martes, 21 de junio de 2016

¡verano!

Hija del verano.

Aunque claro, aquí se nota menos...


martes, 23 de febrero de 2016

felicidad, ejemplo

¿Es Gene Kelly en el segundo 42 la sonrisa más contagiosa de la historia del cine? Opino que sí.

jueves, 17 de diciembre de 2015

cinco años

Hace cinco años, a esta hora en la que escribo, mi hermana acababa de venir a buscarme a casa de mis padres, donde viví desde los 16 a los 24 años. Nada más salir, en la calle del Príncipe, se le paró el coche –hacía un frío de ultratumba–. Extrañamente en nosotras, mantuvimos la calma. ¿Teníamos prisa? Mi padre agonizaba desde el día anterior a mediodía, en que dijo su última palabra –agua, la primera que dijo mi hija–, habíamos parado en casa a ducharnos y a descansar un poco –yo a dar un beso a mi niña, de un año recién cumplido–. Probablemente a esa hora ya estaría muerto, pero no, de alguna manera sabía que no había muerto aún, ¿que me esperaría?, que todo el tiempo que demoráramos en el camino sería un rato más de él en la tierra, aunque fuera con ese dolor del alma que no le quitó la morfina que acabó parándole, por fin, el corazón.

Llegamos al hospital. Seguía vivo. Los ronquidos, que le empecé a calmar la noche anterior al oído con las canciones que él me cantaba de chica, eran más suaves. Solo mi tía, su hermana, estaba en la habitación. Bajaría a desayunar enseguida, con mi madre, mi tía materna y mi hermana. Yo me quedé y le dije hola a mi padre. Le tomé el brazo y empecé a acariciarlo como él me acariciaba de chica. Se le erizó la piel y al momento expiró.

Era más o menos a la hora a la que termino de escribir esto. Ya dije que hacía un frío de ultratumba.

miércoles, 19 de agosto de 2015

zopilotes cerca


Una mañana en el hotel, un zopilote bajó a beber agua de la piscina, muy cerca de nosotros. "La muerte se posa cerca", pensé instintivamente, acordándome, en una asociación de ideas casi automática, de ese apunte de Ernesto Hernández Busto incluido en su espléndido La ruta natural donde alguien muere en pleno vuelo y el resto de pasajeros se convierte en un inesperado cortejo fúnebre sobre las nubes. También enseguida pensé pobre bicho, endilgarle poderes mágicos sólo por ser feo y carroñero, deberías avergonzarte, no es la primera vez.

Luego, en la noche, un movimiento de sillas sacudió el teatro donde tenía lugar un espectáculo de animación barato. Enseguida, personal a la carrera fue y vino hablando por radio. Algo pasó. Abran paso. Una silla de ruedas entró vacía y salió ocupada, expulsada de la escena de felicidad artificial por los aplausos a un baile popular. Cuando salimos, aún estaba la ambulancia, y yo le tuve que explicar a mi hija de cinco años por qué no puedes acercarte en estos casos –está claro que su madre nunca será periodista–. Cuando el coche partió, las caras de los empleados lo decían todo. Y yo no pude evitar recordar que un zopilote bajó en la mañana a beber agua de la piscina, muy cerca de nosotros.

domingo, 21 de junio de 2015

algunas cosas claras

Que mi casa está en México.
Que quiero vivir en Madrid.
Que en las esquinas de ambas ciudades me reconozco, como en las del lugar que me vio nacer, donde viven los restos de mis muertos.
Que me gusta la gente.
Salvo cierta gente.
Que Podemos es una de las peores cosas que le ha pasado a España desde que yo nací. Que al contrario de lo que piensan buenos amigos míos, no empezó con la crisis, sino con la bonanza. Bonanza taken for granted. Zapatero. (Y mucho antes: nunca rompimos con 40 años de paternalismo.) Que triunfó con la tele. Gran Hermano. Expulsamos de la casa a Esperanza Aguirre. Guillermo Zapata, al confesionario. Pablo Iglesias, Rosa López de la política.
Que me gusta la política.
Que me aburren los tontos.
Que me gustan los hombres.
También algunas mujeres.
Que la única causa que merece la pena es la libertad.
Y el amor (la amistad).
Que hay que decírselo a los niños que se crían.
Que se puede vivir muchas vidas, pero tienen que caber (pequeño problema) en esta.
Que me gusta mi vida.
Que me gusta la vida.
Que cada vez me gusta menos lo que escribo.

miércoles, 17 de junio de 2015

raptos

(La gente dirá un día:
se volvió loca.
Es un motivo tan razonable.
Lo mismo le pasó a la abuela.
Sólo es que sufría pero terminó
por volverse loca
de veras.)

viernes, 15 de mayo de 2015

en Trieste

En cada palabra dada y recibida, en cada gesto y pensamiento, en cada fragmento incluso breve y casual de nuestra existencia y de la de los otros, hay algo de precario y algo de ineluctable, de caduco y de indestructible.

Llego a Trieste cargada de palabras, como a todos los sitios donde voy por primera vez. Me trae Magris, claro, pero aún más quien fue su esposa, Marisa Madieri, que condensó en Verde agua el aire de lo que yo querría escribir siempre.

A ella, cuando llegó de niña refugiada desde Fiume, la ciudad le pareció una tierra prometida: 

El movimiento en las calles, el pan blanco, la abundancia de diarios, revistas y tebeos en los quioscos, las mercancías expuestas en las tiendas, la forma de vestir de la gente me parecieron la expresión de una riqueza fabulosa.




Yo lo que sentí, ya desde el tren, que tomamos equivocadamente vía Udine y bordeó la frontera eslovena –iba a escribir yugoslava: vivimos siempre en los nombres de la infancia–, fue una punzada de dolor. Europa, Europa, qué te hiciste. Tus juderías vacías de judíos. Tus cafés, almanaques turísticos, tiendas de chucherías. Ah, Maximiliano, borracho de ganas por un imperio.







Dolor y gozo, por supuesto: es la vida. Sorpresa. La luz, el frío, el bora furioso que nos echó de la ciudad llevándonos en volandas. La elegancia de las calles, la belleza en las miradas, la comida recia. ¡Centroeuropa!



Qué insólita y seductora la sensación de estar en Viena mirando al mar.