jueves, 17 de diciembre de 2015

cinco años

Hace cinco años, a esta hora en la que escribo, mi hermana acababa de venir a buscarme a casa de mis padres, donde viví desde los 16 a los 24 años. Nada más salir, en la calle del Príncipe, se le paró el coche –hacía un frío de ultratumba–. Extrañamente en nosotras, mantuvimos la calma. ¿Teníamos prisa? Mi padre agonizaba desde el día anterior a mediodía, en que dijo su última palabra –agua, la primera que dijo mi hija–, habíamos parado en casa a ducharnos y a descansar un poco –yo a dar un beso a mi niña, de un año recién cumplido–. Probablemente a esa hora ya estaría muerto, pero no, de alguna manera sabía que no había muerto aún, ¿que me esperaría?, que todo el tiempo que demoráramos en el camino sería un rato más de él en la tierra, aunque fuera con ese dolor del alma que no le quitó la morfina que acabó parándole, por fin, el corazón.

Llegamos al hospital. Seguía vivo. Los ronquidos, que le empecé a calmar la noche anterior al oído con las canciones que él me cantaba de chica, eran más suaves. Solo mi tía, su hermana, estaba en la habitación. Bajaría a desayunar enseguida, con mi madre, mi tía materna y mi hermana. Yo me quedé y le dije hola a mi padre. Le tomé el brazo y empecé a acariciarlo como él me acariciaba de chica. Se le erizó la piel y al momento expiró.

Era más o menos a la hora a la que termino de escribir esto. Ya dije que hacía un frío de ultratumba.

jueves, 12 de noviembre de 2015

La Habana, estampas para perder la fe

La Habana Vieja podría ser el decorado de una película de guerra. Casonas coloniales venidas abajo, edificios en su esqueleto, calles salpicadas de agujeros. Si el viajero no supiera nada de Cuba, diría que aquí ocurrió un bombardeo.
            Los arcos moriscos del Palacio de las Ursulinas, con el aire de Mezquita de Córdoba, reposan descascarados bajo la ropa tendida en las ventanas. Un día existió el edificio al costado. La Plaza del Cristo se oculta tras las vallas que ostentan un cartel: obra financiada por la Junta de Andalucía. Enfrente, una construcción apuntalada, tan grande que las vigas de madera que lo sujetan parecen palillos de dientes.
            Las vías son estrechas en La Habana Vieja, como en los antiguos barrios ibéricos. Las banquetas, mínimas. La gente se aglomera caminando. En la calle Obispo, varios menesterosos abordan a los turistas pidiendo algún peso. Y este olor a alcantarilla, a basura quemada a lo lejos. Entrecierro los ojos y me parece estar en Calcuta.
            En la calle Habana esquina Obrapía hay un solar reciente: la casa de dos pisos que lo ocupaba se derrumbó una mañana del último julio y mató a cuatro miembros de una familia.
            Esta fue un día la ciudad más rica de la Corona española.

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Josué sale al paso de las turistas que se extrañan de la cantidad de ventanas protegidas con una cruz de cinta aislante contra los huracanes. ¿Tantos sufre la capital? "Desde que llegó Fidel, no ha habido ninguno", bromea. "Le tienen miedo". Se para a conversar de buen ánimo con las dos desconocidas. Cuenta que tiene 29 años y dos hijas pequeñas y opina, muy serio, que ellas no llegarán a ver una Cuba distinta, que quizá sus nietos.
            Para él significa poco el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y la isla, eso que empezó el 17 de diciembre. Igual que la visita del papa Francisco, mediador entre ambos países, que aterriza esa misma tarde en el Aeropuerto José Martí. Si Cuba está cambiando, Josué tiene muy poca esperanza. "Nosotros ya nos encontramos todo esto así, ya no pudimos hacer nada".
            Su afán diario es "ver cómo resuelve". Arreglárselas, comprar, conseguir, ganar, tener suerte. Resolver es polisémico pero todos los cubanos saben qué significa. Josué trabaja para una institución pública extranjera que paga por él 800 euros mensuales al gobierno –el Estado sigue siendo por ley el único empleador en Cuba–, pero Josué gana de ellos 28 pesos convertibles (CUC, equivalente al dólar). Entre él y su mujer, que viven en casa de sus suegros, ganan al mes 60 CUC. Con 100 sería suficiente, dice.
            Habla en CUC, pero en realidad cobran su sueldo en pesos cubanos (CUP), que podrá utilizar en las bodegas de alimentos básicos subsidiados, en algunos burdos paladares (fondas o restaurantes) y en el transporte público. La convivencia de dos monedas oficiales, el CUC y el CUP, es una de las anomalías de la isla, pero no la única. El kilo de papa está a 20 pesos cubanos (un CUC son 24 CUP), casi un día de salario medio, y el de carne de puerco, a 60 CUP. El de res es prohibitivo: 10 CUC en el mercado mayorista, medio salario mensual –por ley está tipificado el delito de "hurto y sacrificio ilegal de ganado mayor" desde 1962: los dueños de vacas están obligados a vender la carne al Estado, sin que puedan consumirla. "Uno se levanta con impotencia", dice Josué con resignación.

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Una langosta fresca cuesta entre 20 y 25 CUC en cualquiera de las modernas paladares que han proliferado en La Habana desde la reforma económica emprendida por Raúl Castro en 2011, que entre otras cosas permite, por primera vez en medio siglo y pagando sus consecuentes impuestos, pequeños negocios particulares.
            Vistamar, en primera línea de playa, tiene un lounge con piscina. Mediterráneo cuece la pasta al punto de un restorán boloñés. El Cocinero, que ocupa el lugar de una vieja fábrica de harina, está decorado de manera exquisita.
            Es en este tipo de lugares donde pueden verse a las celebridades internacionales y autóctonas. En un privado del paladar Starbien está comiendo el músico Leo Brouwer con algunos de los artistas internacionales que participarán dentro de unos días en el Festival Les Voix Humaines. En los bajos de La Guarida, donde se rodó Fresa y chocolate a principios de los noventa, Rihanna posó para la revista Vogue hace unos meses.
            El extranjero –o quien pueda pagar por menú más del sueldo promedio de un mes– puede ir de paladar en paladar y sentir que Cuba llegó a la modernidad.

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Se ven flacos, flaquísimos por las calles, sobre todo entre los jóvenes. Hasta los gatos son flacos. Josué también lo es. Bajo y de hombros hacia delante, en su cuerpo se ven las huellas de la crisis extrema en que cayó Cuba a principios de los años noventa, con el derrumbe de la Unión Soviética. De chico, recuerda, sólo le daban de almuerzo en la escuela "pan y agua con azúcar".
            A esa época la llamaron "periodo especial en tiempos de paz". Fue fecunda en eufemismos. El periodista Reinaldo Escobar lo ilustra con un titular socorrido de la época: "Se detiene el deterioro de la economía".
            También fueron años de enfermedades. Quizá la más extravagante, una epidemia de ceguera –como en la novela de José Saramago, comunista confeso– que el gobierno de Castro mantuvo dos años en secreto, hasta que en 1993 pidió ayuda a médicos extranjeros. El doctor venezolano Rafael Muci, que formó parte de aquella misión humanitaria, describía así el diagnóstico en una carta abierta hace diez años: "En compañía de colegas cubanos y de diversas procedencias, examiné personas afectadas, ayudé a definir el paciente-tipo y a esclarecer las causas de lo que se dio en llamar neuropatía óptica cubana y que, en resumen –a despecho de que se haya invocado un factor multifactorial– fue trasfondo de miseria y hambre". La dolencia era fruto de una carencia de vitamina B agravada por el abuso del alcohol y el tabaco.

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Es de noche en La Habana Vieja y aquí no se escucha son. El reggaeton invade el barrio, estridente. Abajo se oye a la gente a voces. Un borracho habla consigo mismo. El balcón de enfrente se acerca con cada grito: "¡Beeeeetty!", "¡A dormir, coño!". Un perro ladra –ladrará toda la noche–. Ya me lo advirtió la escritora Wendy Guerra: "La banda sonora de este país sí está fuerte".
            El alojamiento está decorado como hotel-boutique, pero oficialmente es una casa particular que puede acoger huéspedes. El negocio lo lleva una pareja de cubanos que tienen un socio canadiense, el que puso el dinero para comprar el inmueble. Cualquier extranjero puede comprar una casa, siempre que la ponga a nombre de un local.
            Las habitaciones tienen señal de satélite pirata: a esta hora, la telenovela mexicana El Señor de los Cielos, Telemundo Miami. Ante la imposición del oficialismo y la prohibición de "productos imperialistas", los cubanos han reaccionado por la vía ilegal. Pasa con el llamado paquete: copias de productos audiovisuales, desde series a videojuegos, pasando por películas, libros y periódicos, que se compran en el mercado negro y se pasan a través de discos, memorias USB o discos duros externos.
            Abel Prieto, asesor de Raúl Castro para temas culturales, llamó a estas prácticas "nomadismo tecnológico", argumentando: "una de las trampas de estas nuevas formas de consumo cultural es que dan la idea de que la persona está escogiendo lo que quiere consumir, pero lo hace a partir de los paradigmas que se le imponen. La democracia y la diversidad están escondidas bajo una trampa de la agenda hegemónica del entretenimiento".

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La fila en la Cadeca, la casa de cambio oficial, es de una hora. La de Etecsa, donde venden las tarjetas de teléfono y de conexión a internet, ni se mueve. La fila es un lugar común en Cuba. Hay filas para tomar la guagua, para comprar el pan, para sentarse en un merendero. En la Heladería Coppelia se ven dos filas distintas, hacia la izquierda y hacia la derecha sobre la calle 23. "En cada una te sirven un sabor", explica mi guía. ¿Y si uno quiere de los dos sabores? "Tiene que hacer las dos filas".
            El tiempo se detiene en una fila. "Todo sigue igual. Aquí todo sigue igual. Así de pronto parece una escenografía, una ciudad de cartón", dice el protagonista de Memorias del subdesarrollo, la película de 1968 de Tomás Gutiérrez Alea. En forma de comedia lo vio Alejandro Brugués: Juan de los muertos, una película de zombis. "Yo no veo nada distinto", dice uno de los personajes mirando la calle repleta de muertos vivientes.
            La tasa de suicidios en Cuba es la más alta de América, según la Organización Mundial de la Salud: 16.3 por cada 100.000 habitantes, más del doble de la media del continente.

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El sábado, con el papa, desembarcan los periodistas acreditados. Llegan al Hotel Nacional, que tiene precios de temporada alta con motivo de la visita de Francisco. En la sala donde los reporteros se registran, hay un señor trajeado tomando fotos, al fondo, que después desaparecerá detrás de una cortina. Los periodistas confirman su nombre en la lista y recogen su gafete después de pagar 800 dólares. Sólo por los dos días en La Habana: en Santiago de Cuba tendrán que volver a desembolsar. Por un pasillo del hotel, de la nada, surge un tipo serio, ataviado con una playera de cuello a rayas, que observa el panorama y sale al minuto de la escena.
            Segurosos, llaman los cubanos a esos vigilantes que, sin ser policías o militares, trabajan para la Seguridad del Estado (el G2) o el Minint (Ministerio del Interior). Así empieza la paranoia. "Si no te vigilan, ellos hacen lo posible para que tú creas que sí", explica un experto en la isla.
            La noche es propicia para sueños extraños –vienen a buscarnos– que se repetirán en los días sucesivos. De nuevo, los perros ladran. No puede ser que se oigan en un piso 15, pero así es. Desde la ventana se ve iluminado el Memorial José Martí, ese monolito que los cubanos llaman raspa. Las canciones comienzan a oírse sobre las cuatro de la mañana. Nadie ha descansado en la plaza hoy. Tampoco la Seguridad del Estado. A esas horas, se producen las primeras detenciones de disidentes que se dirigían al evento, entre ellos algunas Damas de Blanco, el movimiento de madres y esposas de presos que surgió en la primavera de 2003 después de la detención de 75 personas acusadas de "atentar contra el Estado" y "socavar los principios de la revolución".
            La misa comienza a las nueve, pero cierran los accesos a las ocho. Hay mucha gente, pero se puede caminar con facilidad. Sólo hay que tener cuidado de no pisar a los que duermen en el suelo, derrotados por la vigilia. El altar está del lado oeste de la plaza. Lo corona una pancarta con la madre Teresa de Calcuta. Mirándola de frente, a su derecha está la efigie de Ernesto Guevara, forjada en hierro sobre la fachada del Ministerio del Interior. A la izquierda queda José Martí, bajo el que, a modo de balcón, se van juntando poco a poco individuos vestidos con pantalón negro y guayabera blanca.
            El papamóvil llega a las ocho y media. Lo reciben con un chachachá de letra piadosa que suena a "Los marcianos llegaron ya y llegaron bailando ricachá". Es el momento en que José Daniel Ferrer, líder de la Unión Patriótica de Cuba, y otros activistas intentan darle una carta a Bergoglio y una turbamulta se le echa encima para detenerlos. Nadie ve nada: habrá que enterarse horas después. Zaqueo Báez, María Josefa Acón e Ismael Boris siguen presos en el momento en que se escriben estas líneas.
            Los asistentes locales fuman, comen y beben durante la misa, aunque el Catecismo indica que hay que guardar ayuno por una hora antes de comulgar. No parecen estar al tanto de los responsorios: "te rogamos, óyenos", "y con tu Espíritu", "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme". Aquí y allá se ven individuos con playera de cuello a rayas, algunos con gorra, en silencio durante todo el acto.
            A mitad de la celebración, una bandada de zopilotes, que habían estado posados en la raspa, comienza a sobrevolar el grupo de individuos con pantalón oscuro y guayabera congregados bajo el monumento. "¡Solavaya!", grita una mujer con la palabra santera que auyenta los malos espíritus. En Cuba llaman al zopilote "aura tiñosa". "Si le dices a alguien aura tiñosa, se ofende", dice uno de los individuos con playera de cuello a rayas. Son aves carroñeras, de mal agüero, algo universal.
            La hermana Esperanza, misionera desde hace ocho años en una provincia del Oriente, dice que entre los cubanos hay "mucha confusión" con la religión católica, producto de más de 50 años de prohibición; "se llaman católicos pero no saben lo que son". Dice también que en Cuba hay "heridas muy profundas", que "no hay nadie sano". Se refiere a la salud mental.

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Conversación entre turistas:
– ¡No corre la brisa y estamos junto al mar!
– Ni siquiera huele a mar.
– Por suerte los aviones no sobrevuelan la ciudad.
– La gente se volvería loca.

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En la tarde del domingo, hay que sortear calles cortadas, policías, militares y segurosos para llegar al Parque José de la Luz y Caballero, junto a la Avenida del Puerto, desde donde, de lejos, podrá saludarse de nuevo al papa.
            Tres muchachos adolescentes pasan junto a un individuo con playera de cuello blanca apoyado en un coche del Minint y uno de ellos sin reparos: "Ññño, esto está lleno de chivatos".
            Después, bajo la lluvia, tras una misa en la Catedral sólo para obispos, sacerdotes y religiosas, Francisco se encuentra con jóvenes católicos del Centro Cultural Padre Félix Varela. "Cuando hay división, hay muerte. Hay muerte en el alma, porque estamos matando la capacidad de unir. Estamos matando la amistad social. Y eso es lo que yo les pido a ustedes hoy: sean capaces de crear la amistad social", les dice el papa. "¡Si nos dejan!", responden los jóvenes.
            El jefe del Estado Vaticano no mencionó a los opositores ni a los activistas detenidos, como el grafitero Danilo Maldonado "El Sexto" –en el avión rumbo a Estados Unidos reconocería que nunca tuvo pensado hacerlo–, pero sí se reunió con el ex presidente Fidel Castro, líder de la revolución. El papa le regaló a Fidel un libro y discos con las reflexiones del jesuita Armando Llorente, viejo profesor de Fidel exiliado en Miami desde los años sesenta. Fidel le regaló al papa su libro Fidel y la religión, donde se encuentran frases como "Hay 10,000 veces más coincidencias entre el cristianismo y el comunismo que entre el cristianismo y el capitalismo".

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Desde el exilio son duros con esta visita papal. El pintor Juan Abreu escribió con verbo firme: "El papa Francisco, después de oler en profundidad el culo a los Castro y de negarse a ver a los disidentes cubanos, se ha ido a USA a criticar el capitalismo (...) Hay que tener la cara muy dura para criticarlo cuando acabas de estar lamiendo el culo a unos dictadores que llevan más de medio siglo esclavizando y matando de hambre a millones de personas. Quiero decir a millones de ovejas del rebaño del Señor Jesucristo".
            Juan, escritor además de humor ácido y contagioso, está dado a la tarea de retratar a todos los fusilados del castrismo –estima que unos 6.000–. La máxima pena, me explicaba para una entrevista hace unos meses, no estaba contemplada en la Constitución del 40 que la Revolución pretendía restaurar en su origen: "Los castristas la impusieron. Los juicios carecían por completo de cualquier tipo de garantía. Eran juicios a lo soviético: ya tú sabías que eras culpable a la vez que te apresaban; sabías que te iban a matar, o que iban a meterte treinta años en la cárcel".

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"No, mamita, por aquí no van a poder pasar". El negro de playera blanca y gorra nos impide llegar a la iglesia de Santa Rita de Casia, en la Quinta Avenida de Miramar, donde cada domingo marchan en silencio las Damas de Blanco, tras la misa, y cada domingo son detenidas por la Seguridad del Estado.
            El tipo dice trabajar en "seguridad" para un "empresario italiano", saluda a los vecinos y hace señas a los coches que pasan como si fuera algún tipo de dueño. Se hace el simpático hasta que se pone firme, y no deja de mirarnos hasta que asegura que estamos en un almendrón de vuelta al Vedado.

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Francisco decepcionó entre los disidentes, pero Jorge (nombre ficticio) destaca algo: "El papa habló mucho en Cuba sobre fortalecer la persona, el individuo, el espíritu. Mañana tú le dices a los cubanos que son una nación democrática y yo creo que no tienen ese espíritu para actuar como se debe actuar en una sociedad democrática. La Iglesia viene tratando de educar espiritualmente a la persona, para que se dé cuenta de que hay una alternativa, que el Estado no es todo, que el individuo es una cosa muy importante".
            Jorge vive en Miami y nació en un pueblo de Cuba en 1990, justo cuando empezaba el periodo especial. Aclara que de niño, allá, su familia no era practicante, sin mencionar que la religión estuvo prohibida hasta la reforma constitucional de 1992. Su madre acota que con ella no se metieron nunca por ese asunto, pero que en los ochenta tuvieron que bautizar a una sobrina a escondidas, porque el padre de la niña "era militante".
            Buscando el bienestar económico, cuando Jorge tenía siete años, sus padres se inscribieron en el Bombo, la lotería de visados que ofrece Estados Unidos cada año, y la ganaron. "En menos de cuatro meses cambió mi vida por completo", recuerda. "En Cuba estaba adaptado a jugar en la calle, a ordeñar vacas, a tener, dentro de una sociedad restringida, mucha libertad como niño. La ironía es que cuando llegué a este país me tuve que encerrar detrás de una casa. Aquí me sentía más preso".
            La relación de él y su familia con Cuba no se parece en nada a la del exilio más conocido de Miami. "A nosotros no nos botaron, fue una decisión que tomamos. Siempre viajamos a Cuba y mantuvimos un vínculo muy directo con nuestra familia".
            Por tener tan presente su tierra natal, al entrar en la universidad empezó a involucrarse en distintas organizaciones que tenían proyectos sociales en Cuba, un trabajo que ahora ocupa todo su tiempo.
            No se atreve a hacer predicciones pero está seguro de que "hemos empezado un nuevo capítulo". Para él, el gran reto de la isla a partir de ahora está, más que en la política o en la economía, "el cambio en las personas", y que haya cubanos que quieran quedarse para contribuir a los cambios. "Eso todavía no está ocurriendo", opina. "Esas personas son la minoría dentro de la isla, y hay que ayudarlas a que no se sientan solas, hacerles sentir que su esfuerzo vale la pena, para que ellos mismos sean los que cambien su sociedad. Porque viven dentro de ella y la conocen mejor que cualquiera".

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Una extranjera residente en La Habana nos lleva al supermercado donde compra a diario, en el que, se queja, a veces no hay leche ni huevos. Hoy hay suerte: acaba de llegar el container, que aún se ve abierto y vacío en la puerta del comercio. El supermercado está lleno, sí, de una manera especial: los anaqueles están repletos, pero sólo de una marca por producto.
            Arroz valenciano –redondo, precocido, basmati, incluso bomba, el ideal para hacer paellas, que no se vende en México–, por 7,65 CUC. Mantequilla francesa, 7 CUC. Queso español, 43 CUC el kilo.
            Muy pocos pueden pagar los precios establecidos en los mercados decentes. Una metáfora: frente al centro comercial 23 y 12, en el Vedado, con precios en CUC, delante de un edificio hoy apuntalado, Fidel proclamó en 1961 el carácter socialista de la revolución.

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En el Parque Fe del Valle, en Centro Habana, la gente atesta los bancos y cualquier sitio libre en el piso: es uno de los 35 puntos wifi que ha habilitado en toda la isla el monopolio estatal de telecomunicaciones, Etecsa.
            La conexión es lenta y cara, 2 CUC la hora a través de las tarjetas de Etecsa, y puede serlo aún más: por 3 CUC más pueden comprar en el mercado ilegal y saltarse las filas de las tiendas oficiales.
            Intento conectarme con una de esas tarjetas desde la cafetería del hotel Habana Libre, junto a La Rampa, otro de los puntos inalámbricos. No funciona. "La wifi del hotel interfiere con la de la calle", ensaya el mesero a modo de explicación. "Pero puede conectarse con la del hotel". La wifi del hotel cuesta 10 CUC la hora.
            Paisaje insólito: mientras los locales –todos estatales– se encuentran vacíos, la calle está abarrotada. Cubanos de pie o sentados en la banqueta, concentrados en un celular, una tableta o una computadora, apurando la hora como si fuera una vida. "¿Esto es conexión a internet, estar tirados en el piso como borrachos?", se pregunta un joven.

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Yoani Sánchez dirige desde un edificio alto de La Habana 14ymedio, el primer diario independiente hecho desde Cuba. Se trata, quizá, de la redacción más rara del planeta: el gobierno tiene bloqueado el acceso en línea al periódico y los redactores no disponen de acceso cotidiano a internet.
            Los cubanos, sin embargo, tienen manera de leerlo a través de una selección semanal de noticias en PDF que circula de manera clandestina impresa o dentro del paquete. "Sabemos que nos leen porque nos envían comentarios desde distintas provincias", dice uno de los editores del periódico que forman parte del "equipo externo". Este equipo, dividido entre España y América, es el que se encarga de subir a la web el material que llega desde Cuba. Noticias, opiniones, cartelera, precios de mercados, que la redacción cubana envía por correo electrónico cuando y como puede. Si se cae la precaria plataforma Nauta, desde la calle.
            Desde que abrió su blog Generación Y, en 2007, Yoani ha sido reconocida con distintos galardones fuera de Cuba, pero dentro ha sido censurada, vigilada, increpada, detenida e incluso golpeada.

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Aprovechando sus ganas de hablar, un día le pregunto a Josué por Yoani Sánchez y Tania Bruguera, la artista conceptual que pasó seis meses bajo arresto domiciliario. "Son gente que se metió en política para hacer dinero, ¿tú me entiendes?".
            Recuerdo lo que me dijo en México el historiador Rafael Rojas: "La campaña de difamación del Gobierno contra la oposición interna ha dado resultados".

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Al escritor Ernesto Hernández Busto, fundador del blog Penúltimos Días en 2006 –cuando Fidel Castro se retiró del poder por sus problemas de salud–le desagrada la palabra deshielo: "No me gustan las metáforas políticas porque creo que impiden muchas veces llegar al meollo del problema: ni guerra fría ni deshielo, pues. Simplemente una apuesta de Obama por normalizar la anomalía del régimen cubano, confiando en que la liberalización (económica) y el mayor intercambio (turístico) aflojará lo que parece no tener remedio".
            Yoani es más optimista: para ella, el 17 de diciembre de 2014 "marca una aceleración hacia el final del castrismo", aunque no de la manera que muchos creen: "No será la Casa Blanca la que logre recuperar para nosotros los cubanos los derechos que nos han quitado, pero al menos la propaganda oficial no podrá señalarla como el motivo principal para mantener una dictadura". La pelota está en el campo de Raúl Castro, dice: "Ahora debe modificar la ley electoral, permitir la existencia de otros partidos y aceptar que candidatos opositores se presenten a las votaciones. También le corresponde legalizar una prensa libre y desmontar las restricciones migratorias que aún quedan, además de permitir la inversión del capital privado cubano, desde dentro y fuera de la Isla".
            Pero, no será tan fácil. Rafael Rojas prevé que en 2018, cuando dijo Raúl que abandonaría el poder, sólo se dará "un relevo generacional en la alta jefatura del Estado, sin una democratización del sistema político". El régimen, augura, "seguirá siendo el mismo desde el punto de vista institucional: partido único, control de los medios de comunicación, control de la sociedad civil, penalización de la oposición –por este estatus de ilegitimidad que tiene la oposición que justifica, por las leyes y el código penal– todas las golpizas, los repudios, los atropellos, los encarcelamientos temporales... Todo eso que vemos los fines de semana". La esperanza está en "los otros actores": "una sociedad civil que puede ganar autonomía y una comunidad internacional que no se desentiende de la violación de los derechos humanos".

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La terminal de salidas internacionales del aeropuerto está llena de publicidad de la Comercializadora de Servicios Médicos Cubanos S.A., una empresa estatal que se define por su nombre. "Vacaciones saludables", anuncia un folleto, ilustrado con cinco imágenes: una familia de cuatro miembros, todos rubios, en una playa del Caribe; una mujer dándose un masaje a la luz de unas velas; un joven haciendo kitesurf; un doctor tomando la presión arterial a una paciente y un niño de unos dos años dejándose examinar por tres médicos. Ninguna estampa es creíble. Por detrás del impreso están los precios: chequeo ejecutivo, 270 CUC –más de 13 veces el salario medio–; chequeo básico pediátrico, 495 CUC; "investigaciones psicológicas", 580 CUC.
            Cuba dice adiós al extranjero pidiéndole que vuelva a sus hospitales, a pesar de haber reconocido a través de la empresa estatal BioCubafarma que hay un déficit de medicinas –que atribuye a la falta de materias primas en las factorías–. Sanidad comunista a precio de oro. Porque no se puede tener todo, como muestra un dicho popular entre el exilio: "Si eres inteligente y comunista, no puedes ser honesto; si eres comunista y honesto, no puedes ser inteligente; si eres honesto e inteligente..."


(Publicado originalmente en Esquire México, núm. 86, noviembre de 2015.)

miércoles, 19 de agosto de 2015

zopilotes cerca


Una mañana en el hotel, un zopilote bajó a beber agua de la piscina, muy cerca de nosotros. "La muerte se posa cerca", pensé instintivamente, acordándome, en una asociación de ideas casi automática, de ese apunte de Ernesto Hernández Busto incluido en su espléndido La ruta natural donde alguien muere en pleno vuelo y el resto de pasajeros se convierte en un inesperado cortejo fúnebre sobre las nubes. También enseguida pensé pobre bicho, endilgarle poderes mágicos sólo por ser feo y carroñero, deberías avergonzarte, no es la primera vez.

Luego, en la noche, un movimiento de sillas sacudió el teatro donde tenía lugar un espectáculo de animación barato. Enseguida, personal a la carrera fue y vino hablando por radio. Algo pasó. Abran paso. Una silla de ruedas entró vacía y salió ocupada, expulsada de la escena de felicidad artificial por los aplausos a un baile popular. Cuando salimos, aún estaba la ambulancia, y yo le tuve que explicar a mi hija de cinco años por qué no puedes acercarte en estos casos –está claro que su madre nunca será periodista–. Cuando el coche partió, las caras de los empleados lo decían todo. Y yo no pude evitar recordar que un zopilote bajó en la mañana a beber agua de la piscina, muy cerca de nosotros.

domingo, 21 de junio de 2015

algunas cosas claras

Que mi casa está en México.
Que quiero vivir en Madrid.
Que en las esquinas de ambas ciudades me reconozco, como en las del lugar que me vio nacer, donde viven los restos de mis muertos.
Que me gusta la gente.
Salvo cierta gente.
Que Podemos es una de las peores cosas que le ha pasado a España desde que yo nací. Que al contrario de lo que piensan buenos amigos míos, no empezó con la crisis, sino con la bonanza. Bonanza taken for granted. Zapatero. (Y mucho antes: nunca rompimos con 40 años de paternalismo.) Que triunfó con la tele. Gran Hermano. Expulsamos de la casa a Esperanza Aguirre. Guillermo Zapata, al confesionario. Pablo Iglesias, Rosa López de la política.
Que me gusta la política.
Que me aburren los tontos.
Que me gustan los hombres.
También algunas mujeres.
Que la única causa que merece la pena es la libertad.
Y el amor (la amistad).
Que hay que decírselo a los niños que se crían.
Que se puede vivir muchas vidas, pero tienen que caber (pequeño problema) en esta.
Que me gusta mi vida.
Que me gusta la vida.
Que cada vez me gusta menos lo que escribo.

miércoles, 17 de junio de 2015

raptos

(La gente dirá un día:
se volvió loca.
Es un motivo tan razonable.
Lo mismo le pasó a la abuela.
Sólo es que sufría pero terminó
por volverse loca
de veras.)

viernes, 15 de mayo de 2015

en Trieste

En cada palabra dada y recibida, en cada gesto y pensamiento, en cada fragmento incluso breve y casual de nuestra existencia y de la de los otros, hay algo de precario y algo de ineluctable, de caduco y de indestructible.

Llego a Trieste cargada de palabras, como a todos los sitios donde voy por primera vez. Me trae Magris, claro, pero aún más quien fue su esposa, Marisa Madieri, que condensó en Verde agua el aire de lo que yo querría escribir siempre.

A ella, cuando llegó de niña refugiada desde Fiume, la ciudad le pareció una tierra prometida: 

El movimiento en las calles, el pan blanco, la abundancia de diarios, revistas y tebeos en los quioscos, las mercancías expuestas en las tiendas, la forma de vestir de la gente me parecieron la expresión de una riqueza fabulosa.




Yo lo que sentí, ya desde el tren, que tomamos equivocadamente vía Udine y bordeó la frontera eslovena –iba a escribir yugoslava: vivimos siempre en los nombres de la infancia–, fue una punzada de dolor. Europa, Europa, qué te hiciste. Tus juderías vacías de judíos. Tus cafés, almanaques turísticos, tiendas de chucherías. Ah, Maximiliano, borracho de ganas por un imperio.







Dolor y gozo, por supuesto: es la vida. Sorpresa. La luz, el frío, el bora furioso que nos echó de la ciudad llevándonos en volandas. La elegancia de las calles, la belleza en las miradas, la comida recia. ¡Centroeuropa!



Qué insólita y seductora la sensación de estar en Viena mirando al mar.




jueves, 12 de marzo de 2015

Claudio Magris, el escritor que condensó el Danubio

Estar ante Claudio Magris es ser testigo del último eslabón de una cadena formada por colosos como Italo Svevo, Stefan Zweig, Joseph Roth, Sándor Márai o Elias Canetti, anclada en el corazón de una Europa que ya no existe, destruida por dos guerras mundiales y cruzada por el Holocausto. Trieste, donde nació en 1939, esa pequeña cornisa de Italia que mira al Adriático encajada entre montes de espaldas a Eslovenia, fue un día el puerto del Imperio Austrohúngaro. De esta tradición centroeuropea, ilustrada, cosmopolita y multicultural, bebe Magris como de una fuente inagotable.
            La alusión al agua es a propósito: presente en toda su obra de alguna u otra manera, como mar o como río, es la gran protagonista de su título más emblemático, El Danubio (1986), que no es novela ni ensayo ni estudio histórico ni crónica de viajes, sino todo eso, mosaico de fronteras difusas, marca inapelable de su estilo. "La escritura de El Danubio es heterogénea, impura, mezcla de géneros y de registros estilísticos, como las aguas del verdadero río –que no son azules–. Esto es válido, en formas diversas, para todos mis libros, novelas, relatos y piezas teatrales que he escrito", explicaba el propio Magris en Guadalajara, en el discurso de aceptación del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2014 el pasado 29 de noviembre, que tituló "Lápices de colores". Ahí mismo, dejaba entrever cómo le dio la idea para ese libro –igual que para otros antes de enviudar– su esposa, la escritora Marisa Madieri, madre de sus hijos, Francesco y Paolo. En septiembre del 82 –en un verano en que visitó México por primera vez, por cierto–, contemplando las aguas del río cerca de la frontera con la Europa del Este, ella sugirió: "¿Qué pasaría si continuásemos vagando hasta la desembocadura del Danubio?".
            Sobre el Danubio, Europa, México, la no ficción y la literatura, su mujer y el amor, va y viene Claudio Magris durante la conversación, dejando a medio terminar algunas frases, posando su mirada verde ora en su interlocutor, ora en la gente que trasiega en torno, generoso y sonriente, como si no llevara a sus espaldas decenas de entrevistas y el lugar no fuese el rellano de un hotel. Hablar con Magris es olvidar el ruido y trasladarse a uno de los cafés que frecuenta en Trieste, como el San Marco, tan presente en las páginas de sus libros.
            Una de las primeras impresiones que se tiene de ellos es el amor de su autor por el dato, por la palabra precisa, por buscar lo que en verdad pasó, como en Conjeturas sobre un sable (1985). Llama la atención que a pesar de esta preferencia por la realidad, se inclinara a escribir ficción. Magris, que además es columnista en Il Corriere della Sera, reconoce esta pasión citando a Mark Twain ("la verdad es más extraña que la ficción") y a Italo Svevo ("la vida no es fea ni bella, sino original"): "Lo que pasa en nuestras familias, lo que leemos en los periódicos, es tan increíble, que te sorprende más que la ficción". Pone como ejemplo su cuento "El Conde", recién editado en español por Sexto Piso, que trata de un "pescador de cadáveres" y que escribió en 1993 a partir de una noticia que leyó en el periódico. Sin embargo, explica, la literatura llega mucho más allá: "Somos mucho más que nuestra biografía: somos también lo que no hemos vivido. La literatura va en busca de esta riqueza potencial, no de hechos; es como buscar unos genes que no se han desarrollado, pero que están ahí y hay que encontrar".
            Catedrático de literatura germánica, traductor de Ibsen, Von Kleist y Schnitzler, empezó a escribir muy joven: tenía 24 años cuando publicó su ópera prima, el estudio El mito habsbúrgico en la literatura austríaca moderna, que marcaría los temas de su obra, y pronto se dio cuenta de la elasticidad de la escritura para romper los corsés establecidos. "La escritura", dice, "es a la vez un agente de aduana y un contrabandista; establece fronteras y las transgrede". Una de esas aduanas transgredidas es la que divide la escritura y la vida. Así, de Lejos de dónde. Joseph Roth y la tradición hebraico-oriental (1971) confiesa que poco a poco se fue convirtiendo en una metáfora de sí mismo. Ensayo más relacionado con Isaac Bashevis Singer, a quien conoció personalmente, Lejos de dónde nació de la historia de dos judíos europeos del Este que una vez leyó casualmente: "Ambos se encuentran en una estación de tren, uno de ellos lleva muchas maletas y el otro le pregunta: ¿adónde vas?. Y este responde: voy a Argentina. Aquel comenta: ¡vas muy lejos!. Y el segundo dice: ¿lejos de dónde?." A partir de entonces, se zambulló en el universo de los guetos a lo largo de la historia, leyó a todos los autores en yiddish posibles y cualquier relato jasídico que caía en sus manos, hasta conformar un retrato tan fiel a esa civilización, que ha tenido que aclarar muchas veces que él no es judío. Las razones de su afinidad con la tradición hebrea la resume en una frase: "Una civilización que ha sufrido con tremenda violencia la erradicación, el exilio, persecuciones, amenazas de aniquilación de su identidad, y a todo esto se han enfrentado oponiendo una resistencia extraordinaria individual y un humorismo indestructible."
            ¿Qué queda del espíritu de la Mitteleuropa que ha retratado Magris, de ese "mundo del orden que había descubierto el desorden", en sus palabras? ¿Se parece la Europa de hoy, con tensiones nacionalistas, convaleciente de una gran crisis económica, desencantada de la democracia y veleidosa con partidos extremistas de uno y otro signo, a aquel "laboratorio de nihilismo contemporáneo a la vez que una guerrilla en su contra"? Claudio Magris opina que son cosas sustancialmente diferentes, aunque reconoce que Europa vive una crisis de la democracia representativa. "Patriota europeo", sueña "un momento en que podamos tener un Estado de Europa federal, en el que los actuales Estados sean sus regiones, porque los problemas en este momento ya no son nacionales, sino europeos, como la inmigración, por ejemplo. Yo creo que el único futuro posible es este, aunque estamos en un momento difícil, o peor aún, de cansancio."
            El interés de Magris por el Imperio Austrohúngaro alcanza también el pedazo del mismo que llegó a México en el siglo XIX, con los emperadores Maximiliano y Carlota. Lector de Noticias del Imperio, cuya estructura confiesa influyó de manera fundamental en su novela A ciegas (2005), y admirador de Fernando del Paso, con quien departió en uno de los momentos más emocionantes de la FIL, Magris anunció que incluirá en su próximo libro a Maximiliano de Habsburgo, que estuvo en el Castillo de Miramar, muy cerca de Trieste, antes de viajar a México. Sin dar mayores detalles –dice que hablar de lo que se está escribiendo es como hablar de matrimonio demasiado pronto en una relación–, cuenta en qué consiste el episodio: "Tiene que ver con la grotesca aventura de Maximiliano, que viene a México trayendo las fuerzas reaccionarias a la república liberal. Cuando partió, la gente de Trieste, que evidentemente entendía mejor que él lo que pasaría, le cantaba una canción: Maximiliano, no te fíes, ¡quédate en el Castillo de Miramar! Que la corona de Moctezuma es una copa llena de espuma. Timeo Danaos ["teme a los dánaos", célebre frase de la Eneida] o acuérdate: bajo la púrpura encuentras la cuerda."
            México, recuerda, le causó sentimientos encontrados la primera vez que lo visitó, hace más de treinta años: le gustaba el encanto natural y la sensualidad, pero le asustaba el tamaño de la capital, que entonces ya tenía trece millones de habitantes, por la posible alienación a la que sometía al individuo. "Lo que más me sorprendió fue la gran vivacidad intelectual que había en aquel tiempo". Aquí, en efecto, trabó amistad con algunos escritores, como Juan García Ponce, Héctor Orestes Aguilar o Esther Cohen –encargada, de la semblanza del triestino en la entrega del Premio FIL. Preguntado por la visión de la situación mexicana en Italia, sobre todo en relación con los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala el pasado septiembre, contó una anécdota que evidenciaba por sí sola el asunto: "Una señora me dijo que no tenía que venir a México, no porque estuviera en peligro, sino como protesta. Como si uno no hubiera ido a Italia porque estaban las Brigadas Rojas", y dejó claro que los escritores no tienen por qué juzgar lo que pasa: "Tenemos las mismas responsabilidades que cualquier ciudadano, ni más ni menos. Ser escritor no significa entender mejor la política, y hay una tendencia a creer que los escritores son como curas. Para mí, la pluma puede ser una especie de arma, pero no quiere decir que sea mejor".
            La definición de literatura para Magris, pues, está lejos de esos asuntos mundanos. Al principio de El Danubio, distingue dos clases de escritores: los persuadidos, que "obedecen la luz de su genio", y los retóricos, que "huyen de sus demonios". ¿Es él un persuadido o un retórico? Los dos, responde, dependiendo del momento. "¡Los niños son los verdaderos persuadidos!", se entusiasma: "Corren y corren, no para llegar a algún lugar, sino porque les gusta correr", y procede a narrar ese episodio de la vida de San Luis Gonzaga, patrón de la juventud, en el que un tío le pregunta ¿qué harías si supieras que vas a morir en diez minutos? y el santo, en vez de contestar algo pío, contesta "continuaría jugando".
            ¿Por qué se escribe?, se preguntaba al final de su discurso en Guadalajara: "Por amor, por miedo, como protesta, para distraerse ante la imposibilidad de vivir, para exorcizar un vacío, para buscarle un sentido a la vida. A veces para establecer un orden, otras para deshacer un orden preestablecido; para defender a alguien, para agredir a alguien. Para luchar contra el olvido, con el deseo –tal vez patético pero grande y apasionado– de proteger, de salvar las cosas y sobre todo los rostros amados, de la abrasión del tiempo, de la muerte. Escribir es también un intento de construir un arca de Noé para salvar todo lo que amamos, para salvar –deseo vano e imposible, quijotesco pero inextirpable– cada vida".
            Oyéndolo, el lector de su obra se remitía de manera inevitable a su mujer, Marisa Madieri, que murió en 1996 víctima del cáncer. Madieri, de una intensidad deslumbrante, dejó escrito muy pocos libros, ellos Verde agua (1987), hermoso y cortante como navaja suiza, que es el testimonio de su infancia y su familia, exiliados en Trieste desde la ciudad de Fiume cuando esta pasó a formar parte de Yugoslavia, en 1947, y en el que aparecen mencionados los viajes familiares de aquel verano primordial del 82 (México y el Danubio). Magris cuenta lo duro que fue para Madieri escribirlo y el éxito impresionante que ha tenido años después de su muerte, sobre todo en español (editado por Minúscula). Él reconoce que Madieri está presente en sus libros de una manera constante –Así que Usted comprenderá (2006), una recreación de su historia de amor a través del mito de Eurídice y Orfeo, es la muestra más clara– y se refiere así a su enorme pérdida y a la literatura como catarsis: "Hay un aspecto práctico, que no es el más importante pero existe: Marisa tenía muchas de las primeras ideas y era muy buena editando. Y esto lo extraño mucho. En cuanto al resto, la escritura no alivia, pero sigue nutriéndose de la relación. Marisa es una historia que continúa. Yo creo que las personas amadas 'son', no 'han sido', como la poesía. ¿Sabe? Ahora en Trieste le han dedicado una pequeña plaza con un jardín, y mis hijos y yo de vez en cuando decimos 'vamos a tomar café a la plaza de Marisa'."
            Antes de despedirse, Claudio Magris, el último de los escritores centroeuropeos, de ojos melancólicos del color de su río favorito, accede a firmar Verde agua: "Este libro, el más mío entre los míos".


(Publicado originalmente en Esquire México, núm. 78, marzo de 2015.)

viernes, 9 de enero de 2015

servilletas de tasca


Esa noche de verano, apunté todo lo que mi abuela Paca iba diciendo en una servilleta de papel. De esas de tasca española, que ni limpian ni parecen de papel. ¿Era en Los Amarillos? ¿A espaldas de la Plaza de La Merced? Estaba mi novio de aquel entonces y mi prima Marta aún era una niña, así que yo debía de tener 23 años. La historia que contaba –mi abuela era una extraordinaria narradora, cosa que se le supone a todas las abuelas pero no siempre sucede– era la de aquel señor que llegó al patio de vecinos de la calle Ramón y Cajal, donde vivían, a pedir un cuarto en mitad de una discusión monumental:"¿Tienen habitaciones libres?". "¿Habitacioneeee?", imitaba con gracia mi abuela a su hermano Tomás. "Aquí lo que hay son tiros, ¡TIROS!" Recuerdo que el motivo de la discusión también me era simpático (o truculento, ya no sé; interesante, en cualquier caso) y lamento que se haya perdido: aquello lo apunté a lápiz, y al poco tiempo, al desdoblar la servilleta encontrada en un bolsillo, vi que todo se había borrado.

Es obvio que mi memoria se va pareciendo cada vez más a esa servilleta.