Cuando tengan que acudir a la cama de un moribundo, no huyan. Sosténganle firme la mano, acaricien sus mejillas, cántenle boleros al oído. Díganle cuánto lo quieren, cuánto lo han querido, cuánto lo querrán. Enumérenle todo lo que de él han aprendido y prométanle que a alguien se lo enseñarán. Díganle nos vemos aquí, aquí dentro, por siempre, hasta que nos toque.
No se puede celebrar la vida si no se despide uno bien de los muertos.