viernes, 1 de mayo de 2009

Día 8. Patrullando la ciudad

Confirmado: en la ciudad hay menos miedo que guasa:


Hoy salimos a pasear en coche, y yo que pensaba sentirme como Eduardo Noriega saliendo a la Gran Vía en Abre los ojos, me encuentro con esto:


Con esto:


Y con esto:


Es cierto que en cualquier otro día festivo uno se abre paso a codazos por Francisco I. Madero, pero igual, había bastante gente. Diría además, a ojo de buen cubero, que llevaba mascarillas la mitad de los viandantes. Y hasta besos con lengua se daban en las aceras (obsérvese la pareja a la izquierda de la imagen anterior). Hace mucho calor; la gente se arrima a las fuentes.

***

Baile de números de hoy:

- 908 casos sospechosos analizados (poquito a poco entendiendo, que no vale la pena andar por andar...)
- 511 desestimados
- 397 confirmados
- 381 dados de alta
- 16 muertos (no nuevos, sino de los que había, acuérdense, una lista de 159 a la altura del día 4 de la "contingencia")
- De esos 16, once eran del DF, tres del Estado de México (¿no eran cuatro?), uno de Oaxaca y otro de Tlaxcala (¿no que de Veracruz?). Doce mujeres y cuatro hombres (lo dicho, lo remitiremos a la ministra Aído)

Las dudas siguen siendo las mismas que ayer.

Contra el olvido, sin lugares comunes

LOS POZOS DE LA NIEVE
Berta Vias Mahou
Acantilado, Barcelona
224 pp. 17 €

Dos guerras cruzan Los pozos de la nieve, de Berta Vias Mahou (Madrid, 1961). Una es la civil del 36, historia de múltiples odios que dividieron España y prolegómeno del segundo gran infierno europeo. La otra se libra contra las palabras en pos de recuperar el pasado. Se avisa desde el epígrafe, con versos de Pedro Casariego Córdoba –cuyas líneas se colarán aquí y allá hasta el último episodio–: «Nuestras palabras / nos impiden hablar», y no es casualidad tampoco que el texto comience con una cita de Octavio Paz, el poeta que estrujó las palabras por el rabo («chillen, putas»). Gran paradoja irresoluble: las palabras son las únicas que pueden despejar la maleza del olvido y de los malentendidos que unas veces creó el silencio y otras, ellas mismas. Berta Vias Mahou, que demostró su destreza para usarlas en la novela-dentro-de-la-novela Leo en la cama (Espasa-Calpe, 1999) y en el falso-libro-de-cuentos Ladera norte (Acantilado, 2001), lo sabe bien, y asume esta vez el reto, no sólo de pelearse con la herramienta antes de emplearla con soltura, sino de adentrarse en el tema grave y urgente de recuperar la historia reciente más dolorosa.
            El vehículo es, como en tantas otras novelas, la historia de una familia. Una familia que, como no podría ser de otra forma, pues no tendría nada de particular (véase primera línea de Anna Karenina), está marcada por el amor y el odio entre sus individuos, por acontecimientos terribles, por la tragedia. Pero las estrategias para conducir ese vehículo se parecen poco a tantas otras novelas, están fuera del lugar común. Y algunas son marca de la casa Vias Mahou –alejarse del lugar común, de hecho, es la primera de ellas–.
            Por ejemplo, el juego con los capítulos. Si en Leo en la cama eran títulos célebres levemente modificados, en Los pozos de la nieve son frases hechas –«frases que son como la mala hierba», se dice en algún momento– que sirven para demostrar su oquedad; están tan manoseadas que en ellas cabe cualquier cosa: en «Entre y pregunte sin más», un preludio; en «No tocar. Alta tensión», el deseo entre dos cuerpos; en «Perdonen las molestias», un muerto, y así sucesivamente.
            O por ejemplo, el suspense. Desde el principio hay varios misterios por resolver, y en el camino se van dejando pistas sutiles. Algunos tienen que ver con lo que se cuenta, claro, como los asesinatos que ocurren en Leo en la cama, pero otros, más inquietantes, se refieren a quién cuenta, como los narradores que se suceden en las páginas de Ladera norte. En el caso de Los pozos de la nieve, una intrigante segunda persona le habla a Samuel, treintañero protagonista del plano en presente de la novela –un presente fechado en 1997–, y algo que sucedió, que sabremos en el último capítulo, lo urge a reconstruir la historia de su familia, hasta entonces atisbada sólo por fotografías, cartas y muebles heredados. ¿Son esos objetos quienes le hablan, los que le van desvelando esa historia que no vivió? Que opine el lector atento –no otro le interesa a Berta Vias: «por lo general los autores no suelen poner nada gratuito», declara en su primera novela–. Baste aquí apuntar el mérito de elegir una persona gramatical tan complicada para la narración y salir airoso.
            El otro plano de la novela, alternándose con el tiempo de Samuel, es ese relato familiar, en tercera persona, que pertenece al pasado pero está contado en presente. «Presente, infinitivo, gerundio. Los tiempos del poeta», declara el que parece será narrador de esa historia del pasado. Puede inferirse que ese narrador sea el propio Samuel, instado en el primer capítulo: «A escribir. Despacio, con paciencia, porque cada palabra es una lucha, una lucha con el deseo de callar, con la imposibilidad de hacerlo». (Porque también, dicho sea de paso, ésa es otra marca de la casa: en los libros de Berta Vias, alguien siempre escribe. O lee. O ambas cosas). Ese narrador se cuida constantemente de juzgar, pero no se resiste a hacerlo a veces, antes de que la voz misteriosa lo reconvenga: «tú eres el hombre que debe permanecer al margen y leer la historia que vivieron los demás». Y tampoco utiliza los diálogos, recurso demasiado artificial para la memoria de los otros. Digamos que Samuel se convierte, en fin, en un raro narrador omnisciente: si lo sabe todo, es desde luego con muchas dudas. ¿Y cómo no, si la mayoría de esos recuerdos pasados no son suyos? Y sobre todo, si los buenos y malos no pueden ventilarse en un simple sustantivo. «Fascista, antifascista, burgués. No son más que etiquetas que se ponen a la ligera. Y que una vez asignadas resulta imposible perder de vista, quitárselas de la boca».
            Pero ahí va, ese narrador, bregando con las palabras, abriéndose camino entre viejas fotografías que poco dicen (cada una «parece una tumba, un sepulcro oscuro, frío»), un mueble mudo (cuyos cajones «guardan una infinidad de significados») y muertos que en vida, para colmo, ya eran silenciosos (como Conrado, que se propone su particular cruzada contra las palabras al descubrir, en la incipiente Alemania nazi, que «se han vuelto huecas, falsas, asesinas»). A ese narrador le interesan, sobre todo, palabras precisas, aliteraciones pertinentes, imágenes poderosas. Un paisaje lo conforman «árboles desnudos, esqueletos de color lila, entre nieblas altas y suelos verdes, empapados de lluvia». En un funeral, «todas las cabezas cuelgan, como girasoles al caer la tarde». La piel de Julio, uno de los personajes, «es como la de un animal. No sobra ni un centímetro. Debe de tener hasta la sangre tostada», y otro de ellos, Casimiro, «parece una albondiguilla preparada a la manera de Königsberg. Pálida, lechosa, de carnes blandas». Con personajes enteros, llenos de vida, emocionantes, como los que va construyendo ese narrador, poco importa cómo se llamen –como los capítulos–, y así, Clara a veces es Klara, Conrado es Konrad o Luitgard, Lula. Esos personajes contrastan con el propio Samuel, que aparece desdibujado: a él, claro, nadie «lo narra», sólo lo conmina una extraña voz en segunda persona. Él es el personaje que designa la autora para luchar con las palabras. ¿Para qué? «Para que no se vuelvan a cometer los errores de entonces. Los mismos errores de siempre».
            El fenómeno de ventas Vida y destino, de Vasili Grossman, esa historia de otra familia en medio de otra guerra, demuestra que, afortunadamente, hasta los lectores mayoritarios siguen estimando este tipo de literatura compleja; que ésta sigue siendo necesaria. Novelas así matizan las letras de plomo de los libros de historia; previenen contra la memoria por decreto.


(Publicado originalmente en Revista de Libros, núm. 149, mayo de 2009.)

jueves, 30 de abril de 2009

Día 7. Encierro con salida controlada

Con semblante casi diría alegre, el presidente aconsejó ayer que nos quedáramos en casa durante cinco días. Ni las ordenanzas concernientes a la epidemia de peste redactadas y promulgadas por el lord alcalde y los regidores de la ciudad de Londres en 1665 fueron tan severas, pues sólo atañían a casas contaminadas por la enfermedad. La gente le ha hecho caso, pero no creo que por miedo, sino por un extraño y súbito sentido cívico. De hecho, me sorprende más la histeria de los españoles que la templanza resignada de los chilangos.

Por mi parte, me quejo de vicio. Tengo mis geranios y mis colibrís y el rubio de enfrente que lee en el balcón. Y sobre todo, tengo esta ventana, que para sí la hubieran querido los pobres londinenses encerrados en el siglo XVII. Hoy, por ejemplo, mi guardián hasta me dejó dar la vuelta a la manzana. Claro, que tuve que salir así:



Comprobé que estos días van a ser una suerte de larga mañana del 1 de enero: cierres echados, unos cuantos coches, alguien que pasa, poca información y la panadería de la esquina impertérrita despachando su bollería fina.

En cuanto a los hechos, hay cosas que sabemos:

- que según datos de la OMS, los afectados totales (siempre comprobados) son 257 repartidos en 11 países;
- que de los 159 muertos sospechosos de México están comprobados 12 a día de hoy (no es que hayan muerto cuatro más, sino que cuatro más se han comprobado en laboratorio);
- que de esos 12, siete eran del DF, cuatro del Estado de México y uno de Oaxaca (suponemos que la mujer que aventurábamos ayer, la primera víctima mortal del virus),
- y que la Unión Europea es lo suficientemente sensata como para no limitar los viajes a México,

y hay cosas que no:

- por qué los datos de la OMS de hoy para México de enfermos totales comprobados (97) contradice los datos del secretario de Salud (312, de los cuales, por cierto, 300 están recuperados),
- en qué medida la enfermedad está remitiendo en México (que lo está haciendo),
- quiénes son los muertos, salvo que ocho son mujeres y cuatro hombres (útil si acaso para denunciar al virus por violencia de género),
- por qué el secretario se queda tan tranquilo al decir que algunos de los fallecidos lo son porque se infectaron de otras bacterias al ser intubados en los hospitales públicos,
- si tenían alguna enfermedad previa que los hiciera vulnerables,
- y si en las cifras de México se incluyen las de los hospitales privados, que hasta la fecha no han dicho ni pegao queda.

Día 6. Los números. Parte II

Ya que no puedo salir de casa y las noticias tanto aquí como allá se hacen un lío con las cifras, opto por no perderme los informes oficiales de la OMS ni las ruedas de prensa diarias del secretario de salud (et al.); me pone nerviosa la torpeza y cierta chulería que tienen los ministros, pero por lo menos así soy yo la que hace las sumas.

A ver. De los sospechosos, que ya el secretario opta por omitir porque se ha dado cuenta de la que arma, 99 en total han sido confirmados como enfermos de la nueva gripe. Es decir, se han confirmado 73 más que ayer. De esos 99, han muerto los siete que dijeron ayer más uno que se añade a la cuenta (el ministro no aclara si ese muerto es la mujer de Oaxaca que se sospecha la primera víctima mortal). Ocho muertos en total confirmados por el virus H1N1 y 91 enfermos dados de alta. De ellos, 83 son del DF (de donde son los siete fallecidos confirmados ayer), trece del Estado de México, uno de Colima, uno de Oaxaca (¿la primera muerte? NS/NC) y otro de Veracruz (¿donde se inició el brote? NS/NC).

Observo que en los medios siguen hablando de "cerca de 200 vidas en todo el planeta". No entiendo qué calculadora usan.

martes, 28 de abril de 2009

Día 5. Los números. Un lío

Cinco días de "contingencia" (véase tercera acepción del drae y aplíquese con imaginación) han hecho falta para que el secretario de salud, que da dos ruedas de prensa al día y habla en los telediarios de máxima audiencia, haya dicho algo más de los muertos. Por lo pronto, corrobora las cifras oficiales de la Organización Mundial de la Salud, que a exagerada no la gana nadie (véanse noticias del 2005 de la gripe aviar): de los 159 muertos por neumonía atípica –una de las complicaciones en que puede derivar la nueva gripe–, siete han sido confirmados como enfermos del virus. Siete. Seis en la delegación de Tlalpan y uno en la de Magdalena Contreras, en el D.F. Ambas en el sur, dato interesante. Siguen sin decir nombres, "por respeto a la intimidad", ni perfiles (¿pobres, ricos, mediopensionistas?)

Otros diecinueve enfermos también han sido confirmados, pero se encuentran bajo control. Veintiséis en total.

Hoy dos periodistas se han hecho un lío con los números al preguntar al ministro, que a su vez tampoco maneja muy sueltamente las cifras. Ha sido triste porque no parecían becarios (el ministro incluido).

Y bueno, no hay que culparlos, porque a mí tampoco me cuadran las cifras: por el lado de la sospecha, hay casi dos mil enfermos y centenar y medio de muertos, y por el de los hechos verificados, sólo diecinueve afectados y siete muertos. O los laboratorios que analizan el virus son demasiado lentos (laboratorios yanquis, no cualquiera), o el número de afectados real va a ser mucho más bajo del que la gente teme.

O a lo mejor es que yo soy de letras...

miércoles, 25 de febrero de 2009

piscina alberca pileta

He descubierto que no sé cómo expresar lo que siento con respecto a una ciudad. Mucho menos explicar razones. En el fondo siempre me gustó Buenos Aires. ¿Más que Madrid? Quizá menos que México. Pero no sé por qué. Tengo la convicción, eso sí, de que podría vivir en cualquiera de las tres ciudades.

bolígrafo pluma birome

El caso es que fui a Buenos Aires por tercera vez después cuatro años y el viaje me produjo sentimientos encontrados. No, no y no, me decía, Buenos Aires nunca superará a México. Calles en forma de ola, pirámides desarmadas en las paredes de iglesias torcidas, mercados de colores, volcanes, terremotos. ¡A ver quién llega a la altura de esos zapatos!

coche carro auto

Llevaba en la maleta, claro, el lastre de dos lejanos años de convivencia con Buenos Aires en mi propia casa, con todos los inconvenientes que ello conlleva pero sin muchas de sus ventajas. Ay, el chanta, el desprecio profundo por el propio país y a la vez la presunción de ser parisino en América. Y ese acentito que me ponía de los putos nervios. Lastre, puro lastre.

camiseta playera remera

De pronto, el calor. Un calor húmedo como el de Barcelona o Sevilla. Un calor de verano infinito, tierra prometida de la infancia. Niños jugando en la noche. Gente en los cafés hasta las dos de la mañana. Tirantes y pantalones cortos. Carne invitando al sudor. Así fue la primera vez que visité Buenos Aires. Y recordé cómo ya entonces deseé descubrirla sola.

hola buenos días buen día

No, no existe en México cafés hasta las dos de la mañana, ni calles en las que los niños jueguen las noches de verano. Por no existir, no existe ni el verano: es temporada de lluvias. Para qué hablar de la carne invitando al sudor...

follar coger cojer

"Hola, ¿Shaisa?, ¿qué tal? Esequiel, bienvenidos". ¿Qué es esa aparición de los cielos que me llama por mi nombre? Rubioojosmieljovencito. Me gusta. Y el que toca el bongó en la banda callejera de Florida también. Morenoojosdemoroyrizos. Y el que lee el periódico en la pizzería. Rubioojosazulesybarbillaenángulos. Y el librero, morenazocongafas. Y el castaño con el que casi tropiezo y me provoca un infarto. De lo guapo. ¿Mi vida, mi amor? Conmigo, disfrutando por su parte de la carne invitando etcétera. Él prefiere las morochas (la sangre italiana, que siempre le ha tirado).

bragas trusas bombachas

Porque hay que ver lo hermosas que son las mujeres argentinas. Por qué se empeñarán en ir de uniforme.

autobús camión colectivo

Pensamientos homicidas yendo en el 152 de La Boca a Recoleta. Siento unos deseos irrefrenables de agarrar uno por uno a todos los peseros y combis de la ciudad de México, ponerlos en filita con un moño rosa y arrasarlos con napalm. No es excusa que el transporte sea privado. En Buenos Aires las paradas están marcadas con postes y hasta venden un plano-guía con todas las rutas. Y en caso de preferir el taxi, no hay que estar escudriñando minuciosamente pintura-placas-licencia por si estás cayendo en manos de un delincuente.

acera banqueta vereda

Las palabras. Eso es. Mi íntima familiaridad con los tres lugares. Mientras decidimos dónde acabar o no, voy engordando con palabras que a veces adquieren resonancias mágicas la vaca de mi lengua.

vale sale dale

¡Vaca india, que nadie me la sacrifique!

***

(Fe de erratas, cortesías de Feliciano Tisera y de un anónimo)

lunes, 22 de diciembre de 2008

como el año que fue

Estoy a punto de tirar este tarrito Rogé Cavaillès. Huelo los restos y estoy en París. Lo compré al llegar porque las normas aeroportuarias europeas impiden subir a bordo líquidos y cremas que superen bla bla bla. Fue el miércoles 2 de julio, en una farmacia de la rue St. Antoine, justo donde se convierte en la rue Rivoli, en la placita donde está la estación de metro de St. Paul. Este tarrito que estoy a punto de tirar vino conmigo a la Place des Vosgues, a la Île de St. Louis, a Notre Dame, a cenar crêpes en en Faubourg St. Antoine, a desayunar en la Place de la Bastille, a la casi vacía St. Severin, a la casi llena St. Germain des Prés, al Museo Cluny, a almorzar a los Jardines del Luxemburgo, a pasear en Batobus, a ver de noche la Olimpia de Manet y a comer faláfel en Le Marais, a conocer el Jardin des Plantes y la Grande Gallerie de l'Évolution, al exquisito y moderno Museo Guémain de arte oriental y al horrendo y posmoderno Musée du Quai Branly, a ver la Torre Eiffel como la vio Hitler, cautiva y desarmada desde Trocadero, y a descansar bajo su sombra en el Campo de Marte, a pasear la rue de l'Université, donde vive Jorge Semprún, y a cenar ostras con champán con Félix Romeo y Lina Vila en La Coupole, a visitar el Museo Rodin y a saludar mi placa favorita en la Place Vauban, a recorrer todos los Campos Elíseos y a leer junto a la fuente del jardín del Palais Royal, a disfrutar el Museo Carnavalet y comprar libros en los bouquinistes, a cenar en un vietnamita, a emborracharme con Calvados y llorar sola, a saludar a los caídos en la segunda guerra mundial, ver la ciudad desde el Sacre Coeur y decirle adiós con el cuscús de Chez Omar, donde nos llevaron Lina y Félix.

Hago una lista como quien reza un mantra, a modo de ínfimo homenaje a la belleza de esos días. Una belleza que no impidió, sin embargo, sentirme triste como nunca en mi vida. Un nunca al que espero volver. Ahora que estoy a punto de tirar este tarrito de Rogé Cavaillès...