Es una bendición pero también una condena, créanme, adaptarse a las circunstancias.
martes, 6 de enero de 2026
lunes, 5 de enero de 2026
noche de Reyes
A los cinco años, mi vecina Sonia, que tenía once, me dijo que los Reyes Magos no existían y que sabía dónde mi madre había guardado mis regalos. "En casa de la Ani" (la vecina más moderna del bloque, la primera divorciada que conocíamos en la vida, donde Sonia, cuyos padres trabajaban todo el día, pasaba mucho tiempo). Efectivamente, ahí, en el armario del pasillo de su casa, estaba lo que había pedido (y cosas que no y que pensé que eran para mí, pero en realidad eran los Reyes de mi prima Mercedes y los de mi vecino Iván). Corriendo, se lo dije a mi madre. "¿Quién te ha dicho eso?". "La Sonia". He pensado mucho en esto, porque lo que puede parecer chivatería no es tal –líbrenme los dioses–, sino un desgraciado afán que me ha perseguido siempre de presumir que la información viene a mí y que está en mi poder. No sé cuánto tiempo pasó; en mi recuerdo fue algo inmediato, pero está claro que hubo tiempo de hacer las llamadas oportunas y arreglar el asunto. "¿Y dónde dices que están los regalos? Enséñamelos", me dijo mi madre. Y allí que la llevé, al armario del pasillo de la casa de Ani. "A ver, ábrelo". Y lo abrí. Y allí no había nada. "¿Ves? Pues lo mismo al enterarse los Reyes de que los viste, ya no te los va a traer", o algo así me dijo, que me dejó un poco compungida.
Recuerdo hablar con mi madre sobre todo tipo de hipótesis: "¿Qué habrá pasado, mamá?". Ella: "Que imaginaste que lo viste pero no". Yo: "No, porque sí los vi. ¿Será que los Reyes se los llevaron a guardar a otro sitio para que no abriera los regalos antes de tiempo?". "Pues lo mismo sí". Y así, elegí seguir creyendo en los Reyes, aunque en mi fuero interno sabía que era verdad lo que habían visto mis ojos, sabía que Sonia tenía razón. Esto pasa durante toda la vida, no solo en la infancia.
Más que el día 6 –apertura de regalos, culminación del deseo, principio instantáneo del aburrimiento–, yo prefería el 5. Pasábamos la tarde en casa de mis abuelos, porque su balcón –un balcón bien grande tenían los pisos de la vieja fábrica de harina; mi abuelo tenía ahí su tallercito de carpintería– daba a la avenida Cristóbal Colón, por donde pasaba la cabalgata. A mí no me dejaban bajar, por si me pisaban, pero mi abuelo o mi padre atrapaban caramelos por mí. Comíamos roscón, al calor del brasero de la mesa camilla, y tomábamos colacao (siempre con grumos). Se hacía de noche temprano, pero todo era pura emoción. La calle olía a cohetes y a castañas asadas.
La última vez que visité el barrio, vi a unos chinos en ese balcón y de alguna manera me pareció lo más normal del mundo. Los migrantes han ganado espacio en aquel barrio medio gitano donde fui tan feliz.
Hoy nevó y el día 5 volvió a ser extraordinario.
viernes, 2 de enero de 2026
volver (y V)
No dan nada especial en los aviones durante el cambio de año y no es de extrañar. Si ya el momento en sí es una ficción –viviendo en México casi lo celebraba más a las cinco de la tarde que siete horas después–, en el aire se multiplica. Cuando avisó el capitán e hizo una insulsa cuenta atrás, ya no eran las doce en ese lugar por el que pasábamos. Quede de una vez y para siempre apartada la superstición de las uvas, fortalecida aquel 2003 en que recibí, sola y sin relojes, el nuevo año en una estación de tren de Chicago, un año en que acabé perdiendo a mis dos abuelos más queridos y mi amor de juventud.
Durante el vuelo leí la crónica de Vasili Grossman sobre Treblinka, que no conocía y me atrevo a apostar a que Claude Lanzmann tampoco. No sabía, por ejemplo, que hubo "transportes" a los campos de exterminio en trenes de lujo. Pensé en Sobibor y todo lo que aprendimos en Lublin de la mano de Tomasz Pietrasiewicz. De toda aquella muerte, honrada con sobriedad y precisión, en un lugar de belleza natural inaudita, por otra parte, me impresionó especialmente un broche de Mickey Mouse negro, borrado su color por el tiempo y quizá por el fuego. Siempre he dicho que mientras en Europa ascendían ideologías mortíferas, en Estados Unidos Walt Disney estrenaba Blancanieves, y que esa era suficiente medida para proclamar su superioridad frente a la nuestra. En fin, esas simplificaciones que se hacen, contundentes y limpias, que adornan bien. Ese broche hablaba de todo el horror en su complejidad. Un broche que perteneció a un niño –¿holandés? ¿o sabrían los polacos de Mickey Mouse?– que disfrutó con los mismos dibujitos que hacen disfrutar a los niños hasta el día de hoy. Disney entre las cenizas de los judíos europeos.
El tema ha estado muy presente estos días en México, donde vimos a amigos judíos. México, para mí, es también indisoluble de esa comunidad, que en España se desconoce o se ignora, cuando no se desprecia. No podemos entender –solo atisbar– el trauma que supuso para ellos el 7 de octubre y el regreso del antisemitismo de siempre con nuevos ropajes. Me impactó algo que dijo Gerardo, que él siente que el odio le hace reafirmar su identidad, ser en tanto ese odio milenario, y también algo que se desprende de una enemistad de la que cuenta Daniel –cuyos padres, mexicanos, se unieron como jóvenes soldados en la guerra del 48 y fundaron kibutz en el naciente Estado de Israel, y que, judío de ocho apellidos, no es proisraelí–: el antisemitismo se niega a juzgar al individuo. Y por tanto (digo yo) los hechos, tomados –dice Arcadi Espada que dice Paul Johnson– de uno en uno.
Aterrizamos, en fin, y al día siguiente, hoy, tembló. Lo único que me faltó para terminar de renegar. Me da igual que me digan que no superó los 6,5 grados: sé, por las imágenes, que no ha sido leve y que la gente lo ha pasado muy mal. Creo que sentir un terremoto es, quizá, una de las pocas experiencias que acrecientan el miedo con la repetición, y no al contrario.
No podemos quejarnos del jet lag salvaje. Nada de nada comparado con los astronautas cuando vuelven del espacio, de lo que he aprendido muchísimo en Regreso a la Tierra. Por ejemplo, que solo han perdido la vida 11 de los casi 700 astronautas enviados al espacio hasta ahora, o que la reentrada a la atmósfera es un madrazo que ninguna película ha sabido reflejar cabalmente, o que volver en la Soyuz rusa es a los aparatos de la Nasa lo que viajar en tartana frente a un tren de alta velocidad.
Cuenta Al Worden: "Por varios días tuve que tener mucho cuidado al caminar y al agacharme por algo. Era más difícil aprender a ajustarse a la Tierra que al espacio –algo mentalmente relacionado con volver a casa. En el espacio era muy consciente de que estaba aprendiendo nuevas formas de moverme. Al regresar a la Tierra todo me era familiar, así que me relajé y no pensé mucho en ello. De manera inconsciente, empujaba una mesa para que se fuera flotando, o trataba de dejar un objeto colgando en el aire. Tuve que enseñarme de nuevo cómo vivir en la gravedad de la Tierra".
La metáfora es clara: no voy a poder saltarme las normas de tráfico en Madrid tan alegremente.



