miércoles, 21 de marzo de 2007

primavera

AQUÍ
No se aguanta la manga larga. 27ºC y aire seco. Luz violeta jacarandá, fucsia buganvilia, y verde, increíblemente verde (raíces constríctor rompen las aceras). Y qué placer pasear en la noche primaveral del altiplano...

ALLÍ
Cinco comunidades del norte del país siguen en alerta a causa del temporal de nieve. Carreteras cortadas, colegios cerrados, pueblos aislados. Cota de nieve en los 300 metros. Y qué frío del Hades tendrán que abrigar las aceras de Madrid...

TÍTULO DE LA CANCIÓN
Mi cambio climático

martes, 20 de marzo de 2007

teléfonos de México

Marcas un número de teléfono, y al otro lado, una mujer robótica empieza diciendo, amabilísima: "Hola, seguro que por razones a su propia voluntad [sic, con ese cinismo], le ha sido imposible abonar el último recibo de Telmex", para acabar amenazando, también amabilísima, con cortarte el servicio. Esto pasa a veces porque el recibo llega, por ejemplo, el día 27 con la obligación de pagarlo el 26, o porque como a mí, se traspapela un mes. Como en este país nadie se fía de la domiciliación bancaria, porque probablemente te acaban sisando dinero, a los pocos que la usan les acaban efectivamente sisando dinero, y el resto paga o en el banco o, cuando la señorita de marras aparece en el auricular, en las oficinas de Telmex.
Las oficinas de Telmex tienen el aire -aséptico, feroz- de una delegación de Hacienda, y en ellas hay mesas donde te venden "productos", mostradores para "informes" y cajas en las que pagar (unas diez, pero sólo tres funcionan).
"Buenos días, señor, disculpe una pregunta [el protocolo mexicano del saludo se mueve como mínimo entre estos parámetros de educación]: el jueves pagué mi recibo de febrero [el extraviado, pero eso no se lo dije], no me avisaron de que adeudara nada, y el viernes recibí el de marzo con la cantidad de febrero y la de marzo". Silencio al otro lado, mientras consulta en la computadora (ordenador). Me dice la cantidad: es sólo la de marzo. "¿Y por qué no me dijeron lo que debía la semana pasada, si incluso pregunté?". Y el señor: "Saaaabe" [quién sabe]. "Bueno, está bien, gracias". "A usted, señorita [título que la mujer conserva esté casada o tenga 80 años], que le vaya bien y tenga un bonito día".

Coda
El señor Carlos Slim, dueño del monopolio Telmex, el tercer hombre más rico del planeta.

lunes, 19 de marzo de 2007

tríptico negro

He soñado que decapitaba a un tipo en una casa de la América profunda sólo porque había sido grosero conmigo (algo que ver con freír nopalitos, pero no recuerdo bien). Decido que lo mejor es deshacerme de él en el cubo de la basura: yo no soy de aquí y nadie lo conoce, quién se va a enterar. Alguien -no tiene un rostro reconocible- me recuerda que ya llevo dos asesinatos, y que puede que esta vez "se den cuenta". Agarro ese cadáver del que me habla -también sin cabeza-, y lo tiro al mismo cubo. Pero ya no es de noche, amanece a una velocidad inverosímil, y los vecinos y coches que pasan me miran. No tarda ni una hora en llegar la policía. Seguro que es pena de muerte. Me despierto sudando.
Al otro lado de la cama, también duermen nerviosos...

***

Ayer me dijeron que ver un zopilote es de mal agüero.
Vi un zopilote el domingo pasado a menos de tres metros de mí. De lejos parece un águila, pero a esa distancia, es un cuervo gigante con una cara minúscula de buitre. "¿Qué cara tendrías tú si comieras carne putrefacta?", pregunta alguien juicioso.

***

Se nubló el día. Y eso que empezó con un sol de 20 grados...

domingo, 18 de marzo de 2007

historias de ida y vuelta I

El padre de Julia llegó a México desde Utiel a principios de los años cuarenta, dejando en tierra valenciana a sus padres y hermanas. Aquí se casó con la madre de Julia, nacida mexicana, y prosperó, pero murió demasiado joven, con 47 años. Su esposa habló con las hermanas, a las que nunca conocería, y éstas le rogaron que jamás le contara a sus padres, ya ancianos: lo perdieron una vez, no resistirían una segunda. Sobrevivieron tres años más. Durante ese tiempo, la madre de Julia escribía a sus suegros como si fuera su marido, y, ahogando las lágrimas, leía las cartas dirigidas al hijo que vivía, feliz, en América.

sábado, 17 de marzo de 2007

Covadonga

A simple vista y si es temprano, parece la cafetería de un antiguo hogar del pensionista: amplio y diáfano como un salón de bodas, de techos altos y mobiliario de madera oscura barnizada, con viejos sentados fumando y componiendo la única música del local: un murmullo ruidoso que se eleva sobre los golpes de las fichas de dominó en la mesa. En una pared, una imitación mediocre y gigantesca de Los borrachos de Velázquez; en la otra, la cruz asturiana de la victoria, amarilla sobre fondo azul. "Covadonga". Un sitio tan mexicano no podía tener un nombre más español. La comida también hace honor a esta mezcla fundadora (del país): las croquetas se acompañan con salsa de chile; la tortilla, con jalapeños en escabeche; el pulpo a la gallega, con el doble de picante.

Ya a primeras horas de la noche se atisba la particularidad del sitio: en algunas mesas, aquí y allá, no son viejos los que juegan, beben y discuten, sino jóvenes (de una dilatada juventud que va de los 20 a los 50) ruidosos, cantores y parranderos, algunos de ellos cargados con cámaras y equipos de televisión. El Covadonga es el lugar de reunión de periodistas, escritores, editores y vividores varios, que van tomando el espacio poco a poco a partir de las diez de la noche. Aquí la intelectualidad no eligió un bar pequeño y ridículamente caro, donde pudieran sentirse lo snob que nunca serán, sino esto: un enorme antro perfectamente iluminado (esas luces blancas de neón que exacerban los estragos de la borrachera paulatina), lleno de humo, donde los camareros son señores de otro siglo a los que se les llama por su nombre y que pronto se aprenden el tuyo.

La primera vez que fui, me hipnotizó el ambiente: todos parecían conocerse, la gente se movía de una mesa a otra, las miradas furtivas volaban sobre habituales e inhabituales, el alcohol nublaba los sentidos. En una mesa cantaba el espontáneo de turno. Entre imitadores de Madonna y Frank Sinatra, me atreví a entonar un estribillo homenaje a la fusión de la que era testigo: "... que a mí no me duelen prendas de cantarte por rancheras, o por chotís o en zulú..." Aplausos, abrazos y risas. Reconciliación con la humanidad. Que se pare el planeta y me quiten lo bailao. Y una certeza física: este será uno de mis lugares en el mundo.

viernes, 16 de marzo de 2007

alebrije

1. m. Méx. Figura de barro pintada de colores vivos, que representa un animal imaginario.

jueves, 1 de febrero de 2007

Del viaje a la ficción

Los violines de Saint-Jacques. Una historia antillana
Patrick Leigh Fermor
Tusquets, Barcelona
Trad. de Silvia Barbero Marchena
168 pp. 14 €

Hay que celebrar que Tusquets edite Los violines de Saint-Jacques, pese a no ser una novela de altos vuelos, porque sirve de agradable puerta de entrada a la vida y los libros de Patrick Leigh Fermor, un autor tan fascinante como poco traducido al español. Nacido en Londres al año del inicio de la Gran Guerra, mitad inglés, mitad irlandés, su nombre y su obra van unidos, como los de William Somerset Maugham o D. H. Lawrence, al generador de literatura por excelencia: el viaje.
            Los violines de Saint-Jacques, publicado por primera vez en 1953, es precisamente el fruto de ficción de uno de sus periplos: el que le llevó por las Antillas a finales de los años cuarenta y que recogió con la puntualidad del buen cronista en su primer libro, titulado oportunamente The Traveller’s Tree (Londres, John Murray, 1950). En la novela, el narrador –inglés– conoce a una elegante pintora francesa, Berthe de Rennes, que vive retirada en Lesbos –no por casualidad, según vamos descubriendo su carácter–, y que acaba contándole los conflictos melodramáticos de los habitantes de la isla de Saint-Jacques, donde vivió en su juventud como institutriz de la familia Serindan, conflictos que tendrían un desenlace trágico e inesperado la noche del martes de carnaval.
            La historia, que va ganando intensidad conforme pasan las páginas, es sobre todo el vehículo para recrear el ambiente de las islas antillanas francesas a principios de siglo, un mundo dominado por decadentes aristócratas nostálgicos del Segundo Imperio, enfrentados a los funcionarios de la Tercera República, y mezclados con el color, calor y olor de los negros que llegaron de África como esclavos hasta el siglo xix: todo bajo la continua amenaza de erupciones volcánicas, terremotos y tifones. Leigh Fermor tiene la destreza narrativa de bosquejar un cuadro verosímil a partir de un argumento sencillo, mezclando datos históricos, relatos de los antillanos y experiencias vividas por él mismo.
            De hecho, un trabajo divertido y fructífero es leer la novela a la luz de The Traveller’s Tree, buscando en la crónica del viaje las claves que sugirieron la ficción. Así, puede descubrirse que la imaginaria isla de Saint-Jacques se inspira en la ciudad martinica de Saint-Pierre, cuyas fiestas de carnaval eran rememoradas por antiguos viajeros, como Lafcadio Hearn, y que fue destruida por completo en 1902 por la erupción del Mount Pelée. O que es cierto que La Deseada servía de confinamiento a los leprosos, y que entre el pueblo martinico se cuenta cómo un grupo de ellos escapó una noche de carnaval, se mezcló tras disfrazarse con la gente desprevenida y dejó su huella fatal en más de un caso. O que Beauséjour, el nombre de la mansión de los condes de Serindan, era una casa construida en las faldas del Mount Pelée cuyo ambiente impresionó tanto a Leigh Fermor que afirmó: «Aquella casa, aquellas luces y voces y flores y olores y sonidos, así lo sentí, me daban una oportunidad de comprender la atmósfera, el alcance y las costumbres de la vida criolla en las Antillas mejor que una biblioteca llena de memorias y crónicas»1. Por cierto, que entre todos los detalles que recuerda, destaca «la voz vivaz y el discurso ingenioso y civilizado» de su anfitriona, Madame de Lucy de Fossarieu. ¿El modelo para Berthe de Rennes? Es posible.
            Por lo demás, la novela puede disfrutarse por sí misma en un rato de domingo, y sin duda tiene momentos deliciosos, como la descripción de la mesa dispuesta para la fiesta, el detalle de los nombres grecolatinos de los sirvientes negros o, sobre todo, el apo­teosis del baile de máscaras, ese enjambre moviéndose sicalípticamente al son de los violines bajo las lámparas de cristal y los rugidos inexorables del volcán. Con respecto a la estructura, es admirable cómo, a pesar de ir anunciando la verdadera tragedia desde del principio –ya en la página 19: «sobre la ausencia del nombre de Saint-Jacques en los atlas [...] no hay por desgracia ningún misterio»–, Leigh Fermor consigue despistar al lector con las pequeñas disputas románticas de los habitantes de la isla, que no hacen sino contribuir a la idea final: la fragilidad de la vida humana y sus fútiles afanes.
            Cabe destacar también los retratos de los personajes, desde la temperamental Berthe, conductora del relato, hasta el encantador capitán Henri Joubert, pasando por la hermosa y consentida Joséphine, el trasnochado conde Agénor –con cuyo nombre completo se divierte el autor: Raoul-Agénor-Marie-Gaëtan de Serindan de la Charce-Fontenay– o el vulgar Marcel Sciocca. La empatía que demuestra Leigh-Fermor con cada uno de ellos, siendo cruel pero disculpando sus defectos, no impide que rocen el arquetipo. El hecho de estar tan bien perfilados los hace perfectamente dramatizables, y quizá fuera esa la razón por la cual Malcolm Williamson decidió convertir la novela en una ópera en 1966.
            El mejor Leigh Fermor reside tanto en las descripciones como en los retratos de los personajes o en el vitalista sentido del humor. Su cima como escritor llegaría con El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el agua (Península, 2001 y 2004, respectivamente), referentes declarados de escritores como su amigo Bruce Chatwin, cuyas cenizas –valga la pena mencionar– están esparcidas cerca de la casa de Patrick en el Peloponeso. Esos dos magníficos volúmenes recogen, a la manera de Robert Byron viajando por Afganistán, la travesía que hizo, ¡a pie!, desde Holanda a Estambul a los dieciocho años, recién ascendido Hitler al poder, recorriendo, sin saberlo entonces, un mundo a punto de extinguirse.
            Después de editar sus mejores notas de viaje en el libro Words of Mercury (Londres, John Murray, 2003), los seguidores de Leigh Fermor esperan que sus noventa y un años den de sí como para escribir el tercer volumen prometido tras Entre los bosques y el agua, y que incluiría la principal hazaña de su vida, la verdaderamente histórica: la liberación de la isla de Creta, entonces en manos de los nazis, por la que obtuvo una medalla en la Segunda Guerra Mundial y que llevó al cine el director Michael Powell en 1957 (Emboscada en la noche, con Dick Bogarde en el papel de Paddy Leigh Fermor).
            Si bien a los lectores más exigentes les parecerá demasiado leve, al menos por ser la mirada de su autor una de las más valiosas de su tiempo, sería una pena que esta novela pasara inadvertida entre las novedades editoriales.


(Publicado originalmente en Revista de Libros, núm. 122, febrero de 2007.)