domingo, 30 de abril de 2006

Entrevista con Santiago Tobón (Sexto Piso)


Al instalarse en el saturado mercado editorial español, los jóvenes socios de la editorial mexicana Sexto Piso –todos rozando apenas la treintena– parecieran, ahora sí, hacer honor a su logotipo suicida –un muñeco arrojándose desde una sexta planta–. Pero cualquier prejuicio tiende a encogerse cuando Santiago Tobón, director de la filial en España, explica el proyecto y sus circunstancias. Nada parece improvisado ni a la ligera. Entre los libros que han publicado hasta ahora están los Aforismos de Zürau, de Kafka, en su colección Noesis de ensayo, y El estrecho rincón, de Somerset Maugham, en su colección de narrativa. Moderadamente optimistas, esperan que en dos años la editorial haya encontrado un espacio digno y estable. “Paso a paso” pareciera su lema.

¿Por qué venir a España?
Desde que la editorial comenzó, hace unos tres años, parte de los objetivos era llegar a todos los países de habla hispana. Llegado el punto de viabilidad en México, se empezaron a hacer distribuciones a España a través de un intermediario, primero a través de la librería La Central, de Barcelona, y después a través de empresas que trabajan con libros importados. Era algo muy modesto, pero nos llevó a pensar que podía haber lectores para nuestros libros. Sabíamos que el paso siguiente, si queríamos conseguir un número importante de lectores, era entrar a la cadena del libro como lo hacen todas las editoriales localmente. Es cierto que en España hay una oferta muy grande, pero no deja de ser de cualquier modo un país interesante, con un número muy alto de editoriales y lectores, comparado con América Latina. Era uno de los pasos obligados.

¿Qué hueco visteis en el mercado español?
Si hablamos de editoriales que se dediquen al libro en términos culturales, a la construcción de un catálogo de fondos y no de novedades, ya había editoriales que nos gustan y nos parecen similares a la nuestra, como Siruela, Acantilado, Anagrama, Pre-Textos, Trotta… Pero así y todo, siempre encuentras autores, o títulos de esos autores que no están en esas editoriales, lo que te hace pensar que evidentemente hay un hueco ahí.

¿A qué os referís cuando decís que vuestro catálogo está formado por títulos que son como capítulos de una misma novela?
Está en la idea de que el editor tiene que tener una cierta coherencia en su trabajo. Creemos tener una línea editorial que va por un camino específico. Esperamos que a lo largo de nuestro catálogo se pueda hacer una lectura de cada título como de capítulo a capítulo, y que sea en alguna medida el libro que escribe el editor. Esperas casi que tu editorial como sello pueda prescribir a un lector determinado y que el lector, porque ha leído tres o cuatro títulos tuyos, confíe en ti aunque no conozca el título o el autor.

¿Cuáles son vuestros criterios para elegir una obra?
Tenemos tres colecciones hasta el momento: clásicos, narrativa y ensayo. En sí, eso significa un criterio. Luego hay una rigurosidad: en la colección de ensayo intentamos tener una línea cercana a la reflexión de problemas contemporáneos, muy enfocada a filosofía, por ejemplo. Desde un espectro más amplio, también suponemos que tenemos un criterio de calidad literaria. De todos modos, no deja de ser subjetivo.

¿Cómo ha sido la acogida en el mundo editorial y en el público en general?
Estamos muy contentos con la respuesta que hasta ahora hemos tenido. De parte del sector ha sido muy buena, porque hemos contado con el consejo y el apoyo de muchos editores españoles. Hemos establecido relación directa con varios de los libreros, porque cada librería tiene unas características distintas, y clarificar ese perfil nos va a hacer avanzar todavía más. Con los distribuidores también es muy buena, son óptimos para el proyecto. Empezamos a tener relación con los impresores, porque en este momento hacemos la impresión también aquí. Y en fin, con los lectores también ha sido buena. No tenemos unas metas muy altas en ventas, lo que queremos es un proyecto viable y sostenible a lo largo del tiempo. Sabemos que de por sí no son libros que se vendan masivamente.

¿Estás de acuerdo en que el sector editorial está en crisis?
Sé que ha habido una disminución de las ventas en los últimos años, pero no manejo las cifras con propiedad como para emitir un juicio. Además, cada realidad es muy diferente: no es lo mismo el libro de texto que el técnico o el de bolsillo, o el que hacemos nosotros. Es muy difícil situar todos en un gran plano y decir que el libro está en crisis. De todos modos, creo que la especialización de los pequeños editores, primero hace que proyectos como el nuestro sean viables, porque no necesitas altas cifras de venta para hacer determinados títulos, y segundo, garantiza la diversidad, que no creo que esté en crisis.

¿Por qué vuestros catálogos de México y España son distintos?
Lo hicimos intencionalmente, principalmente porque en España tenemos una capacidad de producción menor a la que hay en México, y eso implicaba que no podíamos hacer los 45 títulos en seis meses que hay allá. Nos planteamos hacer unos veinte por año durante esta primera fase, buscando que estuvieran ya editados o por editarse en México. También pensamos en equilibrar mejor el catálogo: allá se publicó más ensayo que narrativa, por ejemplo, y en España podemos balancearlo. Esperamos que a la vuelta de un año o dos la editorial tenga un desarrollo local importante, que se hagan más libros de autores españoles o de temas que prefieren los lectores de aquí.~

(Texto publicado originalmente en la edición española de Letras Libres, núm. 55, abril de 2006)

miércoles, 1 de febrero de 2006

La frágil felicidad

SÁBADO
Ian McEwan
Anagrama, Barcelona
Trad. de Jaime Zulaika
328 pp. 18 €

Sostiene Ian McEwan (Aldershot, 1948) que Sábado, su última novela, no existiría sin el 11-S ni el clima de inseguridad mundial posterior. Pese a esto, y a que la historia arranca con el protagonista contemplando pasmado cómo un avión en llamas cruza el cielo de Londres, no se trata de un libro oportunista, puesto que los atentados terroristas no intervienen en la trama más que de telón de fondo. Sí es primordial, sin embargo, la elección de un solo día –el 15 de febrero de 2003, el de las manifestaciones contra la inminente invasión de Irak– como el tiempo en que transcurre la novela, porque tal decisión condiciona su estructura, por un lado, y permite a McEwan mostrar las diferentes opiniones que suscita esa guerra, por otro.

Sábado es, su título redunda en ello, el relato de veinticuatro horas en la vida de un sobresaliente neurocirujano, Henry Perowne, cuya felicidad doméstica se ve amenazada por las consecuencias de un encontronazo con tres maleantes a causa de un accidente leve de automóvil, suceso que el protagonista, con sagacidad, acaba resolviendo en principio. Y sólo en principio, porque quien conoce a McEwan, miembro de esa generación-corona cuyos diamantes incluyen a Julian Barnes, Martin Amis o Kazuo Ishiguro (el British Dream Team de Anagrama del que presume Jorge Herralde), sabe que ese incidente –la mota que provoca la ruptura en las vidas tranquilas de los personajes, como en Expiación (Anagrama, 2001)– es simplemente el anuncio de que algo peor sucederá. Con su habitual maestría a lo Henry James para desgranar la información, McEwan va dejando pistas que cobrarán sentido en el punto culminante, cuando el más violento de los delincuentes, Baxter, irrumpe en casa de Perowne justo cuando su familia acaba de reunirse. La tensión sostenida durante la escena del enfrentamiento posterior está a la altura del clima de expectación que hasta ese momento ha ido creando McEwan, y que mantiene hasta el final con una habilidad casi marca de la casa.

Junto a ésta, otra destreza del autor –y un tema recurrente, a veces central, caso de The Child in Time– es el tiempo y su manejo narrativo. La clave de la maleabilidad de esas veinticuatro horas de Sábado –contadas en presente, acorde con su promesa de escribir una novela sobre el hoy–,la da el personaje central:«En la introspección, un segundo puede ser mucho tiempo».Y, efectivamente, el manejo del tiempo es relativo: se ralentiza a través del pensamiento del personaje central y se acelera en los momentos de acción. Es justamente el pensamiento, los procesos del raciocinio, una pieza fundamental en el libro, aparte de otra de las obsesiones de McEwan: «¿Llegará a saberse algún día cómo la materia se vuelve consciente?», se pregunta en un momento dado Perowne. Y baste recordar una de las numerosas veces que la inolvidable Briony de Expiación se refiere a los mecanismos del cerebro: «Penetrar en una mente y mostrarla en acción, o siendo accionada, y hacerlo con un designio simétrico, constituía un triunfo artístico», para asociarlo inmediatamente con la profesión del protagonista de Sábado, la neurocirugía. El afán de precisión de McEwan, en relación con esto, lo llevó a asistir durante un tiempo a un quirófano durante seis horas al día, hazaña comparable a la de Zola documentando su Germinal. El resultado, unas minuciosas descripciones de operaciones cerebrales capaces de competir con el suicidio de Emma Bovary; y no deja de tener su gracia que el doctor Perowne mencione su recelo hacia los novelistas del siglo XIX–.

Porque si había alguna duda, queda claro que a pesar de las circunstancias vitales similares –la madre internada en un geriátrico, la relación con el hijo, el barrio donde vive–, Perowne no es un trasunto de McEwan cuando empieza a hablar de literatura: el médico racional que es no soporta a Flaubert, ni a Tólstoi, ¡ni al mismo McEwan!: un guiño que los fieles descubren gracias a una cita clave de Niños en el tiempo.

En cuanto al telón de fondo de la novela, el sábado 15 de febrero de 2003 sirve de percha a McEwan para expresar sus propios sentimientos ambivalentes ante la decisión de atacar Irak. En la reveladora discusión con su hija, ferviente defensora del no a la guerra, Perowne, que no ha asistido a la manifestación, acaba diciendo: «Ya te he dicho que no soy partidario de ninguna guerra. Pero ésta podría ser el mal menor. Lo sabremos dentro de cinco años». Llama la atención, sobre todo, la lúcida denuncia de McEwan de la doble moral de los manifestantes –en contra de la invasión, pero no del dictador Sadam–, maliciosamente notable en un comentario sobre Harold Pinter, quien participó en la concentración de Hyde Park dirigiendo unas palabras a la multitud: la hija de Perowne aprueba la compra familiar de un Mercedes S500 diciendo que el último Nobel también tiene uno. Sin embargo, es improbable que McEwan pretenda una declaración política con Sábado, y tampoco importa. Ya dejó claro en su anterior novela cuál es la responsabilidad del escritor en tales temas mundanos: «Puesto que los artistas son políticamente impotentes, tienen que aprovechar este tiempo para desarrollar estratos emocionales más profundos. Su tarea, su tarea bélica, consiste en cultivar su talento, y en seguir el rumbo que le exija». Punto.

Lo que cabría preguntarse es si siguió su rumbo y llegó a su destino, si cumplió su propio reto, esto es, en sus palabras, «mostrar lo difícil que es tomar la decisión correcta. Puedes considerarte un tipo muy racional, altamente inteligente y educado, portavoz de opiniones propias que, ante una repentina situación de conflicto, toma decisiones perfectamente racionales. Pero esa decisión pone en movimiento otras consecuencias que evolucionan fuera de tu control. Hay un paralelismo con la forma en que nosotros, el Occidente inteligente, con toda nuestra historia, los errores y la insistencia en el poder de la ley, reaccionamos ante el más irracional de los cultos: el islam radical. ¿Empezamos a culparnos a nosotros mismos, a endurecer las leyes, a invadir el país vecino?».Y sí, la debilidad de Occidente halla una metáfora en el universo ideal del doctor Perowne –una esposa a la que ama, unos hijos inteligentes y guapos, el noble trabajo de salvar vidas, los pequeños placeres cotidianos–, quien a pesar de empeñar toda su racionalidad en solventar los conflictos, es impotente cuando todo se tambalea por las circunstancias que maneja el azar.

Contrariando a su admirado Saul Bellow –Sábado se abre con una cita de Herzog, por cierto–, que afirmaba que en la novela realista el mundo externo siempre vence al individuo común y corriente, McEwan, por esta vez, hace ganar la partida a ese individuo de a pie, y su ejemplo es un canto a la frágil felicidad construida con los valores conquistados en este lado del mundo.


(Publicado originalmente en Revista de Libros, núm. 110, febrero de 2006.)

sábado, 31 de diciembre de 2005

Entrevista con Kiko Veneno

Casi tres años después de editar junto a Pepe Begines (voz del extinto No me pises que llevo chanclas) Gira mundial, producido por él mismo y distribuido sólo por internet, Kiko Veneno vuelve en solitario al ruedo comercial tiendas, entrevistas, actuaciones promocionales con El hombre invisible (V2 Records).
            Nos recibe en Valencina, donde vive, uno de los pueblos que se asoman blancos y tranquilos a la ciudad de Sevilla desde el Aljarafe. La cita es en la peña bética del lugar, donde los parroquianos toman su cañita y ese lunes comentan la derrota del equipo el día anterior. Entra en el bar tímido, espiritado como siempre, su característico mechón blanco contagiando de una vez toda su cabeza y se para con algunos de ellos, solícito y natural, más que a hablar, a escuchar. "Es el más grande, saca de él lo mejor", me dicen, demostrando una admiración a la que Kiko parece modestamente ajeno.
            Heterodoxo sistemático, entrevistarlo es un verdadero reto: rehuyendo cualquier polémica y en contra de su fama de hombre callado, hoy retoza con las palabras, le da la vuelta a las preguntas y las convierte en caja de Pandora hasta perderse. "¿Y a cuento de qué digo yo esto?", pregunta en mitad de los cerros de Úbeda, como si entonara "a veces me tango y la letra te la cambio, y ya no sé por dónde ando, de pronto empieza a llover". Y es que Kiko Veneno, José María López Sanfeliu para el Registro Civil, es a cada paso una letrilla de sus canciones, surreal, contradictorio, tierno, casi pueril.

¿Y quién es "el hombre invisible"?
El hombre invisible forma parte de nuestro imaginario, es un superhéroe, lo que podría llevarte desde los mitos griegos, los dioses que aparecen y desaparecen pero no por ello dejan de actuar, hasta todo lo contrario: la persona anónima que naufraga viniendo a Europa en patera y nadie se ha enterado siquiera de que se ha muerto. O sea, que tiene un montón de interpretaciones. Yo me he imaginado un tebeíllo para que la gente se ría. No quiero hacer filosofía, sino una canción rockera y ya está.

Cuatro años después de aquel Manifiesto Liberación en el que te sincerabas y criticabas a la discográfica con la que cumplías contrato (BMG-Ariola), vuelves a sacar un disco en solitario y con la promoción tradicional. ¿Te sientes reconciliado con la industria musical española?
Yo no tengo ningún sentimiento de odio contra la industria musical. Lo tuve en mis principios, que sí fueron duros: hicimos Veneno y lo guardaron en un cajón, porque les daba vergüenza. No les culpo a ellos, es lo que había y quizá no era el momento nuestro. Después he comprendido que ellos hacen lo que pueden y no tiene sentido estar enfrentado a nadie. Pero sí, en los primeros años yo no entendía cómo esa gente no me daba más...

Lo que no te dieron entonces luego se te ha devuelto: esos primeros discos ahora son de culto...
Bueno, las cosas llegan cuando tienen que llegar. Cuando hice el Cantecito [Échate un cantecito, 1992], se me quitó rápidamente la aversión.

Y a pesar del éxito, incluso entonces conservabas la sensación de que los ochenta fueron una época maldita para ti...
Claro, porque para mí los años ochenta fueron una ruina. Había hecho un disco para meterme en la música, y de pronto empezaron los sonidos tecnos y me quedé sin Raimundo, que formó Pata Negra y siguió la tendencia de renovar el flamenco...

Sin embargo, fue la época en que Camarón hacía historia con La leyenda del tiempo [Kiko compuso la mitad de las canciones, la celebérrima rumba "Volando voy" entre ellas], apadrinaste y diste a conocer a Martirio, empezaste a ser conocido por el programa juvenil La bola de cristal... El público supo entonces quién era Kiko Veneno. ¿Te has replanteado la opinión sobre tu trayectoria?
Yo no me he replanteado nada. No pienso mucho sobre mi vida porque soy una persona muy poco reflexiva, por eso no me gusta el ajedrez. Sé lo que hice y por qué lo hice: no estaba contento, pero tenía que hacer algo.

¿Qué aprendiste de Camarón? ¿Qué anécdotas podrías contar de tu trabajo con él?
Para nosotros era un príncipe y a la vez tremendamente sencillo, humilde, con un carisma muy especial. Tenía un don, y al mismo tiempo, era consciente de su poder y lo utilizaba de una forma muy humana, juntando su hombro con el tuyo.

Los cantantes profesionales se quejan a menudo de los problemas de la industria discográfica española, arremetiendo especialmente contra la piratería y Operación Triunfo. ¿Tú qué opinas del fenómeno de construir artificialmente a un cantante a través de la publicidad de un canal de televisión?
Yo no lo describiría así, sino de la siguiente forma: la familia en el sofá y la "concursitis" son fenómenos que se dan y de pronto la gente se presta a eso... Pero el objetivo siempre es el mismo: Bisbal viene a ser como un Manolo Escobar moderno, y está ahí porque el público lo quería. Realmente las consecuencias musicales que ha tenido no han sido tantas, es un show de televisión más que musical.

¿Cómo es tu relación con internet, a la luz de tu experiencia con tu web y con el disco Gira mundial?
En principio, positiva. Internet es una llamada a la libertad, donde aparecen las opiniones minoritarias. Es una especie de fuerza contra el sistema.

Por donde se cuela la piratería también...
Yo no lo llamaría piratería. Yo estoy en mi casa, me conecto a internet y me dicen "¿quieres esto?, pues para ti", ¿y voy a decir que no? No, no soy tonto. Si hay unos aparatos que permiten copiar las cosas, tú te las copias. Los que fabrican las máquinas para hacer esas copias son los mismos que fabrican los discos, y son los mismos los que siempre ganan... La gente va a hacer todo lo que pueda dentro de las posibilidades que le den. Antes se grababan los discos en casetes para escucharlos en el coche y no se hablaba de piratería. ¿Por qué se habla ahora de piratería, cuando la gente lo que está haciendo es copiar de sus amiguetes? La música, para que cumpla su función, tiene que ser muy compartida.

¿Qué es el flamenco, de dónde viene y adónde va?
El flamenco es poesía. San Juan de la Cruz, Garcilaso, los poemas juglares... todo eso tiene una continuidad en el flamenco. Letras flamencas del siglo xx de pronto son ramas del mismo tronco ancestral. Tiene también una parte muy descriptiva de las costumbres, de los gustos y de la sociedad de su tiempo. Pero sobre todo es un grito personal, a mí lo que me gusta del flamenco es que siempre es individual. Cuando se hace mayoritario, pierde su poder.

Pero qué difícil es darse a conocer y pretender conservarse sólo para una minoría... ¿Cómo se conjuga?
Es difícil, es un proceso de negación constante. Si haces un concierto y de pronto te aplauden mucho, tú te sientes bien, pero como pienses demasiado en lo bien que te sientes... te conviertes en un "mamahostias", pierdes lo que ha hecho posible que hayas tenido un buen momento. Prefiero que me den la verdad y el sentimiento de una sola persona, percibo siempre el colectivo como algo amenazante; al mismo tiempo es algo maravilloso, pero esa contradicción es indisoluble.

¿Cuáles son los límites del flamenco?
Cuando sea una cosa que le guste a todo el mundo, ya no será flamenco.

¿Qué hay de tópico y qué de verdad en que te definan como "padre del flamenco-rock"?
Ni padre ni nada. Yo lo que fui es de una generación que tenía conocimiento del flamenco y le gustaba a la vez la música hippie: Lole y Manuel, Triana, los Smash... Percibíamos que las dos cosas eran nuestras, y en ese momento de romanticismo tardío, en los años setenta, ambas tendencias se juntaron con naturalidad. Quizá nos corresponde también el cambio del estilo de las letras en castellano, que hasta entonces se hacían con mucho miedo.

¿Cómo te gustaría que te recordaran las generaciones por venir?
No tengo ninguna idea ni me interesa para nada. Me gustaría que me recordara la gente que me ha querido y me ha aguantado, como una persona que intentó luchar y que se entregó a la vida.~

(Texto publicado originalmente en la edición española de Letras Libres, núm. 51, diciembre de 2005)

viernes, 30 de septiembre de 2005

Verne en Vigo

Julio Verne, el capitán Nemo y la bahía de Vigo tienen algo más en común aparte del capítulo VIII de la segunda parte de Veinte mil leguas de viaje submarino, donde el narrador francés relata que es en esas aguas gallegas, de los galeones hundidos en la batalla de Rande, de donde Nemo extrae su fortuna fabulosa. Se trata de la exposición itinerante El viaje del capitán Nemo, que recorrió varios puertos gallegos desde principios de junio a bordo de las bodegas del barco de La Fura dels Baus. Su comisaria, la crítica literaria Mercedes Monmany, repasa las claves de esta exhibición y de su logrado catálogo, una magnífica muestra del universo que Verne es capaz de desplegar en escritores, dibujantes, cineastas, ingenieros y hasta cocineros, desde que se nos instala dentro mientras vivimos en nuestra patria, la infancia.
            Dos circunstancias principales se dieron para concretar esta muestra: el centenario de la muerte de Verne, cumplido exactamente el pasado 24 de marzo, y la Vuelta al Mundo de Vela, que por primera vez en su historia no partirá de un puerto británico, sino de la ciudad de Vigo. Siendo en las aguas de esta bahía donde Verne sitúa el tesoro del capitán Nemo, el gobierno autonómico de Galicia aprovechó el evento deportivo para organizar un gran programa cultural dedicado al mar, en el que tendría cabida el homenaje al escritor nantés propuesto por Mercedes Monmany y el espectáculo de La Fura dels Baus Peregrinos da noite sobre los emigrantes gallegos a bordo de su propio barco, el Naumon. Monmany cuenta que fue José Ramón Lete, director general de Deporte de la Xunta, quien dio con el hilo clave: por qué no hacer la exposición aprovechando las bodegas del barco. "Yo he recorrido las exposiciones de este año en Francia y he tenido noticia de otras, pero ninguna tiene esta particularidad, que en el caso de Veinte mil leguas de viaje submarino es redundante porque el lema del Nautilus es 'Mobilis in mobili', móvil en lo móvil", relata la comisaria. Dicho y hecho, no sólo trasladaron el proyecto directamente al océano, sino que lo convirtieron en una "visita sensorial", en sus palabras, a través de una recreación del interior del Nautilus.
            Cuidadosamente apoyada con música compuesta a partir de la que tocaba el capitán Nemo, ilustraciones, imágenes de todas las películas inspiradas en Verne y proyecciones gastronómicas sobre una mesa de salón comedor, la exhibición gira en torno a cinco ejes. Uno, la conexión entre Verne y Vigo, ciudad que visitó dos veces cuando ya era un best-seller en Europa y América. Dos, la biografía del escritor que sigue siendo considerado padre de la ciencia-ficción a pesar de los esfuerzos repetidos de expertos y profanos por ampliar esta clasificación simplista. Tres, los capítulos principales de Veinte mil leguas de viaje submarino, la novela que hizo realidad llegar al Polo Sur, visitar la Atlántida y cruzar bajo agua un canal de Suez aún no construido, acompañados por un capitán misterioso convertido en leyenda a bordo del Nautilus (o la imaginación). Cuatro, la trascendencia del libro en otras artes, reflejada con creces en el catálogo, una suerte de tratado multicolor sobre Julio Verne y el mar. Y cinco, los –¡cuatro! inventores españoles que contribuyeron al desarrollo de la navegación submarina: Narcís Monturiol, Cosme García, Antonio Sanjurjo y, decisivamente, Isaac Peral.
            Mercedes Monmany explica por qué y cómo puso un interés especial en estos dos últimos puntos. Con respecto a los inventores, dice haber querido tratar la época previa al gran mercado: "Todos ellos llegan a probar prototipos perfectamente válidos y acaban olvidados, incluso perseguidos, por la oficialidad. Yo quería unir esto al desengaño de Verne, a la ingratitud de sus contemporáneos: no entró en la Academia francesa y siempre tuvo esa espina. Su pecado era precisamente ser un best-seller y lo miraban por encima del hombro. Y ésta es una paradoja que a mí también me ha interesado tocar. Hoy el mercado ya busca, a Monturiol le pagarían mil viajes, al mismo Verne no se le negaría en absoluto la Academia, estaría todo el día en la tele y sería imposible. En aquella época te da cierta ternura pesar que esta gente se fue triste al otro mundo, sus contemporáneos fueron muy avaros".
            En cuanto al catálogo, refiere que dividió a los autores por "especialidades nemianas", clasificadas en el índice con un mismo leit motiv, el viaje. Cuenta divertida que buscando a los especialistas se encontró con una especie de secta en la que todos se conocían: "Cuando das con un verniano es como la gente aficionada a los Beatles que colecciona camisetas". Quizá los casos más sorprendentes sean el gastrónomo experto en los platos del Nautilus, Cristino Álvarez, que no sólo existía, sino que ya había escrito sobre el tema, y el capitán de navío Luis Delgado Bañón, conservador del Museo Naval de Cartagena e historiador, gran conocedor de los aparatos submarinos y fanático de Verne. Monmany subraya también la labor del documentalista cinematográfico Asier Mensuro, que consiguió para la exposición filmes originales de los años 20 que nunca se habían proyectado en España.
            Igual de difícil que encontrar a los especialistas "raritos", como los llama Monmany, fue seleccionar a los escritores y literatos. "Esto sí que era infinito, porque Verne es un autor de futuros escritores, de adolescentes que empiezan a descubrir la literatura, así que elegí de forma un poco intuitiva", cuenta. En la lista figuran Enrique Vila-Matas, Pedro Sorela, Soledad Puértolas, Martín Casariego, José María Guelbenzu, Ramiro Fonte y Luisa Castro, que mantienen ese equilibrio buscado por Monmany entre estrictos críticos, autores imaginativos y escritores gallegos.
            El resultado de este cóctel de expertos es un libro ilustrado y completo que justifica la trascendencia del capitán Nemo y explica, en fin, este querer fervoroso a Verne entre gentes tan dispares: atrapó para siempre a muchas generaciones de lectores voraces cuando aún eran niños, como una suerte de calostro mágico literario. Que los jóvenes de hoy conozcan el nombre de los personajes de Verne sin haberlo leído es una prueba más para Monmany de que su destino era acabar en mito.~

(Texto publicado originalmente en la edición española de Letras Libres, núm. 48, septiembre de 2005)