miércoles, 9 de septiembre de 2009

Claudio Esteva Fabregat, antropólogo y pasajero del 'Sinaia'


“Yo no creo que un hombre se haga en la guerra”

El doctor Esteva Fabregat nació en noviembre del 18, y su biografía incluye la fundación de la primera Escuela de Antropología de España, en los sesenta, y una estrecha colaboración con Erich Fromm en los cincuenta. Triunfos para un perdedor de la guerra: había militado en las Juventudes Socialistas y luchado en el desgraciado frente de Aragón. Antes, fue juvenil del Barça por dos días: “Supimos del levantamiento el domingo 19 de julio, y yo había firmado la ficha de profesional el viernes anterior”. Después, lo esperaba el campo de concentración francés de Saint-Cyprien. De él salió con un pasaje en el Sinaia, el primer barco de refugiados españoles que llegó a Veracruz, hace setenta años. En México sentó las bases de su carrera académica. ¿Y la futbolística? “Que le cuente cómo lo llamaban en el equipo aficionado en el que jugó en Puebla”, insta Berta, su mujer. “El Filósofo”: siempre andaba hablando de clásicos griegos, o convenciendo a los árbitros con críticas a la razón práctica.

¿Cómo es que nació en Marsella?
Ahhh, porque mis padres fueron a visitar a un hermano de mi madre, y ella, entonces embarazada, había calculado mal. Pasó la cuarentena en Marsella conmigo y luego volvimos a Barcelona. Fui francés cuarenta días.

¿Qué imagen guarda de los dieciocho días de travesía en el Sinaia?
En el barco, por primera vez en algunos años disfruté la sensación de libertad, y puedo identificar la experiencia del viaje, comparada con la guerra y el campo de concentración, como unos días de reposo. Por otra parte, en aquel momento ya pensábamos en otras urgencias: saber todo lo posible sobre México. Cada día en el Sinaia se publicaba un boletín de información en ciclostil y se nos daban pláticas sobre el país. Por ser refugiados políticos, pedíamos información sobre la revolución mexicana. Yo no había leído mucho sobre el tema, pero había dos personajes que nos impresionaban especialmente: Pancho Villa y Emiliano Zapata.

¿A qué se refiere con “sensación de libertad”?
Bueno, fue un modo de entrar en comunicación con otras experiencias. La idea principal era olvidar. Todo.

¿Qué todo es ése que quería olvidar?
El hecho mismo de la guerra, algo que impresiona muchísimo.

¿Usted vio a gente morir?
Oh, claro que vi, muchos. Y estallar las granadas de las bombas en compañeros de la unidad militar. Lógicamente, si entrábamos en combate había muchas bajas.

¿No siente que los franceses traicionaron a la II República?
Yo creo que los franceses estaban también divididos en izquierdas y derechas. Su izquierda iba a ser también derrotada y cuando llegamos, la mayor parte de la gente nos repelía. Francia e Inglaterra nos abandonaron. No fue traición, propiamente: pensaban que si ganábamos nosotros, ganaba el comunismo.

Usted dijo que México le había marcado más que la guerra civil. ¿Tanto así?
Me refiero a que llegué a México con veinte años, y a esa edad no hay nadie que esté completo. Yo no creo que un hombre se haga en una guerra, sino antes o después. Y la principal experiencia formativa la tuve en México. Esto me hizo más mexicano que español en aquel momento.

Y hoy, ¿es más mexicano o más español?
No tendría sentido decir que soy más mexicano que español, porque soy una persona culturalmente mestiza, y uno tiene familia en los dos sitios. Puedo ir a España y sentirme bien, y al mismo tiempo sentir nostalgia de México.

Cuénteme, ¿por qué volvió a España en los años sesenta?
Porque las organizaciones políticas desde el interior de España nos reclamaban que volviéramos para ayudarlos a combatir al régimen. A los exiliados se nos acusaba de haber perdido la idea. En México se dio una división de pareceres entre los que triunfaban económicamente, que querían quedarse, y los que sentían la obligación moral de volver. Volvimos para influenciar, para contribuir a destruir la falsa información que se había dado sobre la República.

¿Cómo vio España en esos años?
Triste. Sobre todo Barcelona. Pero uno se preguntaba si la visión que tenía de España era diferente porque la estaba viendo veinte años después. Es decir, que esta imagen es muy relativa.

¿Cuándo regresó a México?
Hace siete años. Yo ya había cumplido mis compromisos en España, y compañeros míos de aquí me ofrecieron un lugar donde trabajar.

Cualquier otro, con 83 años, se hubiera retirado a una playa del Mediterráneo…
[Risas] No tanto, no tanto… Mire, hay maneras de ser. A mí me gusta estudiar, pensar, escribir, y las playas no me atraen mucho.

¿No cree que la historia del exilio en México sigue sin conocerse bien en España?
Es ahora, cuando la tercera generación desde la guerra civil ha accedido al gobierno –y me refiero al de Rodríguez Zapatero–, que se empieza a revivir lo que se llama la memoria histórica. Todavía, cuando se abren fosas de fusilados, hay muchos testigos del mismo pueblo, ya ancianos, que no quieren opinar porque tienen miedo. Cómo va a hablarse del exilio de México, si durante cuarenta años la gente ha estado perseguida. Ahorita, precisamente, recién empiezan a atreverse a contar. Naturalmente, cuando se habla de memoria histórica surgen todos los conservadores, que son muchos, y dicen que recuperar la memoria histórica es reproducir la idea de la guerra civil.

Bueno, dicen que las barbaridades durante la guerra se produjeron de ambos bandos, no sólo del vencedor.
Sí, y es verdad que hubo persecuciones del lado republicano, pero éstas eran reacciones al levantamiento militar. Hay que tener en cuenta que en el momento del golpe la mayor parte de las fuerzas armadas se sumó a él, dejando a la República sin fuerzas para reprimir los desmanes que se producían en la retaguardia.

No los estará justificando…
No, no: fueron movimientos de reacción, y no podían ser castigados por las autoridades republicanas porque habían quedado totalmente desarmadas. Hasta más o menos septiembre del 36 no se pudo recuperar un poco de orden en la retaguardia. Los que cometían desmanes lo hacían por su cuenta, mientras que el régimen franquista lo hacía por medio de leyes.

Volvamos a México. ¿Qué le sorprendió más al llegar?
Sobre todo, la manera de hablar: había muchas palabras cuyo significado no sabíamos y nos hacían albures cuando preguntábamos qué querían decir. Y también, la forma urbana, sobre todo el zócalo, primero de Veracruz y luego de la ciudad de México, donde me tocó ir cuando nos distribuyeron. Una vez en México, nos llevaron al Refugio, apartamentos que habían alquilado las autoridades de la República en el exilio.

¿Y ahí le dieron trabajo?
El trabajo se lo fue buscando cada uno por su cuenta. Entre tanto, nos daban un subsidio de un peso con cincuenta para cada soltero. Íbamos juntos cuatro o cinco a un chino de la calle Bolívar, entre El Salvador y Uruguay, donde daban una comida corrida por 65 centavos. ¡Todavía nos sobraba dinero!

¿Y cómo salió adelante?
En mi caso, junto con otros catalanes, fui al Orfeó Català, donde nos recibieron muy bien los antiguos residentes, y allí fue donde empezó a formarse “la red”: un viejo residente le daba empleo a un recién llegado, éste hacía correr la voz entre sus amigos y se ponía en marcha la bolsa del trabajo. Digamos que esta bolsa estaba basada en relaciones de grupo “étnico”: los catalanes por una parte, los vascos por otra, los gallegos por otra…

¿Los mexicanos cómo los veían?
En general, había una simpatía por nosotros. Pero sabíamos que la mayor parte de la oposición pedía al gobierno que nos expulsara del país por ser asesinos de monjas y todo tipo de barbaridades. Además había muchos gachupines –españoles que ya estaban aquí– partidarios de Franco que hicieron campaña contra nosotros.

Y de Erich Fromm, ¿qué aprendió?
Aparte de las enseñanzas académicas, aprendí a apartarme de toda teoría ortodoxa: habíamos llegado a la conclusión, a lo largo de muchas conversaciones privadas, de que el siglo XX era el de las matanzas múltiples por culpa de las ideologías. Y muy importante: aprendí a conversar de una manera menos apasionada, a usar la razón crítica no como instrumento de lucha, sino de persuasión.

Tiene usted 90 años. No se aburre uno de vivir…
Al contrario. Más bien quisiera vivir toda la vida, y esto no va a ser posible… Pero no, no tengo ningún problema; cuando me llegue el momento, creo que no me voy a enterar.~

(Publicado originalmente en el blog "Otras voces" de la revista Letras Libres, el 9 de septiembre de 2009.)

jueves, 3 de septiembre de 2009

Julieta Fierro, astrónoma

"Galileo se moriría de la risa de ver cómo el ser humano sigue queriendo ser el centro del universo"

El despacho de Julieta Fierro (ciudad de México, 1948) es una juguetería, sin metáforas: marionetas, peluches, teatritos, le sirven para divulgar apasionadamente la ciencia en escuelas, conferencias, televisión. Julieta Fierro es caleidoscópica: una es muchas. Científica de currículum brillante, maestra, académica de la lengua, animal mediático, ella se define como “una mujer que en la tercera edad hace lo que le gusta con libertad absoluta”. Julieta Fierro es, en fin, el año de la astronomía hecho vida (y me pide, insistente, que no le hable de usted).

Perdona, pero no te consideraría de la tercera edad...
Bueno, tengo 61 años. Ya tengo derecho a mi credencial del INSEN, que mis amigas quieren que saque porque me hacen descuento en todos lados, pero a mí me da pena. ¿Cómo no voy a pagar en el Metro?

¿No es insultante lo de tercera edad?
¡Para las mujeres es lo mejor! Lo que me da coraje es que nos dejen sin opciones. En las ratas han hecho experimentos que demuestran que después de criar hijos, las hembras se hacen más inteligentes.

¿Por qué a la gente le cuesta más creer en la ciencia que en historias como que Marte se verá como la Luna?
La gente busca certezas, por eso funcionan la lotería y los milagros, y como la seguridad no existe porque la vida es azarosa, prefiere los horóscopos –y qué bueno que los astrólogos cumplen con esa función social. Además, los científicos no hacemos suficiente divulgación. En realidad ése es el problema.

¿Los astrónomos creen en conquistar otros planetas?
Nunca van a decir que no porque se les acabaría el presupuesto. Y en que hay vida en Marte y en una luna de Júpiter, ¡claro! (Eso es más fácil, porque se han descubierto centenares de planetas extrasolares, incluso planetas que van por la vida sin estrella).

Y Plutón no es un planeta...
Se trata de un sistema quíntuple, precioso, porque es un mundo acuoso, pero pobre, no da la talla. Para tu tranquilidad, Cristina Pacheco, que se enfureció conmigo porque había votado por que no se considere un planeta, me dijo que escribiría un cuento donde Plutón se va a vivir a una estrella enanita donde todos son chiquitos y lo quieren.

¿Por qué fue el hombre a la Luna?
Por razones políticas; los gringos estaban asustadísimos de que los rusos ocuparan el espacio. En todas las misiones, sólo fue un científico.

Y no hay razón para volver.
Sí, claro, hay planeadas varias misiones, como estrellar un satélite sobre la parte polar para ver si hay agua.

Entonces volver es útil.
Bueno, la astronomía no busca la utilidad. Buscamos conocer, no que bajen los precios de las tortillas. Ahora, la ciencia acarrea tecnología. Dentro de poco, con que te midan el aliento, como ya hacen con los astronautas, van a saber si tienes la presión arterial alta o tus índices de colesterol.

¿Qué diría Galileo si viera que la Iglesia católica acepta su legado cuatro siglos después?
Oye, la Unión Astronómica Internacional hizo su lucha: fuimos al Vaticano, revisaron los archivos, ¡y hasta le hicieron una misa! Fue un triunfo, porque la Iglesia dejó claro que respeta la labor de la ciencia. Galileo estaría contento, de eso y de que su principio fuera rebasado por todos lados. Y se moriría de la risa de ver cómo el ser humano vuelve a lo mismo: siempre queremos ser el centro del universo.

¿Y qué diría de que sin embargo...?
“Y sin embargo se mueve”, justamente, es el título de un mambo que mandé hacer en honor de Galileo, que bailamos mis mamberas y yo en el Zócalo, en la Plaza de Tlatelolco, en las prepas...

De que sin embargo, la ciencia sigue teniéndose que explicar ante los fanatismos del mundo.
La gente vive con dos sistemas del mundo: el racional y el irracional. Es así.

¿Perderá la ciencia la batalla frente a la irracionalidad?
Ya la ha ganado: la ciencia fomenta la tecnología, y la tecnología fomenta la economía. Venimos de ser cazadores-recolectores: nos gusta agarrar todo lo que nos gusta.
Pero hay una contradicción terrible en muchos países donde la tecnología es punta y la religión, oscurantista.
            Como el mundo árabe –que tiene, en general, malos científicos. Cuando fui a defender la oscuridad de los cielos en las Naciones Unidas, los señores árabes se ponían un papel delante, para no verme. Cuando estuve en Jordania, propuse que las niñas vayan a la escuela, porque si la mamá no es lista y le pone retos al niño desde chiquito, éste nunca va a ser científico. Pero en el programa del congreso ni siquiera apareció mi nombre. Yo dormía en un cuarto aparte, en la universidad, con una señora que trajeron de Turquía a cuidarme. Y de regalo me trajeron una bandeja de plata con dos rollos de papel de baño.

¿Cómo piensas celebrar el año de la astronomía?
¡No he hecho otra cosa! He tratado de usar todos los recursos posibles para que a la gente le guste la ciencia con la excusa de hablar de Galileo.

Haz publicidad: hitos de la astronomía mexicana.
Contribuimos a proyectos internacionales, como el Gran Telescopio Canarias del Observatorio del Roque de los Muchachos, en España. La astronomía mexicana es famosa por el estudio de las nebulosas planetarias, y en cuanto a la evolución del universo, los mexicanos hemos hecho colaboraciones fundamentales. Somos buenos aunque poquitos.

Explícame el arte de mezclar un caracol con el diccionario de la RAE.
Imagínate el horror de tener que dar el discurso de entrada en la Academia de la Lengua ante todos esos poetas y escritores. ¿De qué podía hablar? Me había comprado en Japón un pañuelo que tenía un caracol, y por ahí me fui. Fíjate qué maravilla: al día siguiente, un señor que no sé ni cómo se llama me mandó este cuadro verde de un caracol.

¿Y vas a las reuniones de la Academia?
¡Por supuesto! No me las pierdo ni de chiste. Allá aprendí cómo usamos el español los mexicanos: el imperativo, sólo para ofender; el doble posesivo, “me duelen mis pies”, y el abuso de los diminutivos, “¿quiere que le demos su salsita con sus frijolitos?”

Ayer no quedamos porque tenías que ir a terapia. ¿No es el psicoanálisis incompatible con la ciencia?
Tratar de entender la existencia humana es importantísimo. ¿Por qué va a ser incompatible pensar? Sobre uno mismo, sobre la vida… ¿Llevamos una vida ética o no? Además hay que inventar una religión donde no se premie el sufrimiento y las mujeres no seamos subhumanas... Para eso se necesita pensar.

Esa nueva religión no sería la ciencia...
Es que la ciencia no persigue el código ético, sino entender.

¿Terminará la ciencia de explicar todo?
Hay teoremas matemáticos que demuestran que es imposible. Conocemos fragmentos de verdad, pero obviamente no todos, así que los científicos siempre tendrán trabajo.

(Publicado originalmente en el blog "Otras voces" de la revista Letras Libres, el 3 de septiembre de 2009.)

lunes, 24 de agosto de 2009

Balbina Flores, periodista

“El caso de un periodista asesinado debería ser noticia permanente”

A Juan Daniel Martínez Gil, conductor de noticieros de W Guerrero, lo mataron en Acapulco el 27 de julio. Fue el octavo periodista asesinado en México este año y el tercero en el mes de julio, cifra que coloca al país en la cabeza de los más peligrosos para ejercer el periodismo, a la altura de Pakistán e Iraq y sólo por detrás de Somalia y Filipinas, en la clasificación del International News and Safety Institute. Balbina Flores (Xicotepec de Juárez, Puebla, 1965), corresponsal de Reporteros Sin Fronteras en México desde 2001, sabe bien los nombres y apellidos tras los números desnudos, y comienza hablando del punto de partida de esta situación crítica.

El grado de violencia con la que se mata a los periodistas es terrible desde 2006, y desde entonces México no ha retrocedido del primer lugar de América Latina en relación a agresiones a la prensa. Fue un año trágico en el que se registraron diez asesinatos y por primera vez se superó a Colombia.

¿Por qué se mata a periodistas en México?
Porque son incómodos. No sólo para los poderes públicos, sino también para esos poderes fácticos que conforman el crimen organizado. Desde luego el poder público sigue estando en primer lugar.

¿En qué sentido?
La cifra mayor de agresiones hacia periodistas proviene de funcionarios, policías, y ahora, desde el ejército. A mayor presencia de elementos policíacos debería haber mayor seguridad, pero no es así.

Viendo los lugares de ejercicio de los periodistas asesinados se podría pensar que los culpables se encuentran dentro del crimen organizado. ¿Se les puede poner cara a los agresores de los periodistas?
Sí, de algunos incluso tenemos nombre y apellidos. Gran parte de estos agresores son comandantes, policías, elementos del ejército. Son datos sustentados, que también han registrado otras organizaciones como el Centro de Periodismo y Ética Pública. En otros casos ha quedado claro que es el narcotráfico, como en el de Eliseo Barrón, cuyos presuntos autores materiales han sido detenidos. El autor intelectual en la gran mayoría de los casos no se termina de conocer.

Has denunciado la gravedad de la autocensura que genera esta situación.
Un periodista de Tamaulipas decía que la autocensura es peor que estar muerto. Cualquier agresión a un periodista tiene un impacto enorme en sus colegas. La advertencia es directa: “si sigues publicando esto, te puede pasar lo que le pasó a Eliseo o a Juan Daniel”. Sabemos de colegas que han decidido no seguir publicando más sobre el narcotráfico, o incluso, algunos, no seguir en el periodismo.

¿Y por qué no produce más escándalo?
Por una parte, son responsables los propios medios, que sólo convierten en noticia a los periodistas cuando algo así ocurre –y el caso de un periodista asesinado debería ser noticia permanente: siempre debería aparecer en las páginas de los diarios como un asunto no resuelto. Pero por otra parte, las autoridades federales no le han dado la suficiente importancia a estos casos, porque entienden que forman parte de la lucha contra el narcotráfico. Los consideran un número más en esta guerra.

¿No proponen ninguna medida?
Sabemos que Gobernación tiene la intención de armar un proyecto de protección a periodistas, pero no hay nada concreto. Nosotros proponemos la federalización de los delitos contra periodistas, pero sabemos que eso no va a resolver el problema. Se necesita un proyecto integral que incluya prevención, investigación, un marco jurídico adecuado y recursos materiales suficientes. Y sobre todo, hace falta voluntad.

¿Crees que tiene que ver con el hecho de que los periodistas asesinados no son de la capital? ¿No se agilizaría la justicia si fuera así?
Si mataran a periodistas de la capital tendría un mayor impacto: ojalá no ocurra. Pero creo que el asunto tiene que ver con otros factores. Hay ejemplos, como el de Eliseo Barrón [reportero de La Opinión Milenio en Torreón] o el de Amado Ramírez [corresponsal de Televisa en Acapulco], cuyos medios han tomado la iniciativa de presionar a la autoridad, y han tenido tanto impacto que los presuntos autores materiales han sido detenidos. Ahora, hay muchísimos más casos en los que no ocurre esto, es más, se han olvidado totalmente: hay ocho periodistas desaparecidos en este país y nadie habla de ellos.

Ponles nombre.
[De memoria] Jesús Mejía Lechuga, reportero de la emisora MS-Noticias en Martínez de la Torre, Veracruz; el joven periodista Alfredo Jiménez Mota, reportero de El Imparcial, en Hermosillo, Sonora; Rafael Martínez, reportero del periódico Zócalo, de Monclova; el reportero de Tabasco Hoy Rodolfo Rincón Taracena; José Antonio García Apac, director del periódico local Ecos de la Cuenca de Tepalcatepec, Michoacán, y el más reciente, Mauricio Estrada, de La Opinión de Apatzingán. Dos casos más son Gamaliel López Candanosa y Gerardo Paredes, reportero y camarógrafo, respectivamente, de TV Azteca en Monterrey.

¿Y dónde están los responsables?
No sólo en el narcotráfico, sino en redes delincuenciales locales. Rodolfo Rincón, por ejemplo, publicaba acerca de una red de extorsión en la zona de Tabasco antes de desaparecer.

¿Y qué hay de los periodistas supuestamente metidos en las redes del narcotráfico?
No tenemos nombres y apellidos de reporteros involucrados, pero sabemos que los hay. Lo que sí nos parece grave es que cuando se mata a un periodista, ésta sea una de las líneas que se empieza a difundir. Las dependencias públicas tienen que ser muy cuidadosas y responsables en estos casos, no adelantar conclusiones. Y los mismos periodistas también, porque finalmente reproducen esas declaraciones. De lo contrario se generan dudas infundadas.

¿Qué caso te ha impactado más?
Todos, hasta el último, pero siempre recuerdo el caso de Roberto Mora García, director editorial del periódico El Mañana, asesinado el 19 de marzo de 2004 en Tamaulipas. A puñaladas, a la entrada de su domicilio, cuando llegaba del periódico. Detuvieron a dos personas, una pareja de homosexuales, y se hizo aparentar el asunto como un caso pasional. Y descubrimos que no lo mataron por ser homosexual, sino por el ejercicio de su trabajo, porque estaba investigando algo que ya no pudo publicar, y lo podemos decir con pruebas: los vínculos de una autoridad –creo que un comandante–, con el crimen organizado.

¿Qué medidas concretas proponen ustedes para proteger a los periodistas?
Antes que nada, los periodistas debemos tomar muy en serio las amenazas. Gran parte de los periodistas asesinados habían sido amenazados previamente. No podemos ignorar ninguna llamada, ningún anónimo, aunque nos acusen de paranoicos, vengan de donde vengan, y hay que denunciarlo ante la autoridad.

¿Están esos periodistas de estados peligrosos condenados a callar o a ser héroes?
No creo que los colegas asesinados pensaran en ser siquiera tema de discusión. Los periodistas no investigamos o publicamos ciertas cosas para ser héroes. No somos ni queremos serlo.~


(Publicado originalmente en el blog "Otras voces" de la revista Letras Libres, el 24 de agosto de 2009.)

viernes, 31 de julio de 2009

mis muertos

Entonces no los vi. Era el verano de 2003 y a mí me había dado por perderme. Tanto y tan lejos, que no pude ni despedirme de ellos. Un 30 de julio como ayer murió mi abuelo Francisco Santos Álvarez, Paco el Calvo para los vecinos de Las Colonias. Este mes cambiaban sus restos al nicho de mi abuela, Francisca Olea Gallardo, haciendo justicia al hecho de que ella lo siguiera tan sólo cuarenta y cuatro días después, cuando nada instaba a sospecharlo.

Por supuesto mi madre intentó disuadirme de ir al cementerio, en mi estado, un muerto, una cosa tan desagradable que a lo mejor no se me olvidaba en la vida. Como pasa siempre con los padres, los temores que me presuponía no eran sino los suyos propios.

Cuando abrieron la caja, el viento me trajo a la cara su polvo. No me asomé, bien es cierto. No lo creí oportuno: a él no le hubiera gustado. En su lugar, sentada en un escalón, lo vi en escorzo desde atrás, como un Cristo de Mantegna al revés, y lo que vi fue la misma calva de siempre, la cabeza perfecta a la que me sostenía de chica cuando me cargaba a hombros.

Y me sentí tan extrañamente en paz...

Me di cuenta de que uno tiene que ver a sus muertos, despedirse en condiciones, hacerles ese honor. Decirles: lo que tú me enseñaste aquí lo llevo, gracias, yo a mi vez lo enseñaré, y un poco vivirás en mis hijos, y en los hijos de mis hijos, y en los hijos de los hijos de mis hijos. Hasta que el cambio climático, un misil de Corea del Norte o el simple devenir del planeta nos mande a todos a tomar por saco, amén.

sábado, 25 de julio de 2009

parte meteorológico del día de Santiago

¿Olas? ¿35 grados a la sombra? ¿Gazpachito refrescante? ¿Una caña al atardecer? ¿Dormir sin sábanas? Eso era antes. Eso era allí.

Lluvia y nubosidad firme. 18 grados con sensación térmica de 10 (por el jet-lag climático). 82% de humedad. La calle vacía.

He vuelto.

Snif.

jueves, 16 de julio de 2009

tetas (oda)

A mi RCG

En México no hay tetas. Al aire, quiero decir. Por eso a los mexicanos les encantan las playas españolas, donde conviven de la manera más natural familias con nevera, abuelas de gorrito, bebés desnudos y pechos morenos encarándose al sol.

Yo de joven era demasiado pudorosa para ponerme de tal guisa, pero ya no tengo vergüenza. Me arrepiento de no haberla perdido antes, la verdad, cuando mis pezones eran gloriosa y legendariamente conocidos como prensiles. Ahora los veo agachando preocupantemente la cabeza, mientras se va inflando mes a mes la carne alrededor. Sigue funcionando el baño salado, eso sí, para rizar las aureolas y ponerlas contentas. Y bueno, siempre quedará algún chaval brutote con perrito que ignorando la barriga creciente un poco más abajo, diga sobre mis turgentes triángulos turquesa: "ezo, hiha, azule güenah, eh lo que ze lleva".

lunes, 13 de julio de 2009

trenes, in memoriam

En México no hay trenes de pasajeros, a excepción del nuevo cercanías que une el D.F. con el Estado de México, el turístico que recorre la Barranca del Cobre en Chihuahua y el folclórico que lleva desde Guadalajara a una hacienda tequilera en Amatitán, Jalisco. O sea, no existe. Porque no existe como transporte público, como esa red de arterias vitales que se usa hasta en la India, que vertebra un país limpia y civilizadamente.

Confieso que no tengo muy claro por qué se dejó morir al tren en México, en una lentísima agonía desde 1910 hasta nuestros días. Sé que Porfirio Díaz, gran entusiasta del progreso, impulsó la construcción masiva de vías, la cual había iniciado en la época imperial de Maximiliano (justo el año en que empezó la construcción de la primera línea española, de La Habana a Güines), que los ejércitos revolucionarios se transportaban a mansalva y con gran provecho en vagones y que después de la revolución -ay, Edmund Burke-, todo fue decadencia.

Pienso en estas cositas después de haber ido y venido en un mismo día de Madrid a Barcelona en AVE. Poco más de dos horas y media de centro a centro. Nada de taxis ni facturaciones. El paisaje herido de grietas de Aragón a trescientos kilómetros por hora. El sueño que arrebata al cuerpo sin cinturón de seguridad. No hay azafatas que molesten ni carreteras que vigilar. Las vías. La felicidad.