lunes, 5 de enero de 2026

noche de Reyes

A los cinco años, mi vecina Sonia, que tenía once, me dijo que los Reyes Magos no existían y que sabía dónde mi madre había guardado mis regalos. "En casa de la Ani" (la vecina más moderna del bloque, la primera divorciada que conocíamos en la vida, donde Sonia, cuyos padres trabajaban todo el día, pasaba mucho tiempo). Efectivamente, ahí, en el armario del pasillo de su casa, estaba lo que había pedido (y cosas que no y que pensé que eran para mí, pero en realidad eran los Reyes de mi prima Mercedes y los de mi vecino Iván). Corriendo, se lo dije a mi madre. "¿Quién te ha dicho eso?". "La Sonia". He pensado mucho en esto, porque lo que puede parecer chivatería no es tal –líbrenme los dioses–, sino un desgraciado afán que me ha perseguido siempre de presumir que la información viene a mí y que está en mi poder. No sé cuánto tiempo pasó; en mi recuerdo fue algo inmediato, pero está claro que hubo tiempo de hacer las llamadas oportunas y arreglar el asunto. "¿Y dónde dices que están los regalos? Enséñamelos", me dijo mi madre. Y allí que la llevé, al armario del pasillo de la casa de Ani. "A ver, ábrelo". Y lo abrí. Y allí no había nada. "¿Ves? Pues lo mismo al enterarse los Reyes de que los viste, ya no te los va a traer", o algo así me dijo, que me dejó un poco compungida.

Recuerdo hablar con mi madre sobre todo tipo de hipótesis: "¿Qué habrá pasado, mamá?". Ella: "Que imaginaste que lo viste pero no". Yo: "No, porque sí los vi. ¿Será que los Reyes se los llevaron a guardar a otro sitio para que no abriera los regalos antes de tiempo?". "Pues lo mismo sí". Y así, elegí seguir creyendo en los Reyes, aunque en mi fuero interno sabía que era verdad lo que habían visto mis ojos, sabía que Sonia tenía razón. Esto pasa durante toda la vida, no solo en la infancia.

Más que el día 6 –apertura de regalos, culminación del deseo, principio instantáneo del aburrimiento–, yo prefería el 5. Pasábamos la tarde en casa de mis abuelos, porque su balcón –un balcón bien grande tenían los pisos de la vieja fábrica de harina; mi abuelo tenía ahí su tallercito de carpintería– daba a la avenida Cristóbal Colón, por donde pasaba la cabalgata. A mí no me dejaban bajar, por si me pisaban, pero mi abuelo o mi padre atrapaban caramelos por mí. Comíamos roscón, al calor del brasero de la mesa camilla, y tomábamos colacao (siempre con grumos). Se hacía de noche temprano, pero todo era pura emoción. La calle olía a cohetes y a castañas asadas.

La última vez que visité el barrio, vi a unos chinos en ese balcón y de alguna manera me pareció lo más normal del mundo. Los migrantes han ganado espacio en aquel barrio medio gitano donde fui tan feliz.

Hoy nevó y el día 5 volvió a ser extraordinario.


 

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