana y sus fútiles afanes.
            Cabe destacar también los retratos de los personajes, desde la temperamental Berthe, conductora del relato, hasta el encantador capitán Henri Joubert, pasando por la hermosa y consentida Joséphine, el trasnochado conde Agénor –con cuyo nombre completo se divierte el autor: Raoul-Agénor-Marie-Gaëtan de Serindan de la Charce-Fontenay– o el vulgar Marcel Sciocca. La empatía que demuestra Leigh-Fermor con cada uno de ellos, siendo cruel pero disculpando sus defectos, no impide que rocen el arquetipo. El hecho de estar tan bien perfilados los hace perfectamente dramatizables, y quizá fuera esa la razón por la cual Malcolm Williamson decidió convertir la novela en una ópera en 1966.
            El mejor Leigh Fermor reside tanto en las descripciones como en los retratos de los personajes o en el vitalista sentido del humor. Su cima como escritor llegaría con El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua (Península, 2001 y 2004, respectivamente), referentes declarados de escritores como su amigo Bruce Chatwin, cuyas cenizas –valga la pena mencionar– están esparcidas cerca de la casa de Patrick en el Peloponeso. Esos dos magníficos volúmenes recogen, a la manera de Robert Byron viajando por Afganistán, la travesía que hizo, ¡a pie!, desde Holanda a Estambul a los dieciocho años, recién ascendido Hitler al poder, recorriendo, sin saberlo entonces, un mundo a punto de extinguirse.
            Después de editar sus mejores notas de viaje en el libro Words of Mercury (Londres, John Murray, 2003), los seguidores de Leigh Fermor esperan que sus noventa y un años den de sí como para escribir el tercer volumen prometido tras Entre los bosques y el agua, y que incluiría la principal hazaña de su vida, la verdaderamente histórica: la liberación de la isla de Creta, entonces en manos de los nazis, por la que obtuvo una medalla en la Segunda Guerra Mundial y que llevó al cine el director Michael Powell en 1957 (Emboscada en la noche, con Dick Bogarde en el papel de Paddy Leigh Fermor).
            Si bien a los lectores más exigentes les parecerá demasiado leve, al menos por ser la mirada de su autor una de las más valiosas de su tiempo, sería una pena que esta novela pasara inadvertida entre las novedades editoriales.


(Publicado originalmente en Revista de Libros, núm. 122, febrero de 2007.)

miércoles, 31 de mayo de 2006

Entrevista con Martirio y Carmen París


¿Era posible que Martirio (Maribel Quiñones, Huelva, 1954), pionera en España de la fusión entre folclore –andaluz en su caso– y sonidos varios, nunca se hubiese juntado con Carmen París (Gerona, 1966), que en el siglo XXI anda mezclando la jota aragonesa con lo que se ponga por delante? Pues así era. Desde Chano Domínguez, quien les prestó la maestría de su jazz –realizó con Martirio Coplas de madrugá y Acoplados, y con París, Pa’ mi genio– a unos ojos egipcios que miran verdes, ambas tienen tantas teclas en común que era irresistible tocarlas para ver cómo sonaban juntas. La melodía resultante está llena de gracia y de fuerza, como un estribillo de jota entonado por fandangos.

Martirio, define a Carmen. Carmen, define a Martirio.
Martirio: Carmen, aparte de ser una mujer muy valiente y muy fuerte, es un músico, en el mejor de los sentidos. La mujer ya no es aquella muchacha mona que canta bien, sino que sabe tocar, hacer arreglos, darle la vuelta a la tradición, espolear...
Carmen París: Martirio, una mujer valiente, y pionera. Es una de mis referencias. Que ella existiera a mí me lo puso más fácil. Las primeras que salieron pagaron los platos rotos.
M: Sobre todo cuando la gente que tenía que apoyarte ni te entendía, y quería comprarte o convencerte. Para ellos eras rara.
CP: Es que eres rara. La mujer en la música que tiene claro su criterio es conflictiva, porque no la pueden moldear. Yo me he dado cuenta al llegar a la industria discográfica: “es que sabes demasiado”, me decían. Por mucho que hablemos de igualdad, si eres más que intérprete, ocasionas infinidad de problemas. Todavía hoy, o sea que cuando Martirio empezó, peor.

Maribel, llevas en la música casi lo que la democracia. ¿En qué ha cambiado España musicalmente, para bien y para mal?
M: Desde el año 80, la música comercial no tiene muchas diferencias. Sin embargo, si ahondas, hay muchísima gente haciendo trabajos serios y que tiene más facilidad para darlo a conocer y para presentarlo bien, más conocimientos musicales, y más exigencia.

Carmen, ¿cómo se explica que lleves desde los 17 años en la música y hayas sacado tu primer disco hace apenas unos años?
CP: Tampoco yo había intentado entrar en la industria antes. Durante mucho tiempo tuve complejo de inferioridad con respecto a los músicos de Zaragoza. Me daba vergüenza enseñar mis composiciones. Vivía haciendo el saltimbanqui y cantando en orquestas mientras estaba en el conservatorio. De lo que me di cuenta teniendo parejas músicos era que tenía que aprender lo más posible antes de enfrentarme a un proyecto propio. Cuantas más cosas sepas del medio en que te mueves, menos dependes de otras personas.
M: Eso no lo enseñan en Operación Triunfo.

¿Cómo os ha afectado Operación Triunfo?
M: Me afecta como a cualquiera, si la gente piensa que un artista se hace en un cursillo. Con respecto al público en general, que está viendo todo el tiempo un tipo de música nada más, y parece que es lo único que existe, sí me afecta. En otros aspectos, no: me hace gracia, piden una oportunidad los chavales, en fin...
CP: A mí me afectó durante un tiempo, porque mi primer disco salió cuando el primer boom de Operación Triunfo, y no tuve apenas repercusión. Pero después sí tuve, y nosotras hacemos otra cosa que es totalmente diferente. Para mí el mayor daño que ha hecho es que hay toda una generación que se cree que la música es ser una estrella de la noche a la mañana, sin saber a costa de qué. Porque lo que vale, cuesta; lo que te regalan, igual que te lo dan, te lo quitan.
M: Y después ese dinero te lo gastas en psicólogos.

¿Cuáles diríais que son los males de la industria discográfica española? ¿De quién sería la culpa?
M: La industria discográfica española está en crisis. Mucha culpa la puede tener la “manta”, otra culpa es el precio tan caro que han llegado a tener los discos, algo que está remitiendo. También, que nunca han apostado por el riesgo, siempre han ido a lo seguro, y la gente que nos salíamos de esos canales hemos tenido que hacerlo por nuestra cuenta.
CP: La crisis viene dándose desde hace mucho, pero ahora está en un proceso degenerativo absoluto. Es un proceso normal, cuando la música no es importante en la educación. Las artes deberían formar parte de la educación del ser humano, independientemente de que vayas a ser artista o no en el futuro. De esa manera, se tendría un público con criterio. No se integra a la gente en la música, es el origen del asunto, y eso ya lo puedes extender a todo. La música en directo se encuentra con muchas trabas, los locales de música en directo tienen que luchar contra la burocracia… Si tienes un circuito de locales donde se pueda tocar en directo, tendrás más artistas que se formen y luego graben discos.
M: Porque entre otras cosas, la música da mucho dinero. A los músicos nos da poco, pero la música en general da mucho dinero.

¿Se puede vivir bien de la música?
M: Si tienes mucha honradez y no te dejas comprar, se puede vivir. Bien, es muy difícil. La primera casa de mi vida la he comprado con 50 años, con eso te lo digo todo.
CP: Yo con lo que gano de las actuaciones y los derechos de autor, estoy mejor que en mi vida. O sea, de la música sí se vive, pero tienes que llegar a un número de ventas, porque si no, nada.

¿Internet es bueno o es malo para los creadores?
M: Es bueno, sin duda. Porque te enteras, porque te comunicas, porque das a conocer, porque te llegan cosas que antes era impensable. A mí me parece una ventana abierta maravillosa.
CP: Según cómo se use, puede ser bueno. Me he dado cuenta de que si tuviera ordenador en casa, sería más independiente, pero me resisto, porque forma parte del matrix.

¿Hasta dónde os daña la piratería por internet?
M: Yo no he sido nunca un gran éxito, y he cobrado siempre tan poquísimo de royalties, que no sé lo que es estar en la “manta”.
CP: A mí sí me hace daño. La compañía, si no llego a 50,000 discos, no me saca al extranjero, y yo sé que he vendido más discos de la cifra oficial. Porque mucha gente en los conciertos viene y te lo dice, tan tranquila: “lo tengo pirata”.
M: Lo que está claro es que más tarde o más temprano se va a establecer un código que obligue a pagar a la gente que se baje música...
CP: Internet es un soporte. Si se pagan los casetes, el vinilo y los CD, ¿por qué ahora el soporte tiene que ser por la cara?
M: La gente no está concienciada de que hay un montón de trabajo detrás de la música...

CP: ¿Pero sabes por qué? Porque se ha perdido el respeto al artista. Como salen ochocientos productos, que son unos cantamañanas y se ponen de moda, la gente no puede estar todos los meses gastando 18 euros por una canción que le guste. Porque los discos se han convertido en una canción, y doce de relleno.

¿Cuál diríais que es el nombre clave del comienzo de la fusión en España?
M: Para mí el nombre clave es el viaje. Si es una persona, Paco de Lucía, Kiko Veneno, Smash, Muguruza, Mikel Gil, María del Mar Bonet, Javier Ruibal... Pero la fusión no es una cosa que se elija: es un fenómeno absolutamente lógico en la sociedad multicultural actual. Defender la “pureza” no tiene sentido. Ahora mismo, estamos mezclándonos constantemente, fundamentalmente por la emigración y los viajes, con lo cual la música, que es la primera expresión, también se mezcla.
CP: Pues sí, el viaje. Y artistas, Martirio, Ray Heredia, los Ketama, Pata Negra...
M: Y Paco de Lucía...
CP: Paco fue el que introdujo el cajón en el flamenco...
M: Y fue el primero que metió el flamenco con el jazz.

¿La fusión tiene límites?
CP: Yo no le veo ninguno. La música es el lenguaje que mejor puede trascender. Los llamados estilos o géneros son barreras mentales artificiales. La música era música en el principio de los tiempos y en cada parte del planeta se fue desarrollando de manera distinta, porque no había comunicaciones. Ahora que somos una aldea global, ese movimiento vuelve otra vez a ser “una” música. Cuando me preguntan ¿tradición o innovación?, contesto ¿por qué hay que poner la “o”? Hace falta gente que mantenga la tradición para que la recordemos y gente que a partir de eso, innove.
M: Tiene límites si no está bien hecha. Sólo por ponerle una guitarra flamenca a un tema de hip-hop, no estás haciendo fusión. Hay que tener mucho conocimiento para saber que dos tipos de música fluyen con suavidad. Para que fluyan, tienen que tener unas bases o unos compases parecidos. Cuando conoces el fondo, ya puedes meter un bolero por soleá por bulerías con mucha tranquilidad, o los ritmos colombianos y el son por tangos flamencos.

¿Cómo es vuestra relación con la música latinoamericana?
CP: A mí me ha influenciado mucho la música latinoamericana para entender cómo ha sido la ida y vuelta. Lo que hago es dar otra vuelta más, pero esto ha estado sucediendo durante toda la historia, música que va, que viene y que vuelve a ir.
M: La llegada de inmigrantes latinoamericanos está enriqueciendo el panorama sobre todo en los grandes festivales y en determinados circuitos culturales. Pero eso no me parece lo mismo que lo que se escucha en algunas emisoras comerciales, canciones que aquí ya no llevan, tipo baladas, que no han avanzado casi ni en los arreglos. Eso me parece un poco caduco.

¿Cuál es el género musical más maleable?
M: El jazz. Y el flamenco.
CP: Yo diría que la jota, que es la madre del cordero. Yo te meto una jota en cualquier sitio. Está en la copla, en el chotis, en el flamenco, en la canción mexicana... Al fin y al cabo, la gente que fue para América llevó los ritmos de aquí...

¿Cuántas veces os han reprochado que desvirtuarais la tradición?
CP: En mi cara, pocas, pero por detrás... Una vez el Heraldo de Aragón publicó una página entera de los joteros de toda la vida: que se ponían enfermos cada vez que me veían, que la jota no era así... Claro, es que no he dicho que sea así.
M: A mí, todas las veces que me he encontrado con un intolerante. No tanto ahora, porque hace ya tiempo que la gente comprendió que toda mi trasgresión nunca ha sido gratuita, que detrás ha habido un gran trabajo de investigación, y siempre respetando la esencia, los compases, lo que quiso decir el compositor y el autor... Cuando yo salí, la copla estaba muy estancada, y sólo Carlos Cano y yo estábamos meneándola. No solamente meneé la copla, sino fíjate cómo me vestía... Para la gente fue una impresión muy grande, estaba contando demasiadas cosas. Entonces me dijeron de todo, pero a la vez me salieron auténticos clubes de fans sin conocerlos, porque satisfacía la necesidad de unir un montón de músicas que estaban tontamente separadas. Musical, dramática y líricamente, la copla es maravillosa, no tenía por qué tener ese “marchamo”.

Ese “marchamo” del franquismo. Porque en el tratamiento injusto de la copla influyó el hecho de que el régimen se hubiera apropiado del folclore para exportar una determinada idea de España, ¿no?
M: Sin duda. Fue un poco su banda sonora. Había que despojarla de cualquier tipo de ideología. Eso sí, hay determinadas letras que yo no canto, porque me parecen que no tienen que ver con la mujer que quiere avanzar, o son cosas caducas o expresiones que no comparto.
CP: Lo mismo pasó con la jota, y con todo el folclore. Hubo un rechazo posterior por identificarlo con el régimen. No en vano fueron 40 años de machaque cultural. Al abrirse, la gente renegó de lo propio porque lo identificaba con eso, cuando no tenía nada que ver. Durante la transición, la gente empezó a darse cuenta de lo propio. A fin de cuentas, lo que nos han vendido los anglosajones es la evolución de su música popular, ¿por qué ha de ser mejor que la evolución de la nuestra?

¿Tiene sentido sentirse de un territorio en un mundo cada vez más mestizo?
M: Tiene sentido total. Lo universal es lo que está pegado a la raíz, y hay que echarle de comer y de beber para florecer al mundo. Cuanto más tú seas, más universal eres. Eso dentro de una absoluta búsqueda, ¿eh?, no por las buenas.
CP: Sí, tiene sentido, pero no como se entienden los nacionalismos, afirmando la identidad rechazando al otro. Digamos que la pertenencia a una parte concreta te da un matiz diferente, pero encerrarse ahí me parece ir hacia atrás.

Carmen, te he leído que “la canción protesta está caduca”. ¿A qué te refieres?
CP: A tal como la conocemos ahora. Para protestar y quejarse sin proponer, yo no sirvo. Es muy fácil echar balones fuera y no hacer autocrítica. El mundo es el reflejo de lo que somos, y la mejor manera de cambiarlo es cambiarse uno primero. Por ejemplo, en las manifestaciones contra la guerra [de Iraq], a mucha gente se le hinchaba la vena, había una agresividad tremenda, y eso para mí no tiene ningún sentido.
M: La vena se les hinchaba también porque estaban hartos de las injusticias que se estaban cometiendo, y había una impotencia tan grande, que era comprensible la violencia, porque todo estaba cogido por unas manos mucho más poderosas que las suyas, y la única voz que tenían era la unión y protestar.


¿Qué causas merecen una canción?
Al unísono: Todas.

Maribel, ¿hay que seguir cantando a la “maruja”?
M: Hay que seguir cantando a la mujer. Queda mucho camino todavía. Las mujeres estamos consiguiendo muchísimas cosas, pero todavía queda mucha víctima que aparcar. Hay que aceptarse muchísimo más, buscar dentro de ti quién es tu diosa y tu mujer maravillosa, y no tener que estar ni muy alta ni muy delgada ni muy rubia...
CP: Nos queda un camino muy largo. Después del feminismo reaccionario y peleón, deberíamos plantearnos otra estrategia. Para empezar, el lado femenino está herido en todas las mujeres. No vamos a conseguir que el hombre sane su lado femenino hasta que no lo sanemos nosotras, y hasta que no acabemos con el revanchismo. El mundo precisa el equilibrio de los dos polos, masculino y femenino, no se trata de la hegemonía del uno sobre el otro. Tenemos que sanar heridas que vienen de ancestros y ganar nuestro poder: el de la intuición, el de la creación, el de los ciclos, el de la vida... Hemos querido imitar a los hombres, en vez de alcanzar la igualdad a través de nuestras condiciones. Todo es un proceso. Si hay pocas mujeres que aspiren a puestos de poder, las pocas que hay, adoptan actitudes masculinas, como Margaret Thatcher o Condoleeza Rice. Y tampoco hay solidaridad entre nosotras, eso lo observo en el medio artístico. Por ejemplo, la relación que tengo con Mercedes Ferrer no la puedo tener con cualquiera, porque se marcan mucho las distancias y se ven a las otras como competidoras, cuando en realidad es lo contrario. Yo considero que estamos lejísimos, porque mujeres en el planeta que estemos tirando hacia la igualdad, somos el 10%, el resto es de horror...


¿Todo es compatible o hay algún aspecto de la vida que haya que sacrificar para poder dedicarse a esta profesión?
M: Para mí, lo primero es la música, es lo que más felicidad me da. Es muy difícil que yo pueda encontrar a una persona que me haga feliz mientras siga trabajando en esto. Conozco a muchísimos músicos que tienen unas mujeres que les ayudan absolutamente, y cuando llegan a su casa lo tienen todo arreglado, y encima tienen con quién dormir. Yo llego, tengo que hacerlo todo y la cama está sola. Y cuando estoy muy, muy enamorada, no hay trabajo. La diosa música es muy celosa, y con las mujeres, más. Se tienen que dar muchos parámetros para que estas mujeres dedicadas al amor y a estremecer, se puedan estremecer en su propia vida. Pero yo espero encontrarlo, ¿eh?, de verdad que sí.
CP: ¡Qué sabia es! Encontrar a un hombre que comprenda la vocación, que no estés en casa cuando vuelva, que vayas a los sitios y provoques admiración... es difícil. He tenido novios que lo han llevado más o menos, pero al final te acabas dando cuenta que estaban haciendo un esfuerzo grandísimo.
M: Y de alguna forma te pueden pedir que elijas. Y a mí que no me pidan que elija, porque lo tengo clarísimo. No es ya por vocación, es por misión: yo lo que tengo que hacer en la vida, lo estoy haciendo. Cada vez que me salgo de ese camino, las cosas empiezan a salir mal.

¿La soledad es necesaria para cantar el desamor con la emoción con la que lo cantáis vosotras?
M: Es necesaria para buscarse, para encontrarse, para meditar, para poner las cosas en su sitio, para quitarte tanto las excesivas penas como las excesivas coronas. Es necesaria para ser mujer y hombre, para ser humano.
CP: Y para procesar el desamor.

¿Y es inevitable o se elige?
M: Yo la he elegido, lo cual no quiere decir que no me suba por las paredes muchas veces. Me encantaría no estar sola, pero si hay que elegir, lo prefiero. Porque ya sé estar sola: antes, cerraba la puerta de mi casa y lo primero que hacía era coger el teléfono.
CP: Yo la elijo también. Considero mi casa como una cueva, y no me gusta que venga gente. Ya tengo una vida demasiado “para fuera” habitualmente.

Crearse un personaje es ¿inevitable, recomendable, inútil?
CP: Puede ser una buena estrategia para introducirse, para colocar el mensaje. En los primeros años de Martirio había muchos personajes –de hecho había gente que era sólo personaje–. Yo no tengo uno porque no me ha hecho falta. Sí tuve que soportar las rastas durante dos años, porque mi pelo les parecía “normal” a los de la compañía; y no me las podía quitar, porque sin ellas no me reconocían. Cuando saqué el segundo disco, cuando la misión de romper ya estaba cumplida, volví a mi ser. Era necesario dado que vivimos en una sociedad en la que se prima la imagen. Tienes que hacer ese tipo de concesiones.
M: En mi caso, crearme un personaje fue por gusto y por necesidad estética. A mí nadie me obligaba a ponerme peinetas más grandes que yo, y tener que llamarme “La Calvario” porque se me estaba cayendo el pelo. Era una cosa barroca total...

Con el tiempo, ¿más Maribel y menos Martirio, más corazón y menos peineta?
M: No es ninguna más ni menos. Es verdad que cada vez es menos lo que se cuenta con la imagen y más lo que se expresa por dentro, pero siempre voy a procurar tener una imagen estupenda, porque me encanta. Contar y cantar cosas importantes, si voy vestida de una manera mágica y ritual, me sale mucho mejor.

Dadme una definición de frontera...
M: Una idea preciosa de mi hijo Raúl [su guitarrista y miembro del grupo Son de la Frontera]: la frontera es un hilo que si lo levantas, la tierra es la misma. Las fronteras se han hecho para separar las hambres de cada uno, como dice la canción de Punto y Raya.
CP: Las únicas fronteras son las físicas, como una montaña. Las fronteras son una creación económica y política, fundamentalmente.

¿Qué canción cantaríais juntas?
M: Cualquiera de Javier Ruibal.
CP: Por ejemplo, que es un monstruo...

Yo hubiera dicho “Ojos verdes”...
M: Tampoco estaría mal, pero si hablamos de lo que nos pone, a las dos nos pone Ruibal. ~

(Texto publicado originalmente en la edición española de Letras Libres, núm. 56, mayo de 2006)

domingo, 30 de abril de 2006

Entrevista con Santiago Tobón (Sexto Piso)


Al instalarse en el saturado mercado editorial español, los jóvenes socios de la editorial mexicana Sexto Piso –todos rozando apenas la treintena– parecieran, ahora sí, hacer honor a su logotipo suicida –un muñeco arrojándose desde una sexta planta–. Pero cualquier prejuicio tiende a encogerse cuando Santiago Tobón, director de la filial en España, explica el proyecto y sus circunstancias. Nada parece improvisado ni a la ligera. Entre los libros que han publicado hasta ahora están los Aforismos de Zürau, de Kafka, en su colección Noesis de ensayo, y El estrecho rincón, de Somerset Maugham, en su colección de narrativa. Moderadamente optimistas, esperan que en dos años la editorial haya encontrado un espacio digno y estable. “Paso a paso” pareciera su lema.

¿Por qué venir a España?
Desde que la editorial comenzó, hace unos tres años, parte de los objetivos era llegar a todos los países de habla hispana. Llegado el punto de viabilidad en México, se empezaron a hacer distribuciones a España a través de un intermediario, primero a través de la librería La Central, de Barcelona, y después a través de empresas que trabajan con libros importados. Era algo muy modesto, pero nos llevó a pensar que podía haber lectores para nuestros libros. Sabíamos que el paso siguiente, si queríamos conseguir un número importante de lectores, era entrar a la cadena del libro como lo hacen todas las editoriales localmente. Es cierto que en España hay una oferta muy grande, pero no deja de ser de cualquier modo un país interesante, con un número muy alto de editoriales y lectores, comparado con América Latina. Era uno de los pasos obligados.

¿Qué hueco visteis en el mercado español?
Si hablamos de editoriales que se dediquen al libro en términos culturales, a la construcción de un catálogo de fondos y no de novedades, ya había editoriales que nos gustan y nos parecen similares a la nuestra, como Siruela, Acantilado, Anagrama, Pre-Textos, Trotta… Pero así y todo, siempre encuentras autores, o títulos de esos autores que no están en esas editoriales, lo que te hace pensar que evidentemente hay un hueco ahí.

¿A qué os referís cuando decís que vuestro catálogo está formado por títulos que son como capítulos de una misma novela?
Está en la idea de que el editor tiene que tener una cierta coherencia en su trabajo. Creemos tener una línea editorial que va por un camino específico. Esperamos que a lo largo de nuestro catálogo se pueda hacer una lectura de cada título como de capítulo a capítulo, y que sea en alguna medida el libro que escribe el editor. Esperas casi que tu editorial como sello pueda prescribir a un lector determinado y que el lector, porque ha leído tres o cuatro títulos tuyos, confíe en ti aunque no conozca el título o el autor.

¿Cuáles son vuestros criterios para elegir una obra?
Tenemos tres colecciones hasta el momento: clásicos, narrativa y ensayo. En sí, eso significa un criterio. Luego hay una rigurosidad: en la colección de ensayo intentamos tener una línea cercana a la reflexión de problemas contemporáneos, muy enfocada a filosofía, por ejemplo. Desde un espectro más amplio, también suponemos que tenemos un criterio de calidad literaria. De todos modos, no deja de ser subjetivo.

¿Cómo ha sido la acogida en el mundo editorial y en el público en general?
Estamos muy contentos con la respuesta que hasta ahora hemos tenido. De parte del sector ha sido muy buena, porque hemos contado con el consejo y el apoyo de muchos editores españoles. Hemos establecido relación directa con varios de los libreros, porque cada librería tiene unas características distintas, y clarificar ese perfil nos va a hacer avanzar todavía más. Con los distribuidores también es muy buena, son óptimos para el proyecto. Empezamos a tener relación con los impresores, porque en este momento hacemos la impresión también aquí. Y en fin, con los lectores también ha sido buena. No tenemos unas metas muy altas en ventas, lo que queremos es un proyecto viable y sostenible a lo largo del tiempo. Sabemos que de por sí no son libros que se vendan masivamente.

¿Estás de acuerdo en que el sector editorial está en crisis?
Sé que ha habido una disminución de las ventas en los últimos años, pero no manejo las cifras con propiedad como para emitir un juicio. Además, cada realidad es muy diferente: no es lo mismo el libro de texto que el técnico o el de bolsillo, o el que hacemos nosotros. Es muy difícil situar todos en un gran plano y decir que el libro está en crisis. De todos modos, creo que la especialización de los pequeños editores, primero hace que proyectos como el nuestro sean viables, porque no necesitas altas cifras de venta para hacer determinados títulos, y segundo, garantiza la diversidad, que no creo que esté en crisis.

¿Por qué vuestros catálogos de México y España son distintos?
Lo hicimos intencionalmente, principalmente porque en España tenemos una capacidad de producción menor a la que hay en México, y eso implicaba que no podíamos hacer los 45 títulos en seis meses que hay allá. Nos planteamos hacer unos veinte por año durante esta primera fase, buscando que estuvieran ya editados o por editarse en México. También pensamos en equilibrar mejor el catálogo: allá se publicó más ensayo que narrativa, por ejemplo, y en España podemos balancearlo. Esperamos que a la vuelta de un año o dos la editorial tenga un desarrollo local importante, que se hagan más libros de autores españoles o de temas que prefieren los lectores de aquí.~

(Texto publicado originalmente en la edición española de Letras Libres, núm. 55, abril de 2006)

miércoles, 1 de febrero de 2006

La frágil felicidad

SÁBADO
Ian McEwan
Anagrama, Barcelona
Trad. de Jaime Zulaika
328 pp. 18 €

Sostiene Ian McEwan (Aldershot, 1948) que Sábado, su última novela, no existiría sin el 11-S ni el clima de inseguridad mundial posterior. Pese a esto, y a que la historia arranca con el protagonista contemplando pasmado cómo un avión en llamas cruza el cielo de Londres, no se trata de un libro oportunista, puesto que los atentados terroristas no intervienen en la trama más que de telón de fondo. Sí es primordial, sin embargo, la elección de un solo día –el 15 de febrero de 2003, el de las manifestaciones contra la inminente invasión de Irak– como el tiempo en que transcurre la novela, porque tal decisión condiciona su estructura, por un lado, y permite a McEwan mostrar las diferentes opiniones que suscita esa guerra, por otro.

Sábado es, su título redunda en ello, el relato de veinticuatro horas en la vida de un sobresaliente neurocirujano, Henry Perowne, cuya felicidad doméstica se ve amenazada por las consecuencias de un encontronazo con tres maleantes a causa de un accidente leve de automóvil, suceso que el protagonista, con sagacidad, acaba resolviendo en principio. Y sólo en principio, porque quien conoce a McEwan, miembro de esa generación-corona cuyos diamantes incluyen a Julian Barnes, Martin Amis o Kazuo Ishiguro (el British Dream Team de Anagrama del que presume Jorge Herralde), sabe que ese incidente –la mota que provoca la ruptura en las vidas tranquilas de los personajes, como en Expiación (Anagrama, 2001)– es simplemente el anuncio de que algo peor sucederá. Con su habitual maestría a lo Henry James para desgranar la información, McEwan va dejando pistas que cobrarán sentido en el punto culminante, cuando el más violento de los delincuentes, Baxter, irrumpe en casa de Perowne justo cuando su familia acaba de reunirse. La tensión sostenida durante la escena del enfrentamiento posterior está a la altura del clima de expectación que hasta ese momento ha ido creando McEwan, y que mantiene hasta el final con una habilidad casi marca de la casa.

Junto a ésta, otra destreza del autor –y un tema recurrente, a veces central, caso de The Child in Time– es el tiempo y su manejo narrativo. La clave de la maleabilidad de esas veinticuatro horas de Sábado –contadas en presente, acorde con su promesa de escribir una novela sobre el hoy–,la da el personaje central:«En la introspección, un segundo puede ser mucho tiempo».Y, efectivamente, el manejo del tiempo es relativo: se ralentiza a través del pensamiento del personaje central y se acelera en los momentos de acción. Es justamente el pensamiento, los procesos del raciocinio, una pieza fundamental en el libro, aparte de otra de las obsesiones de McEwan: «¿Llegará a saberse algún día cómo la materia se vuelve consciente?», se pregunta en un momento dado Perowne. Y baste recordar una de las numerosas veces que la inolvidable Briony de Expiación se refiere a los mecanismos del cerebro: «Penetrar en una mente y mostrarla en acción, o siendo accionada, y hacerlo con un designio simétrico, constituía un triunfo artístico», para asociarlo inmediatamente con la profesión del protagonista de Sábado, la neurocirugía. El afán de precisión de McEwan, en relación con esto, lo llevó a asistir durante un tiempo a un quirófano durante seis horas al día, hazaña comparable a la de Zola documentando su Germinal. El resultado, unas minuciosas descripciones de operaciones cerebrales capaces de competir con el suicidio de Emma Bovary; y no deja de tener su gracia que el doctor Perowne mencione su recelo hacia los novelistas del siglo XIX–.

Porque si había alguna duda, queda claro que a pesar de las circunstancias vitales similares –la madre internada en un geriátrico, la relación con el hijo, el barrio donde vive–, Perowne no es un trasunto de McEwan cuando empieza a hablar de literatura: el médico racional que es no soporta a Flaubert, ni a Tólstoi, ¡ni al mismo McEwan!: un guiño que los fieles descubren gracias a una cita clave de Niños en el tiempo.

En cuanto al telón de fondo de la novela, el sábado 15 de febrero de 2003 sirve de percha a McEwan para expresar sus propios sentimientos ambivalentes ante la decisión de atacar Irak. En la reveladora discusión con su hija, ferviente defensora del no a la guerra, Perowne, que no ha asistido a la manifestación, acaba diciendo: «Ya te he dicho que no soy partidario de ninguna guerra. Pero ésta podría ser el mal menor. Lo sabremos dentro de cinco años». Llama la atención, sobre todo, la lúcida denuncia de McEwan de la doble moral de los manifestantes –en contra de la invasión, pero no del dictador Sadam–, maliciosamente notable en un comentario sobre Harold Pinter, quien participó en la concentración de Hyde Park dirigiendo unas palabras a la multitud: la hija de Perowne aprueba la compra familiar de un Mercedes S500 diciendo que el último Nobel también tiene uno. Sin embargo, es improbable que McEwan pretenda una declaración política con Sábado, y tampoco importa. Ya dejó claro en su anterior novela cuál es la responsabilidad del escritor en tales temas mundanos: «Puesto que los artistas son políticamente impotentes, tienen que aprovechar este tiempo para desarrollar estratos emocionales más profundos. Su tarea, su tarea bélica, consiste en cultivar su talento, y en seguir el rumbo que le exija». Punto.

Lo que cabría preguntarse es si siguió su rumbo y llegó a su destino, si cumplió su propio reto, esto es, en sus palabras, «mostrar lo difícil que es tomar la decisión correcta. Puedes considerarte un tipo muy racional, altamente inteligente y educado, portavoz de opiniones propias que, ante una repentina situación de conflicto, toma decisiones perfectamente racionales. Pero esa decisión pone en movimiento otras consecuencias que evolucionan fuera de tu control. Hay un paralelismo con la forma en que nosotros, el Occidente inteligente, con toda nuestra historia, los errores y la insistencia en el poder de la ley, reaccionamos ante el más irracional de los cultos: el islam radical. ¿Empezamos a culparnos a nosotros mismos, a endurecer las leyes, a invadir el país vecino?».Y sí, la debilidad de Occidente halla una metáfora en el universo ideal del doctor Perowne –una esposa a la que ama, unos hijos inteligentes y guapos, el noble trabajo de salvar vidas, los pequeños placeres cotidianos–, quien a pesar de empeñar toda su racionalidad en solventar los conflictos, es impotente cuando todo se tambalea por las circunstancias que maneja el azar.

Contrariando a su admirado Saul Bellow –Sábado se abre con una cita de Herzog, por cierto–, que afirmaba que en la novela realista el mundo externo siempre vence al individuo común y corriente, McEwan, por esta vez, hace ganar la partida a ese individuo de a pie, y su ejemplo es un canto a la frágil felicidad construida con los valores conquistados en este lado del mundo.


(Publicado originalmente en Revista de Libros, núm. 110, febrero de 2006.)