Marcas un número de teléfono, y al otro lado, una mujer robótica empieza diciendo, amabilísima: "Hola, seguro que por razones a su propia voluntad [sic, con ese cinismo], le ha sido imposible abonar el último recibo de Telmex", para acabar amenazando, también amabilísima, con cortarte el servicio. Esto pasa a veces porque el recibo llega, por ejemplo, el día 27 con la obligación de pagarlo el 26, o porque como a mí, se traspapela un mes. Como en este país nadie se fía de la domiciliación bancaria, porque probablemente te acaban sisando dinero, a los pocos que la usan les acaban efectivamente sisando dinero, y el resto paga o en el banco o, cuando la señorita de marras aparece en el auricular, en las oficinas de Telmex.
Las oficinas de Telmex tienen el aire -aséptico, feroz- de una delegación de Hacienda, y en ellas hay mesas donde te venden "productos", mostradores para "informes" y cajas en las que pagar (unas diez, pero sólo tres funcionan).
"Buenos días, señor, disculpe una pregunta [el protocolo mexicano del saludo se mueve como mínimo entre estos parámetros de educación]: el jueves pagué mi recibo de febrero [el extraviado, pero eso no se lo dije], no me avisaron de que adeudara nada, y el viernes recibí el de marzo con la cantidad de febrero y la de marzo". Silencio al otro lado, mientras consulta en la computadora (ordenador). Me dice la cantidad: es sólo la de marzo. "¿Y por qué no me dijeron lo que debía la semana pasada, si incluso pregunté?". Y el señor: "Saaaabe" [quién sabe]. "Bueno, está bien, gracias". "A usted, señorita [título que la mujer conserva esté casada o tenga 80 años], que le vaya bien y tenga un bonito día".
Coda
El señor Carlos Slim, dueño del monopolio Telmex, el tercer hombre más rico del planeta.
martes, 20 de marzo de 2007
lunes, 19 de marzo de 2007
tríptico negro
He soñado que decapitaba a un tipo en una casa de la América profunda sólo porque había sido grosero conmigo (algo que ver con freír nopalitos, pero no recuerdo bien). Decido que lo mejor es deshacerme de él en el cubo de la basura: yo no soy de aquí y nadie lo conoce, quién se va a enterar. Alguien -no tiene un rostro reconocible- me recuerda que ya llevo dos asesinatos, y que puede que esta vez "se den cuenta". Agarro ese cadáver del que me habla -también sin cabeza-, y lo tiro al mismo cubo. Pero ya no es de noche, amanece a una velocidad inverosímil, y los vecinos y coches que pasan me miran. No tarda ni una hora en llegar la policía. Seguro que es pena de muerte. Me despierto sudando.
Al otro lado de la cama, también duermen nerviosos...
***
Ayer me dijeron que ver un zopilote es de mal agüero.
Vi un zopilote el domingo pasado a menos de tres metros de mí. De lejos parece un águila, pero a esa distancia, es un cuervo gigante con una cara minúscula de buitre. "¿Qué cara tendrías tú si comieras carne putrefacta?", pregunta alguien juicioso.
***
Se nubló el día. Y eso que empezó con un sol de 20 grados...
Al otro lado de la cama, también duermen nerviosos...
***
Ayer me dijeron que ver un zopilote es de mal agüero.
Vi un zopilote el domingo pasado a menos de tres metros de mí. De lejos parece un águila, pero a esa distancia, es un cuervo gigante con una cara minúscula de buitre. "¿Qué cara tendrías tú si comieras carne putrefacta?", pregunta alguien juicioso.
***
Se nubló el día. Y eso que empezó con un sol de 20 grados...
domingo, 18 de marzo de 2007
historias de ida y vuelta I
El padre de Julia llegó a México desde Utiel a principios de los años cuarenta, dejando en tierra valenciana a sus padres y hermanas. Aquí se casó con la madre de Julia, nacida mexicana, y prosperó, pero murió demasiado joven, con 47 años. Su esposa habló con las hermanas, a las que nunca conocería, y éstas le rogaron que jamás le contara a sus padres, ya ancianos: lo perdieron una vez, no resistirían una segunda. Sobrevivieron tres años más. Durante ese tiempo, la madre de Julia escribía a sus suegros como si fuera su marido, y, ahogando las lágrimas, leía las cartas dirigidas al hijo que vivía, feliz, en América.
sábado, 17 de marzo de 2007
Covadonga
A simple vista y si es temprano, parece la cafetería de un antiguo hogar del pensionista: amplio y diáfano como un salón de bodas, de techos altos y mobiliario de madera oscura barnizada, con viejos sentados fumando y componiendo la única música del local: un murmullo ruidoso que se eleva sobre los golpes de las fichas de dominó en la mesa. En una pared, una imitación mediocre y gigantesca de Los borrachos de Velázquez; en la otra, la cruz asturiana de la victoria, amarilla sobre fondo azul. "Covadonga". Un sitio tan mexicano no podía tener un nombre más español. La comida también hace honor a esta mezcla fundadora (del país): las croquetas se acompañan con salsa de chile; la tortilla, con jalapeños en escabeche; el pulpo a la gallega, con el doble de picante.
Ya a primeras horas de la noche se atisba la particularidad del sitio: en algunas mesas, aquí y allá, no son viejos los que juegan, beben y discuten, sino jóvenes (de una dilatada juventud que va de los 20 a los 50) ruidosos, cantores y parranderos, algunos de ellos cargados con cámaras y equipos de televisión. El Covadonga es el lugar de reunión de periodistas, escritores, editores y vividores varios, que van tomando el espacio poco a poco a partir de las diez de la noche. Aquí la intelectualidad no eligió un bar pequeño y ridículamente caro, donde pudieran sentirse lo snob que nunca serán, sino esto: un enorme antro perfectamente iluminado (esas luces blancas de neón que exacerban los estragos de la borrachera paulatina), lleno de humo, donde los camareros son señores de otro siglo a los que se les llama por su nombre y que pronto se aprenden el tuyo.
La primera vez que fui, me hipnotizó el ambiente: todos parecían conocerse, la gente se movía de una mesa a otra, las miradas furtivas volaban sobre habituales e inhabituales, el alcohol nublaba los sentidos. En una mesa cantaba el espontáneo de turno. Entre imitadores de Madonna y Frank Sinatra, me atreví a entonar un estribillo homenaje a la fusión de la que era testigo: "... que a mí no me duelen prendas de cantarte por rancheras, o por chotís o en zulú..." Aplausos, abrazos y risas. Reconciliación con la humanidad. Que se pare el planeta y me quiten lo bailao. Y una certeza física: este será uno de mis lugares en el mundo.
Ya a primeras horas de la noche se atisba la particularidad del sitio: en algunas mesas, aquí y allá, no son viejos los que juegan, beben y discuten, sino jóvenes (de una dilatada juventud que va de los 20 a los 50) ruidosos, cantores y parranderos, algunos de ellos cargados con cámaras y equipos de televisión. El Covadonga es el lugar de reunión de periodistas, escritores, editores y vividores varios, que van tomando el espacio poco a poco a partir de las diez de la noche. Aquí la intelectualidad no eligió un bar pequeño y ridículamente caro, donde pudieran sentirse lo snob que nunca serán, sino esto: un enorme antro perfectamente iluminado (esas luces blancas de neón que exacerban los estragos de la borrachera paulatina), lleno de humo, donde los camareros son señores de otro siglo a los que se les llama por su nombre y que pronto se aprenden el tuyo.
La primera vez que fui, me hipnotizó el ambiente: todos parecían conocerse, la gente se movía de una mesa a otra, las miradas furtivas volaban sobre habituales e inhabituales, el alcohol nublaba los sentidos. En una mesa cantaba el espontáneo de turno. Entre imitadores de Madonna y Frank Sinatra, me atreví a entonar un estribillo homenaje a la fusión de la que era testigo: "... que a mí no me duelen prendas de cantarte por rancheras, o por chotís o en zulú..." Aplausos, abrazos y risas. Reconciliación con la humanidad. Que se pare el planeta y me quiten lo bailao. Y una certeza física: este será uno de mis lugares en el mundo.
viernes, 16 de marzo de 2007
jueves, 1 de febrero de 2007
Del viaje a la ficción
Los
violines de Saint-Jacques. Una historia antillana
Patrick Leigh Fermor
Tusquets, Barcelona
Trad. de Silvia Barbero Marchena
168 pp. 14 €
Hay que celebrar que Tusquets edite Los violines de Saint-Jacques, pese a no
ser una novela de altos vuelos, porque sirve de agradable puerta de entrada a
la vida y los libros de Patrick Leigh Fermor, un autor tan fascinante como poco
traducido al español. Nacido en Londres al año del inicio de la Gran Guerra,
mitad inglés, mitad irlandés, su nombre y su obra van unidos, como los de
William Somerset Maugham o D. H. Lawrence, al generador de literatura por
excelencia: el viaje.
Los violines de Saint-Jacques, publicado
por primera vez en 1953, es precisamente el fruto de ficción de uno de sus
periplos: el que le llevó por las Antillas a finales de los años cuarenta y que
recogió con la puntualidad del buen cronista en su primer libro, titulado
oportunamente The Traveller’s Tree
(Londres, John Murray, 1950). En la novela, el narrador –inglés– conoce a una
elegante pintora francesa, Berthe de Rennes, que vive retirada en Lesbos –no
por casualidad, según vamos descubriendo su carácter–, y que acaba contándole
los conflictos melodramáticos de los habitantes de la isla de Saint-Jacques,
donde vivió en su juventud como institutriz de la familia Serindan, conflictos
que tendrían un desenlace trágico e inesperado la noche del martes de carnaval.
La
historia, que va ganando intensidad conforme pasan las páginas, es sobre todo
el vehículo para recrear el ambiente de las islas antillanas francesas a
principios de siglo, un mundo dominado por decadentes aristócratas nostálgicos
del Segundo Imperio, enfrentados a los funcionarios de la Tercera República, y
mezclados con el color, calor y olor de los negros que llegaron de África como
esclavos hasta el siglo xix: todo bajo la continua amenaza de erupciones
volcánicas, terremotos y tifones. Leigh Fermor tiene la destreza narrativa de
bosquejar un cuadro verosímil a partir de un argumento sencillo, mezclando
datos históricos, relatos de los antillanos y experiencias vividas por él mismo.
De
hecho, un trabajo divertido y fructífero es leer la novela a la luz de The Traveller’s Tree, buscando en la
crónica del viaje las claves que sugirieron la ficción. Así, puede descubrirse
que la imaginaria isla de Saint-Jacques se inspira en la ciudad martinica de
Saint-Pierre, cuyas fiestas de carnaval eran rememoradas por antiguos viajeros,
como Lafcadio Hearn, y que fue destruida por completo en 1902 por la erupción
del Mount Pelée. O que es cierto que La Deseada servía de confinamiento a los
leprosos, y que entre el pueblo martinico se cuenta cómo un grupo de ellos
escapó una noche de carnaval, se mezcló tras disfrazarse con la gente
desprevenida y dejó su huella fatal en más de un caso. O que Beauséjour, el
nombre de la mansión de los condes de Serindan, era una casa construida en las
faldas del Mount Pelée cuyo ambiente impresionó tanto a Leigh Fermor que
afirmó: «Aquella casa, aquellas luces y voces y flores y olores y sonidos, así
lo sentí, me daban una oportunidad de comprender la atmósfera, el alcance y las
costumbres de la vida criolla en las Antillas mejor que una biblioteca llena de
memorias y crónicas»1. Por cierto, que entre todos los detalles que recuerda,
destaca «la voz vivaz y el discurso ingenioso y civilizado» de su anfitriona,
Madame de Lucy de Fossarieu. ¿El modelo para Berthe de Rennes? Es posible.
Por
lo demás, la novela puede disfrutarse por sí misma en un rato de domingo, y sin
duda tiene momentos deliciosos, como la descripción de la mesa dispuesta para
la fiesta, el detalle de los nombres grecolatinos de los sirvientes negros o,
sobre todo, el apoteosis del baile de máscaras, ese enjambre moviéndose
sicalípticamente al son de los violines bajo las lámparas de cristal y los
rugidos inexorables del volcán. Con respecto a la estructura, es admirable
cómo, a pesar de ir anunciando la verdadera tragedia desde del principio –ya en
la página 19: «sobre la ausencia del nombre de Saint-Jacques en los atlas [...]
no hay por desgracia ningún misterio»–, Leigh Fermor consigue despistar al lector
con las pequeñas disputas románticas de los habitantes de la isla, que no hacen
sino contribuir a la idea final: la fragilidad de la vida humana y sus fútiles
afanes.
Cabe
destacar también los retratos de los personajes, desde la temperamental Berthe,
conductora del relato, hasta el encantador capitán Henri Joubert, pasando por
la hermosa y consentida Joséphine, el trasnochado conde Agénor –con cuyo nombre
completo se divierte el autor: Raoul-Agénor-Marie-Gaëtan de Serindan de la
Charce-Fontenay– o el vulgar Marcel Sciocca. La empatía que demuestra
Leigh-Fermor con cada uno de ellos, siendo cruel pero disculpando sus defectos,
no impide que rocen el arquetipo. El hecho de estar tan bien perfilados los
hace perfectamente dramatizables, y quizá fuera esa la razón por la cual
Malcolm Williamson decidió convertir la novela en una ópera en 1966.
El
mejor Leigh Fermor reside tanto en las descripciones como en los retratos de
los personajes o en el vitalista sentido del humor. Su cima como escritor
llegaría con El tiempo de los regalos
y Entre los bosques y el agua
(Península, 2001 y 2004, respectivamente), referentes declarados de escritores
como su amigo Bruce Chatwin, cuyas cenizas –valga la pena mencionar– están
esparcidas cerca de la casa de Patrick en el Peloponeso. Esos dos magníficos
volúmenes recogen, a la manera de Robert Byron viajando por Afganistán, la
travesía que hizo, ¡a pie!, desde Holanda a Estambul a los dieciocho años,
recién ascendido Hitler al poder, recorriendo, sin saberlo entonces, un mundo a
punto de extinguirse.
Después
de editar sus mejores notas de viaje en el libro Words of Mercury (Londres, John Murray, 2003), los seguidores de
Leigh Fermor esperan que sus noventa y un años den de sí como para escribir el
tercer volumen prometido tras Entre los
bosques y el agua, y que incluiría la principal hazaña de su vida, la
verdaderamente histórica: la liberación de la isla de Creta, entonces en manos
de los nazis, por la que obtuvo una medalla en la Segunda Guerra Mundial y que
llevó al cine el director Michael Powell en 1957 (Emboscada en la noche, con Dick Bogarde en el papel de Paddy Leigh
Fermor).
Si
bien a los lectores más exigentes les parecerá demasiado leve, al menos por ser
la mirada de su autor una de las más valiosas de su tiempo, sería una pena que
esta novela pasara inadvertida entre las novedades editoriales.
(Publicado originalmente en Revista
de Libros, núm. 122, febrero de 2007.)
Etiquetas:
Patrick Leigh Fermor,
reseñas,
Revista de Libros
miércoles, 31 de mayo de 2006
Entrevista con Martirio y Carmen París
¿Era posible que Martirio (Maribel
Quiñones, Huelva, 1954), pionera en España de la fusión entre folclore –andaluz
en su caso– y sonidos varios, nunca se hubiese juntado con Carmen París
(Gerona, 1966), que en el siglo XXI anda mezclando la jota aragonesa con lo que
se ponga por delante? Pues así era. Desde Chano Domínguez, quien les prestó la
maestría de su jazz –realizó con Martirio Coplas de
madrugá y Acoplados, y con París, Pa’ mi genio– a unos ojos
egipcios que miran verdes, ambas tienen tantas teclas en común que era
irresistible tocarlas para ver cómo sonaban juntas. La melodía resultante está
llena de gracia y de fuerza, como un estribillo de jota entonado por fandangos.
Martirio, define a Carmen. Carmen, define
a Martirio.
Martirio: Carmen, aparte de ser una mujer
muy valiente y muy fuerte, es un músico, en el mejor de los sentidos. La mujer
ya no es aquella muchacha mona que canta bien, sino que sabe tocar, hacer
arreglos, darle la vuelta a la tradición, espolear...
Carmen París: Martirio, una mujer
valiente, y pionera. Es una de mis referencias. Que ella existiera a mí me lo
puso más fácil. Las primeras que salieron pagaron los platos rotos.
M: Sobre todo cuando la gente que
tenía que apoyarte ni te entendía, y quería comprarte o convencerte. Para ellos
eras rara.
CP: Es que eres rara. La mujer en la
música que tiene claro su criterio es conflictiva, porque no la pueden moldear.
Yo me he dado cuenta al llegar a la industria discográfica: “es que sabes
demasiado”, me decían. Por mucho que hablemos de igualdad, si eres más que
intérprete, ocasionas infinidad de problemas. Todavía hoy, o sea que cuando Martirio
empezó, peor.
Maribel, llevas en la música casi lo que
la democracia. ¿En qué ha cambiado España musicalmente, para bien y para mal?
M: Desde el año 80, la música comercial
no tiene muchas diferencias. Sin embargo, si ahondas, hay muchísima gente
haciendo trabajos serios y que tiene más facilidad para darlo a conocer y para
presentarlo bien, más conocimientos musicales, y más exigencia.
Carmen, ¿cómo se explica que lleves desde
los 17 años en la música y hayas sacado tu primer disco hace apenas unos años?
CP: Tampoco yo había intentado entrar en
la industria antes. Durante mucho tiempo tuve complejo de inferioridad con
respecto a los músicos de Zaragoza. Me daba vergüenza enseñar mis
composiciones. Vivía haciendo el saltimbanqui y cantando en orquestas mientras
estaba en el conservatorio. De lo que me di cuenta teniendo parejas músicos era
que tenía que aprender lo más posible antes de enfrentarme a un proyecto
propio. Cuantas más cosas sepas del medio en que te mueves, menos dependes de
otras personas.
M: Eso no lo enseñan
en Operación Triunfo.
¿Cómo os ha afectado Operación
Triunfo?
M: Me afecta como a cualquiera, si la
gente piensa que un artista se hace en un cursillo. Con respecto al público en
general, que está viendo todo el tiempo un tipo de música nada más, y parece
que es lo único que existe, sí me afecta. En otros aspectos, no: me hace
gracia, piden una oportunidad los chavales, en fin...
CP: A mí me afectó durante un
tiempo, porque mi primer disco salió cuando el
primer boom de Operación Triunfo, y no tuve apenas repercusión.
Pero después sí tuve, y nosotras hacemos otra cosa que es totalmente diferente.
Para mí el mayor daño que ha hecho es que hay toda una generación que se cree
que la música es ser una estrella de la noche a la mañana, sin saber a costa de
qué. Porque lo que vale, cuesta; lo que te regalan, igual que te lo dan, te lo
quitan.
M: Y después ese dinero te lo gastas
en psicólogos.
¿Cuáles diríais que son los males de la
industria discográfica española? ¿De quién sería la culpa?
M: La industria discográfica
española está en crisis. Mucha culpa la puede tener la “manta”, otra culpa es
el precio tan caro que han llegado a tener los discos, algo que está
remitiendo. También, que nunca han apostado por el riesgo, siempre han ido a lo
seguro, y la gente que nos salíamos de esos canales hemos tenido que hacerlo
por nuestra cuenta.
CP: La crisis viene dándose desde
hace mucho, pero ahora está en un proceso degenerativo absoluto. Es un proceso
normal, cuando la música no es importante en la educación. Las artes deberían
formar parte de la educación del ser humano, independientemente de que vayas a
ser artista o no en el futuro. De esa manera, se tendría un público con
criterio. No se integra a la gente en la música, es el origen del asunto, y eso
ya lo puedes extender a todo. La música en directo se encuentra con muchas
trabas, los locales de música en directo tienen que luchar contra la
burocracia… Si tienes un circuito de locales donde se pueda tocar en directo,
tendrás más artistas que se formen y luego graben discos.
M: Porque entre otras cosas, la
música da mucho dinero. A los músicos nos da poco, pero la música en general da
mucho dinero.
¿Se puede vivir bien de la música?
M: Si tienes mucha honradez y no te dejas
comprar, se puede vivir. Bien, es muy difícil. La primera casa de mi vida la he
comprado con 50 años, con eso te lo digo todo.
CP: Yo con lo que gano de las actuaciones
y los derechos de autor, estoy mejor que en mi vida. O sea, de la música sí se
vive, pero tienes que llegar a un número de ventas, porque si no, nada.
¿Internet es bueno o es malo para los
creadores?
M: Es bueno, sin duda. Porque te enteras,
porque te comunicas, porque das a conocer, porque te llegan cosas que antes era
impensable. A mí me parece una ventana abierta maravillosa.
CP: Según cómo se use, puede ser bueno.
Me he dado cuenta de que si tuviera ordenador en casa, sería más independiente,
pero me resisto, porque forma parte del matrix.
¿Hasta dónde os daña la piratería por
internet?
M: Yo no he sido nunca un gran éxito, y
he cobrado siempre tan poquísimo de royalties, que no sé lo que es estar
en la “manta”.
CP: A mí sí me hace daño. La compañía, si
no llego a 50,000 discos, no me saca al extranjero, y yo sé que he vendido más
discos de la cifra oficial. Porque mucha gente en los conciertos viene y te lo
dice, tan tranquila: “lo tengo pirata”.
M: Lo que está claro es que más tarde o
más temprano se va a establecer un código que obligue a pagar a la gente que se
baje música...
CP: Internet es un soporte. Si se pagan
los casetes, el vinilo y los CD, ¿por qué ahora el soporte tiene que ser por la
cara?
M: La gente no está concienciada de que
hay un montón de trabajo detrás de la música...
CP: ¿Pero sabes por qué? Porque se ha
perdido el respeto al artista. Como salen ochocientos productos, que son unos
cantamañanas y se ponen de moda, la gente no puede estar todos los meses
gastando 18 euros por una canción que le guste. Porque los discos se han
convertido en una canción, y doce de relleno.
¿Cuál diríais que es el nombre clave del
comienzo de la fusión en España?
M: Para mí el nombre clave es el viaje.
Si es una persona, Paco de Lucía, Kiko Veneno, Smash, Muguruza, Mikel Gil,
María del Mar Bonet, Javier Ruibal... Pero la fusión no es una cosa que se
elija: es un fenómeno absolutamente lógico en la sociedad multicultural actual.
Defender la “pureza” no tiene sentido. Ahora mismo, estamos mezclándonos
constantemente, fundamentalmente por la emigración y los viajes, con lo cual la
música, que es la primera expresión, también se mezcla.
CP: Pues sí, el viaje. Y artistas,
Martirio, Ray Heredia, los Ketama, Pata Negra...
M: Y Paco de Lucía...
CP: Paco fue el que introdujo el cajón en
el flamenco...
M: Y fue el primero que metió el flamenco
con el jazz.
¿La fusión tiene límites?
CP: Yo no le veo ninguno. La música es el
lenguaje que mejor puede trascender. Los llamados estilos o géneros son
barreras mentales artificiales. La música era música en el principio de los
tiempos y en cada parte del planeta se fue desarrollando de manera distinta,
porque no había comunicaciones. Ahora que somos una aldea global, ese
movimiento vuelve otra vez a ser “una” música. Cuando me preguntan ¿tradición o
innovación?, contesto ¿por qué hay que poner la “o”? Hace falta gente que
mantenga la tradición para que la recordemos y gente que a partir de eso,
innove.
M: Tiene límites si no está bien hecha.
Sólo por ponerle una guitarra flamenca a un tema de hip-hop, no estás
haciendo fusión. Hay que tener mucho conocimiento para saber que dos tipos de
música fluyen con suavidad. Para que fluyan, tienen que tener unas bases o unos
compases parecidos. Cuando conoces el fondo, ya puedes meter un bolero por soleá
por bulerías con mucha tranquilidad, o los ritmos colombianos y el son por
tangos flamencos.
¿Cómo es vuestra relación con la
música latinoamericana?
CP: A mí me ha influenciado mucho la
música latinoamericana para entender cómo ha sido la ida y vuelta. Lo que hago
es dar otra vuelta más, pero esto ha estado sucediendo durante toda la
historia, música que va, que viene y que vuelve a ir.
M: La llegada de inmigrantes
latinoamericanos está enriqueciendo el panorama sobre todo en los grandes
festivales y en determinados circuitos culturales. Pero eso no me parece lo
mismo que lo que se escucha en algunas emisoras comerciales, canciones que aquí
ya no llevan, tipo baladas, que no han avanzado casi ni en los arreglos. Eso me
parece un poco caduco.
¿Cuál es el género musical más maleable?
M: El jazz. Y el flamenco.
CP: Yo diría que la jota, que es la
madre del cordero. Yo te meto una jota en cualquier sitio. Está en la copla, en
el chotis, en el flamenco, en la canción mexicana... Al fin y al cabo, la gente
que fue para América llevó los ritmos de aquí...
¿Cuántas veces os han reprochado que
desvirtuarais la tradición?
CP: En mi cara, pocas, pero por detrás...
Una vez el Heraldo de Aragón publicó una página entera de los joteros
de toda la vida: que se ponían enfermos cada vez que me veían, que la jota no
era así... Claro, es que no he dicho que sea así.
M: A mí, todas las veces que me he
encontrado con un intolerante. No tanto ahora, porque hace ya tiempo que la
gente comprendió que toda mi trasgresión nunca ha sido gratuita, que detrás ha
habido un gran trabajo de investigación, y siempre respetando la esencia, los
compases, lo que quiso decir el compositor y el autor... Cuando yo salí, la
copla estaba muy estancada, y sólo Carlos Cano y yo estábamos meneándola. No
solamente meneé la copla, sino fíjate cómo me vestía... Para la gente fue una
impresión muy grande, estaba contando demasiadas cosas. Entonces me dijeron de
todo, pero a la vez me salieron auténticos clubes de fans sin conocerlos,
porque satisfacía la necesidad de unir un montón de músicas que estaban
tontamente separadas. Musical, dramática y líricamente, la copla es
maravillosa, no tenía por qué tener ese “marchamo”.
Ese “marchamo” del franquismo.
Porque en el tratamiento injusto de la copla influyó el hecho de que el régimen
se hubiera apropiado del folclore para exportar una determinada idea de España,
¿no?
M: Sin duda. Fue un poco su banda sonora.
Había que despojarla de cualquier tipo de ideología. Eso sí, hay determinadas
letras que yo no canto, porque me parecen que no tienen que ver con la mujer
que quiere avanzar, o son cosas caducas o expresiones que no comparto.
CP: Lo mismo pasó con la jota, y con todo
el folclore. Hubo un rechazo posterior por identificarlo con el régimen. No en
vano fueron 40 años de machaque cultural. Al abrirse, la gente renegó de lo
propio porque lo identificaba con eso, cuando no tenía nada que ver. Durante la
transición, la gente empezó a darse cuenta de lo propio. A fin de cuentas, lo
que nos han vendido los anglosajones es la evolución de su música popular, ¿por
qué ha de ser mejor que la evolución de la nuestra?
¿Tiene sentido sentirse de un territorio
en un mundo cada vez más mestizo?
M: Tiene sentido total. Lo universal es
lo que está pegado a la raíz, y hay que echarle de comer y de beber para
florecer al mundo. Cuanto más tú seas, más universal eres. Eso dentro de una
absoluta búsqueda, ¿eh?, no por las buenas.
CP: Sí, tiene sentido, pero no como se
entienden los nacionalismos, afirmando la identidad rechazando al otro. Digamos
que la pertenencia a una parte concreta te da un matiz diferente, pero
encerrarse ahí me parece ir hacia atrás.
Carmen, te he leído que “la canción
protesta está caduca”. ¿A qué te refieres?
CP: A tal como la conocemos ahora. Para
protestar y quejarse sin proponer, yo no sirvo. Es muy fácil echar balones
fuera y no hacer autocrítica. El mundo es el reflejo de lo que somos, y la
mejor manera de cambiarlo es cambiarse uno primero. Por ejemplo, en las
manifestaciones contra la guerra [de Iraq], a mucha gente se le hinchaba la
vena, había una agresividad tremenda, y eso para mí no tiene ningún sentido.
M: La vena se les hinchaba también porque
estaban hartos de las injusticias que se estaban cometiendo, y había una
impotencia tan grande, que era comprensible la violencia, porque todo estaba
cogido por unas manos mucho más poderosas que las suyas, y la única voz que
tenían era la unión y protestar.
¿Qué causas merecen una canción?
Al unísono: Todas.
Maribel, ¿hay que seguir cantando a la
“maruja”?
M: Hay que seguir cantando a la mujer.
Queda mucho camino todavía. Las mujeres estamos consiguiendo muchísimas cosas,
pero todavía queda mucha víctima que aparcar. Hay que aceptarse muchísimo más,
buscar dentro de ti quién es tu diosa y tu mujer maravillosa, y no tener que
estar ni muy alta ni muy delgada ni muy rubia...
CP: Nos queda un camino muy largo.
Después del feminismo reaccionario y peleón, deberíamos plantearnos otra
estrategia. Para empezar, el lado femenino está herido en todas las mujeres. No
vamos a conseguir que el hombre sane su lado femenino hasta que no lo sanemos
nosotras, y hasta que no acabemos con el revanchismo. El mundo precisa el
equilibrio de los dos polos, masculino y femenino, no se trata de la hegemonía
del uno sobre el otro. Tenemos que sanar heridas que vienen de ancestros y
ganar nuestro poder: el de la intuición, el de la creación, el de los ciclos,
el de la vida... Hemos querido imitar a los hombres, en vez de alcanzar la
igualdad a través de nuestras condiciones. Todo es un proceso. Si hay pocas
mujeres que aspiren a puestos de poder, las pocas que hay, adoptan actitudes
masculinas, como Margaret Thatcher o Condoleeza Rice. Y tampoco hay solidaridad
entre nosotras, eso lo observo en el medio artístico. Por ejemplo, la relación
que tengo con Mercedes Ferrer no la puedo tener con cualquiera, porque se
marcan mucho las distancias y se ven a las otras como competidoras, cuando en
realidad es lo contrario. Yo considero que estamos lejísimos, porque mujeres en
el planeta que estemos tirando hacia la igualdad, somos el 10%, el resto es de
horror...
¿Todo es compatible o hay algún aspecto
de la vida que haya que sacrificar para poder dedicarse a esta profesión?
M: Para mí, lo primero es la música, es
lo que más felicidad me da. Es muy difícil que yo pueda encontrar a una persona
que me haga feliz mientras siga trabajando en esto. Conozco a muchísimos
músicos que tienen unas mujeres que les ayudan absolutamente, y cuando llegan a
su casa lo tienen todo arreglado, y encima tienen con quién dormir. Yo llego,
tengo que hacerlo todo y la cama está sola. Y cuando estoy muy, muy enamorada,
no hay trabajo. La diosa música es muy celosa, y con las mujeres, más. Se
tienen que dar muchos parámetros para que estas mujeres dedicadas al amor y a
estremecer, se puedan estremecer en su propia vida. Pero yo espero encontrarlo,
¿eh?, de verdad que sí.
CP: ¡Qué sabia es! Encontrar a un hombre
que comprenda la vocación, que no estés en casa cuando vuelva, que vayas a los
sitios y provoques admiración... es difícil. He tenido novios que lo han
llevado más o menos, pero al final te acabas dando cuenta que estaban haciendo
un esfuerzo grandísimo.
M: Y de alguna forma te pueden pedir que
elijas. Y a mí que no me pidan que elija, porque lo tengo clarísimo. No es ya
por vocación, es por misión: yo lo que tengo que hacer en la vida, lo estoy
haciendo. Cada vez que me salgo de ese camino, las cosas empiezan a salir mal.
¿La soledad es necesaria para cantar el
desamor con la emoción con la que lo cantáis vosotras?
M: Es necesaria para buscarse, para
encontrarse, para meditar, para poner las cosas en su sitio, para quitarte
tanto las excesivas penas como las excesivas coronas. Es necesaria para ser
mujer y hombre, para ser humano.
CP: Y para procesar el desamor.
¿Y es inevitable o se elige?
M: Yo la he elegido, lo cual no quiere
decir que no me suba por las paredes muchas veces. Me encantaría no estar sola,
pero si hay que elegir, lo prefiero. Porque ya sé estar sola: antes, cerraba la
puerta de mi casa y lo primero que hacía era coger el teléfono.
CP: Yo la elijo también. Considero mi
casa como una cueva, y no me gusta que venga gente. Ya tengo una vida demasiado
“para fuera” habitualmente.
Crearse un personaje es ¿inevitable,
recomendable, inútil?
CP: Puede ser una buena estrategia para
introducirse, para colocar el mensaje. En los primeros años de Martirio había
muchos personajes –de hecho había gente que era sólo personaje–. Yo no tengo
uno porque no me ha hecho falta. Sí tuve que soportar las rastas durante dos
años, porque mi pelo les parecía “normal” a los de la compañía; y no me las
podía quitar, porque sin ellas no me reconocían. Cuando saqué el segundo disco,
cuando la misión de romper ya estaba cumplida, volví a mi ser. Era necesario
dado que vivimos en una sociedad en la que se prima la imagen. Tienes que hacer
ese tipo de concesiones.
M: En mi caso, crearme un personaje fue
por gusto y por necesidad estética. A mí nadie me obligaba a ponerme peinetas
más grandes que yo, y tener que llamarme “La Calvario” porque se me estaba
cayendo el pelo. Era una cosa barroca total...
Con el tiempo, ¿más Maribel y menos
Martirio, más corazón y menos peineta?
M: No es ninguna más ni menos. Es verdad
que cada vez es menos lo que se cuenta con la imagen y más lo que se expresa
por dentro, pero siempre voy a procurar tener una imagen estupenda, porque me
encanta. Contar y cantar cosas importantes, si voy vestida de una manera mágica
y ritual, me sale mucho mejor.
Dadme una definición de frontera...
M: Una idea preciosa de mi hijo Raúl [su
guitarrista y miembro del grupo Son de la Frontera]: la frontera es un hilo que
si lo levantas, la tierra es la misma. Las fronteras se han hecho para separar
las hambres de cada uno, como dice la canción de Punto y Raya.
CP: Las únicas fronteras son las físicas,
como una montaña. Las fronteras son una creación económica y política,
fundamentalmente.
¿Qué canción cantaríais juntas?
M: Cualquiera de Javier Ruibal.
CP: Por ejemplo, que es un monstruo...
Yo hubiera dicho “Ojos verdes”...
M: Tampoco estaría mal, pero si hablamos
de lo que nos pone, a las dos nos pone Ruibal. ~
(Texto publicado originalmente en la
edición española de Letras Libres,
núm. 56, mayo de 2006)
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