domingo, 14 de diciembre de 2025

volver (I)

- ¿Isma? No, aquí no es.

La respuesta del nuevo portero de nuestro viejo edificio me hizo sentir como Marty McFly en el 1985 alternativo que se crea después de que Biff Tannen robara el almanaque. ¿Es este el lugar que conocí? Acercándome al portal, ese 78 que se puso nuevo después del terremoto, suspiré. La vez anterior, me entró una llantina imprevista que tardó un buen rato en calmarse. Pero claro, me había encontrado con Isma, que además estaba con la familia por Navidad, mi querida Ana, su marido y sus hijos. "Ya está, aquí es donde me rompo", pensé hoy.

Hace dos años, hasta aquel momento todo iba bien. Pensé que había superado el dolor. Tantos amigos nos recibieron con los brazos abiertos, tanta belleza, tanto placer, tanta intensidad... Pero fue ir al portal de la que fue mi casa y todo se derrumbó. Era la segunda vez que regresaba a México desde que nos fuimos.

Volver –de visita, turista en un lugar que fue mío, y tan mío– ha sido como superar la ruptura de un gran amor. La primera vez no pude ni mirarlo a la cara. Era necesario volver la tristeza en enojo para poder continuar. Aterricé llorando y despegué de la misma manera. La segunda, ya digo, fue mejor. Hasta que fui a Parral. Una suerte, no sé, de polvo de la recaída. 

De ahí mi temor de pasear por el barrio esta la tercera vez. Pero ha sido muy distinto. No sé si era el pasmo de saber que nuestro querido Isma ya no trabaja ahí –¿dónde encontrarán a un hombre tan honesto, tan valioso para todo, como él?– , o que simplemente el tiempo curó, pero no he sentido nada.

El barrio está como siempre. Sigue siendo el mejor de la ciudad para vivir. Mis cafés favoritos existen aún, y es maravilloso pasear por los parques acompañado de la misma bebé a la que paseaba en carriola, ahora una mujer de dieciséis años. He disfrutado sin drama, sabiendo que mi casa ya no está aquí, que otros amores vendrán. 

Puedo mirar a la cara de la ciudad de México y alegrarme de aquella historia nuestra. Por fin podremos ser buenos amigos.


 

 

viernes, 17 de enero de 2025

entendimiento en la tristeza

Lo que podía parecer divertido en realidad no lo era. Como cuando te perdiste en la madrugada de Barcelona y escribiste desde un tren equivocado a Francia. O cuando alzaste la cabeza, arrebatado, en un anochecer infinito de Madrid: ¡el cielo, el cielo! O aquel viernes en que los tres –vaya tres– se excusaron desde la colonia Narvarte: no podía ser de otra manera, teníamos que recitar Muerte sin fin.

Lo que podía doler –solo ahora lo entiendo, tarde, perdóname– te dolía a ti antes que a nadie.

Lo más obvio no era la verdad profunda.

Lo que pasaba en realidad sucedía en otra dimensión que nunca pude concebir. Un día estará perfectamente claro. La ciencia acaba siempre explicando lo que la poesía sabe de antes.

Confieso que te rehuía. La luz tiene sus razones frente a los agujeros negros. Pero el agujero negro quizá sea el ojo que todo lo ve.


sábado, 25 de febrero de 2023

Andrés

Me da vergüenza no saber su apellido y no tener ninguna foto. Porque su nombre está unido a mis veranos desde antes de yo nacer. Creo que fue la primera persona a la que vi un tatuaje. Entonces los tatuajes eran todavía cosa de marineros o de presos. Y él era marinero, claro. Bueno, no se le decía así, sino "estar en la mar", en los barcos de pesca. Cuando se cansó de estar en la mar, aprovechó la oportunidad de que su padre, Sebastián, ya estaba casi ciego y no podía encargarse de la portería del tercer bloque, para ocupar el puesto. En él estuvo hasta finales de la primavera pasada, justo después de pintar, como cada año, la terraza del apartamento que es escenario de mi familia desde 1969. "Ahí ya estaba malo", me dice mi madre, con ese gusto inconsciente, tan suyo, por ese tipo de detalles.

Verano a verano, en él se materializaba ese lugar intacto que es Punta Umbría, porque por su cuerpo no pasaba el tiempo. Limpiaba, arreglaba, subía, bajaba. Nunca un no al pedirle un favor que saliera de sus funciones, siempre esa gracia –seria, irónica, natural– que se aprecia en los mejores especímenes de esa tierra.

Él conocía a la perfección nuestras vidas, nuestros amores y nuestras muertes, pero no al contrario. No quiso dar sus señas, así que no pudimos despedirnos. Hoy murió y quiero dejar constancia de cuánto lo queríamos.

lunes, 9 de agosto de 2021

no existe

© Gerardo Hellion, Guadalajara, 2017
 

Los periodistas suelen preferir el reportaje a otros géneros. Claro, haciéndolo (haciéndolo bien, me refiero, cosa cada vez más rara de ver) puede demostrarse la maestría del oficio en todos los frentes (relevancia, originalidad, complejidad, manejo de fuentes, estructura, estilo y todo eso). Tengo otra hipótesis: la ilusión de que yo –oh, sí, yo, no aquel ni el otro vecino– proporciono una explicación del mundo. Descubrir (o recibir, la mayor parte de las veces) un cabo, irlo amarrando a otros y ofrecer un relato redondo, como un pequeño dios. Contra ello ha arremetido siempre Arcadi Espada, pero es tan difícil ir contra una pulsión innata. El periodismo es (debería ser) la domesticación de ese humano primitivo: contra el relato cronológico (salvo excepciones), contra la ficción (no solo contra la mentira, sino contra la fábula y el mito, que dan sentido).

En fin. Todo esto para decir que yo prefiero la entrevista. Estudiar a otra persona a través de lo que ha dicho, lo que ha escrito, lo que ha pintado, conversar con ella, extraer de ese átomo un ancla con la realidad, un pequeño universo que aún no termina y que puede representar a muchos otros. Atar cabos, sí, pero al infinito. No existe el relato redondo, volvamos a constatar.


domingo, 21 de febrero de 2021

guardaba todo


 

Guardaba todo. Recuerdos de la Expo 92, recortes de periódico, papelería de Roma, de Grecia, de París, de Amsterdam, de Lieja, billetes de avión, de tren, de bus, a Huelva, a Sevilla, a Barcelona, servilletas, programas de teatro, entradas de cine, folletos de exposiciones, revistas, apuntes de clase, agendas, cuadernos con todo tipo de notas, mis primeros artículos...

 ¿Por qué guardabas todo esto?, pregunta mi hija. No le sé contestar bien (un papelón después de insistirle todos los días de su vida en que tire lo que no usa). Era una manera de conservar los "recuerdos", de decir: aquí ocurrió un gran día, que no se pierda en el tiempo.

Los viajes fuera de España no eran tan fáciles entonces (¡existían las liras, los dracmas, muchas más fronteras!). Había que ahorrar, vender camisetas, participaciones de lotería, recaudar fondos con obras de teatro. Ir al teatro o a un museo era una gran cosa, algo que ni mis padres ni mis abuelos podían hacer a mi edad. Y bueno, en los cines y en las cafeterías pasaban cosas (cosas que, en aquel entonces, solo tenían que ver con sonrisas y palabras).

Ahora está de moda tirar, pero estas chucherías han llegado hasta mí y algo me dicen hoy. Todo lo que guardé tiene que ver con tres cosas: la cultura, los viajes y la amistad (el amor). Pienso que no difiero tanto de aquella niña adolescente joven, que he trabajado duro pero sigo estando en el penúltimo peldaño de la cadena laboral y que, sin embargo, me sigue importando lo mismo: la cultura, los viajes, el amor. Algo quieren decirme estas chucherías y, por supuesto, no las voy a tirar.



domingo, 7 de febrero de 2021

otro cumpleaños


Ricardo cumple 52 encerrado en su cuarto con neumonía. Este fue mi regalo para los 50, en la última fiesta que se celebró en ese salón. Aquel mundo feliz no volverá, pero espero que vengan otros.

lunes, 1 de febrero de 2021

De Gilda a Misae



Hermana Misae, ve tranquila, que yo me encargaré de hacer todas las travesuras que hagan falta a Silvi y a Pepe cuando vengan a casa, ya sabes tú.

Ellos van a recordar siempre tus breves movimientos de sabana, la manera en que te tapabas la nariz para dormir sin frío, la mirada atenta, el baño de equilibrista, la belleza egipcia de tu asiento.

Nos veremos algún día. Esta es solo la primera vida de nueve.