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viernes, 1 de mayo de 2009

Contra el olvido, sin lugares comunes

LOS POZOS DE LA NIEVE
Berta Vias Mahou
Acantilado, Barcelona
224 pp. 17 €

Dos guerras cruzan Los pozos de la nieve, de Berta Vias Mahou (Madrid, 1961). Una es la civil del 36, historia de múltiples odios que dividieron España y prolegómeno del segundo gran infierno europeo. La otra se libra contra las palabras en pos de recuperar el pasado. Se avisa desde el epígrafe, con versos de Pedro Casariego Córdoba –cuyas líneas se colarán aquí y allá hasta el último episodio–: «Nuestras palabras / nos impiden hablar», y no es casualidad tampoco que el texto comience con una cita de Octavio Paz, el poeta que estrujó las palabras por el rabo («chillen, putas»). Gran paradoja irresoluble: las palabras son las únicas que pueden despejar la maleza del olvido y de los malentendidos que unas veces creó el silencio y otras, ellas mismas. Berta Vias Mahou, que demostró su destreza para usarlas en la novela-dentro-de-la-novela Leo en la cama (Espasa-Calpe, 1999) y en el falso-libro-de-cuentos Ladera norte (Acantilado, 2001), lo sabe bien, y asume esta vez el reto, no sólo de pelearse con la herramienta antes de emplearla con soltura, sino de adentrarse en el tema grave y urgente de recuperar la historia reciente más dolorosa.
            El vehículo es, como en tantas otras novelas, la historia de una familia. Una familia que, como no podría ser de otra forma, pues no tendría nada de particular (véase primera línea de Anna Karenina), está marcada por el amor y el odio entre sus individuos, por acontecimientos terribles, por la tragedia. Pero las estrategias para conducir ese vehículo se parecen poco a tantas otras novelas, están fuera del lugar común. Y algunas son marca de la casa Vias Mahou –alejarse del lugar común, de hecho, es la primera de ellas–.
            Por ejemplo, el juego con los capítulos. Si en Leo en la cama eran títulos célebres levemente modificados, en Los pozos de la nieve son frases hechas –«frases que son como la mala hierba», se dice en algún momento– que sirven para demostrar su oquedad; están tan manoseadas que en ellas cabe cualquier cosa: en «Entre y pregunte sin más», un preludio; en «No tocar. Alta tensión», el deseo entre dos cuerpos; en «Perdonen las molestias», un muerto, y así sucesivamente.
            O por ejemplo, el suspense. Desde el principio hay varios misterios por resolver, y en el camino se van dejando pistas sutiles. Algunos tienen que ver con lo que se cuenta, claro, como los asesinatos que ocurren en Leo en la cama, pero otros, más inquietantes, se refieren a quién cuenta, como los narradores que se suceden en las páginas de Ladera norte. En el caso de Los pozos de la nieve, una intrigante segunda persona le habla a Samuel, treintañero protagonista del plano en presente de la novela –un presente fechado en 1997–, y algo que sucedió, que sabremos en el último capítulo, lo urge a reconstruir la historia de su familia, hasta entonces atisbada sólo por fotografías, cartas y muebles heredados. ¿Son esos objetos quienes le hablan, los que le van desvelando esa historia que no vivió? Que opine el lector atento –no otro le interesa a Berta Vias: «por lo general los autores no suelen poner nada gratuito», declara en su primera novela–. Baste aquí apuntar el mérito de elegir una persona gramatical tan complicada para la narración y salir airoso.
            El otro plano de la novela, alternándose con el tiempo de Samuel, es ese relato familiar, en tercera persona, que pertenece al pasado pero está contado en presente. «Presente, infinitivo, gerundio. Los tiempos del poeta», declara el que parece será narrador de esa historia del pasado. Puede inferirse que ese narrador sea el propio Samuel, instado en el primer capítulo: «A escribir. Despacio, con paciencia, porque cada palabra es una lucha, una lucha con el deseo de callar, con la imposibilidad de hacerlo». (Porque también, dicho sea de paso, ésa es otra marca de la casa: en los libros de Berta Vias, alguien siempre escribe. O lee. O ambas cosas). Ese narrador se cuida constantemente de juzgar, pero no se resiste a hacerlo a veces, antes de que la voz misteriosa lo reconvenga: «tú eres el hombre que debe permanecer al margen y leer la historia que vivieron los demás». Y tampoco utiliza los diálogos, recurso demasiado artificial para la memoria de los otros. Digamos que Samuel se convierte, en fin, en un raro narrador omnisciente: si lo sabe todo, es desde luego con muchas dudas. ¿Y cómo no, si la mayoría de esos recuerdos pasados no son suyos? Y sobre todo, si los buenos y malos no pueden ventilarse en un simple sustantivo. «Fascista, antifascista, burgués. No son más que etiquetas que se ponen a la ligera. Y que una vez asignadas resulta imposible perder de vista, quitárselas de la boca».
            Pero ahí va, ese narrador, bregando con las palabras, abriéndose camino entre viejas fotografías que poco dicen (cada una «parece una tumba, un sepulcro oscuro, frío»), un mueble mudo (cuyos cajones «guardan una infinidad de significados») y muertos que en vida, para colmo, ya eran silenciosos (como Conrado, que se propone su particular cruzada contra las palabras al descubrir, en la incipiente Alemania nazi, que «se han vuelto huecas, falsas, asesinas»). A ese narrador le interesan, sobre todo, palabras precisas, aliteraciones pertinentes, imágenes poderosas. Un paisaje lo conforman «árboles desnudos, esqueletos de color lila, entre nieblas altas y suelos verdes, empapados de lluvia». En un funeral, «todas las cabezas cuelgan, como girasoles al caer la tarde». La piel de Julio, uno de los personajes, «es como la de un animal. No sobra ni un centímetro. Debe de tener hasta la sangre tostada», y otro de ellos, Casimiro, «parece una albondiguilla preparada a la manera de Königsberg. Pálida, lechosa, de carnes blandas». Con personajes enteros, llenos de vida, emocionantes, como los que va construyendo ese narrador, poco importa cómo se llamen –como los capítulos–, y así, Clara a veces es Klara, Conrado es Konrad o Luitgard, Lula. Esos personajes contrastan con el propio Samuel, que aparece desdibujado: a él, claro, nadie «lo narra», sólo lo conmina una extraña voz en segunda persona. Él es el personaje que designa la autora para luchar con las palabras. ¿Para qué? «Para que no se vuelvan a cometer los errores de entonces. Los mismos errores de siempre».
            El fenómeno de ventas Vida y destino, de Vasili Grossman, esa historia de otra familia en medio de otra guerra, demuestra que, afortunadamente, hasta los lectores mayoritarios siguen estimando este tipo de literatura compleja; que ésta sigue siendo necesaria. Novelas así matizan las letras de plomo de los libros de historia; previenen contra la memoria por decreto.


(Publicado originalmente en Revista de Libros, núm. 149, mayo de 2009.)

jueves, 1 de febrero de 2007

Del viaje a la ficción

Los violines de Saint-Jacques. Una historia antillana
Patrick Leigh Fermor
Tusquets, Barcelona
Trad. de Silvia Barbero Marchena
168 pp. 14 €

Hay que celebrar que Tusquets edite Los violines de Saint-Jacques, pese a no ser una novela de altos vuelos, porque sirve de agradable puerta de entrada a la vida y los libros de Patrick Leigh Fermor, un autor tan fascinante como poco traducido al español. Nacido en Londres al año del inicio de la Gran Guerra, mitad inglés, mitad irlandés, su nombre y su obra van unidos, como los de William Somerset Maugham o D. H. Lawrence, al generador de literatura por excelencia: el viaje.
            Los violines de Saint-Jacques, publicado por primera vez en 1953, es precisamente el fruto de ficción de uno de sus periplos: el que le llevó por las Antillas a finales de los años cuarenta y que recogió con la puntualidad del buen cronista en su primer libro, titulado oportunamente The Traveller’s Tree (Londres, John Murray, 1950). En la novela, el narrador –inglés– conoce a una elegante pintora francesa, Berthe de Rennes, que vive retirada en Lesbos –no por casualidad, según vamos descubriendo su carácter–, y que acaba contándole los conflictos melodramáticos de los habitantes de la isla de Saint-Jacques, donde vivió en su juventud como institutriz de la familia Serindan, conflictos que tendrían un desenlace trágico e inesperado la noche del martes de carnaval.
            La historia, que va ganando intensidad conforme pasan las páginas, es sobre todo el vehículo para recrear el ambiente de las islas antillanas francesas a principios de siglo, un mundo dominado por decadentes aristócratas nostálgicos del Segundo Imperio, enfrentados a los funcionarios de la Tercera República, y mezclados con el color, calor y olor de los negros que llegaron de África como esclavos hasta el siglo xix: todo bajo la continua amenaza de erupciones volcánicas, terremotos y tifones. Leigh Fermor tiene la destreza narrativa de bosquejar un cuadro verosímil a partir de un argumento sencillo, mezclando datos históricos, relatos de los antillanos y experiencias vividas por él mismo.
            De hecho, un trabajo divertido y fructífero es leer la novela a la luz de The Traveller’s Tree, buscando en la crónica del viaje las claves que sugirieron la ficción. Así, puede descubrirse que la imaginaria isla de Saint-Jacques se inspira en la ciudad martinica de Saint-Pierre, cuyas fiestas de carnaval eran rememoradas por antiguos viajeros, como Lafcadio Hearn, y que fue destruida por completo en 1902 por la erupción del Mount Pelée. O que es cierto que La Deseada servía de confinamiento a los leprosos, y que entre el pueblo martinico se cuenta cómo un grupo de ellos escapó una noche de carnaval, se mezcló tras disfrazarse con la gente desprevenida y dejó su huella fatal en más de un caso. O que Beauséjour, el nombre de la mansión de los condes de Serindan, era una casa construida en las faldas del Mount Pelée cuyo ambiente impresionó tanto a Leigh Fermor que afirmó: «Aquella casa, aquellas luces y voces y flores y olores y sonidos, así lo sentí, me daban una oportunidad de comprender la atmósfera, el alcance y las costumbres de la vida criolla en las Antillas mejor que una biblioteca llena de memorias y crónicas»1. Por cierto, que entre todos los detalles que recuerda, destaca «la voz vivaz y el discurso ingenioso y civilizado» de su anfitriona, Madame de Lucy de Fossarieu. ¿El modelo para Berthe de Rennes? Es posible.
            Por lo demás, la novela puede disfrutarse por sí misma en un rato de domingo, y sin duda tiene momentos deliciosos, como la descripción de la mesa dispuesta para la fiesta, el detalle de los nombres grecolatinos de los sirvientes negros o, sobre todo, el apo­teosis del baile de máscaras, ese enjambre moviéndose sicalípticamente al son de los violines bajo las lámparas de cristal y los rugidos inexorables del volcán. Con respecto a la estructura, es admirable cómo, a pesar de ir anunciando la verdadera tragedia desde del principio –ya en la página 19: «sobre la ausencia del nombre de Saint-Jacques en los atlas [...] no hay por desgracia ningún misterio»–, Leigh Fermor consigue despistar al lector con las pequeñas disputas románticas de los habitantes de la isla, que no hacen sino contribuir a la idea final: la fragilidad de la vida humana y sus fútiles afanes.
            Cabe destacar también los retratos de los personajes, desde la temperamental Berthe, conductora del relato, hasta el encantador capitán Henri Joubert, pasando por la hermosa y consentida Joséphine, el trasnochado conde Agénor –con cuyo nombre completo se divierte el autor: Raoul-Agénor-Marie-Gaëtan de Serindan de la Charce-Fontenay– o el vulgar Marcel Sciocca. La empatía que demuestra Leigh-Fermor con cada uno de ellos, siendo cruel pero disculpando sus defectos, no impide que rocen el arquetipo. El hecho de estar tan bien perfilados los hace perfectamente dramatizables, y quizá fuera esa la razón por la cual Malcolm Williamson decidió convertir la novela en una ópera en 1966.
            El mejor Leigh Fermor reside tanto en las descripciones como en los retratos de los personajes o en el vitalista sentido del humor. Su cima como escritor llegaría con El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua (Península, 2001 y 2004, respectivamente), referentes declarados de escritores como su amigo Bruce Chatwin, cuyas cenizas –valga la pena mencionar– están esparcidas cerca de la casa de Patrick en el Peloponeso. Esos dos magníficos volúmenes recogen, a la manera de Robert Byron viajando por Afganistán, la travesía que hizo, ¡a pie!, desde Holanda a Estambul a los dieciocho años, recién ascendido Hitler al poder, recorriendo, sin saberlo entonces, un mundo a punto de extinguirse.
            Después de editar sus mejores notas de viaje en el libro Words of Mercury (Londres, John Murray, 2003), los seguidores de Leigh Fermor esperan que sus noventa y un años den de sí como para escribir el tercer volumen prometido tras Entre los bosques y el agua, y que incluiría la principal hazaña de su vida, la verdaderamente histórica: la liberación de la isla de Creta, entonces en manos de los nazis, por la que obtuvo una medalla en la Segunda Guerra Mundial y que llevó al cine el director Michael Powell en 1957 (Emboscada en la noche, con Dick Bogarde en el papel de Paddy Leigh Fermor).
            Si bien a los lectores más exigentes les parecerá demasiado leve, al menos por ser la mirada de su autor una de las más valiosas de su tiempo, sería una pena que esta novela pasara inadvertida entre las novedades editoriales.


(Publicado originalmente en Revista de Libros, núm. 122, febrero de 2007.)

miércoles, 1 de febrero de 2006

La frágil felicidad

SÁBADO
Ian McEwan
Anagrama, Barcelona
Trad. de Jaime Zulaika
328 pp. 18 €

Sostiene Ian McEwan (Aldershot, 1948) que Sábado, su última novela, no existiría sin el 11-S ni el clima de inseguridad mundial posterior. Pese a esto, y a que la historia arranca con el protagonista contemplando pasmado cómo un avión en llamas cruza el cielo de Londres, no se trata de un libro oportunista, puesto que los atentados terroristas no intervienen en la trama más que de telón de fondo. Sí es primordial, sin embargo, la elección de un solo día –el 15 de febrero de 2003, el de las manifestaciones contra la inminente invasión de Irak– como el tiempo en que transcurre la novela, porque tal decisión condiciona su estructura, por un lado, y permite a McEwan mostrar las diferentes opiniones que suscita esa guerra, por otro.

Sábado es, su título redunda en ello, el relato de veinticuatro horas en la vida de un sobresaliente neurocirujano, Henry Perowne, cuya felicidad doméstica se ve amenazada por las consecuencias de un encontronazo con tres maleantes a causa de un accidente leve de automóvil, suceso que el protagonista, con sagacidad, acaba resolviendo en principio. Y sólo en principio, porque quien conoce a McEwan, miembro de esa generación-corona cuyos diamantes incluyen a Julian Barnes, Martin Amis o Kazuo Ishiguro (el British Dream Team de Anagrama del que presume Jorge Herralde), sabe que ese incidente –la mota que provoca la ruptura en las vidas tranquilas de los personajes, como en Expiación (Anagrama, 2001)– es simplemente el anuncio de que algo peor sucederá. Con su habitual maestría a lo Henry James para desgranar la información, McEwan va dejando pistas que cobrarán sentido en el punto culminante, cuando el más violento de los delincuentes, Baxter, irrumpe en casa de Perowne justo cuando su familia acaba de reunirse. La tensión sostenida durante la escena del enfrentamiento posterior está a la altura del clima de expectación que hasta ese momento ha ido creando McEwan, y que mantiene hasta el final con una habilidad casi marca de la casa.

Junto a ésta, otra destreza del autor –y un tema recurrente, a veces central, caso de The Child in Time– es el tiempo y su manejo narrativo. La clave de la maleabilidad de esas veinticuatro horas de Sábado –contadas en presente, acorde con su promesa de escribir una novela sobre el hoy–,la da el personaje central:«En la introspección, un segundo puede ser mucho tiempo».Y, efectivamente, el manejo del tiempo es relativo: se ralentiza a través del pensamiento del personaje central y se acelera en los momentos de acción. Es justamente el pensamiento, los procesos del raciocinio, una pieza fundamental en el libro, aparte de otra de las obsesiones de McEwan: «¿Llegará a saberse algún día cómo la materia se vuelve consciente?», se pregunta en un momento dado Perowne. Y baste recordar una de las numerosas veces que la inolvidable Briony de Expiación se refiere a los mecanismos del cerebro: «Penetrar en una mente y mostrarla en acción, o siendo accionada, y hacerlo con un designio simétrico, constituía un triunfo artístico», para asociarlo inmediatamente con la profesión del protagonista de Sábado, la neurocirugía. El afán de precisión de McEwan, en relación con esto, lo llevó a asistir durante un tiempo a un quirófano durante seis horas al día, hazaña comparable a la de Zola documentando su Germinal. El resultado, unas minuciosas descripciones de operaciones cerebrales capaces de competir con el suicidio de Emma Bovary; y no deja de tener su gracia que el doctor Perowne mencione su recelo hacia los novelistas del siglo XIX–.

Porque si había alguna duda, queda claro que a pesar de las circunstancias vitales similares –la madre internada en un geriátrico, la relación con el hijo, el barrio donde vive–, Perowne no es un trasunto de McEwan cuando empieza a hablar de literatura: el médico racional que es no soporta a Flaubert, ni a Tólstoi, ¡ni al mismo McEwan!: un guiño que los fieles descubren gracias a una cita clave de Niños en el tiempo.

En cuanto al telón de fondo de la novela, el sábado 15 de febrero de 2003 sirve de percha a McEwan para expresar sus propios sentimientos ambivalentes ante la decisión de atacar Irak. En la reveladora discusión con su hija, ferviente defensora del no a la guerra, Perowne, que no ha asistido a la manifestación, acaba diciendo: «Ya te he dicho que no soy partidario de ninguna guerra. Pero ésta podría ser el mal menor. Lo sabremos dentro de cinco años». Llama la atención, sobre todo, la lúcida denuncia de McEwan de la doble moral de los manifestantes –en contra de la invasión, pero no del dictador Sadam–, maliciosamente notable en un comentario sobre Harold Pinter, quien participó en la concentración de Hyde Park dirigiendo unas palabras a la multitud: la hija de Perowne aprueba la compra familiar de un Mercedes S500 diciendo que el último Nobel también tiene uno. Sin embargo, es improbable que McEwan pretenda una declaración política con Sábado, y tampoco importa. Ya dejó claro en su anterior novela cuál es la responsabilidad del escritor en tales temas mundanos: «Puesto que los artistas son políticamente impotentes, tienen que aprovechar este tiempo para desarrollar estratos emocionales más profundos. Su tarea, su tarea bélica, consiste en cultivar su talento, y en seguir el rumbo que le exija». Punto.

Lo que cabría preguntarse es si siguió su rumbo y llegó a su destino, si cumplió su propio reto, esto es, en sus palabras, «mostrar lo difícil que es tomar la decisión correcta. Puedes considerarte un tipo muy racional, altamente inteligente y educado, portavoz de opiniones propias que, ante una repentina situación de conflicto, toma decisiones perfectamente racionales. Pero esa decisión pone en movimiento otras consecuencias que evolucionan fuera de tu control. Hay un paralelismo con la forma en que nosotros, el Occidente inteligente, con toda nuestra historia, los errores y la insistencia en el poder de la ley, reaccionamos ante el más irracional de los cultos: el islam radical. ¿Empezamos a culparnos a nosotros mismos, a endurecer las leyes, a invadir el país vecino?».Y sí, la debilidad de Occidente halla una metáfora en el universo ideal del doctor Perowne –una esposa a la que ama, unos hijos inteligentes y guapos, el noble trabajo de salvar vidas, los pequeños placeres cotidianos–, quien a pesar de empeñar toda su racionalidad en solventar los conflictos, es impotente cuando todo se tambalea por las circunstancias que maneja el azar.

Contrariando a su admirado Saul Bellow –Sábado se abre con una cita de Herzog, por cierto–, que afirmaba que en la novela realista el mundo externo siempre vence al individuo común y corriente, McEwan, por esta vez, hace ganar la partida a ese individuo de a pie, y su ejemplo es un canto a la frágil felicidad construida con los valores conquistados en este lado del mundo.


(Publicado originalmente en Revista de Libros, núm. 110, febrero de 2006.)