martes, 12 de marzo de 2013
sobre lo nuevo de Espada
Hoy sale a la venta lo último de Espada. Yo lo terminé anoche, así que escribo en caliente, imprudencia que sabrán perdonarme puesto que aquí escribo por gusto. La sorpresa que tengo aún metida en el cuerpo es difícil de explicar y hasta de tener, tantos años de leerlo. En cualquier caso, siento este atropellamiento de ideas.
En resumen: es soberbio. A Espada le gusta este adjetivo, supongo, porque es a la vez exacto y poliédrico, como el libro mismo.
El poliedro no es nunca fácil. Desde el mismo título: ¿en nombre de Franco salvando a judíos mientras en la posguerra española etcétera? ¿Franquistas buenos? ¿Héroes diplomáticos? No es sólo que a nuestro autor le gusten los oxímoros; es que –se siente, amigos– así es la vida. Y citaré a un clásico, a ver si me van siguiendo: "la mayor parte de los fenómenos históricos y naturales no son simples, o no son simples con la simplicidad que quisiéramos". Primo Levi speaking. Lo que quisiéramos es la ficción.
La ficción (literatura o cine) es el camino corto para meterse en la Shoah. (¿La escritura o la vida, Jorge? Las dos, viene a decir Espada en la conmovedora última línea de los agradecimientos.) Y meterse en la Shoah es tan ¿difícil? que algunos titanes –como Octavio Paz– ni siquiera lo hicieron. Espada se lo reprocha a Josep Pla, otro ejemplo, lo cual le llevó a Aly Herscovitz, lo cual le llevó a En nombre de Franco. Espada se mete sin más poesía –ni menos– que la de los datos (para contar el Holocausto –gracias, Lanzmann– nada más elocuente que el prado fértil de Treblinka en presente).
Pero a ver, entremos: ¿quiénes son esos héroes del subtítulo? Tres, principalmente (dentro están todos): Ángel Sanz Briz, Zoltán Farkas y Elisabeth Tourné. La primera parte se ocupa de sus acciones en el otoño invernal húngaro del 44. Los expertos en el tema, el monumental e imprescindible Raul Hilberg incluido y que en paz descanse, dirían que falta un cuarto, incluso que falta el principal, un italiano, que sí ha pasado a la historia con todos los honores: Giorgio Perlasca. Y así se llega a la segunda parte: el desenmascaramiento de l'impostore, nunca mejor dicho (así llamó él mismo sus memorias más célebres). Un desenmascaramiento que es por momentos juicio, de ahí la (soberbia, ¿no dije?) segunda persona gramatical, y por momentos novela policiaca, en la que Espada tiene de ayuda a un Watson "inverosímil" (así lo llama él y estoy de acuerdo): Sergio Campos. Un desenmascaramiento que no es sólo fáctico, sino sintáctico. (Fisking a Perlasca, sí, arganzuelos.)
Porque esa es otra: el libro nos sorprende pero lo reconocemos: todo Espada está aquí disuelto: el periodista, el viajero, el hombre con todas sus obsesiones: la búsqueda de la verdad y la persecución del mentiroso, la identidad nacional y la mutabilidad del yo, las ilusiones de la ficción y las de la memoria, Steven Pinker y hasta el porqué. (Sí, el porqué, por qué, why: tengo aquí decenas de apuntes en un apartado que llamo "Espada vs. Espada", pero no les voy a dar todo hecho a los reseñistas que cobran.)
Dije hombre y lo recalco: Espada es un hombre que se fija en otro hombre, Sanz Briz, cuyo heroísmo es "un acto funcionarial, acordado, prudente, de lírica escasa". Hum, un hombre que se le parece bastante. Y hasta aquí mi literatura.
Termino. ¿Es un libro redondo? De ninguna manera. "La vida no encaja. Siempre queda una manga de camisa vacía, colgando", dice Espada dejando –generosamente, como siempre– el asunto abierto. Pero el libro sí supera todo lo que Espada ha escrito hasta ahora. Todo lo contiene y lo condensa. Es de una madurez apabullante, como dije en el bar y lo sostengo, exhalando al fin este suspiro. No me extraña que le parezca estar volviéndose invisible para sí mismo. Se llama depresión posparto.
miércoles, 13 de febrero de 2013
reflexión antinacionalista zamorana
(B.S.O.)
Llevo trabajando ininterrumpidamente más tiempo en México que en España. Hago lo que me gusta como me gusta, con la permanente sensación de que en cuanto quisiera, podría hacer más. ¿Afortunada? Claro. Pero también me dejan buscar la fortuna. Este es mi país, en fin. Aún más: de todos los sitios que sienta propios, uno debería ser principalmente de donde paga impuestos.
Llevo trabajando ininterrumpidamente más tiempo en México que en España. Hago lo que me gusta como me gusta, con la permanente sensación de que en cuanto quisiera, podría hacer más. ¿Afortunada? Claro. Pero también me dejan buscar la fortuna. Este es mi país, en fin. Aún más: de todos los sitios que sienta propios, uno debería ser principalmente de donde paga impuestos.
lunes, 21 de enero de 2013
unos cuantos pasos
"No tienes que hacer circo, maroma y teatro", ATENCIÓN:
*
Sólo una antena aérea para uhacheefe con acoplador, un cable coaxial con conectores efe, un mástil de por lo menos uno punto cinco metros, un poco de alambre galvanizado, tornillos y taquetes. OJO: "para una instalación en casa, basta con una antena sencilla".
Para hacer la antena, simplemente hay que sujetar el mástil con tensores galvanizados, utilizar los tornillos y taquetes para fijar el alambre al suelo, colocar la antena en el mástil, conectar el cable coaxial al conector de la antena donde quede bien asegurado. EH: "donde quiera que estés, es muy importante que dirijas la antena hacia el Cerro del Chiquihuite".
Una vez instalada la antena, hay que conectar el cable coaxial a la entrada erreefe del televisor. Si el televisor es digital, elecedé, plasma o de modelos más recientes, fácil: realizas un escaneo de canales hasta sintonizar los canales digitales veintidós punto uno y veintidós punto dos y ya. OTRA COSA: "si vives en un edificio de departamentos, puedes organizarte con tus vecinos para comprar una antena maestra, que dé a todos una buena recepción, ya que podrás compartirla a través de un distribuidor". Si el modelo de televisor es análógico, lo siento, se complica: hay que conectar el cable coaxial que viene de la antena a un convertidor digital análogo y después conectar este al televisor.
Y ya puedes sentarte a disfrutar. (No es HBO, eso sí lo advierto.)
* Anuncio emitido por el Canal 22 en la ciudad de México a distintas horas del día.
*
Sólo una antena aérea para uhacheefe con acoplador, un cable coaxial con conectores efe, un mástil de por lo menos uno punto cinco metros, un poco de alambre galvanizado, tornillos y taquetes. OJO: "para una instalación en casa, basta con una antena sencilla".
Para hacer la antena, simplemente hay que sujetar el mástil con tensores galvanizados, utilizar los tornillos y taquetes para fijar el alambre al suelo, colocar la antena en el mástil, conectar el cable coaxial al conector de la antena donde quede bien asegurado. EH: "donde quiera que estés, es muy importante que dirijas la antena hacia el Cerro del Chiquihuite".
Una vez instalada la antena, hay que conectar el cable coaxial a la entrada erreefe del televisor. Si el televisor es digital, elecedé, plasma o de modelos más recientes, fácil: realizas un escaneo de canales hasta sintonizar los canales digitales veintidós punto uno y veintidós punto dos y ya. OTRA COSA: "si vives en un edificio de departamentos, puedes organizarte con tus vecinos para comprar una antena maestra, que dé a todos una buena recepción, ya que podrás compartirla a través de un distribuidor". Si el modelo de televisor es análógico, lo siento, se complica: hay que conectar el cable coaxial que viene de la antena a un convertidor digital análogo y después conectar este al televisor.
Y ya puedes sentarte a disfrutar. (No es HBO, eso sí lo advierto.)
* Anuncio emitido por el Canal 22 en la ciudad de México a distintas horas del día.
domingo, 20 de enero de 2013
miércoles, 19 de diciembre de 2012
amabilidad mexicana
A la salida de los vestuarios, el carrito motorizado que usan los empleados de mantenimiento del club, y sentado en él, un señor esperando a su mujer. En ese momento llega otro señor y le increpa por estar ahí subido. En España, la continuación de ese diálogo sería algo así como "quién te crees que eres, gilipollas", "gilipollas tu puta madre" y "sujetadme que lo mato". Aquí todo se desarrolló en un tono de amabilidad sorprendente: aunque no pude oír toda la conversación, ambos se hablaban en voz baja, no se insultaron en ningún momento, se despidieron con una sonrisa. Y sin embargo. Al girarse el increpado, le vi congelar la sonrisa en una mueca de odio, de asco, ¿de impotencia? Lo que pensé entonces es que esa escena de exquisitas maneras era el contexto perfecto para descerrajarse a tiros sin inmutarse. O apuñalarse por la espalda.
Los caudillos revolucionarios se abrazaban para palpar si traían armas...
Los caudillos revolucionarios se abrazaban para palpar si traían armas...
martes, 2 de octubre de 2012
Fallaci en el 2 de octubre
Foto: AP
[...] Era en la que llaman Plaza de las Tres Culturas porque reúne simbólicamente las tres culturas de México: la azteca con las ruinas de una pirámide azteca, la española con una iglesia del siglo XVI y la moderna con modernos rascacielos. Una inmensa plaza, ya sabes, con muchas calles de acceso y muchas de salida: no por azar los estudiantes la eligieron como punto de reunión contra Herodes. Los estudiantes, los obreros, los maestros de escuela, en suma, cualquiera que tuviera el valor de protestar contra Herodes, que en México se llama Partido Revolucionario Institucional y dice ser socialista, pero no se comprende qué clase de socialismo, desde el punto y hora que los pobres en México figuran entre los más pobres del mundo: en el campo ganan ochocientas liras a la semana y si protestan la policía los hace callar a tiros. Los estudiantes también protestaban por eso. Y, además, porque no querían que los soldados ocupasen su universidad vivaqueando en sus aulas y rompiendo su instrumental. Y además porque no querían las Olimpiadas en México. Decían que las malditas Olimpiadas cuestan millones de millones y que es una vergüenza gastarlos en las Olimpiadas cuando el pueblo se muere de hambre. Has de saber que los estudiantes en México son como los estudiantes italianos, franceses, ingleses, norteamericanos. No tienen el fuera de serie, ni camisas de encaje, sobre todo en el Politécnico son hijos de campesinos, de obreros, y acaso obreros a su vez. Pero volvamos a la plaza. Era rectangular. Por una parte, este rectángulo estaba limitado por un paso elevado; por la otra terminaba en una escalinata cuyos peldaños ascendían hacia un gran edificio llamado Chihuahua. Por tanto, el Chihuahua lo dominaba todo y desde él se veía la iglesia española con las ruinas aztecas a la izquierda y los rascacielos a la derecha, el paso elevado al fondo y la escalinata debajo. Cada piso del Chihuahua tenía un balcón de una longitud de diez metros y una anchura de cinco, con una balaustrada de casi un metro y un vano de cerca de tres: las medidas resultan indispensables para comprender cómo nos dispararon desde el helicóptero. Se llegaba a los balcones por las escaleras de la derecha y por las de la izquierda, o bien por los ascensores cuyas puertas se abrían sobre la pared larga; las puertas de los apartamentos se abrían, en cambio, en las paredes estrechas, ¿me explico? Eran balcones muy cómodos, amplios, con cabida para cincuenta personas y para arengar a la multitud resultaban perfectos.
Los jefes de los estudiantes elegían siempre el del tercer piso. Con permiso de los inquilinos colocaban en la baranda los micrófonos y las banderas, y allí decían los discursos. Yo lo había visto ya en un mitin de cuatro días antes, celebrado para conmemorar a los muertos de julio y de finales de septiembre, un mitin que me puso un nudo en la garganta: llovía, era oscuro, y los muchachos estaban inmóviles bajo la lluvia, en la oscuridad; luego dejó de llover y alguien encendió una cerilla, y otra y otra aún, y un encendedor, y otro, y otro más, hasta que la plaza se convirtió en un titilar de llamitas, llamitas y llamitas, desde la escalinata hasta el paso elevado, y luego alguien tuvo la idea de enrollar un periódico y hacer una antorcha, y entonces todos se pusieron a enrollar periódicos y hacer antorchas, y el mitin transcurrió en un cortejo de antorchas, en una larga fila de luces que se alejaban en un coro:
- ¡Goya, goya, cachún, cachún, rarrá, cachún, cachún, rarrá! ¡Goya, goya! ¡Universidad!
Y en otro coro:
- ¡Huélum, huélum, gloria! ¡A la cachi, cachi porra, a la cachi, cachi porra! ¡Pim, pom, porra, pim, pom, porra! ¡Politécnico, Politécnico, gloria!
Yo les pregunté qué quería decir, y ellos me dijeron: "No quiere decir nada, son nuestras canciones, son canciones de niños". Porque en el fondo aquellos estudiantes, aquellos terribles estudiantes que ponían en peligro las Olimpiadas y el prestigio del gobierno mexicano, eran niños. A mí, en efecto, me habían gustado porque eran niños con el entusiasmo de los niños y la pureza de los niños y la superficialidad de los niños, e hice amistad con ellos ...
(Oriana Fallaci, Nada y así sea)
domingo, 5 de agosto de 2012
Zenobia Camprubí, mujer sin sombra
No hay escritor que recibiera el premio
Nobel con tanta tristeza como Juan Ramón Jiménez: Zenobia de su alma (véase la
dedicatoria a la Tercera antolojía
poética) agonizaba, ese día 21 de octubre y por una semana más, vencida por
el cáncer de matriz contra el que batallaba desde hacía cinco años. Dos meses
después en Estocolmo, en nombre del poeta –varado en Puerto Rico, hundido ya
sin remedio en la depresión– agradecía el galardón Jaime Benítez, rector de la
Universidad de Puerto Rico, con un breve discurso que incluía estas palabras:
“Mi esposa Zenobia es la verdadera ganadora de este premio. Su compañía, su
ayuda, su inspiración hicieron, durante cuarenta años, mi trabajo posible. Hoy,
sin ella, estoy desolado e indefenso.” No contenían ni un gramo de retórica.
Es
obvio y casi un lugar común cuando se trata de un escritor biencasado: la mujer
es el lado izquierdo del cerebro que les lleva el mantel, la cama y las
cuentas, quien les permite, en fin, dedicarse por entero y sin distracciones a
su obra. Pero hay más en este caso: Zenobia Camprubí Aymar (Malgrat de Mar,
1887-San Juan de Puerto Rico, 1956), la más estrecha colaboradora en el trabajo
de su marido, su primera y más útil editora, musa activa y enérgica, el
equilibrio que lo mantenía en pie en sus periódicos ataques maniacodepresivos,
fue también, por sí misma, alguien singular en su época. Escritora, traductora,
empresaria, abanderada de la emancipación de las mujeres en España, el
tratamiento de su figura ha oscilado casi siempre entre el ostracismo y el
melodrama, a pesar de los denuedos de algunos estudiosos, liderados por
Graciela Palau de Nemes, por darle su lugar. (Graciela Nemes, como la llama
Zenobia en su Diario, no fue solamente exalumna, amiga y asistente personal en
sus últimos días: también fue quien solicitó y envió toda la documentación
necesaria a la Academia sueca para proponer a Jiménez por parte de la
Universidad de Maryland.)
Hija
de un próspero ingeniero catalán, Raimundo Camprubí, es la rama materna la que
otorgaba a Zenobia la alcurnia cosmopolita: su madre, Isabel, nació de Augustus
Aymar, cuya ascendencia figura en los orígenes de la ciudad de Nueva York, y de
Zenobia Lucca, una rica portorriqueña de familia bilingüe. A Zenobia Camprubí
la educaron tutores particulares en casa y en ambos idiomas, y de los
diecisiete a los veintidós, años decisivos, vivió en Estados Unidos sola con su
madre. Las desavenencias entre Camprubí y Aymar, parece, sobresalieron desde
siempre –Raimundo se quejaba, por ejemplo, de que Isabel no sabía llevar una
casa–, pero en el caso de esta separación fue decisiva una amena za de muerte
recibida contra el hijo menor a cambio de dinero. Según cuenta Nemes, ella
pensaba que su marido se había puesto en peligro al endeudarse en la Bolsa de
París. Reconciliado el matrimonio, en 1909, las mujeres volvieron a España, en
concreto y curiosamente a La Rábida (a pocos kilómetros de Moguer), donde
estaba destinado el ingeniero Camprubí y donde la joven Zenobia puso en marcha
una escuela rudimentaria para alfabetizar a los niños del lugar. Ya en Madrid,
un año después, era natural que Zenobia, extravertida y risueña, rubia de ojos
azules para rematar, fuera un imán. No solo para los aristócratas y extranjeros
que frecuentaba, sino para intelectuales y escritores.
Zenobia
conoció a Juan Ramón en la Residencia de Estudiantes, en unas conferencias del
verano de 1913. A él ya le habían hablado de la “Americanita” –ese era su
apodo–, lo cual demuestra que sus cercanos veían una idea estupenda juntar sus
caracteres disímiles, y se enamoró de inmediato. Una muestra de su puño y
letra:
Ella es una
muchacha que, claro, no diré que es mejor a las demás, porque en el mundo hay
muchísimas mujeres de valía, pero uno ha de hablar en relación con aquellas que
conoce, y yo de cuantas he encontrado es la mejor –no sé si a los demás les
gustaría, y esto me tiene sin cuidado–, pero a mí sí. Es agradable, fina,
alegre, de una inteligencia natural, clara, y que tiene gracia, esa gracia
especial que se adquiere con los viajes, con la gran educación social del país
norteamericano donde está educada; que sabe varios idiomas, ha viajado, ha
visto muchísimo, ha leído también mucho, y con todo es muy joven.
A ella no solo no le gustó él, sino que
el matrimonio le parecía fuera de lugar: “Yo soy la clase de mujer que no se
casa (...) Todavía no he visto al hombre que me pudiera hacer más feliz de lo
que creo poderlo ser siendo soltera”, le había escrito a su amiga María Martos.
Se lo había dejado claro también al abogado Henry Shattuck, cuya historia de
amor puede atisbarse entre las siguientes letras fácticas: pretendiente de
Zenobia en su juventud, nunca se casó, y fue su contable, su albacea y su amigo
fiel hasta la muerte.
Pero
aún no entraba en escena ese Cupido insospechado llamado Rabindranath Tagore.
La traducción de Zenobia de sus poemas del inglés fue el resquicio por donde
entró el definitivo estoque de los requiebros de Juan Ramón. Ella traducía, él
cincelaba, y juntos dieron a conocer en periódicos y revistas al bengalí,
premio Nobel de ese año (el primer libro íntegro traducido conjuntamente fue La luna nueva, publicado en 1915). Fue
el comienzo de una pareja y de un trabajo simbiótico que se prolongaría las
cuatro décadas que dio de sí la vida de ella, como muestran fragmentos
seleccionados de su Diario.
Corresponde
a los expertos dilucidar, si es que se puede, en qué medida influyó Zenobia en
la poesía de Juan Ramón Jiménez; si es cierto, como aventura Nemes, que fue por
Zenobia que Juan Ramón fue depurando su estilo hasta llegar al concepto de
poesía desnuda. Sí es un hecho que Estío,
el libro que marca el cambio decisivo, se publicó en 1916, el mismo año que
casó con Zenobia (en Nueva York, el 2 de marzo), y que esa pureza es plenamente
reconocible en Diario de un poeta
reciencasado. Es otro hecho que el carácter de Zenobia, práctico, resuelto
y alegre, fue el óptimo para empujar al trabajo a ese poeta “cansado de sí
mismo”, o para evitar, directamente, que se hundiera en las aguas negras de la
melancolía.
La
abnegación en un trabajo, supongo, más si el trabajo es un hombre y la abnegada
una mujer, es siempre difícil de entender. Y la vida de Zenobia, buena amiga de
María de Maeztu y Victoria Kent –con las que fundó el Lyceum, el primer club
para mujeres afiliado al de Londres, empresa cristalinamente feminista–, sufrió
la paradoja de convertirse en carne de cañón para la corrección política. (Manuel
Vicent, por ejemplo, pintó a un cruel Juan Ramón que “muy pronto aprendió a
hacerse el enfermo para conseguir toda clase de mimos de criadas y nodrizas y
salirse siempre con su voluntad”; Rosa Montero fue más audaz: llamó torturador
al poeta y aseguró que lo suyo por Zenobia no podía ser amor.) Basta una cita
para desmontar la imagen de víctima maltratada que algunos han querido
endilgarle: “Después de todo, yo soy en parte dueña de mi propia vida y J. R. no
puede vivir la suya aparte de la mía.”
De sus diarios y cartas, en efecto, se
desprende que Zenobia nunca se sometió a otra voluntad que no fuera la propia.
Y eso incluyó sus negocios, originales y exitosos, en el Madrid de los años
veinte y treinta: la tienda Arte Popular Español y la renta-decoración de pisos
para diplomáticos extranjeros.
Eso
no quiere decir que la vida junto a Juan Ramón fuera un banquete de perdices
(qué matrimonio sí, por otra parte). Graciela Palau de Nemes se esforzaba, de
nuevo, la última vez que visitó España, en 2010: “Ella nunca dependió de Juan
Ramón ni vivía sacrificada salvo cuando él estuvo enfermo. Eran marido y mujer,
sin más.”
Por otra parte, es imposible deslindar su
carrera de la de Juan Ramón Jiménez. La obra temprana de Zenobia, que publicaba
desde los catorce años en revistas y periódicos y fue notable autora de cuentos
infantiles, queda inevitablemente eclipsada por el testimonio artístico y
personal que supone su Diario en el exilio, cuidado y prologado en tres
tomos por la doctora Nemes.
Zenobia
había comenzado a llevar una bitácora personal por sugerencia de su madre en
1905, al inicio de su estancia juntas en Nueva York, simplemente para recoger
los pequeños actos de la vida cotidiana, una tradición, de nuevo, poco hispana
y muy anglosajona. Es por eso que abunda la información sobre dinero, mudanzas,
dentistas, correspondencia diaria, y escasean los apuntes íntimos. Esto llega
al paroxismo, e incluso exaspera, precisamente en su diario de recién casada
(“Me casé”, “Juan Ramón y yo tuvimos nuestro primer disgusto y después nos dio
mucha pena y nos quisimos más”, unos sospechosos “Los dos muy contentos” y poco
más es todo lo que encontrará el cazador de chismes). Este diario, por cierto,
que acaba de publicar la Universidad de Huelva en conjunto con el de Juan Ramón
(se presentan indistintamente entradas de uno y otro, siguiendo el calendario)
bajo el título Diario de dos reciencasados, anotado por Emilia Cortés Ibáñez,
es una iniciativa editorial a la altura de las traducciones de Tagore: coloca
en su justo espacio a Zenobia Camprubí, en paralelo con Jiménez y no detrás.
Es
en su diario del exilio donde será menos reservada al respecto. No se olvide:
en 1937, cuando salen de España huyendo de la Guerra Civil, Zenobia está a
punto de cumplir cincuenta años y lleva una veintena de ellos casada. La vida
y el marido se ven ya desde otra atalaya. Hay menos lastre, menos inseguridad,
es decir, menos vergüenza:
Con la moral
completamente baja por el calor, por no tener nada que hacer y porque J. R.
está en actitud polémica, egoísta e irritable, me encuentro planeando el resto
de mi vida egoístamente. Voy a tratar de disfrutar parte de lo que me queda de
ella. Y de seguro quiero un cuarto para mí sola para hacer lo que me dé la
gana, abrir bien las ventanas, ponerme crema en las manos cuando el fregar me
endurece la piel y moverme en la cama si me apetece.
(La Habana,
25 de julio de 1939)
Sirvan los fragmentos seleccionados en el
dossier que sigue de paradigma a su obra principal: de qué manera reciben las
noticias que les llegan de la trágica Europa, cómo es el trabajo diario con el
poeta y marido, cuáles fueron sus últimos afanes y dolores.
El
primitivo tratamiento con radioterapia al que se sometió, instigada por unos
médicos claramente negligentes, le quemó el vientre e impidió, a última hora,
la segunda intervención que prolongaría su vida. La cercanía de la muerte no la
arredró: fueron los últimos meses cuando más trabajó por completar la Tercera antolojía poética, que ya no vio
impresa, por alistar la sala de la Universidad de Puerto Rico que acabaría
teniendo el nombre de ambos, y sobre todo, por dejar protegido económicamente a
un Juan Ramón, que sería una simple sombra los dos años que la sobrevivió.
A
juzgar por los testimonios cercanos, la del Nobel era en verdad una noticia
destinada a ella (de hecho, se lo comunicaron el 21 de octubre, cuatro días
antes del anuncio oficial, debido a la gravedad de su estado). Recuerda Nemes:
Por el mundo corrió la noticia de que
Zenobia se había muerto al siguiente día de anunciarse el Nobel; pero me consta
que vivió el día gloriosa, lúcida, merecido premio por sus trabajos, sus
ansias, sus plegarias, su incomparable amor, sus sacrificios por el hombre que
por ella vivió y pudo escribir la más honda poesía de su vida.
Podía morir en paz: su obra estaba
completa. ~
(Publicado originalmente en la edición
española de Letras
Libres, núm. 131, agosto de 2012.)
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Juan Ramón Jiménez,
Letras Libres,
Zenobia Camprubí
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