Sala de espera de un doctor en Médica Sur, complejo hospitalario donde los edificios parecen hoteles de lujo. Sobre las 18:00. Un señor alto, de unos setenta años, se acerca a la ventanilla de la enfermera:
"Buenas tardes"
Un buenas tardes sin eses ni separación ni ortodoxia, por donde se cuela un acento andaluz más que sin disimulo, con presunción. Y rellena algún papel, que devuelve a la señorita: "Tome, pa que centretenga". La curiosidad me muerde una espinilla:
- Perdone, ¿de qué parte de Andalucía es usted?
- ¿Yo?, de Málaga [a final, casi e] ¿Por qué? [e final, casi a]
- Me llamó la atención su acento: yo soy de Huelva.
- ¿De Huerva? Calegría encotrarme arguien de la tierra.
- ¿Lleva mucho en México?
- [Va a decir algo, calla por un momento, me mira pícaro] Ná má que cecentayún año.
- [Hago cuentas, un segundo] ¡En 1946! ¡Si parece que salió ayer de La Malagueta! No se le ha pegado nada el acento.
- ¿A mí? A mí no ce me pega ná. Ni la tortilla: no cé ni comermun taco.
Lo que es salir de una patria por obligación... Este hombre (Esteban se llama) vive en un lugar que no existe: su España es una joya idealizada por el tiempo y la distancia, y su México, una mesa en el Casino Español donde se atrincheran los últimos andaluces del exilio.
"Está mal de la cabeza", sentencia RCG. Estoy bastante de acuerdo.
jueves, 22 de marzo de 2007
miércoles, 21 de marzo de 2007
primavera
AQUÍ
No se aguanta la manga larga. 27ºC y aire seco. Luz violeta jacarandá, fucsia buganvilia, y verde, increíblemente verde (raíces constríctor rompen las aceras). Y qué placer pasear en la noche primaveral del altiplano...
ALLÍ
Cinco comunidades del norte del país siguen en alerta a causa del temporal de nieve. Carreteras cortadas, colegios cerrados, pueblos aislados. Cota de nieve en los 300 metros. Y qué frío del Hades tendrán que abrigar las aceras de Madrid...
TÍTULO DE LA CANCIÓN
Mi cambio climático
No se aguanta la manga larga. 27ºC y aire seco. Luz violeta jacarandá, fucsia buganvilia, y verde, increíblemente verde (raíces constríctor rompen las aceras). Y qué placer pasear en la noche primaveral del altiplano...
ALLÍ
Cinco comunidades del norte del país siguen en alerta a causa del temporal de nieve. Carreteras cortadas, colegios cerrados, pueblos aislados. Cota de nieve en los 300 metros. Y qué frío del Hades tendrán que abrigar las aceras de Madrid...
TÍTULO DE LA CANCIÓN
Mi cambio climático
martes, 20 de marzo de 2007
teléfonos de México
Marcas un número de teléfono, y al otro lado, una mujer robótica empieza diciendo, amabilísima: "Hola, seguro que por razones a su propia voluntad [sic, con ese cinismo], le ha sido imposible abonar el último recibo de Telmex", para acabar amenazando, también amabilísima, con cortarte el servicio. Esto pasa a veces porque el recibo llega, por ejemplo, el día 27 con la obligación de pagarlo el 26, o porque como a mí, se traspapela un mes. Como en este país nadie se fía de la domiciliación bancaria, porque probablemente te acaban sisando dinero, a los pocos que la usan les acaban efectivamente sisando dinero, y el resto paga o en el banco o, cuando la señorita de marras aparece en el auricular, en las oficinas de Telmex.
Las oficinas de Telmex tienen el aire -aséptico, feroz- de una delegación de Hacienda, y en ellas hay mesas donde te venden "productos", mostradores para "informes" y cajas en las que pagar (unas diez, pero sólo tres funcionan).
"Buenos días, señor, disculpe una pregunta [el protocolo mexicano del saludo se mueve como mínimo entre estos parámetros de educación]: el jueves pagué mi recibo de febrero [el extraviado, pero eso no se lo dije], no me avisaron de que adeudara nada, y el viernes recibí el de marzo con la cantidad de febrero y la de marzo". Silencio al otro lado, mientras consulta en la computadora (ordenador). Me dice la cantidad: es sólo la de marzo. "¿Y por qué no me dijeron lo que debía la semana pasada, si incluso pregunté?". Y el señor: "Saaaabe" [quién sabe]. "Bueno, está bien, gracias". "A usted, señorita [título que la mujer conserva esté casada o tenga 80 años], que le vaya bien y tenga un bonito día".
Coda
El señor Carlos Slim, dueño del monopolio Telmex, el tercer hombre más rico del planeta.
Las oficinas de Telmex tienen el aire -aséptico, feroz- de una delegación de Hacienda, y en ellas hay mesas donde te venden "productos", mostradores para "informes" y cajas en las que pagar (unas diez, pero sólo tres funcionan).
"Buenos días, señor, disculpe una pregunta [el protocolo mexicano del saludo se mueve como mínimo entre estos parámetros de educación]: el jueves pagué mi recibo de febrero [el extraviado, pero eso no se lo dije], no me avisaron de que adeudara nada, y el viernes recibí el de marzo con la cantidad de febrero y la de marzo". Silencio al otro lado, mientras consulta en la computadora (ordenador). Me dice la cantidad: es sólo la de marzo. "¿Y por qué no me dijeron lo que debía la semana pasada, si incluso pregunté?". Y el señor: "Saaaabe" [quién sabe]. "Bueno, está bien, gracias". "A usted, señorita [título que la mujer conserva esté casada o tenga 80 años], que le vaya bien y tenga un bonito día".
Coda
El señor Carlos Slim, dueño del monopolio Telmex, el tercer hombre más rico del planeta.
lunes, 19 de marzo de 2007
tríptico negro
He soñado que decapitaba a un tipo en una casa de la América profunda sólo porque había sido grosero conmigo (algo que ver con freír nopalitos, pero no recuerdo bien). Decido que lo mejor es deshacerme de él en el cubo de la basura: yo no soy de aquí y nadie lo conoce, quién se va a enterar. Alguien -no tiene un rostro reconocible- me recuerda que ya llevo dos asesinatos, y que puede que esta vez "se den cuenta". Agarro ese cadáver del que me habla -también sin cabeza-, y lo tiro al mismo cubo. Pero ya no es de noche, amanece a una velocidad inverosímil, y los vecinos y coches que pasan me miran. No tarda ni una hora en llegar la policía. Seguro que es pena de muerte. Me despierto sudando.
Al otro lado de la cama, también duermen nerviosos...
***
Ayer me dijeron que ver un zopilote es de mal agüero.
Vi un zopilote el domingo pasado a menos de tres metros de mí. De lejos parece un águila, pero a esa distancia, es un cuervo gigante con una cara minúscula de buitre. "¿Qué cara tendrías tú si comieras carne putrefacta?", pregunta alguien juicioso.
***
Se nubló el día. Y eso que empezó con un sol de 20 grados...
Al otro lado de la cama, también duermen nerviosos...
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Ayer me dijeron que ver un zopilote es de mal agüero.
Vi un zopilote el domingo pasado a menos de tres metros de mí. De lejos parece un águila, pero a esa distancia, es un cuervo gigante con una cara minúscula de buitre. "¿Qué cara tendrías tú si comieras carne putrefacta?", pregunta alguien juicioso.
***
Se nubló el día. Y eso que empezó con un sol de 20 grados...
domingo, 18 de marzo de 2007
historias de ida y vuelta I
El padre de Julia llegó a México desde Utiel a principios de los años cuarenta, dejando en tierra valenciana a sus padres y hermanas. Aquí se casó con la madre de Julia, nacida mexicana, y prosperó, pero murió demasiado joven, con 47 años. Su esposa habló con las hermanas, a las que nunca conocería, y éstas le rogaron que jamás le contara a sus padres, ya ancianos: lo perdieron una vez, no resistirían una segunda. Sobrevivieron tres años más. Durante ese tiempo, la madre de Julia escribía a sus suegros como si fuera su marido, y, ahogando las lágrimas, leía las cartas dirigidas al hijo que vivía, feliz, en América.
sábado, 17 de marzo de 2007
Covadonga
A simple vista y si es temprano, parece la cafetería de un antiguo hogar del pensionista: amplio y diáfano como un salón de bodas, de techos altos y mobiliario de madera oscura barnizada, con viejos sentados fumando y componiendo la única música del local: un murmullo ruidoso que se eleva sobre los golpes de las fichas de dominó en la mesa. En una pared, una imitación mediocre y gigantesca de Los borrachos de Velázquez; en la otra, la cruz asturiana de la victoria, amarilla sobre fondo azul. "Covadonga". Un sitio tan mexicano no podía tener un nombre más español. La comida también hace honor a esta mezcla fundadora (del país): las croquetas se acompañan con salsa de chile; la tortilla, con jalapeños en escabeche; el pulpo a la gallega, con el doble de picante.
Ya a primeras horas de la noche se atisba la particularidad del sitio: en algunas mesas, aquí y allá, no son viejos los que juegan, beben y discuten, sino jóvenes (de una dilatada juventud que va de los 20 a los 50) ruidosos, cantores y parranderos, algunos de ellos cargados con cámaras y equipos de televisión. El Covadonga es el lugar de reunión de periodistas, escritores, editores y vividores varios, que van tomando el espacio poco a poco a partir de las diez de la noche. Aquí la intelectualidad no eligió un bar pequeño y ridículamente caro, donde pudieran sentirse lo snob que nunca serán, sino esto: un enorme antro perfectamente iluminado (esas luces blancas de neón que exacerban los estragos de la borrachera paulatina), lleno de humo, donde los camareros son señores de otro siglo a los que se les llama por su nombre y que pronto se aprenden el tuyo.
La primera vez que fui, me hipnotizó el ambiente: todos parecían conocerse, la gente se movía de una mesa a otra, las miradas furtivas volaban sobre habituales e inhabituales, el alcohol nublaba los sentidos. En una mesa cantaba el espontáneo de turno. Entre imitadores de Madonna y Frank Sinatra, me atreví a entonar un estribillo homenaje a la fusión de la que era testigo: "... que a mí no me duelen prendas de cantarte por rancheras, o por chotís o en zulú..." Aplausos, abrazos y risas. Reconciliación con la humanidad. Que se pare el planeta y me quiten lo bailao. Y una certeza física: este será uno de mis lugares en el mundo.
Ya a primeras horas de la noche se atisba la particularidad del sitio: en algunas mesas, aquí y allá, no son viejos los que juegan, beben y discuten, sino jóvenes (de una dilatada juventud que va de los 20 a los 50) ruidosos, cantores y parranderos, algunos de ellos cargados con cámaras y equipos de televisión. El Covadonga es el lugar de reunión de periodistas, escritores, editores y vividores varios, que van tomando el espacio poco a poco a partir de las diez de la noche. Aquí la intelectualidad no eligió un bar pequeño y ridículamente caro, donde pudieran sentirse lo snob que nunca serán, sino esto: un enorme antro perfectamente iluminado (esas luces blancas de neón que exacerban los estragos de la borrachera paulatina), lleno de humo, donde los camareros son señores de otro siglo a los que se les llama por su nombre y que pronto se aprenden el tuyo.
La primera vez que fui, me hipnotizó el ambiente: todos parecían conocerse, la gente se movía de una mesa a otra, las miradas furtivas volaban sobre habituales e inhabituales, el alcohol nublaba los sentidos. En una mesa cantaba el espontáneo de turno. Entre imitadores de Madonna y Frank Sinatra, me atreví a entonar un estribillo homenaje a la fusión de la que era testigo: "... que a mí no me duelen prendas de cantarte por rancheras, o por chotís o en zulú..." Aplausos, abrazos y risas. Reconciliación con la humanidad. Que se pare el planeta y me quiten lo bailao. Y una certeza física: este será uno de mis lugares en el mundo.
viernes, 16 de marzo de 2007
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